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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

Las lumbradas zamoranas: donde las tradiciones se juntan


La lumbrada es el único elemento de los que integran la Candelaria zamorana que no tiene una relación directa con el ciclo navideño cristiano. A la puerta de cada hogar, en los barrios en que esto aún perdura, al atardecer se enciende una gran fogata en torno a la cual se reúnen en tertulia los parientes y amigos a comer tamales, buñuelos y atole para, quizás, después "levantar" al niño. Es cierto que la lumbrada tiene en común con las candelas la luz y el fuego y, desde luego, su referencia al sol. Pero es de índole distinta. La candela es una luz que acompaña, es movible, la lumbrada es estática, no se mueve; se parece más a un acto de ritual.

Como sea, es uno de los elementos típicos de la fiesta del 2 de febrero en el Bajío Zamorano. Hay zamoranos que aún recuerdan las grandes lumbradas que circundaban Zamora desde Los Espinos, San Juan, La Escondida, La Rinconada o La Sauceda en donde habían quienes se disputaran las mejores rajas de ocote para que ardieran toda la noche entre ponches, buñuelos, tamales, atole y plática de la familia reunida en torno al fuego. El deslizamiento del Cristo Sol Invicto a la lumbrada es bien perceptible semánticamente. El sol es luz y es fuego, como las candelas, como las lumbradas. Como en las euroasiáticas, también entre las tradiciones americanas se aprecia el simbolismo de la luz y el fuego y el del sol.

El sol, ya se sabe, es el elemento central de las principales cosmogonías mesoamericanas. Una de ellas imagina una reunión de dioses primordial que crea al sol y le asigna la función de alumbrar el mundo y de poner orden en el caos cósmico. Con el nacimiento del sol empieza la vida cotidiana.[Nota 22]

Entre los textos de los días de la conquista que han llegado hasta nosotros hay uno que es conmovedor por muchas razones. Se le conoce como El libro de los coloquios. [Nota 23] Se trata, en pocas palabras, de las estratagemas y presiones que ejercieron aquellos frailes sobre los intelectuales nahuas para que se convirtieran al cristianismo. Allí aparece el culto al sol entre las cosas más combatidas y vituperadas por los frailes. [Nota 24]

En la cultura mexicana contemporánea no son raras las instituciones, tanto religiosas como profanas, mitad europeas o asiáticas y mitad nativas. Se puede decir que son instituciones mestizas. En el refranero mexicano, por ejemplo, abundan los refranes mestizos: la mayor parte de las veces la estructura paremiológica es española y los simbolismos o el sentido son mexicanos. También hay mitos mestizos. Sin duda, la más ilustre de las tradiciones mestizas es, desde luego, la Virgen de Guadalupe. Es que el pueblo moldea las tradiciones, no importa su índole, hasta darles un estilo propio, el estilo tradicional.[Nota 25]

Es muy sabido que una de las técnicas usadas por los primeros frailes predicadores fue la de conciliar las tradiciones nativas con los dogmas predicados buscando equivalencias. Así, San Juan Bautista encontró su homólogo americano en Huracán, María en la luna. Tonantzin fue sustituida por la Virgen de Gudalupe. Quetzalcoatl por Santo Tomás, etc. Luis Reyes muestra las numerosas correspondencias entre Huitzilopochtli, hijo del Sol, dios de la luz, y Cristo.[Nota 26]

Fiesta de año nuevo o fiesta del fuego nuevo, la lumbrada con sus reminiscencias de los tiempos ya remotos en que se gestaban las tradiciones, parece rescoldo de fogones ancestrales. Se desconoce con certeza el origen del pueblo puréhpecha. Aunque la mayor parte de las explicaciones los quieren emparentar con los aztecas. A ello se opone "la lengua tarasca que por ningún lado está afiliada con la náhuatl y que generalmente se clasifica como familia aparte, entre las lenguas mexicanas". [Nota 27] De cualquier modo, al tiempo de la conquista "habían absorbido mucho del patrón cultural de Mesoamérica". [Nota 28] Por lo demás, los puréhpecha no eran el único grupo indígena en Michoacán al tiempo de la conquista española: estaban los matlazincas o pírindas, grupo otomiano venido del valle de Toluca, Y un grupo de nahuahablantes conocidos como tecos o teocuitlatecos que, llegados a la región antes que los puréhpecha, se fundieron con los habitantes anteriores.

No sería pues descabellado ante el desconocimiento que tenemos de los calendarios michoacanos, apoyarnos en paralelos nahuas y en las actuales tradiciones puréhpecha. La relación de Michoacán, incompleta, sólo trae una mención -y ésta despectiva- al calendario.

Sin embargo, también entre los puréhpecha el Sol era la divinidad principal bajo el nombre de Curicaueri. De allí que el fuego sea el elemento central de las tradiciones puréhpechas. Curicaueri, en efecto, cuyo nombre significa el Gran Fuego o la Gran Lumbrada, es al mismo tiempo dios del fuego y dios solar. El mandamiento principal puréhpecha era traer leña para los cues y mantener el fuego siempre encendido. La obligación fundamental del Cazonci, monarca absoluto, era, además de conquistar la tierra en nombre de Curicaueri, mantener siempre vivo el fuego en los templos, principalmente en el de Tzintzuntzan. [Nota 29]

"Las fiestas suceden en un tiempo sagrado", dice Eliade, [Nota 30] parten del deseo de abolir el tiempo profano ya transcurrido y de instaurar un tiempo nuevo: son cortes de tiempo que tienen que ver con la renovación de las reservas alimenticias para asegurar la continuidad de la vida de la comunidad. Los ritos de celebración de año nuevo tienen también, por lo general, un carácter apotropaico y purificatorio. [Nota 31]

¿Por qué, no pensar, entonces, que como aquellas fogatas rituales que purificaban de presagios el ambiente para la llegada del nuevo siglo en el mundo náhuatl, la lumbrada es a la par que una reminiscencia de las fogatas religiosas ancestrales, una ceremonia de conjura para recibir el año nuevo? De hecho, actualmente las comunidades puréhpecha celebran el año nuevo la noche de cada primero de febrero con la ceremonia del fuego nuevo. ¿Por qué no imaginar las antiguas fiestas de año nuevo entre los puréhpecha como una magna lumbrada? ¿Por qué no pensar en algún cielo agrícola que daba comienzo a principio de febrero? ¿Por que no, en fin, pensar en la lumbrada como una de esas tradiciones mestizas -mitad euroasiáticas y mitad indígenas- que, aunque bautizada, conserva los restos de la antigua ceremonia de año nuevo?

Entre los indicios que de ello ofrecen las culturas indomexicanas menciono, para este propósito, los siguientes. En pirmer lugar, la tradición del comienzo del año agrícola en Astacinga, Veracruz, recogida con estas palabras por Oswaldo A. Romero Melgarejo. [Nota 32]

Antes de realizarse las siembras de maíz, chícharos y otros productos, se llevan los granos al templo católico donde el sacerdote visitante los bendice en la misa que se celebra en honor de la Virgen de la Candelaria en el mes de febrero.

Para esta comunidad indígena, la renovación de las siembras tiene lugar en febrero, en la misa de la Candelaria, donde se bendicen las semillas para el nuevo ciclo agrícola, condición para que tenga lugar dicha renovación. Con ello comienzan los trabajos de siembra del maíz y del frijol, sobre todo.

En segundo lugar, aunque poco se sabe del carácter agrícola de los antiguos puréhpecha, y aunque se les conoce más como guerreros, cazadores y artesanos excelentes, tenían, sin embargo, en Cuerauáperi una diosa de la agricultura. Ella mandaba las nubes, era la Tlaloc tarasca; pero era también una diosa de la agricultura: ella era la fuente de las semillas y de las cosechas.

Pues bien, las actuales comunidades puréhpecha celebran cada 1 de febrero, al filo de la media noche, su comienzo de año: la hora del nacimiento del año es dada por los astrónomos nativos según la colocación de las estrellas. Año con año, se reúnen los petámuti para designar a la comunidad que el año próximo organizará la fiesta de año nuevo el próximo primero de febrero. No falta quien en efecto, relacione la lumbrada con la fiesta de Tzitanzcuar o fiesta de la resurrección del sol entre los puréhpecha.

En tercer lugar, en poblaciones como Tacuro e Ichán, en la Cañada de los Once Pueblos, donde las lumbradas aún sobreviven con vigorosa intensidad, son apagadas con escobas por niños, con la convicción de que al barrer la lumbre para apagarla, están acabando con el diablo: barrer la lumbrada es matar al diablo para así poder esperar al niño Dios. De nuevo aparece la función apotropaica de la lumbrada y de nuevo está conectada con el nacimiento del año nuevo, que aquí fue sustituido por el niño Dios en un evidente acto de "bautismo". En otras poblaciones michoacanas aún persisten los vínculos de la Candelaria con el comienzo del año agrícola: por ejemplo, los chayotes se siembran después de la Candelaria.

En fin, de epifánica que era, la vieja fiesta de la Candelaria atravesó el tiempo como fiesta de purificación y fin de la cuarentena puerperal de María, la madre de Jesús; la ceremonia de la bendición y procesión con candelas encendidas, símbolo de la luz del sol invicto que al venir al mundo ilumina a todo ser humano, dio pie a que los misioneros transformaran la ceremonia del fuego nuevo, con ocasión del año nuevo puréhpecha, fiesta de la resurrrección del sol, en las lumbradas de la Candelaria: anuncio de año nuevo; y, desde luego, reminiscencia de los viejos ciclos agrícolas que por estas fechas daban comienzos en los dominios del dios sol. Para las comunidades puréhpecha, por tanto, el día de la Candelaria es el primer día de un año nuevo.


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