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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

JUAN CARLOS GENEYRO, LA DEMOCRACIA INQUIETA

Author: Julián Meza


JUAN CARLOS GENEYRO, La democracia inquieta: E. Durkheim y J. Dewey, 1991, Barcelona, Anthropos-Universidad Autónoma Metropolitana, México y Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 222 p. IBSN 84-7658-317-6.

Hay, a mi juicio, dos maneras de pecar contra la presentación de un libro. Una por carencia; la otra por exceso. Se peca por carencia cuando el presentador improvisa debido a que no leyó el libro, se conformó con solapearlo y no tiene nada que decir al respecto. Se peca por exceso cuando el presentador toma el libro que presenta como excusa para largar un extenso y cifrado discurso que acaba por ignorar el libro que debía presentar y agobia o aburre al auditorio.

En mi opinión, quien presenta un libro lo hace para invitar (o desinvitar) al auditorio a su lectura, argumetando brevemente porqué es digno o indigno de ser leído, cuáles son sus aciertos o sus errores. Y digo brevemente porqué el presentador no debe entrar en detalles. Descubrir éstos es, ardua o placentera, tarea del lector. Brevemente también porque el presentador no debe abusar de la paciencia del público abrumándolo con su sabiduría (real o supuesta), o polemizando con el autor a propósito de los temas y autores que toca.

En el mejor de los casos, me parece, el presentador puede tratar de poner en relación el libro con el contexto en que se publica para señalar, por ejemplo, la incidencia que aquél puede tener en éste, antes de recomendar o no su lectura.

Hablar de la democracia hoy puede parecer (y a menudo lo es) un lugar común; sobre todo cuando se habla de ella en abstracto, cuando vagamente se sabe lo que se quiere decir por democracia o, peor aún, cuando se habla a favor de la democracia, pero no se cree en ella, debido a que se le considera formal, burguesa, o, de plano, utópica.

Hoy, al igual que ayer, hay, como diría Dewey, un ensordecedor parloteo democrático, en particular en México, en donde viejos y nuevos políticos autoritarios, tanto de derecha como de izquierda, se disfrazan de suffragettes vociferantes o de plañideras ideológicas tras el naufragio de sus dogmas, en donde hombres sin ideas intentan hablar de las ideas -de los otros, por supuesto- en vanos coloquios.

Aunque parezca increíble, actualmente en México todo el mundo pretende no sólo ser moderno o postmoderno, sino ante todo demócrata o democrático. Es demócrata el estalinista de ayer, es demócrata el tiranosaurio priísta de anoche, es demócrata el cura rural de hace algunas horas, es demócrata, en fin, el tecnócrata de mañana.

En este carnavalesco ambiente de logomaquia democratizante resulta muy atractivo el libro de Juan Carlos Geneyro La democracia inquieta. Pero no sólo por esto es atractivo. También lo es por razones intrínsecas, de mucho peso.

En primer término por razones de analogía. Más en el caso de Durkheim que en el Dewey, otra época y otro entorno se parecen insidiosamente a los nuestros. Contra lo que creen los sepultureros de la historia, hoy como entonces la sociedad vive una anomia generalizada que, una vez más, no sólo pone en peligro los logros alcanzados por la democracia, sino que impide la propuesta de nuevos fines. Vivimos una especie de belle époque como aquella anterior a la guerra del 14. ¿Acaso por esto el triunfalismo propio de este fin de siglo desembocará en un siglo XXI tan carnicero como el XX? Al igual que Durkheim consideró necesario estudiar la realidad social de su época, establecer las causas de su crisis moral y proponer orientaciones axiológicas y organizativas para superarla, Juan Carlos Geneyro, me parece, ha considerado lo mismo y de aquí la factura de este libro.

La democracia inquieta es una reflexión que examina con rigor el pensamiento de dos grandes de la filosofía política: Emile Durkheim y John Dewey. Así armado, Juan Carlos Geneyro descubre y pone en relación las ideas de estos dos pensadores acerca de la ética, la política, la educación y la democracia.

De manera original Geneyro recorre caminos antes no transitados que lo llevan, entre otras cosas, a pulverizar diversos lugares comunes acerca del pragmatismo de Durkheim y de Dewey, pues efectivamente demuestra, como se lo propone en la Introducción, que su sentido pragmático de la democracia trasciende la razón técnica o instrumental debido a que su práctica es orientada por una ética. Desde esta perspectiva demuestra también que pensar la democracia no corresponde al orden de la abstracción pura, sino a ponerla en relación con una práctica en la que la educación desempeña un papel primordial. De esta manera y sólo de esta manera, tanto para los autores que exmaina como para el propio Geneyro, la democracia es sustantiva. Pero cuidado, ni los autores que trata ni el propio Geneyro proponen recetas para alcanzar esta democracia sustantiva. Para los tres se trata de interrogar, indagar, reflexionar y repensar la democracia a partir de sus logros y en función de necesidades reales, no doctrinarias, adecuando los medios a los fines gracias a una imaginación ética y, por lo mismo, a una pedagogía que conceda mayor importancia a la imaginación en el desarrollo teórico y práctico de la inteligencia.

Al igual que Durkheim y Dewey, Geneyro no clausura la reflexión con propuestas definitivas, sino que la abre al reconducirla por caminos que parecían ya no transitables.

Geneyro ha partido al rescate de dos grandes de la filosofía política teniendo en mente los grandes problemas de hoy, y llevó a cabo su propósito satisfactoriamente. Ahora le toca a él ir más allá de esta reflexión, en un libro que seguramente ya está escribiendo.

JULIÁN MEZA

Departamento Académico de Estudios Generales, ITAM


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