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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

LA INQUIETUD DEMOCRÁTICA

Author: José Manuel Orozco


Es una ocasión feliz el poder presentar un libro. Lo es más cuando ese libro tiene atributos que lo resignifican como texto virtuoso: sus cualidades vinculan la claridad y la elegancia prosaria; la profundidad y la sencillez en la expresión de los temas; el interés de poner en diálogo el pensamiento de dos autores que se tocan y separan en puntos de enorme sutileza. Es, por lo mismo, un placer hacer algunos comentarios alusivos que dibujen de alguna manera las impresiones que la lectura me ha dejado.

Por alguna razón hemos pensado que las tareas de la democracia se refieren a la votación de los representantes del pueblo o a la participación activa de todos en los actos de gobierno; y la palabra también hace eco en nosotros al apuntar a los estados de diálogo y apertura que en una sociedad deben ventilarse. Pero lo que no solemos ver es el estrecho nexo entre la tarea de la democracia y el proceso institucional de la educación. La educación como viva, interactuante, dinámica y capaz de relacionar a los individuos entre sí hasta constituir un todo social organizado que se expresa, autoconoce, identifica y denota sus proyectos más propios. En ese sentido, Geneyro nos muestra con claridad cómo el pensamiento teórico-práctico de los dos autores recoge la necesidad de mantener viva una democracia donde los estados globales de opinión pasan por el filtro de las individualidades; cada uno participa con autonomía y de acuerdo a sus planes de vida interactuando con los demás, y en la trama textual de ese tejido la ética del compromiso social-institucional es un proceso de corte eductativo, racional, que permite al todo social organizarse como democracia que no reposa, que no se anquilosa, y que desde los cimientos de su parálisis va engendrando los movimientos de ruptura que la mantienen andando. Así las cosas, la moral de los individuos no es ya una razón práctica que se dicta la ley para que la autonomía de la voluntad origine desde sí misma un obrar por deber donde los otros son respetados (Kant); pero tampoco es un consenso de voluntades individuales cuya contractualídad halla en el Estado la expresión universal de sus intenciones a la luz del espíritu absoluto (Hegel). La moral es ante todo una actitud racional de individuos interactuantes, institucionales, dialogantes y en comunidad que, en la marcha de sus reciprocidades, generan estados sociales de opinión o costumbres a partir de los cuales obtienen la génesis concomitante de su identificación respecto a sus más peculiares planes de vida; es una moral indivídualsocial en la medida en que cada parte se despliega a sí misma en su relación con las demás; pero es igualmente una moral social porque a través de ese cuerpo del todo social los individuos se rencuentran, reflexionan y hacen sus propuestas vitales. Así, la moral de una actitud individual interactuante que desde el todo social se identifica consigo misma es la moral de una democracia que -como señala el autorno duerme jamás so pena de arruinar al hombre mismo. Es por eso que la vida dentro de la democracia es educativa, y es por eso por lo que quienes participan bajo los aires de esa democracia no pueden descuidar el papel de la razón (la ciencia) y su aplicación (la técnica) en un alarde humanizador donde la teoría se pone al servicio de la vida interindividual denunciando el fomento de hábitos consumistas y depredatorios que una técnica impía podría producir. La ciencia por sí misma no basta al efecto positivo de consolidar una sociedad ordenada cuya legalidad conduce indefectiblemente al progreso, pues es claro que el mundo de las ciencias incide en la constitución de decisiones políticas y económicas que no siempre han demostrado ser capaces de promover la equidad. El positivismo puro no ha dignificado el proceso liberal del desarrollo de la razón; o, de otra forma, Geneyro nos hace ver cómo los autores bajo estudio denuncian un apego irrestricto a razones teóricas cuya praxis divorcia a los individuos entre sí, incrementa los abismos entre clases sociales y lesiona los estados de consenso. Es más, la razón y la técnica, al margen de la humanización de su sentido ético, escinden la pareja individuosociedad que solamente en una democracia educativa podría concretarse. Por tanto, la nueva democracia, inquieta por demás, exige educar individuos racionales, dialógicos, comunitarios, aptos en el conocimiento de teorías y técnicas que permitan que el Estado trabaje expresando sus intereses y procurando satisfacer sus necesidades. Ahí, el Estado deja de ser el tirano que dota de sentido a la historia o configura la identidad de quienes se objetivan en su instancia; el Estado se convierte en expresión de una comunidad viva que no se detiene y que, desde la voluntad inteligente del todo social promueve los cambios que estimulen el desarrollo de las individualídades. Por lo mismo, el Estado surge de la comunidad pero vela por el despliegue cabal de las individualidades. Para eso se vale de ciencia y técnica, y, al humanizar el proceso, el encargo político es personal y público (las dicotomías se disuelven).

Como un aliento siempre sugerente Geneyro nos lleva de la mano para decir con Durkheim que la individualidad tiene que identificarse con estados sociales de opinión que le permitan proyectarse éticamente en la comunidad (sólo por la democracia); y de la mano hace decir a Dewey que el pragmatismo no es utilitarismo sino acción que liga medios a fines en un contexto siempre social que, desde una tradición cultura], realiza los proyectos más individuales. En ambos casos es el vínculo comunicante lo que construye democracia; pero, en ambos casos, es la vida conviviente e institucional la que configura un mundo ético de la propia vida. La democracia y la ética funden al individuo en la sociedad y hacen de ésta última una expresión gentil de intereses individuales conciliatorios y racionales. En la línea de ese doble perfil -ética más democracia- Geneyro plantea que la educación se virtualiza, se vuelve cotidiana y no sólo académica. El universo pedagógico de la vida democrática prepara al hombre para defender sus libertades básicas; pero no permite que éstas rebasen los intereses centrales del cuerpo social, y, por lo mismo, humaniza las prácticas económico políticas en un afán por lograr estados cada vez más cercanos a la justicia.

En suma, el libro tiene la gran virtud de mostrar el pensamiento de dos autores de gran importancia; hacerlos dialogar; oponerlos en sus diferencias, y llevarnos a una propuesta, inquietante, donde pareciera que únicamente en la democracia se vive la ética y la pedagógica que humanicen al hombre de nuestro tiempo. El diagnóstico ha sido hecho, y, por hoy, la lucha por la democracia es una lucha a brazo partido por dignificar al hombre y a la vida. Enhorabuena pues, y no dejemos de reconocer que en el libro de Juan Carlos Geneyro la presencia de los clásicos y contemporáneos hace la entrada y la salida en medio de la cual corre el pensamiento de dos filósofos sociales de escala notable. Quizá pudiéramos haber visto más de la obra de clásicos como Hobbes y Hegel (a quien reiteradamente alude Geneyro), porque parece que una cuestión central en nuestro tiempo es esclarecer más el significado del contractualismo, pues el contrato que subyace a las interacciones posibilizantes de la democracia nada o muy poco tendría que ver con aquella voluntad general encarnada en el soberano tiránico o el Estado que expresa la voluntad universal que luego ha de individualizarse en los miembros de la fementida comunidad. Geneyro es muy claro al mostrarnos las debilidades de ambos contractualismos y sugerir que el contrato de interacciones -tanto de Durkheim como en Dewey- requiere de un compromiso ético donde las partes se institucionalizan para originar aquellas prácticas promotoras de estados de opinión global a través de los cuales las mismas individualidades rencuentran su identidad; pero enfatizando que ése es un proceso contextuado y dinámico que solamente en la democracia se efectúa. El Estado, en todo caso, debe velar por su cuidado preservando lo mejor del liberalismo y librándonos de sus peligros. Habrá que leer el libro de Juan Carlos Geneyro y dialogar para comprender.

JOSÉ MANUEL OROZCO

Departamento Académico de Estudios Generales, ITAM


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