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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

LA DEMOCRACIA DURKHEIM Y DEWEY

Author: José Fernández Santillán


Entre las numerosas cosas que hemos aprendido en estos últimos años de aprobaciones y deseos casi unánimes de la democracia es que los autores que la han abordado lo han hecho acompañándola con entusiasmo y sin excesiva parsimonia de una serie de adjetivos. Aunque esto no es privativo de los escritores contemporáneos -allí tenemos a Troeltsch y su democracia "improvisada" para recordarnos que aun en tiempos no propicios también se daba esta prácticapodemos decir que en nuestra época han proliferado las adjetivaciones de la democracia llamándola por igual "urgente", "ausente", deseable", reclamada", "transparente", "participativa" y no sé cuantas cosas más. Incluso hay quien ya cansado de tantos epítetos pidió casi por clemencia la "democracia sin adjetivos". Pero ahora, sin reparar en esta petición Juan Carlos Geneyro nos recuerda que también existe una democracia "inquieta".

Pues bien, a diferencia de algunos atributos que verdaderamente han sido utilizados en exceso y sin alguna función prominente, a mi juicio, el adjetivo empleado por Geneyro es justificable y orientador en el sentido de que la democracia siempre está o debe de estar en continuo movimiento para sobrevivir. Refrendando esta idea Norberto Bobbio escribió en El futuro de la democracia que ésta es dinámica mientras que su contrincante, es decir, la autocracia es estática. Cierto, el estado natural del también llamado gobierno popular es el cambio constante, mientras que la autocracia siempre es igual a sí misma Me parece que Geneyro advierte de este peligro de caer o recaer en la autocracia a lo largo de toda su obra. Tal preocupación se ve reforzada precisamente en los últimos renglones en los cuales se lee:

Un refrán de la cultura fluvial de mi tierra natal advierte, con humilde sabiduría, que las aguas quietas suelen ser las más podridas. La quietud de la democracia no es más que el preanuncio de su descomposición.

Por lógica podemos derivar que esas aguas quietas y podridas son las de la autocracia y que cuando la democracia deja de ser inquieta pierde su esencia y degenera en alguna de las múltiples especies del gobierno autoritario. Luego entonces podemos estar tranquilos en cuanto que, por lo menos en el caso de la democracia inquieta que Geneyro analiza en esta cuidada edición, la adjetivación, por decirlo de alguna manera, no sale sobrando ni se inscribe en la lista de los ya innumerables atributos que más que aclarar confunden.

A mi entender, otra virtud del texto que nos ocupa es la de llamar la atención sobre el pensamiento democrático de dos autores, Durkheim y Dewey, que por lo general son abordados por especialistas y novicios desde otras perspectivas. Ciertamente Durkheim y Dewey no con facilidad son incluidos en las listas de los llamados "clásicos de la democracia" y sin embargo Geneyro demuestra con abundancia de argumentos y citas que ambos tienen ideas bastante sólidas sobre la materia. De aquí que el libro pueda ser leído con provecho por toda clase de público para conocer otras opiniones y visiones sobre la democracia que respetan y enriquecen los parámetros dentro de los cuales desde hace tiempo se ha movido el estudio de esta forma de gobierno, como: la disputa entre individualismo y organicismo, la advertencia de que la democracia no es sólo una práctica y un método sino que también contiene una serie de valores y principios, el señalamiento de que para que la democracia se perfeccione es necesario, quizá indispensable, la educación en todos los niveles.

De las muchas maneras en que la democracia se puede abordar y que incluso al decir de Sartori han hecho que germinaran con sobrada abundancia "teorías de la democracia" que en la mayoría de los casos no resistirían un examen riguroso, Geneyro se remite a un punto clave y por tanto firme, al que Montesquieu denominara por cierto el resorte de las constituciones, o sea, el sentimiento que las hace operar, que en el caso de la democracia el autor de Espíritu de las leyes ubica en la virtud. Esta virtud democrática no es algo etéreo ni inasible sino que está constituida básicamente por la moral y la educación. En efecto, los ejes centrales del estudio de Geneyro son la ética y la pedagogía involucradas en la política democrática. Ejes que atraviesan y dan luz a los sistemas de pensamiento de los dos autores analizados.

La lectura del libro me dejó la sensación de que en el caso de Durkheim pesa más la cuestión educativa, mientras que en Dewey es más fuerte el tema moral.

Como sea, hay un punto que quisiera comentar con ustedes y el autor, y es mi duda respecto de si los sistemas de pensamiento abordados puedan mantenerse estrictamente en el terreno de la democracia. Digo esto porque en muchas partes del texto hay una constante referencia al liberalismo, a sus valores, propuestas, visiones y problemas que no en todos los casos son compatibles con la democracia. En tal virtud, si no hay una clara delimitación de lo que la democracia, por un lado, y el liberalismo, por otro, significan pueden surgir confusiones o malos entendidos de carácter conceptual. Para esto hay que tomar en cuenta que una y otro pertenecen a troncos doctrinarios y tradiciones culturales diferentes. No siempre la democracia y el liberalismo han caminado de la mano. Éste es la línea que pregona los límites del poder mientras que aquélla es la vertiente que postula la distribución del poder. En su lucha y desarrollo histórico la democracia y el liberalismo han generado libertades y derechos de distinto orden. El liberalismo ha dado lugar a las llamadas libertades civiles que tienen el objeto principal de frenar el poder del Estado; se trata de las típicas libertades negativas. La democracia ha dado pie a las denominadas libertades políticas que tienen el propósito esencial de ampliar la participación en la deliberación de los asuntos colectivos al mayor número posible de personas.

Es obvio que hay más elementos característicos y definitorios de estas doctrinas, pero la mayoría de los especialistas coinciden en que éstos que he enunciado son los mayores. Habría que decir, por tanto, que no todo autor que defiende las libertades negativas es inmediatamente democrático ni que todo escritor que pugna en favor de las libertades positivas es espontáneamente liberal. Por cierto entre liberales y demócratas han habido tensiones permanentes, corno las que se dieron en torno a las críticas desde el lado liberal, con Constant a la cabeza, contra la democracia radical de Rousseau. 0 más recientemente alrededor de las posiciones neoliberales y neoconservadoras para atacar o limitar los alcances de la democracia y el Estado social (Nozick).

Me parece conveniente señalar estas diferencias y tensiones porque en el estudio que Genyero hace de las ideas de Durkheim y Dewey se aprecia más la tendencia a marcar las semejanzas y complementaciones, que en algunos momentos incluso linda en la identificación entre los principios liberales y los democráticos. Por esta razón me atrevo a preguntar si Durkheim y Dwey entran a pleno título en la rama democrática o más bien pueden ser clasificados en la liberal o en alguna de las múltiples combinaciones del liberalismo democrático y de la democracia liberal.

Quiero, por último, hacer un señalamiento de carácter general: en algunos puntos del libro, pero sobre todo en las conclusiones se hace mención de algunos ingredientes típicos de la democracia moderna como las elecciones, el principio de mayoría y la representación -faltando quizá como ingredientes básicos los partidos políticos y el parlamento. Pues bien, lo único que quiero decir es que tales ingredientes, en rigor, no tienen la misma extensión ni son correspondientes de manera unívoca con la democracia. Se integran a ella bajo ciertas condiciones que sería largo comentar aquí, pero que valdría la pena poner en el tapete de la discusión en su momento para inquietar aún más nuestra pasión por el conocimiento y la práctica de la democracia.

JOSÉ FERNÁNDEZ SANTILLÁN

Departamento de Ciencias Sociales, ITAM


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