©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

JORGE FERNÁNDEZ, LA SOLEDAD DEL SILENCIO

Author: Diego Bonilla


JORGE F. HERNÁNDEZ, La soledad del silencio, 1991, México, Fondo de Cultura Económica-Universidad de Guanajuato, 183 p. ISBN 968-16-3559-0.

Fácilmente puedo imaginar al historiador hurgando con escalpelo un cuerpo que todavía no lleva nombre. Se dedica a seccionarlo, a separar sus partes preferidas y finalmente llegar al lugar que traiciona su pulso. Este lugar, en el caso de Jorge Hernández, es el Bajío, zona de vital importancia para el crecimiento de este cuerpo que ha cobrado el nombre de México. Hundiéndose un poco más en las vísceras del Bajío aparece el Santuario de Atotonilco. En este momento la precisión de la microcirugía (microhistoria) aumenta junto con la palidez del cirujano (historiador).

A lo largo de La soledad del silencio Jorge nos lleva, contagiado por el sueño y la visión de Don Luis González, por el universo maravilloso que encierra esta casa de ejercicios espirituales.

La tierra abajeña y sus habitantes tienen un carácter altanero pero a la vez religioso, Es una tierra de espinas donde el hombre crece virtuoso y bravo, es una tierra de flores que transformaron la raza que la habita en una alegre mezcolanza. Aquí se halla el espíritu del mexicano con el peculiar sabor de su historia. Pablo Neruda lo descubrió y lo engalanó con la facilidad de su pluma en el conjunto de ensayos que llevan el nombre de México florido y espinudo: "lo pintoresco envuelve de tal manera los dramas mexicanos que uno vive pasmado ante la alegoría."

Aunque citar a Neruda al habar de Jorge Hernández cumple con una cualidad y un defecto. El poeta chileno saborea, con el paladar de un extranjero, eso que Jorge vivió durante la creación de La soledad del silencio, lo que otorga un valor importante a la cita, que es el del asombro extrañado. El defecto es un poco más difícil de suponer: Jorge lleva sangre guanajuatense en sus venas, y si buscamos la cita oportuna para complementar su texto, nada mejor que una de Jorge lbargüengoitia. "Esta claustrofobia me dio a pesar de que yo entonces ignoraba lo que ocurrió en otro Viernes Santo, en Guanajuato también. En el siglo pasado, durante un sermón de las Siete Palabras, precisamente, la cúpula de la compañía se vino abajo y aplastó al predicador y a trescientos feligreses. -¡Qué bonito! -decía la anciana que me contó ese suceso-. ¡Morir aplastado en la casa de Dios! ¡Se va uno al cielo con todo y zapatos!" Estas palabras de Jorge Ibangüengoitia si no las hubiera descubierto por mí mismo en Autopsias rápidas, tranquilamente las hubiese atribuido a Jorge Hernández.

En la microhistoria del Santuario de Atotonilco no hay "hombres de bronce" ni grandes episodios. El suceso macrohistórico más notable de que se tenga noticia es que el Padre Miguel Hidalgo de allí tomó el estandarte de la Virgen de Guadalupe. La maravilla que Jorge extirpa hábilmente está tejida de la cotidiancidad de la gente que asiste a los ejercicios espirituales, y de la construcción del santuario a cargo del Padre Luis Felipe Neri de Alfaro.

En algunas páginas el autor nos sorprende con el caudal de referencias eruditas, aparentemete excesivas dado el carácter de su investigación. Pero yo veo en este gesto otra motivación más honda y cierta que la meramente intelectual: la visión de quien padece de amor por la historia alienta en La soledad del silencio.

Aunque no es de mi preferencia transcribir líneas del libro que reseno, en este caso me tomaré la libertad de hacerlo, pues se me hace imprescindible para dar muestra de una actitud primordial en su factura. "...el P. Segura me pidió que de querer ver algo debería llevar carta 'o del gobernador o del obispo de Celaya'. Pero, si en realidad no hay nada, ¿para qué llevar cartas? Si lo único que podía darme eran sus pláticas, que ya me estaba dando, pues comí con él, ¿para qué pedir permisos?"

Respeto, amor y consustanciación con el Santuario de Atotonilco pueden embargar súbitamente a quien llega hasta él en un instante de convivencia consigo mismo ante el atrio, en la soledad del silencio. El Santuario de Atotonilco y el Padre Neri de Alfaro han sido rescatados de la anatomía de México. Esta reseña propaga una nueva nueva: gracias a la certera intervención de Jorge F. Hernández las entrañas del Bajío siguen palpitando.

DIEGO BONILLA

Estudiante, ITAM


Inicio del artículoRegreso