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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

Ser responsable


Al final de la Edad Media, con ocasión de una guerra o para conmemorar a los muertos en alguna batalla (particularmente la de Sempach o la de Arbedo), grupos de hombres y mujeres, que a veces se relevaban de ciudad en ciudad, recitaban la Gran Oración; ésta empezaba, cristianamente, con un acto de arrepentimiento. En una de las versiones del Grosses Gebet der Eidgenossen, [Nota 2] puede leerse:

En primer lugar, cada uno, volviéndose hacia sí mismo, debe reconocer sus pecados y sus malas acciones, que cometió contra Dios, y tomar la firme resolución de evitar los pecados y las ocasiones de pecado.

Estas palabras de contricción, este Confiteor, no las considero como una simple fórmula de precaución destinada a atraerse la protección divina. Como en David, el rey salmista, la valentía para la confesión de los pecados no es diferente de la valentía para el combate. Es reconocer una condición finita, imperfecta, es aceptar no depender únicamente del juicio propio. Y cuando hablo de combate, no pienso solamente en los hechos de armas de los primeros siglos: pienso en cualquier gran proyecto, pienso en cualquier empresa de envergadura. No quedarse en el solo deseo personal, aceptar ser responsable de nuestros actos frente a los otros o frente a Otro: ésta es sin duda la mejor definición del sentido de responsabilidad. Las palabras de la Gran Oración son palabras que es bueno recordar. Pues el orgullo nos tiende una doble trampa: en primer lugar, la autocomplacencia, que la lengua alemana llama con mucha propiedad Selbstegefälligkeit: es la pereza mental que consiste en creer que hemos cumplido escrupulosamente con todo lo que se nos había pedido, y que volver a cuestionar esto es inútil. Y la otra trampa, es el resentimiento reivindicador, que en alemán se designa con precisión por medio de la noción de Selbstgerechtigkeit: es la actitud de los mensajeros del malestar que creen ser puros y sin reproche porque denuncian las transgresiones de los otros. Estas actitudes, ambas igualmente erróneas, son paralizantes: son lujos perniciosos. Dos maneras de esquivar nuestras responsabilidades. Espero que nuestro país no se inmovilice ni en la buena ni en la mala conciencia. Que tenga el coraje de imponerse una elevada ambición, sin olvidar la virtud de la humildad. Porque es necesario ser humilde para tener ganas de superarse, y para desear responder cada vez mejor en la vida cotidiana y en las leyes, a las exigencias de la ética y del interés común más amplio.

Me permito insistir: la verdadera libertad política, la libertad mejor dotada, es el atributo de las sociedades que reconocen que los individuos no deben tener permiso para hacer cualquier cosa, y que la desenfrenada voluntad arbitraria no es la autoridad decisiva. Este sentido de la medida, estas limitaciones legales, este rechazo de lo arbitrario, exigidos por el respeto al prójimo, ¡no vayamos a considerarlos como una cárcel! ¡No, decididamente, iré a buscar fuera de Suiza, en la historia del siglo XX, los ejemplos del encierro y de la servidumbre voluntaria!


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