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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

El propósito de las rutas


Leemos con emoción, en la Gran Oración, uno de los últimos pedidos:

Queremos también rogar por aquellos que en todos lados mejoran los caminos y los senderos, a sus expensas también y poniendo en ello todo su esfuerzo, tanto espiritual como corporal, y que sirven con fidelidad a la utilidad común.

Una versión agrega:

Y que aman la justicia.

¡Sí, celebremos el oscuro, el glorioso trabajo de aquellos que mejoran los senderos y los caminos! Pienso tanto en los senderos de montaña como en los caminos de peregrinaje. Pienso en todas las rutas esenciales mantenidas para la utilidad común: pienso en los muy antiguos caminos de mulas que atravesaban los Alpes, que aseguraban los intercambios entre el norte y el sur, y que requerían de un cortejo de fortalezas.

Los que mejoraban los senderos y caminos ponían al servicio de la Europa cisalpina y de Italia (con sus socios orientales) los grandes ejes del comercio y de la cultura. Pienso en primer lugar en los pintores alemanes o flamencos, que viajaban hacia Venecia o hacia Roma, y que descubrieron los primeros fuegos de la luz meridional en las faldas de los Alpes, en el centelleo de las rocas y las cascadas. Estos caminos bordeaban frecuentemente los grandes ríos cuya línea divisoria se encuentra en los nudos centrales de nuestro masivo alpino. Aquellos que ampliaron y consolidaron esos caminos inmemoriales prepararon a Suiza para su función de mediadora y de receptora. Fueron, en los tiempos del humanismo, los caminos de vagabundeo de los escolares que se fueron a estudiar las "buenas letra? a todos los rincones de Europa, como lo hizo el pastorcito del Valais, Thomas Plater. No acabaríamos nunca de evocar a aquellos que tomaron la ruta para econtrar la forma de vivir en una tierra extranjera: arquitectos y estuquistas del Ticino, reposteros de Engandine y del Valle Bregalia. Por esas mismas rutas partieron soldados del servicio extranjero, con el Heimweh en el corazón. En el sentido contrario -de Francia, de Flandes, de Italia- afluyeron aquellos que buscaban refugio "por razones de religión", Erasmo en Bale, los Estienne en Ginebra. Estos hugonotes, estos herejes vinieron a establecer y a hacer prosperar nuevas industrias. La Suiza del siglo XVII fue hecha por los extranjeros, dice el historiador inglés Hugh Trevor Roper. Los años en los que las rutas se cerraron ante aquellos que corrían un peligro inmediato de muerte fueron años de desgracia.

La Gran Oración, como ya lo vimos, conoce un sentido material de la construcción de las rutas; conoce también su significación espiritual, que va a la par con la generosidad y el amor a la justicia. Esta idea es admirable: encuentro en ella la expresión de la tarea más exaltante que uno pueda proponerse hoy. Es la tarea que asocia la educación, la cultura, los oficios de la comunicación, los oficios de la ayuda, las vocaciones caritativas. Hoy, las rutas y los senderos, en el sentido espiritual, son las ciencias y sus aplicaciones, en el lenguaje de la razón (tan frecuentemente calumniada) que nuestras altas escuelas se dedican a desarrollar. Son también las artes y el libre curso de la imaginación, cuyo agotamiento nos empobrecería. Hay también rutas y senderos secretos por los cuales se va silenciosamente hacia el interior de sí mismo. Espero que podamos decir, de las mujeres y de los hombres de hoy, que contribuyeron, cada uno en su campo y hasta en los más modestos, a crear nuevas rutas, a tender nuevos puentes. Si declaro que es urgente continuar sobresaliendo en el más amplio número de campos, ¿se me reprochará qe pregono un ideal elitista? Un país pequeño debe compensar la estrechez de su territorio con el valor de sus realizaciones. El elitismo, si tal es el caso, consiste en desarrollar más completamente los poderes que cada uno lleva en su interior, no para afirmar una superioridad altiva, sino para tener aún más para comunicar. El acto de solidaridad vale por la calidad de lo que ofrecemos a los que vienen de afuera. Pero, yo lo sé, el mundo "desarrollado" vive en una civilización material que no siempre incita a alcanzar lo mejor de uno mismo. Deja sitio, sin embargo, para una excepción más que meritoria: el esfuerzo deportivo, el bello dominio del cuerpo y del gesto que salvaguardan al menos un aspecto de la realización humana.


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