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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

Desarrollo del Estado francés


El desarrollo del Estado francés que lo convierte en paradigma del Estado moderno exhibe un proceso evolutivo que lo lleva, de un vigoroso feudalismo monárquico a la Revolución, pasando luego por el Thermidor y el Directorio, el Consulado y el Primer Imperio, la Restructuración y la Monarquía de Julio, para culminar con el Segundo Imperio. [Nota 2]

El Estado nacional es -en la Europa Occidental de la Baja Edad Media y de la temprana Edad Moderna- productor y producto del proceso de emergencia de una realidad nueva, de un cúmulo de fenómenos en parte espontáneos y en parte determinados por la intervención de poderes políticos. Esta constelación abarca y entrelaza: matrices de cambio, acumulación de recursos y riquezas y de medios de acción, extensión del comercio y de las comunicaciones, mercado nacional, ascenso de burguesías, constitución y consolidación de pueblos y nacionalidades, desarrollo de conciencias nacionales. De estos componentes y procesos y de su estructuración como conjunto en la nueva sociedad civil, nace el Estado nacional centralizado que a partir de sus diferentes precedentes históricos se instituye cada vez más como poder político relativamente autónomo y en expansión. El nuevo Estado multiplica sus intervenciones, produce y unifica la sociedad nacional, la trabaja y modela, le impone su supremacía y tiende a absorberla. Sus ámbitos y funciones se despliegan a la vez en lo económico, lo político, lo social, lo cultural, lo espacial, lo jurídico-institucional.

La Revolución Francesa, en sus diveras fases monárquico-constitucional, girondina, jacobina termidoriana-directorial- continúa, como bien comprendió Alexis de Tocqueville, [Nota 3] esta tarea histórica del Antiguo Régimen, la libera de formas rígidas y límites estrechos, la extiende y profundiza. El Estado capta los cambios profundos que se vienen produciendo durante el siglo XVIII y que se manifestarán en la espontaneidad revolucionaria; se racionaliza y centraliza; crea la ideología y los mitos que posibilitan o refuerzan su legitimación. La nueva ideología que va emergiendo del Siglo de las Luces primero, y del proceso revolucionario luego -con una mezcla de continuidad y de fractura entre ambas fuentes-, establece un lazo indisoluble entre Estado, pueblo y nación, razón, ley. Tras este vuelo ideológico, el Estado se vuelve promotor y productor de la nación más que a la inversa; hace converger los caracteres locales, regionales y clasistas, los homogeniza y los absorbe en la identidad colectiva de lo territorial, lo étnico y lo nacional.

De hecho, como destaca Pierre Birnhaum, en un proceso único, la Revolución Francesa hace surgir la nación, da al pueblo un papel de primer plano, y refuerza al Estado, lo institucionaliza, lo diferencia de las periferias, lo autonomiza de la sociedad y de sus principales clases y grupos. La triple reivindicación de la libertad, la igualdad y la fraternidad se afirma y despliega de modo paralelo y entrelazado con la destrucción de los organicismos: órdenes, estamentos, corporaciones, particularismos regionales y locales. Se suscita y logra así la formación de un nuevo sistema que se constituye y funciona a partir y a través de una comunidad y compromiso de los ciudadanos. Estos ven reconocidos y codificados sus derechos y deberes como ciudadanos, pero deben renegar de todas sus lealtades periféricas y entablar relaciones directas con la soberana autoridad del Estado fuertemente diferenciado de las periferias sociales y espaciales, autonomizado, movilizador y atomizador de masas. Francia ejemplifica un caso notable de estatización de la nación, de predominio del aparato político-administrativo, civil y militar del Estado que asegura, de modo incesante y simultáneo, su institucionalización, su autonomización, su ingerencia y dominio sobre la nación.

La Revolución crea un autoritarismo político y administrativo, más moderno, más fuerte y eficaz, un despotismo más vigoroso que el del Antinguo Régimen. Monárquicos constitucionales, girondinos, jacobinos termidorianos, directoriales y brumarianos, desconfían del sistema electoral y del régimen parlamentario. Partes integrantes aunque mutuamente conflictivas de la élite política e intelectual, aquéllos coinciden, no en la instauración de un régimen liberal, sino en la preparación de las condiciones para la dictadura bonapartista.


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