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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1992

Los intelectuales legitimadores


De la Revolución y el Imperio surge el prototipo del intelectual legitimador de los nuevos sistemas de poder en dos variedades: los Ideólogos y los contrarrevolucionarios conservadores. Ambos comparten el papel de intelectuales como modeladores de sistemas de símbolos, ideas y propuestas que legitiman el poder estatal y sus usos, en un caso en beneficio del Imperio napoleónico, en el otro como nuevas justificaciones cuando una situación histórica transformada muestra la insuficiencia de las antiguas para sostener o consolidar el poder.

La primera variedad está representada por los Ideologues, el grupo de los jóvenes que llegan a ser últimos representantes de la filosofía del Iluminismo, la herencia y continuidad de su tradición, pero también la adaptación a los cambios introducidos por la Revolución y el Imperio y la proyección hacia el futuro (Volney, Destutt de Tracy, Cabanis). [Nota 12]

Su doctrina es formulada y desarrollada a partir del concepto de ideología que Destutt de Tracy propone en 1812, como disciplina filosófica que analiza el funcionamiento de la mente humana de modo empírico, como objeto natural. Ello permitiría determinar la verdad y el error en las ideas y disponer de un método para su validación. El gobernante podría conocer los hombres y las ideas, estar en condiciones de erigir un orden justo y razonable. Se da importancia primordial a la educación y al principio de ciudadanía como condición de una política racional y garantía de la libertad en lo político, lo económico y lo cultural.

Los Ideólogos toman posición en la política, descienden a su arena. Participan en la Revolución, en comités legislativos, en la Asamblea y en la Convención, y lo hacen como burgueses liberales, moderados, girondinos, víctimas de la persecución jacobina. Tras el Terror incrementan sus desempeños en papeles públicos, tienen la autoría de la Constitución del Año III, contribuyen a la transformación de la educación y a la creación o avance de las instituciones científicas y culturales de mayor influencia, asumen un papel dirigente en la vida intelectual y política del Directorio.

Los Ideólogos se entusiasman con Napoleón como hombre ilustrado en el poder, posibilidad de unión de ese poder con los intelectuales, fuerza que permita realizar el reino de la Razón, medio para que el grupo cumpla un papel más influyente y decisivo en la política y en el Estado. Contribuyen considerablemente a la legitimación por la comunidad intelectual de Napoleón y del Estado fuerte. Participan en la preparación de la Constitución no liberal ni democrática del Año VIII, y se incorporan al Senado, al Tribunado y al Ayuntamiento.

Sin embargo, se van dando crecientes evidencias de la repugnancia de Napoléon por estos "hombres con un sistema", poco flexibles y adaptables a las demandas del nuevo régimen, demasiado analistas e ideologizados, soñadores ilustrados, en contraposición a la preferencia del Primer Cónsul y Emperador por los hombres pragmáticos y dedicados al manejo de hechos positivos y exactos. Frente a las críticas de los Ideólogos, Napoleón les plantea una opción de hierro: el sometimiento o la exclusión de la vida cultural y política. Muchos de ellos eligen el exilio interno o externo, para la conservación de una visión liberal en una época autoritaria y la posibilidad de una oposición al poder personalizado y autoritario.

Con los Ideólogos aparece lo que se ha denominado el paradigma redentor, el poder personificado y populista-nacion alista, para resolver las contradicciones y conflictos de la Revolución, de sus insuficiencias, de una modernización incompleta y a cumplir a cualquier costo. Es el paradigma que Hegel presiente cuando ve en Napoleón una encarnación del Tspíritu del Mundo a CabaHo". Es el fenómeno sobre el cual Max Weber modelará el concepto de legitimación carísmática, sobre cuyos peligros advertirá en su Tolítica como Vocación". [Nota 13]

Por la otra parte, la Revolución Francesa y el Imperio dan lugar, tras una primera resonancia y un inicial sentimiento favorable en importantes sectores de Inglaterra, Alemania y otras partes de Europa, a una fase de reacción romántico-consevadora.

En Francia, "las clases privilegiadas no se sometieron voluntariamente al nuevo orden. Intentan, en el plano teórico, un esfuerzo desesperado para reaccionar contra la filosofía de los derechos naturales y sustituir al individualismo revolucionario por el respeto de los valores tradicionales... Es así como se desarrolla en Francia, paralelamente a los otros Estados de Europa, esta escuela tradicionalista, que busca reanudar sus lazos con los siglos pasados. Escuela que se ha designado igualmente con el nombre de ultramontana o teocrática, porque, tomando sus argumentos de la filosofía medieval, tiende a someter no sólo al individuo al poder civil, sino aún más el poder civil al eclesiástico, considerado como el representante de Dios mismo. Pero detrás de estas teorías es fácil reconocer el rencor de las antiguas clases privilegiadas que, intransigentes en cuanto a los principios y ávidas de venganza, sueñan con el restablecimiento del Antiguo Régimen". Principales encarnaciones en Francia de esta Posición son Joseph de Maistre, Louis de Bonald, el abate de Lamennais. [Nota 14]

En Inglaterra y Francia se da una fuerte reacción nacional contra la Revolución Francesa y el Imperio y sus tendencias autoritarias, expansionistas y desorganizadoras. Ellas son vistas como resultantes de la aceptación acrítica del Iluminismo, del optimismo y del racionalismo ingenuos del siglo XVIII; de su concepción de un universo racional y mecánico; de su intento de reordenar la sociedad de acuerdo a principios puramente racionales; de su cosmopolitismo. Se reconoce la existencia y el papel positivo de los factores irracionales de la conducta humana: tradición, emociones, imaginación, sentimiento, intuición, religión, poesía, arte, y la necesidad de su liberación como esenciales para comprender la naturaleza y la sociedad. La mente tiene un papel modelador del mundo. El grupo, la comunidad, la nación son conceptos fundamentales que exigen la obligación del individuo. Se debe investigar el origen de las instituciones y mirarlas como producto de un lento desarrollo orgánico, no de una acción racional y calculada.

Esta tendencia se expresa en Inglaterra con la obra enormemente influyente de Edmund Burke, Reflections on the Revolution in France. En Alemania, tras una fase de enorme resonancia y simpatía respecto a la Revolución y el Imperio, los intelectuales se alejan, se vuelven hostiles, y terminan por aceptar el predominio de una corriente antirrevolucionaria, de romanticismo conservador, que encarna sobre todo en Novalis, Fichte y el Hegel de la madurez. Con esta última variedad de intelectual contrarrevolucionario, dedicado a la defensa y legitimación de los regímenes más conservadores y reaccionarios de la Europa posterior a 1815, se completa la tipología de los intelectuales en su relación con el poder político y el Estado que emerge del impacto de la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico. No resultaría un esfuerzo desmesurado demostrar la reproducción ampliada de dicha tipología en otras regiones y países y en otras fases de la historia contemporánea.


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