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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1992

SOBRE LA INTOLERANCIA

Author: Ignacio Díaz de la serna [Nota 1]


Pour voir, monflis, comme vous devez reconnaître avec soumission une puissance supérieure á la vôtre est capable de renverser, quand il luiplaira vos desseins les mieux concertés, soyez toujours persuadé, d'un autre côté, qu ayant établi elle-même l'ordre naturel des choses, elle ne les violera pas aisément ni á toutes les heures, ni á votre préjudice, ni en votre faveur. Elle peut nous assurer dans les périls, nous fortifier dans les travausx nous éclairer dans les doutes, mais elle ne fait guére nos affaires sans nous, et quand elle veut rendre un roi heureux puissant, autorisé, respecté, son chemin le plus ordinaire est de le rendre sage, clairvoyant, équítable, vigilant et laborieay

Louis XIX

Mémoires pour l'année 1662

En el siglo XVII aparecen dos actitudes que marcarán el inicio de la etapa que se ha dado en denominar modernidad. La primera, los hombres no sólo reflexionan acerca del origen de los trastornos y males en el orden social, sino que buscan los remedios más, eficaces para sobreponerse a ellos.' La segunda, ante las perturbacione económicas y sociales, los hombres". adquieren una conciencia comparativa de las distintas fases de la crisis en que viven. El parámetro de conducta humana que será común a lo largo de ese siglo consiste en suponer que frente a los acontecimientos adversos, el hombre puede intervenir, modificando circunstancias, actitud opuesta a la que había prevalecido durante la Edad Media y el Renacimiento, épocas en las que se padecía pasivamente el curso de las cosas.

El hombre moderno afirma su voluntad de cambiar el destino, de enmendar y aun de crear un nuevo orden tanto natural como social y económico. Éste es el fundamento de una nueva óptica sobre sí mismo que lo llevará a estimarse como Homo faber.

Al comparar el siglo XVII con el siglo precedente, no es difícil constatar que fue una época menos utópica. En él se reducen drásticamente las pretensiones de realizar reformas sociales, pero no por ello habría de perderse la confianza en que la acción humana puede alterar el derrotero de la sociedad. En esta medida, aquellos hombres aspiraron a estudiar y perfeccionar dicha acción con el objeto de prevenir fracturas en el orden social. Tal sería la meta más importante del poder absolutista.

En efecto, el poder político y religioso del siglo XVII buscó sujetar la acción de los hombres para impedir que amenazara su situación privilegiada. Ejerció ese control mediante una organización económica sólidamente dirigida que sirviese a la monarquía absoluta. Además de una literatura y un arte comprometidos en la conservación de la autoridad reinante, intervino también una ciencia cuyos contenidos "peligroso" fueron preservados en manos prudentes. Lo que caracterizó a ese siglo fue sin duda una cultura centralizada en el seno del poder absoluto monárquico. Allí, la actividad cultural, en su sentido más amplio, fue sinónimo de un programa de acción, perfectamente detallado, destinado a controlar la colectividad de los hombres.

Nada cumpliría con mayor exactitud ese propósito que el conceptismo, a través del cual se estableció un conjunto de preceptos morales que influyeron en las costumbres y configuraron los modelos de conducta más deseables, Pero antes de pretender conducir el comportamiento de los individuos, se comprendió que era imprescindible el conocimiento de los mecanismos y motivos que originan la conducta. Ésta fue la tarea principal de los teóricos del conceptismo. No sólo fueron ellos los constructores de la literatura barroca. Aunque no alcanzaron el estatuto de filósofos morales, anhelaron que sus máximas se proyectasen en las costumbres. Su reflexión perfila los procedimientos para ejercer un dominio sobre la voluntad y conseguir una manipulación más eficaz de los actos.

Aunado a lo anterior, conviene no olvidar que en ese período la ciencia moderna se encuentra en su primer momento de consolidación. En ella, cada saber particular tiene por objetivo llegar a dominar la zona de realidad a la que se aboca. En Francis Bacon es franca esa aspiración cuando afirma: Scientia est potentia. Descartes también exalta el espíritu de su siglo al declarar que con el saber se llega a ser maitres et posseusseurs de la nature

Esta identificación saber-dominio rebasó el campo de las ciencias naturales. Campea asimismo en las ciencias del hombre, las cuales se desarrollan conforme a una finalidad operativa. Conocer al hombre cobra de súbito un interés táctico. Ya no interesan las verdades últimas. Se ha abandonado la creencia de que, apegándose a ellas, el individuo mejora. Ese conocimiento se plasma en un conjunto de reglas que facilitan a los hombres adaptarse a la realidad en la que se desenvuelven. Conocer al hombre significa conocer a los otros, conocer prácticamente los resortes de su conducta. Así, en cada situación en la que son observados, se puede prevenir su comportamiento y obtener los resultados que de ellos se esperan. La pragmática que Baltasar Gracián elabora, por ejemplo, consiste en la propuesta de un modelo de conducta, no para que el noble o el cortesano gane la salvación de su alma. Con adaptarse a ese modelo, cualquiera puede convertirse en el tipo de hombre distinguido. Hay en la mayor parte de los preceptistas barrocos una enseñanza: adherirse al modelo propuesto asegura el éxito y la felicidad.

Es curioso notar que toda la pragmática del siglo XVII pondera la prudencia como la más alta de las virtudes. Filósofos y escritores meditan sobre ella. La Rochefoticatild señala:

Los vicios entran en la composición de las virtudes como los venenos entran en la composición de los remedios: la prudencia los reúne y los templa, y los utiliza de un modo útil contra las desgracias de la vida[Nota 1]

Dentro del pensamiento filosófico de la época, la razón equivale a la prudencia. Ambos son términos que se refieren a la preocupación por evitar que el comportamiento humano se manifieste como una fuerza ciega, irrefrenable. No es de extrañar, pues, que en el XVII haya florecido el racionalismo moderno.

El conocimiento del hombre se promulga como un saber empírico, observacional. Tres campos diferentes fueron abarcados:

a. La observación del rostro y, en términos generales, el exterior del cuerpo humano. De este asunto se ocupan los innumerables estudios fisiognómicos que proliferaron.

b. Observación de la vida anímica. Análisis de los impulsos, pasiones y afectos, tema central de lo que se solía llamar "Tratado de las pasiones. Entre los más célebres, el de Spinoza y el de Descartes.

c.. Observación de las acciones externas. Aumenta el interés por la historia, considerada ésta como la sucesión encadenada de los actos humanos. Llegó a pensarse que la historia proporciona un material inagotable de reflexión. No es otro el propósito de una obra como el Discours sur Phistoire universelle de Bossuet.

Tal conocimiento permitió a los gobernantes tener en cuenta las cualidades de sus allegados y súbditos para influirlos más convenientemente. Mediante ese saber, el poder político guía a los hombres hacia los objetivos que él reclama imperiosos para garantizar el correcto funcionamiento de la sociedad. Muchos autores destacan la importancia de la educación, pues descubren en ella la posibilidad de modelar a los individuos, integrándolos en una cultura que respalda la estabilidad del poder reinante.

Encauzar la opinión de los individuos y controlarla, es el hecho básico que distinguió a la relación entre gobernantes y gobernados. Toda la producción cultural estuvo diseñada para efectuar ese control. Uno de los aspectos definitorios de los regímenes absolutistas consistió en que el dirigismo del poder absoluto pronto se extendería en el cuerpo social entero. Su autoridad está presente en las manífestaciones culturales, en cada una de las esferas de la vida social hasta adueñarse de los momentos de esparcímiento. Son los reyes quienes dictaminan el gusto. Imponen lo que ha de leerse, a cuáles espectáculos se debe asistir, la moda en el vestirse, qué tipo de música y cuándo ha de escucharse. El monarca absoluto es absoluto porque es ubícuo. Semejante a Dios, está en todas partes, vigila al mismo tiempo todos los rincones. Su don de ubicuidad esculpe la forma moderna de la intolerancia.

A mi entender, nada ejemplifica mejor la estrecha relación entre la omnipresencia del monarca absoluto y la intolerancia que el vínculo que une al súbidto con su rey y al rey con su súbdito. Me referiré a la figura de Luis XIV, por haber encarnado él históricamente la cima del absolutismo.

Antes de representar la encarnación del Estado, el monarca aparece como el soberano de soberanos, el soberano universal a quien todos rinden pleitesía. Lejos de ser una relación fría, estrictamente convencional, ese vasallaje es vivido por el súbdito de una manera afectiva. Frente al rey, el noble jamás encuentra la palabra idónea, tartamudea, aun a veces llora, ya que le cuesta trabajo dominarse delante de su soberano al que ama con una intensidad que hoy nos es incomprensible. El que está al servicio del rey, ha dado en ofrenda su persona. Ya no se pertenece. No es exagerado decir que su fidelidad a la causa monárquica bien puede empujarlo hasta la muerte. Se trata, pues, de un vínculo pasional entre un ser que se entrega sin reservas a otro.

Roger de Rabutin, conde de Bussy, envía durante su exilio una petición a Luis XIV en la que razones de índole política se mezclan con declaraciones inflamadas de su amor:

Sí, Señor, os amo más que todos los que dicen quereros, y si no hubiese yo amado a Vuestra Majestad más que a Dios mismo, quizás no me afligirían todos los males que me han sucedido. [Nota 2]

Además de una fidelidad incondicional, el súbdito debe mostrar siempre una transparencia completa de sus sentimientos. De lo contrario, su reserva constituiría un obstáculo entre él y el soberano. Quien se entrega al rey, es necesario que le muestre los recovecos de su corazón.

Roger de Rabutin vuelve a escribir a Luis XIX en 1673:

:..siempre supe que Vuestra Majestad, a quien nada puede ser ocultado, no desconocía que lo amaba con todo mi corazón y que lo admiraba. [Nota 3]

En contrapartida, el vínculo que une al rey con sus súbditos es de distinta naturaleza. Los artistas que con figuran la política cultural del Estado lo describen tomando como punto de arranque la metáfora solar. En efecto, desde el año de 1662 Luis XIV es conocido como el Rey-Sol. Al monarcale es viable hurgar en el corazón de sus súbditos, no porque ellos se lo permitan, sino porque tiene el poder de conocer todo. Los individuos son puestos en perspectiva por la mirada monárquica. A partir de esa fecha, varios autores, entre los cuales se cuenta el padre Le Moyne, desarrollan en términos de teoría política una suerte de imperialismo ocular que ejerce el soberano a lo largo y anchode su reino. Nada se escamotea al ojo que ilumina. Al igual que el astro solar, la' mirada del rey disipa la oscuridad, ordena el caos de la noche y hace emerger la verdad. Esta omnipresencia es uno de los elementos que derivan de la teoría del doble cuerpo del monarca.[Nota 4] Los miembros de la nación son considetados los múltiples órganos que transportan el ojo monárquico hasta los confines más recónditos.El rey ha recibido de Dios, para la buena administración de sus asuntos, ese don divino que le permite descubrir la felonía más secreta. En cuanto advierte cualquier intriga tramada en contra suya, sus brazos capturan al enemigo. No existe cobijo para los traidores, no hay refugio dónde mantenerse lejos de ese imperialismo ocular.

Las características solares del monarca impiden que el vínculo rey-súbdito sea similar al del súbdito-rey. Si la virtud del noble es la transparencia, la del soberano es la luminosidad enceguecedora. Luis XIV deslumbra; nadie puede penetrar en su misterio. El corazón del rey es del todo insondable. Mientras que el deseo del cortesano es situarse lo más cerca posible del monarca, éste a su vez le exige que se coloque a una distancia respetuosa. Su resplandor podría abrasar a aquellos que permanecen demasiado próximos. Esta idea resume la condición desgarrada de todos los favoritos. Ellos piden a su soberano protección; el rey utiliza a la nobleza como signo manifiesto de su poder.

Al practicar el chantaje afectivo, los nobles ansían disminuir esa distancia. Las palabras de Roger de Rabutin no están dirigidas a Luis XIV en tanto que encarnación del Estado, sino a la persona individual del rey. Más allá del cuerpo simbólico condensado en la noción política de persona fictia, la aristocracia intenta en todo momento que sus privilegios sean respetados. Por ello buscan enternecer el corazón del monarca. Se esfuerzan en hacer prevalecer las razones sentimentales por encima de las razones de Estado.

No obstante, la aristocracia percibirá tarde o temprano un cambio sustancial en el fundamento de la monarquía, cuyo protagonista será Luis XIV. El corazón abandona el cuerpo privado del monarca para ubicarse en el centro de cuerpo social. Este desplazamiento, esta anulación de Luis XIV como cuerpo privado, es justamente lo que hará de su imagen el prototipo perfecto del monarca absoluto. El Estado soy Yo", frase que comúnmente se le atribuye, no deja de pertenecer al ámbito de la leyenda. Lo que en verdad proclamó fue algo de consecuencias mucho más radicales: "La nación no se encarna en Francia; reside toda ella en la persona del Rey." Esta identificación plena entre el Estado y la persona del rey sobrevivirá, casi con la misma fuerza, en el sucesor de Luis XIV. En 1776, durante la sesión llamada la flagelación del Parlamento de París Luis XV recuerda a los parlamentarios, en tono áspero, esta ley del reino:

Los derechos y los intereses de la nación, los cuales se ambiciona separar del monarca, están necesariamente unidos a los míos y descansan sólo en mis manos.[Nota 5]

Los derechos y los intereses de la nación, los cuales se ambiciona separar del monarca, están necesariamente unidos a los míos y descansan sólo en mis manos.[Nota 6]

Así, el rey tiene el monopolio del corazón. La pasión que los súbditos le profesan no está dirigida al cuerpo particular, sino al cuerpo simbólico. Luis XIV funde la nobleza con el Estado gracias al desplazamiento del sentimiento feudal que animó a la monarquía en los siglos anteriores. Modifica el vínculo súbdito-rey, supliéndolo por el de rey súbdito. Su sola presencia afirma los lazos que obligan a la nobleza a depender de él; fascina a sus súbditos como ciertos animales encandilan a su presa. [Nota 7]

Durante el carrusel de 1662, la nobleza ya no constituye un estamento homogéneo, amalgamado por intereses y valores comunes. Con ese festejo culmina la dislocación del vínculo afectivo. En lugar de predominar los valores caballerescos, el carrusel será la presentación visible de un universo donde prevalece la ilusión y la apariencia, propio de la monarquía y de su poder aplastante.

Debido a su omnipresencia, el aparato del Estado tiende a despegarse de la nación y se vuelve autónomo. La monarquía como instancia de gobierno forma una totalidad. Si bien ha brotado de la nación, de la colectividad que le dio origen, escapa a ella constituyéndose en un órgano independiente. El cuerpo del rey, identificado como la encarnación del Estado, tiende a perpetuar su existencia, aun a costa de la nación misma. Este aspecto caracterizará en lo sucesivo a la monarquía del Antiguo Régimen. La maquinaria estatal produce entonces su mitología, la del Impetium Romanum, la cual le permite pensar y reforzar su poder absoluto, le otorga una coherencia a su política y un sentido global a sus actos.

En el instante en que Luis XIV se proclama heredero del Imperio, es preciso que el Estado cumpla un ideal de gobierno. Para ello, deberá estar dotado de una mentalidad y una objetividad perceptibles a todos. La autonomía del modelo histórico justifica con creces la autonomía de su política. Ya no tiene que rendir cuentas a la nación, pues se trata para él de recuperar la herencia legítima del Imperio. Tal herencia le corresponde por derecho, de todos es conocida, es legible en la cultura que el Estado proporciona a los miembros del cuerpo político. De este modo, los artistas pintarán la figura de Luis XIV, desde los primeros años de su reinado, similar a la del emperador Augusto. Un festejo como el carrusel tendrá por objetivo manifestar a los súbditos la dimensión histórica del soberano francés, cristalizada en un aluvión de retratos mitológicos. Luis XIV no es la reencarnación de Augusto, no es sólo la imitación del emperador romano, sino que se convierte en Luis Augusto, nuevo personaje histórico en quien conviven pasado y presente, mito e historia. El Imperium que se pretende realizar es una esencia casi idéntica a la Idea platónica: un ser que se encarna en un país y en una cierta política. Luis XIV inaugura así una perspectiva novedosa de vivir la historia.

Hoy, cada cual autónomo, los campos del saber y de la práctica humanos estuvieron íntimamente imbricados en el siglo XVII gracias a la acción totalizante del Estado. El conjunto social era animado por la mito-historia. Que Luis XIV fuese entrevisto como Luis Augusto, implica que sus súbditos se comprendieron a sí mismos a través de ese mito como franco-romanos. La política cultural se preocupa por crear una infinitud de signos que hagan tangible la Roma resucitada. De ahí, por ejemplo, los héroes romanos que reviven en el teatro de la época.

En diversos fragmentos de sus Memorias que compuso para la instrucción del Delfín, Luis XIV advierte a su hijo que no se deje intimidar por aquellos soberanos que se consideran legítimos herederos de la corona imperial, en primer término, el emperador de Alemania. El rey es contundente: todos carecen de la grandeza de los césares, claro está, salvo el monarca francés.

La mito-historia organiza y explica cada decisión política del Rey-Sol en su relación con las otras naciones europeas. Precisamente en 1662 se rehusa a enviar un mensaje de felicitación al emperador Leopold, quien acaba de ser elevado a la dignidad que Luis XIV reinvindica para sí. Los dos reclaman como suya la herencia espiritual de Carlomagno, que pertenece a la historia de ambos paises. Francia intenta, empero, apoderárselo porque se juzga con mayor derecho a esa herencia. Las razones que Luis XIV esgrime son: su antepasado adoptó el título de Rey de los Francos, y la antigüedad de su dinastía.

Instalado en el núcleo de la mito historia, Luis XIV intenta a toda costa rescatar un derecho secular, Por este motivo luchará, en el terreno de la diplomacia por ser reconocido como único heredero a la corona imperial.

En el siglo posterior, los que se resistieron a mirarse como parte de la nación en el cuerpo del monarca, combatirán por obtener esa separación. Será el momento de la Revolución y los años que le siguieron. El espectáculo del 21 de enero de 1793, la decapitación de Luis XVI, sellará la ruptura definitiva entre los dos cuerpos. La burguesía tomará entoncesel lugar del soberano, inscribiendo su encarnación en los límites geográficos de un territorio llamado Francia.


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