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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1992

ALINE PETERSON, NUESTRA QUERIDA FAMILIA

Author: María del Carmen Grillo


ALINE PETERSON, Querida familia, 1991, México, Diana, 105 p. ISBN 968-13-2060-3.

La historia de la novela empieza con la llegada de un alemán, Frederick Lust, como huésped a una casa en la que viven Sara, una anciana solterona, su sobrina Julia, una mujer joven, y la criada Soledad. Conforman los restos de una familia acomodada, venida a menos, que debe apelar al recurso de alquilar un cuarto para tener otros ingresos y para defenderse de las amenazas de una ciudad que se ha vuelto peligrosa.

Toda la historia la conocemos por los monólogos de la tía y la sobrina; sabemos de su pasado' desahogado y de su presente lleno de necesidades, de) odio de Julia hacia su tía, de la mutua incomprensión y de la ingenuidad de ambas.

El contrapunto de estas dos voces va entretejiendo la novela. Los discursos son opuestos: el de Sara es el discurso que va hacia el pasado, que se repite y repite obsesivamente ciertos temas: el orden y la limpieza, la visión tradicional de la familia y la mujer:

Ya sé que a unas mujeres les da por los afeites y a otras no; ahora lo que es a mí, me ha dado por la pulcritud. Es algo que nos enseñaron desde chicos; porque tanto papá como mamá eran muy cuidadosos. La ropa albeaba y los pisos eran tan encerados, que hasta eran un peligro; las cacerolas las tenía nana Pepa impecables sin esas horrendas manchas de cochambre de otras casas (p. 77-78).

El de Julia es el discurso de la transgresión, del desorden, de la exaltación del cuerpo femenino; es, por otra parte, un discurso que se proyecta hacia el futuro:

El río brota entre mis muslos, tibio y oscuro, espeso como la vida que se escapa. Hoy hurgaré dentro de esa herida por donde escurre la luna y con ella cubriré la tela. Roza el pincel mi carne y la despierta. Trazó con humedades un oleaje marino sobre el lienzo (p. 95).

Son discursos opuestos y complementarios. El lector construye la historia con el relato de cada una de ellas; así, se sospecha que Lust es un impostor, que las actitudes de Julia hacia Sara y hacia la criada son hostiles. A veces, esta mutua referencia, esta complementariedad de los discursos de cada una de ellas se percibe inmediata y tal vez mecánica, como la referencia de la muerte de "Damián", el ratón que Julia tiene en su cuarto.

Ambas tienen un receptor de su discurso: el de Sara es Soledad, el de Julia es ella misma que se desdobla como si estuviera dentro de si y a quien quisiera proteger:

No quiero asomarme al espejo y ver los ojos aterrados de Julia. No aparezcas. Quédate allí al fondo, allí donde nadie te busca y ten paciencia (p.65),

Este encierro se materializa en su cuarto, lugar al que no pueden entrar ni la tía ni Soledad; lugar que le franquea a Lust por las noches y donde le permite vivir al ratón. En ese cuarto, Julia construye su propio mundo, el de su pintura, el de su desorden, el de su fantasía.

El resto de la casa es de la tía Sra: el jardín, la sala, los muebles de los que no quiere desprenderse, la disposición de los adornos. Ése es su mundo, y Soledad contribuye a conservarlo.

El discurso de Sara es la representación del habla cotidiana de una mujer vieja con su criada. No hay diálogo, pero muchas veces se escucha su voz a través de lo que dice Sara:

No empecemos, Soledad, no me pongas nerviosa; déjame disfrutar de este di a de sol y calma. Ya sé, ya sé, prometiste callarte la boca; pero no te sonrías de esa manera, que a veces se puede decir más sin hablar (p. 84).

La historia de la novela, entonces, va de la llegada del extranjero hasta su huida y la influencia de esta circunstancia en la vida de las tres mujeres; lo que dicen no sólo nos permite conocer sus vidas sino construir la historia de la familia y de sus allegados, de una familia que tiene un pasado añorado en el recuerdo de ambas, pero que se desmorona. "En fin, Soledad, sólo ruinas quedan de esta familia" "...el único que puede continuar el apellido es Panchito, y si no enmienda sus pasos, se acabará el Berlanga para siempre", dice Sara.

Hay la contraposición de dos discursos y de dos cosmovisiones totalmente opuestas; hay el descubrimiento de lo que los personajes mismos no se atreven a decir. A pesar de que la voz de Sara predomina y cuenta muchas cosas, hay rodeos, silencios, como sobre el amor que Sara sintió por el padre de Julia, o el del miedo al casamiento y el desagrado por los hombres, pese al deseo oculto, o los sentimientos contrapuestos hacia su madre y sus hermanas. Lo que se calla, lo que se sugiere, lo que se entrevé, es, quizá, mucho más terrible que la manifestación de que la 'querida familia' son sólo ruinas.

MARÍA DEL CARMEN GRILLO

Universidad Iberoamericana.


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