©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1992

UN PENSAMIENTO PARA UN MUNDO DEBIL*

Author: Edgar Morin [Nota 1]


*Publicado en Lettre internationale, privamera de 1991. Traducción de Silvia Pasternac.

El mito de la cábala nos dice que, para que nuestro mundo adviniera, fue necesario que la Sustancia infínita se retirara y se exilara. Entonces los jarrones que encerraban las perfecciones se rompieron, y nuestro mundo nació del exilio y en el exilio, de la separación y en la separación, de la quebradura y en la quebradura, de la caída y en la caída, de la imperfección y en la imperfección.

De alguna manera, la cosmología actual, nacida de los progresos de la astrofísica, da a esta interpretación de la cábala un valor de metáfora. Nuestro mundo nació, aparentemente, de una especie de accidente en el seno de un infinito sin forma, ni espacio, ni tiempo. Aparentemente, este infinito se "exiló" de nosotros y nosotros nos exilamos de él sin que se aboliera en realidad. Las separaciones surgieron con el espacio y el tiempo, y la degradación de la expansión inicial trajo la materialización de las cosas. Todas las organizaciones que se formaron y se desarrollan en nuestro mundo son inseparables de una desintegración inicial. De hecho, todas las cosas de este mundo material implican en ellas su finitud, su corruptibilidad, su propia negación. Nos queda claro que no hay mundo ni progreso posibles sin una imperfección original e irremediable.

No es que nuestro mundo sea viable a pesar de ser imperfecto, sino por ser imperfecto. Su imperfección es su condición de existencia, y es también la condición de su devenir y de sus desarrollos. La imperfección del mundo es también la fuerza del mundo, ya que en ella yacen las posibilidades evolutivas y creadoras. Se puede suponer que el mundo se creó a sí mismo y que continúa creándose a sí mismo a partir de su desastre original.

Para aceptar esta idea, es necesario echar abajo la visión del mundo que domina en nuestra tradición occidental. Ésta veía, en el mundo, la obra perfecta del Creador Perfecto. El Orden impecable de la Naturaleza daba testimonio de la obediencia cósmica a las Leyes del Todopoderoso. Después, cuando Dios fue expulsado del cosmos por Laplace, éste le confirió al Universo los mismos atributos de la perfección divina: la eternidad, la inalterabilidad, la incorruptibilidad, el Orden absoluto. En Descartes, Spinoza, Newton, un Dios fuerte disponía de un mundo fuerte. En Laplace, y después, entre los físicos deterministas del siglo XIX, Dios se desvanece, pero el mundo absorbió su Fuerza inmarcesible. La certidumbre teológica daba al creyente un fundamento absoluto para el conocimiento. Si, además, el Orden del Universo reflejaba la Razón divina, la razón humana, iluminada por la Fe e iluminándola a su vez, permitía un pensamiento fuerte apto para conocer un mundo fuerte. Si ningún ensamiento humano podía alzarse hacia la contemplación divina de la perfección del mundo, se debía a los impedimentos y a las imperfecciones de la mente humana, no a la insuficiencia de la Razón. Ciertamente, hubo en el pensamiento occidental una corriente mística, en la cual la racionalidad se juzgaba insuficiente para concebir a Dios y al mundo. Pero esto significaba que la hiperfuerza de Dios y de su mundo excedía toda racionalidad y toda inteligibilidad humana.

La debilidad de lo real
El conocimiento complejo del mundo
Un pensamiento débil o fuerte

Inicio del artículoRegresosiguiente