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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1992

RAMON FERNANDEZ, ESCRITOR Y COLABORACIONISTA*

Author: Nora Pasternac [Nota 1]


* Este trabajo fue presentado como ponencia en el Il Encuentro y diálogo entredos mundos, UAM-I, abril 1992.

En El amante, Marguerite Duras dice lo siguiente:

Ella, Betty Fernández, recibía, tenía un "día". Allá fuimos algunas vez ( ... ) No había alemanes. No se hablaba de política. Se hablaba de literatura. Ramón Fernández hablaba de Balzac. Le habríamos escuchado hasta el final de las noches. Hablaba con un saber casi olvidado por completo del que no debía quedar casi nada verificable. Daba pocos datos, más bien opiniones. Hablaba de Balzac como hubiera podido hacerlo de sí mismo, como si alguna vez hubiera intentado ser eso, Balzac. Ramón Fernández poseía una cortesía sublime incluso en la cultura, una manera esencial y a la vez transparente de servirse del conocimiento sin nunca hacer sentir su obligación, su peso. Encontrarle por la calle, en un café, siempre era una fiesta, se sentía feliz de verte, y era verdad, le saludaba a uno con placer. Buenos días ¿todo bien? Así, a la inglesa, sin coma, riendo y mientras duraba esa risa la broma se convertía en la guerra misma, al igual que todo el sufrimiento necesario que se derivaba de ella, tanto la Resistencia como el Colaboracionismo, tanto el hambre como el frío, tanto el martirio como la infamia. Betty Fernández sólo hablaba de la gente, de quienes veía por la calle o de quienes conocía, de cómo iban, de cosas que quedaban por vender en los escaparates, de los repartos de leche, de pescado, de tranquilizadoras soluciones a las escaseces, al frío, al hambre constante, siempre con una atenta amistad, muy fiel y muy tierna. Colaboracionistas, los Fernández. Y yo, dos años después de la guerra, miembro del P.C.F.[Nota 1] (Partido Comunísta Francés).

Para comprender un poco más al personaje, hay que imaginarlo moviéndose y actuando en la desordenada, tumultuosa y fecunda época que transcurrió entre las dos Guerras Mundiales. Ramón Fernández nació en 1894 y fue hijo de un diplomático mexicano y de una francesa provinciana, pero que se adaptó profundamente a la vida frívola de París: era cronista de modas y luego fundadora de la revista Vogue.

Ramón Fernández padre no era un personaje de poca importancia, todo lo contrario. Una parte de su trayectoria política ocurre durante el gobierno del general Manuel González, que comenzó su mandato en diciembre de 1880, con el apoyo de Porfirio Díaz, que retomaría el poder después del cuatrienio con la consiguiente reforma de la Constitución que ya conocemos, para perpetuarse en el poder. Pero volvamos a la familia Fernández.

Al asumir el gobierno el General Manuel González hizo, como corresponde en estos casos, una serie de nombramientos de funcionarios estratégicos.

Al importante nombramiento dado a Pacheco, se siguió otro de no menor interés. Fue este otro nombramiento el del doctor Ramón Fernández como gobernador del Distrito Federal. Hombre de gran capacidad en el trabajo y de notables iniciativas, el doctor Fernández comenzó la transformación de la ciudad de México. El gobierno del Distrito, que hasta antes de Fernández no tenía más tarea que la de encargarse de la seguridad pública citadina, se acercó a las necesidades sociales y económicas de la capital federal, para lo cual no sólo logró la colaboración de hombres de ciencia como don Manuel María Contreras y de jóvenes ricos y ambiciosos como don José I. Limantour, sino que formuló y desarrolló importantes obras de mejoramiento para la capital de la república.

Desgraciadamente gustaron a Fernández las especulaciones mercantiles privadas hechas a la sombra de su autoridad; y la fortuna que hizo, así como algunos desórdenes de su vida, sirvieron para que los extremos en la alabanza y en la censura opacaran el valor de la gran obra realizada como gobernador del Distrito. [Nota 2]

Cuando el mandato del general González estaba por terminar, hubo un atentado contra Porfirio Díaz, que se proponía ocupar nuevamente la presidencia. Algunos importantes amigos de Don Porfirio acusaron como cómplice principal de los que habían participado en el atentado al doctor Fernández, gobernador del Distrito, insinuando que había obrado de acuerdo con el general González.

No obstante las pruebas de amistad que había dado a don Porfirio, el general González, como consecuencia del frustado descarrilamiento de los llanos de Apam, ante las acusaciones que se hacían al gobernador Fernández, quiso dar una nueva muestra de su afecto al general Díaz, y prescindiendo de la colaboración del doctor Fernández, hizo que éste renunciara al gobierno del Distrito para aceptar la legación mexicana en Francia sustituyéndolo con el licenciado Carlos Rivas, impetuoso tepiqueño, hombre de talento, pero conectado con una vida orgiástica, nada recomendable. [Nota 3]

Ramón Fernández hijo, entonces, nació en 1894. Hizo sus estudios en París, en el prestigioso liceo Louis le Grand, luego en la Sorbona, y además en Inglaterra. Por otra parte, se convierte en un joven mundano que baila el tango como Dios padre" como testimonia Vladimir Jankelevitch; adora los juegos de sociedad; viaja constantemente siguiendo a veces la ruta de sus amigos de la Nouivelle Revue Francaise -la famosa NRF de André Gide. Este "playboy aficionado a los coches de carrera y excelente bailarín de tango" como cuenta Emmanuel Berl, [Nota 4] fue introducido al circulo por Jacques Riviére, uno de los fundadores de la revista y además su director desde 1919 hasta su muerte, en 1925. Allí, Ramón Fernández trabaja intensamente desde 1923 hasta 1944, incluso por supuesto en la versión fascista y colaboracionista que se publicó durante la ocupación alemana.

Su obra publicada, fundamentalmente ensayística, durante esos años de febril actividad, es considerable: Messages (1926), De la personnalité (1927); La Ve de Mofiére (1929); André Gide (1931); Le Pari, novela, premio ''Femina (1932); Moralisme el Littérature, en colaboración con Jacques Riviére (1932); Les Violents, novela (1936); L´homme est-il humain? (1936); P~oust (1943); Ilineraire franqais (1943); Maurice Barrés (1943); Balzac (1943)

Por otra parte, sus actividades se amplían tanto que ocupa uno de los lugares más importantes en la cultura francesa de esos años. Hagamos un recuento de esas participaciones.

Desde 1923, corno hemos visto, entra como crítico literario y cultural en la Nouvelle Revue Franjaise y a partir de las excelentes relaciones que establece con ese círculo exquisito de las más alta cultura francesa de la entreguerra participa activamente en cada uno de los microcosmos que giran alrededor del grupo. Por ejemplo, en verano todos se encontraban en las "décadas" de la abadía de Pontigny donde la gente de la NRF se reunía durante diez días para hablar de los temas sobre los que habitualmente escribía.

El creador de estas reuniones fue Paul Desjardins y la historia comenzó con la fundación previa de la "Unión para la Verdad", concebida también por él mismo, y en la que Gide participó activamente, asociación que estaba destinada a los debates éticos de antiguos defensores del capitán Dreyfus que, además, trataban de desligar sus acciones y su prédica de la derecha monárquica y tradicionalista y de los medios católicos. Es el propio Desjardins quien compra la antigua abadía cisterciense de Pontigny, en la provincia de Borgoña, y comienza a invitar a escritores, profesores, intelectuales de todos los horizontes ideológicos y de numerosos países. Los seminarios o "décadas", que organizaba, trataban de filosofía, literatura, pedagogía, derecho internacional, religión, antropología, ciencias... Los hombres que participaron en esas décadas ilustran lo más importante de la cultura francesa de casi todas las tendencias ideológicas y estéticas; con la salvedad, tal vez, de que los surrealistas no fueron nunca muy apreciados, aunque haya habido surrealistas aislados que participaron sin pretender representar al movimiento de Breton. Sin orden, pero para dar una idea de las reuniones, citemos a algunos de los participantes: André Gide, Jacques Copeau, Jean SchIumberger, Léon Brunschvicg, Charles Du Bos, Roger Martin du Gard, Gabriel Marcel, André Maurois, Raymond Aron, André Malraux, Jean Paul Sartre. Los jóvenes eran muy bien recibidos y escuchados con benevolencia por los antiguos; fuera de los círculos surrealistas, la tribu de la NRF era uno de los pocos círculos que daba la palabra y aceptaba como interlocutores a los muy jóvenes principiantes y aspirantes a intelectuales.

..qué lugar para comenzar una carrera: ¡tan cerca de la cima! Todo lo que se necesitaba era ser prometedor; y tener referencias como el haber asistido a las mejores universidades ayudaba considerablemente. Así, una fotografía tomada durante la "década" de 1926, cuyo tema era la herencia cristiana, muestra a Charles Du Bos (que el año siguiente se convertiría espectacularmente al catolicismo), al joven profesor de filosofía René Poirier, al escritor-periodista católico de izquierda Louis Martin-Chauffier, y a un cierto Jean Paul Sartre, egresado de la Ecole Normale Supérieure desde hacía dos años. Así, el joven normalien VIadimir Jankélévitch se vio invitado por el viejo normalien Léon Brunschvicg para que lo reemplazara en un seminario de Pontigny. Más tarde, Jankélévitch contó lo siguiente: Toder tomar el café con leche con André Gide.... jugar a los 'retratos' con Charles Du Bos, he aquí los divinos favores que cada verano nos reservaba..." Más nombres de los años veinte: ( ... ) Edith Wharton y Walter Barry, del mundo de las letras norteamericanas, Lytton Strache y del lado británico, el profesor Jean Guéhenno, Jean Prévost, Alfred Fabre-Luce ( ... ) Gide y Du Bos dirigían las discusiones, y las veladas transcurrían alegremente en juegos literarios donde participaban Ramón Fernández, Jean Fayard y muchos otros. Estaban presentes igualmente André Maurois, François Mauriac y Bernard Groelhuysen -para no citar más que hombres de letras.[Nota 5]

Durante el resto del año, los intelectuales se reunían en la "Unión por la Verdad", verdaderas misas laicas de la NRF en las que se respiraba una ferviente moralidad, simpatías por el socialismo y, muy a menudo, durante los años treinta, simpatías por la Unión Soviética. Una sesión cualquiera solía presentar a los representantes de la joven generación llevando adelante los debates, presidiendo las reuniones o asistiendo desde el público. En ese sentido, Ramón Fernández es recordado por muchos de los testigos de la época animando las reuniones y siendo scuchado como un importante interlocutor por todos. Por ejemplo, en un sonado debate sobre la responsabilidad política de los escritores, publicado en varios números de la Nouvelle Revue Franqaise durante el año 1932, en el cual Ramón Fernández representa a las posiciones de izquierda cuando escribe que los poetas comprometidos con la política pueden influir sobre los hombres de acción. Todavía en 1934 es activo miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, muy cercana al Partido Comunista.

Por otro lado, el respeto intelectual que se le tiene se puede medir por dos o tres anécdotas. Por ejemplo, desde 1927, año muy importante para él, pues se naturaliza ciudadano francés, forma parte del comité de lectura de la editorial Gallimard junto con otros diez personajes: Robert Aron, Banjamin Crémieux, Jean Grenier, Bernard Groethuysen, Louis Daniel Hirsch, Georges Lecoq, Brice Parain, Jean Paulhan, Georges Sadoul y Gaston Gallimard. Cuando Louis Ferdinand Céline envía a la editorial su manuscrito del Viaje alfinal de la noche, Gaston Gallimard, que no está muy seguro de los valores literarios del libro, se lo da a leer primero a André Malraux, luego a Ramón Fernández y a Emmanuel Berl. Las opiniones están muy divididas y el libro no convence a los lectores de la editorial. Finalmente, es tomado y publicado por un editor rival que tendrá mejor olfato. [Nota 6]

Por otro lado, en las notas de la Ia Pequeña Dama"[Nota 7] encontramos muy a menudo comentarios sobre las relaciones con Ramón Fernández.

Citaré sólo algunos para dar una idea dellugar ocupado por nuestro personaje.

De regreso de su viaje al Congo, después del cual escribe una denuncia contra el colonialismo, André Gide es esperado por sus amigos en el puerto de Burdeos, y lo informan poco a poco de los acontecimientos ocurridos durante su ausencia:

Pero aparecen todos los amigos y todos los incidentes de Pontigny. El dice, a propósito de Ramón Fernández: "Tengo la impresión de que lo irrito un poco, o mejor dicho que no existo para él. Nuestros planes no coinciden en ningún punto, y, además tengo siempre la sensación de que tiraba un poco de Riviére hacia sí, tratando de apartarlo de mi, diciéndole: ¿de qué sirve quedarte ahí?"[Nota 8]

Más adelante, la Pequeña Dama" hace el resumen de una intervención de Fernández en una de las "décadas" de Pontigny:

Hoy es Fernández el que abre la charla: presenta por extenso, un poco abstractamente, a un Montaigne claro, desnudo, mostrando su nueva posición en el humanismo: por Fin la vida interior, ya sin estar bajo el ojo de Dios, se piensa, se juzga. Un juicio moral dado impide, en resumen, pensar, etc. Después muestra a Montaigne teniendo en cuenta la noción que los otros sacan de él para armonizar su personalidad. [Nota 9]

Unas páginas después, en una concienzuda tarea de dejar bien delineados a los personajes que evolucionan alrededor de Gide,se detiene largamente en cada uno de los intelectuales que rodean al escritor: Fernández, físico vulgar y atractivo, da la impresión de una fuerza disciplinada y condicionada por facultades extraordinarias. Su dialéctica parece irreductible, debe ser alumno de Brunschvicg. En el debate que nos ocupa toma la postura de un humanista declarado. El hombre completo, del que él es un ejemplo brillante, flexible, entrenado, en su tema favorito, y la acción, su leit-motiv; para él, la acción es el principio unificador del hombre, aquél donde todas sus virtualidades pueden realizarse. Al contrario de lo que se podría esperar de su poderosa máquina, habla suavemente, como para no molestarnos, sin el menor efecto y evitando el "yo"; no se sabe si la prodigiosa facilidad que despliega en los razonamientos más sutiles, más arduos, en un efecto de su modestia o de su suficiencia. Aporta un argumento como quien añade un terrón de azúcar a su taza, con una sonrisa de excusa. Tiene la evidencia pronta, alada de los prestigitadores; como anteellos, uno se queda deslumbrado, desconfiado y sin haber entendido. A veces, en medio de esa jerga tan particular y tan abstracta, hay cosas sensibles, así, ha hablado muy bonitamente de Maggy en The Mill on the Floss (pues, para él, la novela tiene también un valor de experiencia), explicando que la dependencia en que uno se encuentra respecto al sentimiento que se ha hecho de sí se convierte en una especie de creencia, una fe que nos visita siempre y que crea una atmósfera de riesgo y de espera, como en el caso de la gracia. Y sin embargo, uno queda convencido de que su única inteligencia es la de la sensibilidad. Se comprende que en el pasado su hombre sea Montaigne, con su humanismo experimental. Como obrar es elegir, le parece que la limitación es fecunda y sólo comprende la fluctuación en el caso del artista. Juega sobre seguro, con calma y dominio, no cedejamás, pero no insiste. Tiene la gracia del buen jugador,no sé qué mezcla de autocontrol y de desparpajo meridional que no carece de sabor. [Nota 10]

Otra vezuna más de las inumerables en que Fernández aparece en la vida de André Gide, la Tequeña Dama" relata una larga conversación entre ambos autores sobre el problema de la molesta militancia de los católicos contra Gide y de la obsesión de misioneros para convertirlo al catolicismo, cosa que irrita profundamente al autor de Las cuevas del Vaticano.

Cuando regreso, una media hora después, los encuentro aún, hablando muy animadamente, y los invito a tomar el té. La conversacion prosigue, nutrida, divertida. Cuando Gide habla de la actitud de los católicos, siempre tengo la sensación de que exagera de buena gana, de que patetiza un poco; pero es preciso comprobar que, a propósito de todo, en las conversaciones, las revistas, los periódicos, huele a guerra; los católicos se sostienenen entre si y luchan dónde y cómo pueden. Fernández también lo asegura, y dice riendo: "¿Por qué no hacemos una liga de humanistas? Ya es hora de declarar lo que uno piensa. -Yo no se lo hago decir, Fernández, responde Gide. -Usted los molesta evidentemente más que los otros, continúa Fernández, porque no tira por la borda los valores cristianos, al contrario; no pueden decir que usted no entiende nada; ha hablado demasiado de esas cosas, como alguien que las ve por dentro." ( ... ) No sé cómo será Fernández cuando se le pone en tela de juicio, me imagino perfectamente que sus bromas deben ser feroces, pero, en un plano desinteresado, habla muy equitativamente de unos y otros, con mucho olfato y un juicio bien motivado. [Nota 11]

Esto siguió así hasta más o menos el año 1935. Algo ocurrió en esos años en lavida, en los proyectosyen la subjetividad de Ramón Fernández como para que en 1936, después del bombardeo aéreo a Guernica, en un manifiesto dirigido a los intelectuales españoles por la extrema derecha fascista, acompañada por los católicos más conservadores, manifiesto en el que se toma partido por el franquismo y se insta a los intelectuales españoles a hacer lo mismo, aparece lafirma de Ramón Fernández. Los otros firmantes ya estaban comprometidos con el fascismo y luego lo estarían con el colaboracionismo (salvo Claudel): Pierre Drieu La Rochelle, Abel Bonnard, Henri Béraud, Léon Daudet, Henri Massis y Paul Claudel.

Para 1937, Ramón Fernández ya, es miembro del Partido Popular Francés (PPF), agrupación fascista creada por Jacques Doriot. [Nota 12] Tal vez creía realizar así de manera coherente sus ideales de humanista completo y la necesidad de acción que hemos evocado anteriormente. El hecho es que su compromiso con los alemanes fue cada vez más importante. El primero de diciembre de 1940 sale nuevamente la Nouvelle Revue Franjaise depurada de judíos y de comunistas, dirigida por Pierre Drieu La Rochelle con la ayuda de Ramón Fernández, que se mantendrá fiel a esta empresa hasta 1944. [Nota 13]

En octubre de 1941, la Comisión de Propaganda alemana organiza el primer viaje a Weimar de autores franceses, para estrechar los lazos y para que participen en el "Congreso de escritores europeos". Son invitados Drieu-, Fernández, Fraigneau, Brasillach, Chardonne, Marcel Arland, Paul Morand. [Nota 14]

En 1942, ante la escasez de lectores atentos y eficaces para la censura alemana, Ramón Fernández propone su candidatura a una de las comisiones colaboracionistas francesas organizadas por la Propaganda Abteilung" alemana y por el Ministerio de la Información de¡ gobierno del Mariscal Pétain para controlar un poco más estrechamente lo que se publica. Se trata de la "Comisión de control del papel que decidirá sobre las cuotas de papel para imprimir que se les otorgarán a las editoriales en función de la mayor o menor obediencia a las líneas de censura estética, racial, política e ideológica impuestas por los alemanes durante la Ocupación.

Parece que no fue el más feroz ni el más inclemente de los colaboracionistas. Se recuerdan de él algunos rasgos de tolerancia, de independencia y hasta de valentía, puesto que durante esa época se permite publicar dos vibrantes elogios a dos autores prohibidos: Henri Bergson y Marcel Proust.

Tal vez un esbozo de explicación de su elección estédada porsu actitud ante la cultura francesa. En un texto de 1932 dice:

Una de mis preocupaciones esenciales es realmente clasificarme, medirme, deseando siempre y tratando de que la clasificación sea provisoria. Y creo firmemente que el hombre que no está orientado no es completamente fiel a su misión de hombre, que el arte literario, sobre todo el arte dramático, que trata de lo humano, es insuficiente si no expresa de una manera u otra, aunque más no fuera para denunciarla, esta orientación. Creed en la experiencia de un latino de América que vino a pedirle a Europa que le dé un sentido a su vida, que penetró con exigencias de bárbaro en la admirable ciudad francesa. Riviére no podrá creer, él que pertenece a la ciudad, hasta qué punto la perfección misma de la cultura francesa alivia, permite prescindir de los problemas que atormentan a los menos afortunados reducidos a vivir al día y a edificarse con los, pobres medios de a bordo. [Nota 15]

He aquí el problema: uno puede encontrar su destino y sus respuestas en una cultura que no es la propia, que uno ha elegido voluntariamente. Es posible y admirable por lo que implica de rebeldía y de libertad contra los condicionamientos y los determinismos de la sangre o de la geografía; pero lo que no es posible concebir es que una cultura sea perfecta, o imposible de criticar, o aceptable en su totalidad. Como también es evidente que la barbarie no estaba toda del lado que creía Ramón Fernández, ni lo mejor de la civilización europea del lado que él escogió.


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