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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1992

1. Marco general del debate


El debate contemporáneo en torno al futuro de la educación general y liberal en los Estados Unidos es uno de los asuntos recurrentes tanto dentro como fuera de las universidades americanas. Para Derek Bok -hasta hace poco más de un año presidente de la U. de Harvard- el debate se puede sintetizar en tres cuestiones: qué prescribir y qué dejar a la libre elección de los alumnos, cómo ampliar la formación en cada estudiante y cómo lograr que cada alumno integre lo que ha aprendido.

Con respecto a la primera cuestión las posiciones se dividen entre aquellos que demandan un currículum rígido argumentando que los estudiantes son demasiado jóvenes para comprender los contenidos y la importancia de las materias, y aquellos que favorecen la elección de los estudiantes, cuyos intereses son más variados que los propuestos en un solo modelo curricular.

La línea conservadora culpa a la "cultura de apertura" que prevalece en las universidades americanas desde la Segunda Guerra Mundial y, de forma enfática, a la Nueva Izquierda Crítica de los sesentas, de la decadencia de la educación superior en los Estados Unidos. Alan Bloom, de la U. de Chicago, no duda de que tal apertura ha conducido a un relativismo y escepticismo con respecto a los valores que, paradójicamente, lejos de "abrir las mentes" las ha cerrado. "En la medida que pensemos, dice Bloom, que en las universidades americanas podemos crear y recrear todos los estilos de vida y dejar convivir aun los valores más incoherentes, en esa misma medida reforzamos la idea de que no necesitamos de los otros. La apertura termina en conformismo". En una posición extrema, Francis Fukuyama, discípulo de Bloom, considera esa decadencia de los valores como un síntoma claro de lo que ha llamado "el fin de la historia". Por su parte, E.D. Hirsch de la U. de Virginia, censura la pérdida de una herencia cultural común y demanda un regreso a los clásicos y un estudio a fondo de la historia. Cita algunos datos ilustrativos del deterioro cultural: en una encuesta realizada a 1000 alumnos que terminaron su High School y optaron por ingresar al College se encontró que el 25% pensó que Franklin D. Roosevelt fue presidente durante la guerra de Vietnam; 10% que Peter Ustinov fue un líder de la Revolución Rusa; el 50% no supo quiénes fueron Stalin y Churchill; o el caso chusco de la alumna de Latín en Harvard, que pensó que estaba aprendiendo la lengua que se habla en Latinoamérica. Otro autor, Charles Sykes, que centra sus análisis en la programación académica de la U. de Darmouth, señala que la educación superior en los Estados Unidos no corre ni siquiera el peligro de caer en el adoctrinamiento; simplemente representa un vacío intelectual y moral. En la misma línea de Alasdair McIntyre y con un claro sentido fatalisa, Sykes concluye que la Universidad, que presupone una historia y un entendimiento compartidos, ha dejado de existir. Por último, en abril de 1988, el Secretario de Educación de los Estados Unidos, William Bennett, se presentó en la U. de Stanford para deplorar la decisión de la Universidad de eliminar la lista básica de clásicos y reemplazarla con obras de "mujeres, minorías y personas de color". Con sus propias palabras: "El occidente es la cultura en la que vivimos. Ha fijado las normas morales, políticas, económicas y sociales para el resto del mundo. Al ceder frente a una vocinglera banda de estudiantes radicales, una gran universidad fue arrastrada hacia abajo por las mismas fuerzas que las universidades modernas impugnaron con su creación: la ignorancia, la irracionalidad y la intimidación."

Por su lado, la línea crítica de la "izquierda" americana parte del hecho de que han ocurrido grandes cambios demográficos en las universidades americanas en los últimos 20 años que no pueden ni deben obviarse. Jane Tompkins de la U. de Duke, hija de los sesentas y feminista, señala que hay mujeres, judíos, italianos, gente de color que enseñan literatura en las universidades y para finales de este siglo es muy probable que en algunas universidades el número de estudiantes de pregrado hispánicos, negros y asiático-norteamericanos sea mayor que el de estudiantes blancos. Este solo hecho exige un replantamiento del currículum hacia uno más flexible que atienda los intereses de los grupos ni¡noritarios incluyendo a los gay y a las lesbianas. Bill King, decano y presidente de la Unión de estudiantes negros de la U. de Stanford, señaló ante el cuerpo docente de profesores: "Hablamos de las bases de la educación en los Estados Unidos y de la aceptación del lugar de los euroamericanos en el mundo, como contribuyentes, no como creadores. ¿Por qué jamás se me enseñó que Sócrates, Herodoto, Pitágoras y Solón debían mucho de lo que sabían a las culturas africanas de Egipto?" Por su parte, Gerald Graff de la U. de Chicago, apunta que de hecho "jamás ha existido consenso alguno acerca de lo mejor que se ha pensado y dicho o, si vamos un poco más allá, una explicación de porqué Occidente debe tener el monopolio del mercado de la alta cultura. La idea de la literatura como un canon fijo e inmutable, los Grandes Libros, el estante de metro y medio, es una ilusión histórica. El quebrantamiento de los cánones no es algo nuevo. Siempre ha habido política. Enseñar a Shakespeare en lugar de los clásicos fue una innovación radical." Desde esta perspectiva, el relativismo y la historización de. los valores, el postestructuralismo, la descontrucción textual, el eclecticismo postmoderno, encuentran hoy día, en algunas universidades americanas, un terreno fértil para su estudio e implementación.

Con respecto a la segunda cuestión, cómo ampliar la formación de cada estudiante, el debate tiene que ver no con el qué sino con el cómo de la educación. Desde este punto de vista, el debate se ha polarizado entre los que sostienen una "educación con dogma" y los que defienden una "educación sin dogma". En otros términos, entre los "cerrados" y los "abiertos" o, si se prefiere, entre la derecha y la izquierda. En palabras de Richard Rorty:

Cuando las personas de la derecha política hablan de educación, comienzan a referirse de un modo inmediato a la verdad. Normalmente enumeran lo que consideran verdades conocidas y evidentes y lamentan que ya no se les inculquen a los jóvenes. Cuando las personas de la izquierda política hablan de educación, mencionan en primer lugar la libertad. Por lo general, la izquierda considera las viejas verdades conocidas y apreciadas por la derecha como una costra de convenciones que debe ser rota, vestigios de modalidades de pensamientos pasados de moda de los cuales debe ser liberada la nueva generación.

Y en otro lugar agrega: "Lo que la derecha llama superar las pasiones, la izquierda denomina ahora los sanos instintos animales. Lo que la derecha interpreta como el triunfo de la razón, la izquierda describe como el triunfo de la aculturación estructurada por los poderes. Lo que la derecha describe como civilizar a los jóvenes, la izquierda explica como alienarlos de su esencia verdadera".

Allan Bloom, que se apoya en el filósofo Leo Strauss, representaría la línea conservadora en materia de educación; mientras que el mismo Richard Rorty, que se apoya en el filósofo John Dewey, representaría la línea más liberal. Un currículum rígido y estático como el que propone la derecha, piensan los de la izquierda, a la larga no puede conducir más que a un método igualmente rígido y autoritario, y el poseedor de las verdades fundamentales termina imponiéndolas como dogma. Por su parte, un currículum flexible y dinámico daría lugar a un método igualmente flexible cuya principal preocupación estaría puesta en la necesidad de desarrollar la capacidad imaginativa de los alumnos, pero a costa de un sentido común de los valores y de un identidad cultural. Si a los primeros les cabe el aforismo evangélico de que "la verdad os hará libres", a los segundos la idea de que si uno se ocupa de la libertad la verdad se ocupará de sí misma. Primacía de la verdad sobre la libertad o de ésta sobre la verdad.

Con respecto a la terceracuestión, cómo lograr la integración de conocimientos y actitudes, los conservadores apuestan al conocimiento de un núcleo básico de ideas que, por lo general, son explicitadas por el profesor o instructor a lo largo del currículum para culminar con una síntesis global. Los liberales se inclinan a pensar que es imposible pretender una labor de síntesis comprensiva y que debe ser el propio alumno, quien desarrollando su capacidad de crítica e imaginación, termine elaborando su propia visión del mundo.


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