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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1992

Conclusión


La subsidiariedad resulta ser un principio con dos caras. Por el lado de la Comunidad, permitirá que ésta crezca de una manera justificada y racional; y por el lado de los Estados miembros, éstos podrán reivindicar una mejor asociación a la gestión de las competencias transferidas a la Comunidad. Esta doble naturaleza de la subsidiariedad permite entender también el porqué de la popularidad de este principio, pues tanto los países miembros como la Comunidad pueden invocarlo razonablemente a su favor (cf. Constantinesco, 1, p. 209).

Sin embargo, tal como quedó formulado en el artículo 3 B, párrafo segundo, el principio de subsidiariedad del Tratado de Maastricht se asemeja más al principio de efectividad u optimización que al principio de subsidíariedad de la Doctrina Social Católica, a pesar de que en el texto se hace mención expresa de la subsidiariedad.

Debido a la inexactitud de la formulación, queda sujeto a la interpretación, y eventualmente a la jurisprudencia, el acentuar que cuando la capacidad de acción de los Estados miembros se revela insuficiente, ésta no deberá ser tomada a cargo automáticamente por la Comunidad, sino que la Comunidad deberá sostener y ayudar a los Estados a alcanzar los objetivos de la acción pretendida.

El riesgo es que se puede cambiar fácilmente de principio y la nueva Unión, en vez de fortalecer las estructuras locales, lo que fortalecería sería una modalidad de centralismo europeo.


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