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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1992

TRASGRESORES COLONIALES: MALENTRETENIDOS Y MENDIGOS EN LA CIUDAD DE MÉXICO EN EL SIGLO XVIII

Author: María Eugenia Terrones


I

Artífices del ocio e infortunados del sistema colonial, vagabundos y mendigos deambulaban por la ciudad de México -la ciudad de los palacios- a fines de la época colonial Su presencia errática y miserable se hacía perceptible en las calles, plazas e iglesias. Eran asistentes asiduos a toda festividad, religiosa o profana. Poseían un rostro inconfundible e instántaneamente identificable; su figura delataba su origen y su condición. En su cara se dibujaban las huellas de las carencias y los excesos, y en sus cuerpos desnudos se traslucía la miseria. Ubícuos, seres omnipresentes, los mendigos y malentretenidos eran el correlato de la ciudad ilustrada y de la bonanza colonial. Atajaban el paso a la riqueza y ofendían con su presencia, cotidiana e inexorable, al resto de los pobladores de la capital novohispana.

Vagos, ociosos, malentretenidos, limosneros, mendigos, pobres, como eran llamados por sus contemporáneos, fueron también habitantes de la ciudad. Compartían el mismo espacio con los virreyes, regidores, arzobispos, frailes, comerciantes, monjas, criollos, mestizos y los innumerables habitantes de México. Pero eran considerados como infractores, trasgresores del sistema colonial. En realidad, el considerable número de marginados se convirtió en una especie de inventario de las contradicciones, desigualdades y desajustes del sistema colonial. Constituían una manifestación corpórea de una economía aleatoria y de una sociedad estamental en la que no tenían cabida. Eran, pues, las víctimas obligadas del sistema económico colonial, aquéllas que, a falta de otro lugar, se colocoban en los intersticios, en las fugas que el sistema no lograba cubrir.

En el siglo XVIII su presencia no fue novedosa. Siempre, desde el siglo XVI, habían sido personajes abyectos que la Corona y las autoridades coloniales trataron de liquidar. Pero su trashumante condición dificultó su exterminio o su incorporación a la fuerza de trabajo. Los vagos del dieciséis fueron, por lo general, españoles atraídos por la conquista, aventureros que se habían hecho un modo de vivir fácil y relativamente cómodo. La legislación prohibía que vivieran en pueblos de indios, aunque fuesen mestizos, mulatos o zambaigos. Su vivir licencioso inquietaba a la Corona, y por tanto ésta ordenaba que se les obligara a adquirir algún oficio. Si acaso los vagabundos se resistían a trabajar, la Corona sentenciaba de manera lapidaria: "échenlos de la tierra". Para el gobierno español no cabía la posibilidad de que los vagos se establecieran, con su particular modus vivendi, en las Indias. Por ello manifestaba que si los vagabundos "son incorregibles, inobedientes, o perjudiciales, échenlos de la tierra y envíenlos a Chile, o Filípinas, o otras partes".

De esta manera, los vagos no debían ocupar ningún espacio en la colonia; errantes y desterrados, los ociosos solamente podían observar al mundo desde los resquicios que el sistema dejaba.

Sin embargo, para el siglo XVIII la vagancia se había convertido en una enfermedad endémica. Ya no parecía encontrarse sólo en los resquicios de la sociedad, sino que paulatinamente iba asentándose en sus intersticios. Los malentretenidos se encontraban -literalmenteen los umbrales de las ciudades; en los quicios de los edificios, en las puertas de los recintos de gobierno o asechando sigilosamente a los transeúntes urbanos, esperando -a veces con paciencia y a veces con impaciencia- lograr apoderarse, por la vía que fuese, de dinero u objetos que aseguraran su diaria sobrevivencia. Después de ello, se podían dedicar a las actividades propias de su condición: la embriaguez y los juegos prohibidos. Por algo se aseguraba que la ociosidad era la madre de todos los vicios.

Los mendigos, los pobres, eran vistos con mayor benevolencia. La caridad cristiana hacía permisible y aun necesaria su presencia en la Nueva España. Objetos de conmiseración, los mendigos transitaban por las calles de la ciudad de México mostrando su miseria. Con muchas penas, y sin ninguna gloria, niños, ancianos, inválidos, mujeres y hombres vivían de la limosna de los piadosos capitalinos. Hambrientos y sin hogar eran personajes imprescindibles de los atrios de los templos, de las plazas y las calles. Su lastimosa presencia se hacía sentir hasta en los hogares novohispanos a los que acudían para saciar sus carencias. Para fines de la época colonial, los limosneros no eran signos equívocos de la pobreza; constituían el significado de la desigualdad misma del sistema colonial.

La miseria y la vagancia acechaban a la capital novohispana. Alarmaban a los gobernantes, a los religiosos, a los criollos ilustrados, a los viajeros, a los artesanos, en fin, a toda la sociedad colonia. Los vagos y limosneros formaban parte de esa plebe que tanto asustara a don Carlos de Sigüenza y Góngora a fines del siglo XVII. Eran miembros de las castas -esa muchedumbre abigarrada e impredecible- que atentaban cotidianamente contra los españoles, criollos e indios. Considerados como lastres, como causas de atraso -y nunca como consecuencia de los desajustes de la economía novohispana- los marginados se convirtieron en trasgresores del Estado y sociedad coloniales. El Estado borbónico trataría de transformar a estos seres sin oficio ni beneficio, en mano de obra barata, en fuerza de trabajo en obrajes o presidios, en obras o servicios públicos. Intentó encauzar la pobreza institucionalmente, es decir, la caridad asumió un cariz estatal a través de hospicios -espacios cerrados y exclusivos para la indigencia y la miseria.

II

Obervada desde su ángulo sórdido, la ciudad de México no parecía resplandecer, precisamente, en el siglo de las luces. Las sombras oscurecían buena parte de ella. Esta paradoja fue atinadamente comentada por Hipólito Villarroel, quien se empeñó en describir y solucionar semejante antinomia:

Ello es que se dice que estamos en los tiempos de las luces; pero por lo que respecta a estos dominios, estamos todavía en los tiempos de la oscuridad, de la indolencia, de la injusticia y el abandono.

Villarroel fue uno de los pocos que intentaron iluminar los problemas sociales que aquejaban a la ciudad de México en el siglo de la ilustración. No era un escritor complaciente. Por el contrario. Con repugnancia, con desenfado, con preocupación, con indignación, Villarroel emprendió la tarea --cinco lustros antes de que terminara el siglo- "de estampar metódicamente en el papel" los numerosos problemas o "enfermedades" que sufría la capital novohispana. Su intención consistía en examinar, como si fuese un médico, las dolencias y males que destruían a la ciudad, (considerada como un cuerpo social) y que amenazaban con destruirla. En su obra se encontraban entreveradas sus angustias; los pesares de un científico ilustrado ante el cuerpo exámine de un paciente que era, al mismo tiempo, parte de sí mismo. Su ojo clínico pudo haberlo adquirido como funcionario real (alcalde mayor, al parecer) pero más parece que fue una virtud natural. Su agudeza puede ser comparada con un popular contemporáneo suyo y gran escritor español: Diego Torres Villarroel. Casualmente llevaban en sus nombres el mismo apellido y (coincidencia) escribieron acerca del lado oscuro del tiempo que les tocó vivir. Cada uno, en España y en Nueva España, retrataron personajes abyectos, seres inveterados en la miseria que corroía al mundo hispano. Pero mientras Torres Víllarroel se encubría en la creación literaria, Hipólito Villarroel reflejaba escrupulosamente las penurias de la sociedad novohispana para mostrarlas ante sus coterráneos y emprender así la tarea de erradicarlas. Las Enfermedades políticas quepadece la capital de Nueva España podría también llamarse como la obra que escribiera e hiciera célebre a Torres Villarroel: Los desahuciados del mundo y de la gloria.

La versión que nos legó Hipólito Villarroel de la ciudad de México difiere en mucho de las excelsas descripciones que nos han legado otros autores como Antonio de Ulloa:

Es muy sabido el lugar que merece la capital del reino de Nueva España, México, entre las ciudades principales conocidas en Europa. Y si en la extensión le llevan ventaja las mayores, en hermosura, regularidad, situación y riqueza puede creerse que no le exceden y que serán pocas las que le igualen.

Para Villarroel, "esta capital sólo es ciudad por el nombre y más es una perfecta aldea, o un populacho compuesto de infinitas castas de gentes, entre las que reina la confusión y el desorden".

Con un tono atribulado y cáustico, Villarroel anotaba de manera imperiosa las causas, que a su entender, habían arrastrado a la ciudad de México a su decrepitud. Entre ellas destacaban la indolencia, los vicios y la inmoralidad, además de:

la falta de atención y cuidado en los jefes que le dirigen; la propensión de la naturaleza a huir del trabajo; la suma libertad con que aquí se crían los hombres; la inclinación a los vicios y a la vagabundería a que se entregan [los habitantes] desde la infancia; la abundancia excesiva de gentes gravosas que están sin aplicación ni oficio útil a la república; la solicitud de lo preciso para la manutención de los vicios y otros defectos que se palpan ...

Para otro cronista de la capital novohispana de fines del siglo XVIII, el autor anónimo de Discursos sobre la policía de México, los contrastes parecían ser el motivo inmediato de los problemas sociales que entonces se vivían. Atisbando "una más completa descripción del sistema de esta capital", afirmaba que eran las disparidades,

en riquezas por un aspecto y miseria por otro o en apariencias de ostentación y felicidad, contrapuestas a la pobreza, inmundicia y desaséo, entendiendo un diálogo entre Salomón cuando más opulento, lascivioso y colmado de prosperidades y Job en sus mayores asquerosidades e indigencias o bien adoptar con glosa el título de la comedia de dicha y desdicha del hambre, para cuyas dos comparaciones hay adecuados motivos en el método y clases y de habitantes, usos y costumbres que observamos ...

Con esta versión contrastante coincidiría Alejandro de Humboldt unos años más tarde. Con una mayor agudeza en su análisis de la sociedad novohispana de principios del siglo XIX, Humboldt desmenuzó o deslindó el problema con claridad, y apoyándose en otro observador agudo, fray Antonio de San Miguel, suscribió junto con éste que desigualdad y explotación eran las causas de la efervescencia social. La Nueva España seguía sosteniéndose en el sistema dual asumido por el gobierno y sociedad coloniales desde la conquista. Muchas cosas habían variado desde entonces y entre ellas la configuración social. Entre el indio y el español mediaba el mestizaje; las mezclas entre ellos y la población negra habían generado a las castas. Los matices eran, pues, meramente raciales en esa sociedad, ya que los españoles poseían "casi todas las propiedades y riquezas del reino", mientras "los indios y las castas cultivan la tierra; sirven a la gente acomodada, y sólo viven del trabajo de sus brazos".

La polarización causaba profundos y extensivos estragos en la sociedad colonial y era motivada por

esta oposición de intereses, este odio recíproco, que tan fácilmente nace entre los que lo poseen todo y los que nada tienen, entre los dueños y los esclavos. Así es que vemos de una parte los efectos de la envidia y de la discordia, la astucia, el robo, la inclinación a dañar a los ricos en sus intereses; y de la otra la arrogancia, la dureza, y el deseo de abusar en todas ocasiones de la debilidad del indio. No ignoro que estos males nacen en todas partes de la grande desigualdad de condiciones. Pero en América son todavía más espantosos porque no hay estado intermedio; en un rico o miserable, noble o infame de derecho y de hecho.

En este panorama no resulta difícil imaginarse a esos personajes desnudos y semidesnudos que tanto impactaron a la generación ilustrada. Su presencia quedó asegurada en casi todas las crónicas escritas o pictóricas de su tiempo (como en la obra del pintor Cristobal de Villalpando: La plaza mayor de México en 1695). Los vagos y mendigos se ganaron un lugar en la historia colonial. Su abundancia y asiduidad en todos los centros de reunión populares de la capital novohispana los convirtió en seres imprescindibles e inevitables en la vida cotidiana de la ciudad. Ellos darían mucho que hablar tanto a viajeros como autoridades, a españoles como a criollos avecindados en México, al clero como a la propia Corona. Fueron un problema y un punto de referencia en el sistema colonial. Su desnudez los hizo sobresalir y distinguirse del resto de sus coterráneos. Esa desnudez lacerante que ofendía la moralidad novohispana, fue, precisamente, no asumida por muchos de los contemporáneos como un problema socioeconómico en sí mismo sino como un problema que menoscababa la moralidad de la urbe. Aunque se reconocía que los vagabundos y mendigos eran gentes sin ocupación ni empleo, la falla era atribuida más a la ociosidad y al desenfreno que al sistema socioeconómico imperante. Había que acabar con ellos porque constituian un lastre social y una ofensa a la moralidad, a la moral cristiana.

Antonio de Ulloa describió el miserable aspecto de buena parte del pueblo novohispano:

Vense unos vestidos decentemente a la española otros totalmente desnudos, sin otra cosa que un pedazo de manta de lana vieja y estrecha que les cubre desde los hombros para abajo y el número de éstos -a que allí dan el nombre saragates- es el mayor. Todos llevan en la mano alguna cosa que venden, de poquísima monta pero lo bastante para ocuparles, no teniendo otro ejercicio... Los mestizos visten a la española, pero los más andan en cueros,cubiertos sólo de la manta. Y esto mismo sucede con los que trabajan en las tiendas de artesanos, hasta en las platerías con la diferencia que cuando trabajan se envuelve la manta por la cintura, quedando desnudo el cuerpo y piernas y cuando andan a traficar la ponen desde hombros.

Para Ulloa, la miseria y la pobreza no eran razones suficientes para comprender la desnudez de los mestizos y castas. Funcionario itinerante argüía que en otros reinos del Imperio hispano no prevalecía semejante costumbre. En Lima, por ejemplo, aseguraba Ulloa que todas las personas, "la infinita mulatería mestizada y gente de todas las clases", iban vestidas "regularmente según su clase". Por tanto, concluía lacónicamente el funcionario real, "la causa no creo que sea otra que el distinto entable que se hizo en los principios y la falta de cuidado en corregirlo cuando empezó a notarse el desorden".

Tres décadas pasaron (Ulloa escribió en los años setenta) y la consternación por la desnudez del pueblo continuaba. El propio virrey de Azanza mencionaba, en la instrucción que dejó a su sucesor, las providencias que había tomado para atacar la vergonzosa costumbre novohispana, que "ofende la vista de la gente culta, y ocasiona muchos danos físicos y morales". En mayo de 1799 mandó publicar un bando que prohibía deambular y trabajar sin una vestidura decente:

El efecto ha correspondido en parte a mis deseos... He tenido la complacencia de que se me presenten vestidos los individuos de los gremios, y a expensas de algunos vecinos eclesiásticos y seculares se ha vestido con decencia un crecido número de los niños que frecuentan las escuelas, sin duda hubiese sido más general el fruto de mis providencias, si hubiera querido ejecutarlas con rigor, pero las circunstancias del tiempo no lo permitían. Acaso V.E. podrá conseguir el perfecto logro de este pensamiento.

La cuestión consistía, de alguna manera, en inyectarle algo de pudor a esas castas malolientes de "pellejo asqueroso y mal cubierto" porque si lo conocieran -como lo afirmaba el autor del Discurso sobre la policía...- "no andarían enteramente desnudos, mas por voluntariedad en muchos que por necesidad y no se les vería cubrir las acciones deshonestas de sus puercos desahogos naturales en cualquier sitio y hora, porque todo lo reputan y graduan con una indiferencia o indolencia como los más perfectos estoico?.

Las bebidas embriagantes exacerbaban aún más las indecencias de la plebe. Los vicios generaban el descontrol de las pasiones y las calles funcionaron como escenario de mayores impudicias. Improperios, actos indecorosos, fueron gestos cotidianos de los asiduos asistentes de las pulquerías:

Démosle la última brocha al lienzo para que se descubran más vivos los colores. Quitemos de una vez el escrúpulo a los que leyeran y pongámosle de manifiesto el origen de tanta miseria y pobreza por lo que respecta a la gente común... son las bebidas y juegos de albures, bancas y bisbises que se les franquean en todas partes, sin temor a la justicia ni respeto alguno a los bandos prohibitivos publicados en diversos tiempos con el fin de contener los gravísimos y perniciosísimos efectos que resultan de limpune abuso de estos dos manantiales de vicios y de delitos.

La embriaguez y la entrega a los juegos prohibidos aquejó a la población mayoritaria de la ciudad. A pesar de las constantes quejas que sobre estas cuestiones se pronunciaban, pocos adelantos para superarlos pudieron lograrse. En principio, las pulquerías y la producción del pulque fueron ramos que alimentaban pródigamente las arcas reales. De hecho, este aspecto fue señalado por los autores aludidos, quienes argumentaban frente a las autoridades coloniales que más valía reducir las rentas estatales por el costo social que éstas significaban. Las pulquerías, y también las vinaterías, eran centros de vicio e incluso delictivos:

Cada pulquería es una oficina donde se forjan los adulterios, los concubinatos, los estupros, los hurtos, los robos, los homicidios, las rifas, heridas y demás delitos, que dan materia a los jueces y especialmente a la Acordada para el perpetuo ejercicio de sus funciones.

A este respecto, las autoridades se dedicaron a implementar medidas que no pueden denominarse siquiera correctivas. Humboldt ilustra algunas de éstas:

En la capital de México la policía cuida de enviar carros, para recoger como si fuesen cadáveres los borrachos que se encuentran tendidos en las calles; los llevan al cuerpo de guardia principal; y al día siguiente se les pone una argolla al pie y se los destina a trabajar tres días en las limpieza de las calles. Soltándolos al cuarto día es seguro el volver a coger muchos dentro de la misma semana.

De esta manera, la ciudad de México se encontraba en buena parte sumergida en una vorágine de miseria y vicios. El vértigo arrastaba fundamentalmente a los indios, mestizos y castas y las autoridades coloniales no pudieron contenerlo. Las proporciones de la pobreza parecían superar las medidas ilustradas del gobierno colonial. La vagancia y la miseria se incrementaban día a día. Su incontrolable proliferación alarmaba a todas las instancias del poder político y amedrentaba a los sectores privilegiados de la sociedad novohispana.

La nobilísima ciudad de México se encontraba vulnerable frente a los personajes oscuros y miserables que le acechaban en cada esquina, en cada iglesia, en cada plaza, mercado, calle y hasta en la Alameda.

III

A principio del siglo XVIII, en 1718, la Corona había encontrado una ocupación a los malentretenidos. Decidió aprovechar la abundancia de ociosidad en Nueva España y canalizar hacia la ocupación de las fronteras. Se abría así una válvula de escape para aligerar la carga social colonial, y a su vez, utilizar a los vagos como pertrechos de guerra en las zonas fronterizas. En 1717 la guarnición enviada para la defensa del presidio de San Agustín de la Florida fue seriamente mermada por las enfermedades y deserciones, así como por la necesidad de fortificar al Castillo de San Juan de Ulúa en Nueva España. De esta manera, de los cien soldados enviados ;la Florida, solamente llegaron treinta y seis. La Corona, por tanto, ordenó al Virrey, Marqués de Valero, que

... dispongáis se reclute o aprehendan en las provincias de ese reino los vagamundos que hubiere en ellas para que con esa gente se pueda completar no sólo la guarnición de que estuviere dotado el referido presidio de la Florida, sino las de los demás de esa Nueva España y Isla de Barlovento, sin que sea necesario pasen de este reino los soldados que faltaren, y pidiéreis a los gobernadores de los mismos presidios noticia de lo que hubieren menester, a fin de completar el número de sus guarniciones para que arreglándonos a la que os diere, podáis hacer remesa a proporción a cada presidio de los vaga mundos que se recluten o aprehendiere ...

En efecto, las reglamentaciones contra la vagancia tendieron a forzar al trabajo a los que eran considerados ociosos. Esta orientación, como ya se ha visto, no fue una medida original ni novedosa. Desde el siglo XVI se trató de reducir a los vagos al cumplimiento de algún oficio. Sin embargo, en alguna medida el hermetismo y exclusivismo que imperó en los gremios pudo obstaculizar la incorporación de esta potencial mano de obra en el sector artesanal. Además, el artesanado también se veía afectado por las eventuales crisis económicas coloniales, por lo que el carácter corporativo de los gremios no necesariamente explica al desempleo en sí mismo.

El régimen borbónico encontró otras vertientes utilitarias para combatir la ociosidad. El trabajo forzado en obrajes, condena reducida a los mestizos y miembros de las castas, constituyó una grave amonestación a la vagancia y una buena medida para reclutar mano de obra barata y constante. Esta reglamentación pudo efecturarse en las ciudades que como México tenían este tipo de establecimientos textiles, entre ellas Guadalajara, Querétaro y Puebla, aunque otras poblaciones envidiaran a estas grandes ciudades novohispanas por no poder canalizar a los vagos que las aquejaban. Por otro lado, el Estado obligó a los obrajes a pagar tres pesos mensuales por cada reo recibido. Aunque este sistema aseguraba el abastecimiento de mano de obra a los obrajes, los riesgos no pudieron obviarse fácilmente; las fugas y las muertes de los ociosos fueron elementos que interrumpían eventualmente las actividades laborales en estas fábricas textiles.

Los presidios continuaron contemplados en las tácticas para combatir la vagancia hasta mediados del siglo XVIII. Así, muchos vagos pasaron a engrosar las filas del nuevo ejército novohispano y pudieron ser útiles por primera vez al reino como tropas de defensa.

Otros proyectos de obras públicas fueron previstos con el fin de emplear a los malentretenidos. El empedrado de calles y la apertura de nuevas calzadas, la limpieza y el desagüe de la ciudad, el cuidado de fuentes, así como la construcción de acueductos, como el de Chapultepec, incluyeron a un buen número de vagos de la ciudad. El estanco de tabaco también asimiló a esta mano de obra barata.

Respecto a la fabricación de cigarros, Villarroel consideró que lejos de solucionar el problema social que representaban los desocupados de la capital, contribuía a la inmigración de

tantos hombres y mujeres foráneos, que con este motivo han desamparado sus lugares de origen, para vivir sin sujeción en este grande lago, aumentar la confusión y el desorden y contribuir a encarecer los comestibles con notorio perjuicio de los vecinos útiles y radicados.

Por tanto, el remedio salió peor que la enfermedad. La inmigración aumentó el número de vagos y mendigos y agudizó los problemas urbanos de la capital.

Pero las medidas hasta aquí descritas no bastaron para contener a la plebe. Así es que paralelamente a éstas, surgieron otras verdaderamente punitivas. La Audiencia de México, a fines del siglo XVII estableció penas corporales que incluían azotes, el sellar espaldas y brazos, y hasta cortar orejas.

Villarroel propuso, como siempre, también una solución, no menos drástica aunque sí menos plausible. Para él, las autoridades coloniales debían de seguir el ejemplo de las abejas: desterrar a los zánganos. Su medida incluía la expulsión de los vagos de la ciudad, pero ante la posibilidad de que éstos retomaran y se incorporaran a la vida de la ciudad, contemplaba la posibilidad de

Amurallar la ciudad así para el resguardo de las rentas reales, como para impedir los contrabandos y ocurrir a otros inconvenientes que resulta de estar sin éstas ni otras precauciones, que debían tener para otros fines si se pensase en sacarla de la confusión en la que se halla.

El Cabildo de la ciudad de México se ocupó con cierta apatía de estos problemas, al menos durante las décadas de los años sesenta y setenta. Al parecer, las enfermedades endémicas asolaron y devastaron durante 1768 y 1769 a la población. Las epidemias de matlazahua y sarampión ocuparon la atención del Cabildo en esos años. Los problemas sociales como la vagancia y la embriaguez fueron tratados con poca celeridad, eficacia y pertinencia.

La mayoría de las veces estos problemas fueron atendidos por el Cabildo a instancia del virrey o hasta por la intervención de autoridades eclesiásticas que propusieron algunas soluciones al ayuntamiento. En octubre de 1766 se atendió el problema del tráfico de bebidas prohibidas, atribuyendo que la continuación de tales males se debía a la falta de celo del juez competente, pero sin hacer alusión al problema que significaba la embriaguez en sí misma. En 1771 se adelantó un tanto respecto a esta cuestión. De hecho, la solicitud de la extinción de pulquerías vino del arzobispado de México y se utilizaba como argumento los estragos que el pulque ocasionaba a los indios, sin tomar en cuenta a las castas:

siendo [el pulque] causa principal de este y otros muchísimos males que se experimentan en esta miserable gente, el vicio de la embriaguez tan extendido entre ellos, porque la muchedumbre de pulquerías lo fomenta, y provoca el exercicio del vicio.

Si bien la petición no rindió los frutos deseados, por lo menos el ayuntamiento se ocupó en escucharla.

Las actas de Cabildo testimonian la falta de interés o incapacidad del gobierno local por disminuir la ociosidad y vagancia. En enero de 1769 se consigna un proyecto que nunca más volvería a aparecer: el establecimiento de un hospicio para el recogimiento de vagos. Esta alternativa poco eficaz para superar el problema de la vagancia fue discutida junto con la posibilidad de erigir una biblioteca pública en la ciudad de México. Se argumentó a favor de estas instituciones que sería "ventajoso conseguir tan importantes establecimientos, como propio el bien y quietud pública". Aunque de ninguna manera equivalentes, estas cuestiones fueron discutidas y ponderadas a la par por los regidores.

Ya bien entrado el siglo XIX, el liberalismo había ablandado las disposiciones contra los vagos. En septiembre de 1820 las cortes españolas dispusieron que se procediera contra "los malentretenidos y los que no tengan ocupación o modo de vivir conocido" suspendiéndoles "por la Constitución de los derechos ciudadanos".Seguramente esta disposición, que fue recibida en México el 13 de abril de 1821, a dos meses de haberse firmado el Plan de Iguala, pasó sin pena ni gloria en la capital novohispana donde los vagabundos no fueron, de antemano, ni remotamente considerados como personas y mucho menos como posibles ciudadanos

La pobreza fue atendida con mayor consideración por parte de las autoridades coloniales. Tanto los virreyes como el Cabildo de la ciudad de México se preocuparon por crear instituciones que funcionarían como paliativos a la miseria. El interés por regular la beneficencia pública obedeció a una estrategia más amplia del Estado borbónico: romper el precario equilibrio entre las autoridades secular y eclesiástica. De esta manera, las relaciones Iglesia-Estado se reformaron y se consolidó el poder del segundo sobre la primera.

La institucionalización de la beneficiencia por parte del Estado fue concebida de manera más utilitaria que caritativa. Obedecía, ante todo, a librar una batalla contra la indigencia más que a atender las necesidades de las que surgía la miseria. El 17 de marzo de 1774 el virrey Antonio Bucareli y Urzúa ordenó la fundación de un hospicio de pobres que albergaría en su seno a mendigos y pordioseros. El tono de la disposición dejaba en claro la intención que abrigaba. Señalaba la necesidad de obligar a los mendigos a encerrarse en el hospicio, "aunque lo resistan" a fin de evitar que continuaran importunando

al vezindario pidiendo limosnas como hasta aquí en las calles, casas, iglesias, y además parajes públicos... pende el establecimiento de una casa tan útil á la religión, al Estado y aun al bien espiritual y temporal de los propios mendigos, pues de continuarse las demandas podría resfriarse la devoción que muchas personas poderosas han manifestado para la concurrencia de limosnas en lo subcesivo.

El Hospicio de Pobres abriría sus puertas exactamente un año después de haber sido dispuesta su fundación. Tendrían acogida sólo los "verdaderos pobres," ya que se trataba de evitar "el que se defrauden las limosnas de los fieles, por los vagos, malentretenidos, y holgazanes que abusan de la caridad". A pesar de que se aseguraba la "entrada voluntaria", se convocaba a los limosneros a presentarse en el hospicio, ya que de otra manera serían recogidos por celadores comisionados por los diferentes barrios de la ciudad. A partir del 19 de marzo de 1775 los pobres tenían prohibido Importunar a los fieles pidiendo limosna?.

No habían pasado seis años cuando el hospicio se vio en peligro de cerrar. No había fondos que aseguraran su mantenimiento inmediato y mucho menos su sobrevivencia a mediano plazo. Las necesidades del hospicio habían crecido conforme aumentaba la pobreza y el concomitante número de indigentes. La población infantil fue atendida de manera especial creándose para el efecto una sección de niños huérfanos y expósitos.

A fines de siglo la situación empeoró dentro y, sobre todo, fuera del hospicio. En 1797 se informaba que pululaban por la ciudad un enorme número de mendigos. Como éstos debían encontrarse en el hospicio se ordenaba:

con la humanidad y dulzura que exige el solo nombre de indigentes, cojan a cuantos mendigos encuentren en las calles y parajes públicos y los lleven ante V.S. que distinguiendo de los viciosos y holgazanes los verdaderos pobres remitirá... al hospicio y procederá contra aquellos bien corrijiéndolos, apercibéndolos o... según estimare conveniente.

La orden dirigida al Cabildo por el virrey, Marqués de Branciforte, advertía la incapacidad del gobierno para atacar el problema de la miseria a través de instancias más justas y pertinentes. Tratando de resolver, en alguna medida las necesidades de los pobres del hospicio, el virrey de Azanza procuró en 1799 promover la ocupación de éstos creando fábricas y talleres en los que se enseñaran "todos los oficio?.

Con esta disposición ilustrada se cerró para los pobres el siglo de las luces.

IV

La existencia de la vagancia y mendicidad como problemas sociales de magnitud considerable, e incluso alarmante, en la ciudad de México durante el siglo XVIII, sólo puede ser comprendida dentro de un contexto más amplio.

El aumento de la población y con éste el incremento progresivo del mestizaje, generó, en parte, un desajuste en la estructura económica. Ésta fue incapaz de emplear y sostener a los nuevos grupos de población que iban surgiendo. Se inició una falta de adecuación entre los medios de producción (tierra y talleres) y la población. Además, el tipo de organización social estamental y verticalmente estratificada, donde los factores raciales incidían en definir el status, tal vez impidió que los nuevos sectores pudieran hacerse de un sitio en la sociedad colonial. De alguna manera, habría de considerarse si existía un anquilosamiento racial que dificultaba o imposibilitaba la movilización social.

Estos desajustes socioeconómicos provocaron que una buena parte de los sectores de población surgidos con el mestizaje se convirtieran en un ejército de reserva de mano de obra utilizado aleatoriamente y de forma intermitente en la estructura económica. La irrupción de las castas produjo, en cierto modo, una especie de arritmia económica. Este desconcierto o desajuste entre la estructura económica y la población marcó, inexorablemnte, la suerte de miles de personas. La pobreza, iniciada en las comunidades agrarias, se convirtió en un hecho cotidiano agudamente manifiesto en las ciudades.

El problema de la pobreza y de la pauperización de las castas no fue abordado como un problema económico o político por el Estado borbónico. El curso que tomaron los años subsecuentes mostraron que la pobreza debió de haber sido asumida por el Estado como un problema político y económico y no simplemente como un escollo social. La revolución de independencia podría haber encontrado en ese ejército de reserva a la mayoría de los insurgentes. Tal vez sería interesante estudiar los antecedentes de la insurgencia a través de un seguimiento de la pobreza en el siglo XVIII.

Bibliografía:

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