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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1992

Descentralización y formación general. Los clásicos y los programas


Para empezar, sería bueno recordar a los lectores franceses (e hispanohablantes) algunos rasgos particulares de la enseñanza norteamericana Uno de ellos es su perfecta descentralización, otro es la extraordinaria lentitud de la formación general. La descentralización no solamente significa que cada condado, municipalidad y suburbio tiene su propio sistema de escuelas primarias y secundarias con sus propios programas presupuesto y criterios de contratación de maestros, sino también que los innumerables departamentos de las universidades extendidas desde un océano hasta el otro establecen sus programas de estudio en la libertad más completa. Sus decisiones dependen únicamente de los votos de los miembros del departamento y de la aprobación, raras veces negada, de los consejos de facultad. Los programas de estudios están, por consiguiente, en un constante estado de fluidez en todos los niveles.

En cuanto a la formación general, puesto que no existen normas nacionales, a cada universidad le corresponde asegurar que sus estudiantes, que llegan desde todas las regiones del país, reciban un bagaje mínimo de conocimientos generales. El resultado es que los primeros dos años de universidad (que equivalen, desde el punto de vista de las materias impartidas, aproximadamente a los dos últimos años del liceo en Francia) están reservados para los cursos de formación general en ciencias, matemáticas y en las disciplinas humanísticas. El tiempo que el estudiante puede consagrar a la especialización en un campo preciso es, por consiguiente, sustancialmente más reducido que en Francia. Como la elección de una especialidad (major) no se hace hasta el tercer año de la universidad, la preparación exigida para la especialización no sobrepasa el número de ocho a doce cursos semestrales (es decir, entre cuatro y seis cursos de un año). Un estudiante diplomado en historia moderna, por ejemplo, habrá tomado de ocho a doce cursos semestrales de historia y, en algunas instituciones más exigentes, habrá realizado una tesis de alrededor de 70 páginas sobre un tema de su elección. El resto de sus estudios habrá estado ocupado por diferentes cursos de formación general en ciencias, matemáticas, antropología, literatura, etc.

Los cursos generales, concentrados en el primero y el segundo año, son los que contribuyen a la inscripción de los estudiantes en las especializaciones. Un curso general y obligatorio de historia en el primer año de la universidad atrae a futuros diplomados al departamento de historia. Un curso de historia feminista en primer año abastece de futuros discípulos a los historiadores feministas. Dado que los departamentos adquieren fondos, puestos e influencias según el número de estudiantes que se inscriben en él, y que este número depende del éxito de los cursos generales del primero y del segundo año, es esencial para la supervivencia de un departamento, o de una corriente de ideas en el interior de un departamento, que sus cursos estén bien representados entre las exigencias de la formación general. De esto se desprende que la lista y el contenido de los cursos de formación general son los blancos de una lucha incesante entre los departamentos, e incluso entre los grupos de interés en el interior de un mismo departamento. Esto se relaciona, como veremos, con la lista y el contenido de los cursos de literatura.

Otro rasgo característico: las universidades norteamericanas, independientes y ricas, extendidas a través del territorio de Estados Unidos, se han vuelto importantes protectoras, si no es que hasta promotoras, de la vida literaria y artística. Escritores, artistas y músicos enseñan en el campus, organizan espectáculos, conciertos, proyecciones de películas norteamericanas o extranjeras, dirigen allí innumerables revistas literarias y artísticas de vanguardia, y esto ocurre frecuentemente en regiones aisladas del país, donde toda otra forma de cultura elevada está ausente de manera lamentable. De ahí la tentación, para los universitarios norteamericanos, de confundir la universidad con la vida cultural y, para los literatos en particular, de olvidar la distinción entre los grandes escritores y los escritores en el programa. Esta confusión, que explica en parte la virulencia de las reformas escolares recientes, atribuye a los estudios universitarios el papel central en la formación y en el cambio del gusto literario. Según los adeptos de esas reformas, una vez que un libro se encuentre en una lista de lectura obligatoria en la universidad, habrá triunfado sobre los prejuicios que lo mantenían apartado del público. Lejos de limitarse a reflejar más o menos fielmente antiguos juicios de valor, las listas de lectura representan normas sociales que pueden modificarse a voluntad. En una palabra, leer El capital, ya es hacer la revolución.


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