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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1992

Las dificultades de la transparencia y de la difusión cultural


El crecimiento en el mundo de la edición, en las antologías literarias y en los cursos que se ofrecen en la universidad sólo es uno de numerosos síntomas de la opulencia cultural moderna. Uno de los efectos de este crecimiento es la extraordinaria confianza de¡ público contemporáneo en sus capacidades para comprender y apreciar toda obra literaria presente o pasada, sea cual sea su procedencia cultural y étnica. Esta confianza, este sentimiento de la transparencia universal, presupone a su vez una teoría muy precisa de la cultura, que conduce a consecuencias turbadoras.

Según esta teoría, nosotros, los modernos, tenemos un acceso tan fácil a cualquier texto, independientemente de su origen, gracias a nuestra sensibilidad cultural superior: hemos alcanzado una especie de meseta hermenéutica a partir de la cual dominamos el conjunto del pasado y del presente. Tenemos entonces la suerte de poseer una perspicacia y una apertura más grandes que las de todas las otras civilizaciones y períodos históricos. En relación con estas civilizaciones y estos períodos, que, lo sabemos muy bien, se contentaron la mayoría de las veces con consumir los productos culturales autóctonos, somos entonces unos privilegiados. Nos beneficiamos naturalmente con sus esfuerzos, en la medida en que lo más duradero dentro de su herencia anticipa nuestra propia superioridad cultural. Así como en el Museo del Louvre el visitante contemporáneo admira tanto los bronces asirios como los frescos egipcios, las estatuas griegas y las pinturas flamencas, los lectores de la serie Penguin Classics encuentran el Mahabharata (epopeya en sánscrito), La Histonia de la piedra (novela china), Edipo Rey (tragedia griega) y El Lazarillo de Tormes (novela picaresca española) igualmente deleitosas. Ahora bien, precisamente, el hecho de apreciar todos estos libros hace pensar que existen ciertas similitudes entre el pasado y el presente, entre la Europa y la América contemporáneas y las civilizaciones exóticas. Porque sin una hipótesis de semejanza y si no compartimos ningún interés y ninguna pasión con los escritores y lectores del pasado, sería difícil explicar por qué leemos, a pesar de todo, esos textos. Estas consideraciones conducen a un callejón sin salida, pues sugieren, por un lado, que nuestra civilización es completamente diferente de las otras (sentimiento de privilegio) y, por otro lado, semejante a las demás (hipótesis de la semejanza). Es inútil recordar al lector que, bajo el nombre de "fin de la historia", esta paradoja ya está presente en la filosofía de Hegel.

Al contraste entre el sentimiento de privilegio y el de la semejanza, se agrega una segunda contradicción, debida al inmenso éxito de la difusión cultura¡. Un porcentaje considerable de la población, más del 40% en Estados Unidos, tiene acceso en nuestros días a la enseñanza superior, umbral impensable en el pasado. A su vez, las nuevas necesidades culturales refuerzan el consumo de objetos culturales, incluyendo a los libros. Pero ya que, evidentemente, ninguna élite, ningún individuo podría consumir el conjunto de lo que está disponible actualmente, la cultura de masas está lejos de incitar a la aparición de nuevas élites con cultura universal, y aún menos la de individuos cultos. Para ser apreciado plenamente, un producto cultural exige la atención constante de su público, su fidelidad. La cultura implica familiaridad y devoción. Ahora bien, con el aumento de las opciones, los consumidores de cultura están tentados naturalmente a desplazar frecuentemente su atención de un objeto cultural hacia otro. Al ser colocado frente a una pasmosa multiplicidad de opciones, el consumidor de cultura probará rápidamente las grandes obras maestras, o bien buscará un pequeño campo especializado al que podrá ser siempre fiel. La situación es contradictoria en la medida en que las posibilidades ofrecidas en la libre elección contradicen las exigencias de la atención y de la familiaridad.


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