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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1992

Las afinidades exclusivas


Paradójicamente, para defender un curso como ése, sus partidarios deben emplear el lenguaje del interés general. Sostienen que los libros recomendados para el curso de "Europa y las América" preparan a los jóvenes norteamericanos para el mundo multicultural en el cual deberán vivir. El interés general, prosiguen, es servido por el reconocimiento del derecho a la especificidad. Como lo escribe una de las participantes del debate alrededor del curso de Stanford:

"Cada vez más norteamericanos afirman con insistencia su pertenencia a una clase social, a un sexo, a una región, a una raza, a una orientación sexual, antes que aceptar asimilarse a la mayoría (rather than meltin into the homogeneized pot). Estas personas consideran esas pertenencias como formando parte constitutiva de su ciudadanía. (Mary Louise Pratt, "Humanities for the future'', in The Politics of Liberal Education, número especial de The South Atlantic Quarterly, 89, 1990, p. 9.)

En oposición con la creencia humanista del valor universal de la civilización, la ideología de la especificidad postula una especie de afinidad exclusiva entre un grupo determinado y sus manifestaciones culturales. Al afirmar que la pertenencia de clase, la etnicidad, la raza y las características sexuales componen, más aún, determinan la identidad política, incluso cultural, de los individuos, esta ideología es una forma de expresivismo materialista. Cada colectividad humana definida según esos parámetros (clase, raza, sexo) posee un conjunto de rasgos definitorios que se muestran en cada objeto cultural producido por alguno de los miembros de la colectividad. Estos rasgos, además, no podrían estar presentes en los objetos creados por otras comunidades. La afinidad exclusiva es también fuertemente selectiva: solamente ciertas maneras de agrupar a los seres humanos son pertinentes desde el punto de vista cultural y vale entonces la pena que sean tomadas en consideración. Jane Austen, por ejemplo, es una mujer de buena familia, súbdita británica, anglicana y que vivió al final del siglo XVIII y comienzos del XIX. Buscar en su obra huellas de su identidad británica, anglicana o previctoriana es meterse en las malas afinidades, ya que todas estas maneras de describir a Jane Austen habrían sido aceptadas por los programas ya existentes. Para las nuevas listas, su obra cuenta en tanto que escritura femenina, porque la femineidad es el buen criterio según el cual se la debe juzgar.

Los adversarios de estas reformas no dejaron de hacer notar la semejanza entre la afinidad selectiva y las viejas teorías nacionalistas y racistas de la cultura. Es cierto que, en su versión extremista, la crítica feminista, al sostener que la femineidad marca cualquier obra escrita por una mujer, hace pensar en los críticos nacionalistas de los siglos XIX y XX, y a su firme convicción de que cada una de las manifestaciones culturales francesas, inglesas o alemanas expresa la claridad francesa, la flema inglesa o la profundidad alemana. Exagerar estas semejanzas sería, sin embargo, un error. El nuevo expresivismo no tiene ninguna de las marcas de orgullo que vuelven tan tonto al nacionalismo del siglo XIX y tan detestable al de¡ siglo XX. Las nuevas corrientes prácticamente no se duermen sobre los laureles del pasado de los grupos minoritarios en cuestión. Incluso al contrario, todos estos programas insisten en el fracaso de los grupos a los cuales ellos representan. Sacando provecho del carácter subalterno de sus sujetos, acuñan un déficit. Se les ha llamado, con maldad, Victim Studies. Estas víctimas no extraen su gloria de sus éxitos del pasado, sino de su bello papel en la revolución que vendrá.


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