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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1992-1993

¿Pueden los empresarios invertir en política?


[Nota 1]

EL MITO, LA FICCIÓN Y LA VERDAD EN LA ACTIVIDAD POLÍTICA MEXICANA

En tiempos de crisis abundan las declaraciones. No son malas necesariamente. En alguna medida por lo menos, revelan la urgencia de tomar conciencia de la situación y manifiestan la voluntad de enfrentarla.

Hace poco tiempo tuvimos en la escena pública una batalla de declaraciones a propósito de la participación de los empresarios en la actividad política, Batalla que enfrentó a los dirigentes empresariales con los líderes del PRI, tanto con los del comité central como con los líderes de los cuerpos populares, que de suyo son los únicos que constituyen este partido. Como es usual, hubo de las dos partes tanto proclamas agresivas como rectificaciones y expresiones de que "no hay enfrentamiento entre sectores".

Este intercambio de declaraciones nos invita a analizar uno de los componentes más fundamentales de nuestra realidad: el modo cómo en la actividad política se conjugan la creación de mitos y ficciones con el reconocimiento de la verdad. Son estos elementos indispensables de toda vida pública y el identificarlos nos ayudará a comprender mejor lo que hoy sucede.

A la palabra "mito" fácilmente se le da un significado negativo, pero en un sentido muy típico el mito designa algo positivo: se refiere a las figuras plásticas en las que los pueblos encarnan sus profundas, irrenunciables aspiraciones. La antigüedad fué pródiga en la creación de mitos que no son otra cosa que la fresca expresión de sus ideales humanos, o la captación intuitiva del drama de nuestra existencia. Así surgieron las figuras de Prometeo, de Hércules, de Orfeo y de tantos otros héroes y dioses. Estas figuras míticas nutrieron, vincularon y guiaron a los hombres de aquellas sociedades. En la historia posterior, hasta nuestros tiempos, ha cambiado mucho la forma de figurar los mitos, pero todavía nosotros seguimos créando los y dándoles vida. Necesitamos no sólo tener ideales sino darles forma corpórea y concreta que pueda ser captada por todos y pueda mover a los grupos humanos.

Pero sucede también que los hombres constante y tenazmente defeccionamos de nuestros ideales. Y, lo que es peor, queremos engañarnos justificando nuestras mezquindades con razones falsas que quieren convencernos de que todavía somos fieles a los ideales que hemos afirmado. Así, el mito degenera en ficción. Los seres celestiales creados en un primer momento por la sabiduría popular y el sentido estetico de los antiguos se fueron cargando rápidamente de vicios y bajezas, y la versión original del mito que produjera imágenes puras se pulverizó en mil relatos que narraban interminablemente las tristes e incluso grotescas miserias de aquellos personajes metamorfoseados de dioses en monstruos.

Los hombres y las sociedades necesitamos de los mitos. Necesitamos la afirmación común de ideales que "unzan nuestro destino a las estrellas". Los hombres y las sociedades, también, nos encontramos de pronto con que aquello que creíamos que era un ideal no es sino un engaño. Nos encontramos atrapados en una burda ficción, que nosotros mismos hemos urdido. Cuando esto sucede, urge reencontrar la verdad y reafirmar, fincados en ella, nuestros ideales; ideales que ahora serán más consciente y congruentemente asumidos por nosotros.

Todos los mexicanos sabemos que la Revolución generó un mito grandioso. Cualesquiera que hayan sido las brutales conductas de los revolucionarios, de esa compleja gesta de nuestra historia surgió la afirmación de un ideal, el ideal de un México más justo, en el que se abolieran los privilegios derivados de castas sociales y facultades económicas. Surgió el mito del Pueblo: ese conglomerado de hombres dignos que todo lo merecen, que no pueden fallar y que todo lo realizarán con su esfuerzo común. El hombre del Pueblo sustituyó el gastado nombre de Libertad, que a su vez había sustituido el nombre del Rey.

Pero -¡siempre el pero!- la ficción comenzó inmediatamente a carcomer el mito. En nombre del Pueblo se instrumentaron mil acciones que favorecían los intereses de pequeños grupos que por habilidad política o económica establecieron una sólida posición de privilegio en la realidad social mexicana. El mito, sin embargo, continuó y continúa vigente. Todo el discurso político de los gobernantes apela al Pueblo como justificación suprema, como argumento irrefutable. El mito es tan fuerte que las acciones o instituciones políticas que se identifican con él se convierten en intocables. No es lícito siquiera plantearse la duda sobre su validez. La institución del ejido, por ejemplo, se vuelve sacrosanta, sea cual sea el modo como funcione. Y hay, desde luego, muchos otros ejemplos, antiguos y recientes, que comprueban el vigor del mito. La fuerza ideal del mito, empero, no es de tal naturaleza como para detener la real acción corrosiva de las ficciones.

La década de los setentas asistió al agravarse progresivo y acelerado de la tensión entre el mito y la ficciones. El discurso político se volvió cada vez más agresivo contra los "riquillos" y contra todos aquellos que desde cualquier tipo de posición de poder atentaran contra los derechos y conquistas del Pueblo. Una y otra vez, con insistencia creciente, casi con desesperación, se afirmó la validez de los, principios de la Revolución en contra de las castas privilegiadas. Y sin embargo los verdaderamente favorecidos por las condiciones reales de los últimos años fueron todos aquellos que podían gozar de fuerza económica o política: la clase media prosperó y se acrecentó, la clase rica incrementó notablemente sus ganancias, la clase política afianzó su poder y sus privilegios. El estilo de vida de los poderosos creó nuevas formas de opulencia y de derroche. El partido oficial, a su vez, se dio el lujo de conceder vida y posibilidades de acción a partidos opositores. Las últimas medidas del sexenio anterior fueron el climax de la tensión: arrasador disparo brotado de la potencia del mito y revelación trágica de la pululante, demoledora ficción. Surge la pregunta de cuál de estas dos fuerzas tiene más arrastre.

Mientras la historia responde a esta interrogante, será útil tratar de identificar cómo actúa la ficción en nuestra sociedad y qué posibilidades tiene el mito de seguir siendo un ideal válido para nosotros.

La ficción en la actividad económica es, desde luego, la que se ha hecho patente de un modo más claro. Contra ella se levanta la denuncia de los hombres de negocios. El desarrollo del país se asentaba sobre bases frágiles y sufrió inevitablemente un colapso. El colapso de esta gran ficción pone al desnudo muchas otras ficciones económicas: los subsidios mantenían falsos precios de productos y falsos desarrollos de empresas, sobre todo, de empresas paraestatales; multitud de proyectos fueron mal planteados, mal implementados o inexplicablemente abandonados, y sólo han dejado costosas construcciones inútiles. La ficción no puede ser mantenida por más tiempo, pues no hay ya dinero para ello. Ni siquiera hay ya el dinero que requiere la actividad económica no afectada por la ficción. Los empresarios reclaman urgentemente que se dejen todas las ficciones y que se proceda con base en la cruda realidad. Van más allá, se culpan a sí mismos de haber cooperado al auge de esa ficción por no haberla denunciado a tiempo. Y, claro está, con este culparse a sí mismos están de hechos inculpando claramente a los que produjeron esas acciones.

Esta denuncia es, lógicamente, muy mal recibida por la clase política, pues representa una inaudita incursión en su propio campo de poder. Los políticos, empero, ni por un momento piensan en rebatir la acusación lanzada por los empresarios. No se interesan absolutamente en mostrar que no hay tal ficción económica. Ni siquiera pretenden mostar las razones que puedan justificar, o aunque sea tan sólo explicar su existencia. Los políticos no van a dar la batalla en el terreno en el que los quiere situar su adversario. Ellos se encaraman al mito, que es su seguro sostén, y desde ahí lanzan furibundas condenaciones a los empresarios. No importa lo que hayan dicho, lo que importa es quiénes lo dijeron: ¡los enemigos del Pueblo!. Ellos sencillamente no tienen ningún derecho a intervenir en la política, en la toma de decisiones para la vida pública de nuestra sociedad. Esta verdad evidente puede dispensarse a sí misma de cualquier intento de argumentación justificativa.

Los empresarios, por su parte, se llenan de ira y responden que lo que está ahora en juego es el derecho fundamental a la libertad de expresión, derecho que les quiere negar la clase política. Y se arma una guerra de declaraciones.

La reflexión sobre este suceso nos lleva a pensar que el conflicto no se sitúa realmente en el terreno de los "derechos". Un verdadero conflicto social no se origina sólo por una diversa interpretación de las leyes. Lo que aquí está en juego en realidad es la diversa postura que toman los grupos sociales frente a otra ficción que ha aflorado crudamente como tal en los días que estamos viviendo: la ficción política. Si queremos tomar conciencia de nuestra situación, mal haríamos en centrar toda nuestra atención en las ficciones económicas. Más hondas y de más graves consecuencias son las ficciones políticas que perviven en nuestra sociedad.

La ficción política que vivimos se constituye por la conjunción de diversos elementos. Por una parte, los empresarios, y en general las clases económicamente pudientes, no pueden participar como tales en la actividad política. Ni sus intereses, ni siquiera sus proyectos pueden mostrarse como programa de acción o plataforma ideológica. El partido ampliamente dominante excluye por principio integrar a sus filas una participación ajena a la de las "clases populares". Hasta aquí se conforma la política con las exigencias del mito. La ficción comienza propiamente cuando de hecho la clase rica no sólo interviene en política sino que se constituye en uno de los factores más determinantes de ella. Y, sobre todo, cuando resulta que la clase rica viene a ser la gananciosa económicamente de la política que se adopta. Por otra parte, los políticos, aunque dicen ser hostiles a los intereses de la clase rica, aspiran en realidad a convertirse en miembros distinguidos de ella. Tenemos, pues, una situación en la que el ideal Iifurca caminos" y la realidad los vincula estrechamente. Así se genera la tensa, polifacética ficción. Las clases económícamente pudientes apoyan a los políticos, pero no lo hacen en modo alguno porque se identifiquen con ellos -a decir verdad ni siquiera les interesan- sino porque así resultan beneficiadas. Los políticos a su vez aceptan esta situación siempre y cuando les presente no sólo la oportunidad de reportar ganancias económicas también para ellos, sino, de modo muy especial, siempre que les sea posible mostrar la distancia e incluso aversión que guardan respecto de los ricos. Más aún, necesitan contar siempre con la posibilidad de señalarlos como enemigos del Pueblo y como causantes de los fracasos que sufra la nación. Dentro de este contexto, los líderes de las organizaciones populares son los que quedan más sujetos a las tensiones nacidas de la ficción, ya que por un lado experimentan más agudamente la necesidad de contraponerse a los ricos, y por otro lado están más expuestos a la grave tentación de convertirse fácilmente en uno de ellos.

Todos los mexicanos buscamos hoy febrilmente superar la crisis. Más que nada nos urge desvanecer la amenaza de la penuria economica que se cierne sobre nosotros. A quien reflexiona seriamente sobre nuestra realidad se le impone, sin embargo, la pregunta de si es posible, o siquiera deseable, superar las nefastas ficciones económicas que producen nuestra quiebra sin enfrentar las ficciones políticas que enmascaran la bancarrota de nuestra vida pública. Se comprende fácilmente que no es posible ni justificable una organización ficticia de la economía que nos lleve al desastre. Se impone la pregunta sobre la posiblidad y la calidad humana y social que puede tener la ficticia alianza política entre fuerzas que sólo se vinculan por intereses económicos, que no se interesan por tanto en un proyecto común de nación, que no comparten un mismo ideal de hombre y de sociedad. Se impone la pregunta sobre la capacidad que esta alianza pueda tener para producir el desarrollo genuino y consistente de una sociedad humana. Un gobierno necesita corresponder al ideal que invoca para ser reconocido como legítimo. No parece posible, por tanto, que una estructura política pueda prosperar si se coloca bajo el noble mito del Pueblo y al mismo tiempo permite ampliamente que en la oscuridad de la ficción medren en grande los intereses egoístas.

Quien reflexione así podrá convenir en que los representantes de la iniciativa privada tienen toda la razón al comprender que han tenido muchas omisiones. No es posible, no es digno desde luego, y ni siquiera es redituable a la larga abdicar del ejercicio de su responsabilidad política en aras de las ganancias económicas. Abdicar de la responsabilidad política es en el fondo desentenderse del Bien Común y preferir el egoísmo. Quien esto hace queda a merced de las arbitrariedades egoístas del más poderoso. Y, a la vez, podremos convenir que el comité central del partido tiene también razón: el poder político no puede subordinarse al poder económico. Tiene toda la razón, si por este principio se entiende que la decisión libre del conjunto de la sociedad no puede sujetarse al imperio del reducido grupo que posee el dinero en abundancia.

Es hora ya de preguntarse por el papel del pueblo, del pueblo real, no el mito, no "el Pueblo" ideal, sino el conjunto inmenso de hombres que forman realmente la sociedad. ¿Qué papel juega en este confrontarse del mito y las ficciones? El pueblo real puede ceder a la fácil tentación de identificarse a sí mismo simplemente con el mito del "Pueblo". Puede creer que no necesita de recursos económicos, ni de capacidad científica y técnica, ni de dirigentes políticos verdaderos. Puede creer que con manifestaciones fervorosas y movimientos de masas va a generar productividad, abundancia, justicia, lucidez y acierto político, Este proceder convierte el mito del Pueblo en la Ficción populista. El pueblo cae en la ficción de sí mismo. Huelga decir cualquier cosa sobre las consecuencias que tendría este proceder.

El pueblo real es el factor de la verdad. De su trabajo depende la salud económica, de su solidaridad depende la salud política del país. Si las sociedades necesitan crear mitos que expresen sus ideales, es necesario también, para que éstos sean fecundos, que los ideales correspondan a la realidad. No es posible creer en el mito del Pueblo si no hay conciencia solidaria, ni capacidad política, ni las condiciones para que el trabajo humano dé sus frutos. El ideal es válido como fin que atrae, pero no como medio operativo. No se puede tender a un ideal con base en medios ideales. El verdadero mito del Pueblo necesita superar las categorías ficticias de "buenos" y "malos" en las que se ese inde dogmáticamente a la sociedad. La ver pueblo consta de grupos muy diversos, que tienen ciertamente sus propios intereses que los contraponen entre sí, pero esta contraposición no es necesariamente irreconciliable, sino puede ser superada por una auténtica colaboración que trabaje por el Bien Común y que sea capaz de asumir sacrificios equitativos para lograrlo.

La dinámica de nuestra reflexión nos lleva a concluir que la ficción en verdad más engañosa y nefasta es la que entroniza ídolos. Hoy se erigen los ídolos de las ideologías. Teorías unilaterales y dogmáticas exigen la sujeción de la inteligencia, imponen una visión de la realidad y justifican cualquier acción que en su nombre se tome contra los hombres reales y concretos, a los que antes de aceptar como tales, los considera según la definición que fluye de sus categorías abstractas. Así se genera la amarga experiencia de sacrificar a los hombres libres en el altar del ídolo de la Tiberta. Así se generan otros sacrificios semejantes en honor de ídolos diferentes. Si es necesario y fecundo tener una teoría de la sociedad, es inválido y destructor pensar que esa teoría es más rica y más poderosa que la sociedad real y que, por consiguiente, tiene más derechos que ella. Una posición humanista y cristiana afirma, por el contrario, a los hombres reales, al pueblo real, como única instancia inapelable, como único forjador y realizador de sus ideales, como único responsable de su historia.

A propósito de toda esta problemática será bueno recordar las palabras de Paulo VI:

Hoy en día, por otra parte, se nota mejor la debilidad de las ideologías a través de los sistemas concretos en que tratan de realizarse. Socialismo burocrático, capitalismo tecnocrático, democracia autoritaria, manifiestan la dificultad de resolver el gran problema humano de vivir todos juntos en la justicia y en la igualdad. En efecto, ¿cómo podrían escapar al materialismo, el egoísmo o a las presiones que fatalmente las acompañan? De aquí la contestación que surgen un poco por todas partes, signo de profundo malestar, mientras se asiste al renacimiento de lo que se ha convenido en llamar "utopías", las cuales pretenden resolver el problema político de las sociedades modernas mejor que las ideologías. Sería peligroso no reconocerlo: la apelación de la utopía es con frecuencia un cómodo pretexto para quien desea rehuir las tareas concretas refugiándose en un mundo imaginario. Vivir en un futuro hipotético es una coartada fácil para deponer responsabilidades inmediatas. Pero, sin embargo, hay que reconocerlo también, esta forma de crítica de la sociedad establecida provoca con frecuencia la imaginación prospectiva para percibir a la vez en el presente lo posiblemente ignorado que se encuentra inscrito en él y para orientar hacia un futuro mejor; sostiene además la dinámica social por la confianza que da a las fuerzas inventivas del espíritu y del corazón humano; y, finalmente, si se mantiene abierto a toda la realidad, puede también encontrar nuevamente el llanamiento cristiano. (En el Octagésimo Aniversario de la Rerum Novarum, núm. 37.)


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