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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1992-1993

Las órdenes mendicantes


Los movimientos de pobreza no tenían una intención de ruptura con la ortodoxia, sino al contrario. La infinidad de estos grupos que aparecen por todo el mapa cristiano durante la Baja Edad Media eran iniciados por comerciantes u otras personas más o menos acomodadas que se avergonzaban de su condición y, respondiendo al Evangelio, se despojaban de sus pertenencias para entregar el producto de su venta a los necesitados para dedicarse a la prédica apostólica y vivir de limosnas. No pretendían un cuestionamíento, sino ser ejemplo de arrepentimiento y castidad. El mismo Pedro Valdo, al iniciar su peregrinar, hizo una profesión de fe de absoluta ortodoxia dogmática.

Roma los toleraba mientras respondieran a las jerarquías de sus diócesis: pero pronto fue evidente que la gente sencilla prefería a estos predicadores humildes, a veces laicos, que hablaban en su mismo lenguaje, a los poderosos y enriquecidos sacerdotes.Los obispos comenzaron a prohibirlos por su condición de laicos, por ser una imagen demasiado peligrosa, dada la contraposición a la estructura religiosa y hasta por celos de su éxito. En definitiva, el rechazo se producía por las dificultades de la Iglesia en realizar modificaciones en su seno.

Muchos de estos hombres cuando se les prohibía continuar predicando se aferraban al Evangelio, pero ya en oposición con la Iglesia: "más vale obedecer a Dios que a los hombres que lo contradicen" o "Él nos ordenó contar las verdades".

Ante esta contradicción, hombres como Arnaldo de Brescia o Pedro Valdo se obstinan en sus creencias. Más que por diferencias dogmáticas se los calificará de herejes y se los perseguirá por esta obstinación derivada de su propia rigidez. El caso de Jan Hus es paradigmático.

Algunos religiosos, como Santo Domingo, comprenderán que la forma para no continuar perdiendo fieles será la utilización de los métodos valdenses de predicación pobre y casta, que permitirán introducir la ortodoxia en las capas populares. Tratarán de llevar vidas ejemplares, fuera de todo pecado y alejados del oro. Estos mendicantes también viajarán por los caminos en mula con una manta y las Sagradas Escrituras como único equipaje.

Pese a la oposición de los obispos el Papa decidirá fundar las órdenes de predicadores mendicantes. Esta reacción de la Iglesia puede considerarse auténticamente religiosa ante el incesante avance de las herejías. Pero Juan XXII, sucesor de Gregorio VII, proclamó que Cristo había ejercido el derecho de propiedad, con lo que daba por cerrado el debate. Muchos franciscanos huyeron y se plegaron a Luis de Baviera, que estaba en entredicho con el Papa. "Después de la derrota del emperador, la mayoría de los franciscanos insurrectos declararon una honoraria sumisión. Los irreductibles se unieron a 'los espirituales' de los alejados valles de los Apeninos. Allí, unos pequeños grupos de religiosos se hacían llamar fraticelli y mantuvieron hasta mediados del siglo XV, a pesar de las persecusiones su ideal de una iglesia pura y pobre."[Nota 16]

Evidentemente esa Iglesia no podía soprotar la pobreza.


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