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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1992-1993

LA NOVELA Y PROSA DEL MUNDO*

Author: Claudio magris [Nota 1]


* Del libro Itaca e altre, 1982, Garzanti. Traducción de Luz Aurora Félix,

Hegel se preguntaba si en el mundo moderno, el individuo todavía tendría algún poder para plasmar la realidad.

Si en la antigüedad el individuo podía ser soberano o bien el siervo de un soberano personal, en la edad moderna, el individuo depende de todos y todos de ninguno; es decir, de la anónima red de los enlaces y las relaciones sociales en las cuales se encuentra siendo un medio, usado por el mecanismo colectivo para fines que le son extraños y desconocidos.

El individuo que aspira a la autonomía y a la plenitud de su persona, se reduce a un rol. No puede ver a la cara a su señor, como el esclavo antiguo, porque el poder que lo domina es la totalidad impersonal sistema social, al cual todos obedecen, también los jefes políticos y económicos, quienes son solamente funcionarios aunque de alto nivelde aquel sistema general y objetivo que parece moverse automáticamente.

Esta estructura de relaciones es la prosa del mundo, como la llamaba Hegel. El individuo quisiera vivir aventuras irrepetibles y experiencias inconfundiblemente personales, quisiera moverse en un mundo sensible y concreto, lleno de significado, como las selvas de la antigua mitologia pobladas por los dioses, y protegido por valores capaces de rescatar el causal transcurrir de las cosas de la eventualidad y la indiferencia. El individuo quisiera que su vida fuera verdaderamente suya, es decir, quisiera vivir poéticamente, en cambio, se mueve en la prosa.

La novela es el género literario que nace de esta prosa del mundo y la hace propia. Don Quijote, que se obstina en recorrer las calles polvorientas y vacías de la modernidad para descubrir un encanto insustituible en cada cosa y en cada acontecimiento cotidiano, es el último caballero de la epopeya: el yelmo de Mambrino que don Quijote porta es una vasija de barbero, es uno solo, tiene un significado de por sí, en cambio las vasijas son intercambiadas.

Pero don Quijote es un loco que desconoce el curso del mundo; Hegel indica la necesidad de medirse con aquella prosa y de adecuarse a su necesidad. La novela moderna para él debe ser la historia de este individuo huérfano de los dioses pero incapaz de renunciar a la poesía de la existencia. La novela ocupa el lugar del poema épico de la tradición, que se basaba en el sentido significativo de la unidad del mundo -preservada por la trascendencia de lo divino y de los otros valores no gastados por el tiempo y por la casualidadque transmitía de generación en generación la respiración ininteriumpida de la continuidad de la vida, rica de sentido y de poesía.

Desde la época de Hegel, que tenía en mente las novelas de Goethe, la precariedad de lo individual con respecto a lo universal siempre estuvo en el centro de la problemática narrativa; adquiriendo un relieve tanto más intenso cuanto más anónimo y amenazadoramente incontrolable parecía aproximarse aquel universal, aquella totalidad general y genérica de la vida social. Todas las grandes novelas se basan en este tema, y las más verdaderas no ceden ni al fácil ni engañoso optimismo de que el individuo sea soberanamente autónomo, ni a la complacencia de darlo tranquilamente por muerto.

La grandilocuencia edificante o catastrófica no hace justicia al destino del individuo y lo abandona, aún más desvalido a la abstracción que lo amenaza. BerlinAlexandetplatz, la obra maestra de Alfred Dóblin -aparecida en 1929 y ahora publicada nuevamente en la versión ya clásica de Alberto Spaini- es uno de los más bellos libros de la literatura de este siglo dedicados a la inadaptación, cuyo estilo y estructura se identifican con la sorda resistencia del individuo. Es la historia de Franz Biberkopf, estibador de Berlín, que al cabo de cuatro años de prisión intenta una nueva vida pero, mal encaminado, luego de perder un brazo y de que su novia, la tierna prostituta Mieze, fuera asesinada, termina en un manicomio. El narrador lo abandona cuando le es ofrecido el trabajo de portero en una fábrica, en un final abierto -como lo es toda la novelaa la inmensa y seductora vida metropolitana.

Franz Biberkopf se halla en esta realidad vertiginosa e indiferente: su existencia y vicisitudes, entrelazadas, son un montaje de variados fragmentos que constituyen el hormigueo de la modernidad. Berlín, la metrópoli caótica e impersonal lleva al extremo la prosa del mundo, el abstracto y anónimo engranaje que coordina, sintoniza y tritura la vida de los hombres. Las plazas, las calles, los anuncios luminosos, la circulación de los tranvías, la ola del tráfico, el eco de las canciones populares, los olores de las cervecerías, el babélico parloteo colectivo del dialecto berlinés, se cruzan, entrelazan y se disuelven en la persona de Franz y en su odisea. Sólo Joyce ha revelado con semejante fuerza poética el inmenso sedimento colectivo que se encuentra bajo el gesto de todo individuo. Como en las novelas de Dos Passos su Nueva York, también en Berlin Alexanderplatz es el ritmo plural de la metrópoli que teje y deshace, como un agitado caleidoscopio las figuras y los destinos. Mientras que en Dos Passos el individuo es solamente pasivo, una mera cristalización provisoria de las relaciones sociales, Dóblin no sólo expresa la pasividad de su héroe en el desencanto del mundo, sino también su resistencia -ardua y obtusa, pero impávida y maliciosa- a aquel desencanto.

Construida según la técnica del montaje, la novela muestra cómo también un individuo es en gran parte un collage heterogéneo y discontinuo, cómo en el corazón de este individuo que se levanta después de cada knock out que lo da el mundo, no se apaga una sacralidad bíblica, que lo mantiene en la continuidad épica de la vida.

Otro gran intérprete y diagnosticador de la irrealidad contemporánea, Herman Broch, ha escudriñado magistralmente -en su novela en once cuentos Los inocentes- la seducción que la objetiva abstracción de la vida ejerce sobre el individuo persuadiéndolo de dejarse llevar por la propia falta de autoridad a declinar toda responsabilidad. Heredero de la tradición augsburga y hebrea, poeta de formación matemática y de inspiración religiosa, Broch analiza en sus obras el eclipse de un valor central que diese un sentido a la vida y sobre el cual se podría fundar una civilización. Retrata el sonambulismo del individuo contemporáneo que se mueve espectral y alienado en relaciones cada vez más vacías y abstractas, defraudado de toda realidad concreta y significativa, gobernado por una racionalizacion formal que oculta bajo su impecable simetría protocolar, el abismo de lo irracional.

En una gama de situaciones y parábolas diversas pero ligadas, que abraza la existencia privada y grandes eventos políticos como el nazismo, Los inocentes muestra individuos sin nombre y sin rostro, que se mueven en la perfecta geometría de las estructuras del mundo, separados de la cálida, oscura e inexplicable vida real que parece disuelta, y fascinados por aquel inocente y culpable juego con las formas que los aliena y los anula. El individuo que cede ante esta seducción de la inercia y de lo abstracto pierde vitalidad, amor, la fuerza de crecer y madurar, de amar y generar amor; de tal demoníaca irrealidad, nace también el nazismo, supremo triunfo del evadirse de la vida. Sin sustraerse a la debilidad del individuo, Broch muestra que su deber es rechazar la prosa del mundo, de mandar la débil pero indestructible exigencia de absoluto que hay en él, un absoluto que trasciende la totalidad social.

Ernst Jünger, al contrario, cree en la enorme fuerza del individuo, como escribe en su última novela Eurneswil. Contando actualmente ochenta y seis años (nació en 1895),[Nota 1] Jünger es tal vez uno de los últimos representantes de la generación que ha vivido y teorizado el vitalismo y el nihilismo de principios de siglo. En sus implacables Diarios de guerra, él ha descrito con lúcida transparencia y patética fascinación por la sangre, el arrebato del impulso vital sustraído a todo juicio moral, los eventos -aun destructivos- que suceden simplemente porque suceden, privados de sentido y valores, como la mano que dispara y mata. Más tarde, convertido en el frágil e inhumano ideólogo de la vitalidad imperturbable por las ideas, ha predicado por aquel puro gesto vital que -él sabía bien- pudo ser sencillamente ejecutado y observado, mas no teorizado.

Si bien cercano al nazismo, Jünger se aparta de éste en nombre de un elhos militar aristócrata, altivo ante la vulgaridad, y también por una aversión estético-moral a la tiranía hitleriana. Su proximidad al nazismo -causa de un ostracismo injusto hacia su honestidad intelectual- ahora que la cultura de izquerda busca a sus maestros en los anárquicos de derecha con su radicalismo antiburgués, tiende a hacerle un ambiguo favor. El individuo anhelado por Jünger es el "anarco", que permanece íntimamente separado de todo aquello que lo circunda, participando en cualquier realidad social pero sin involucrarse con ella. Anarco es el protagonista de Eumeswil, Martin Venator, histórico y Sreward en la corte de un tirano, el Cóndor, que reina sobre una ciudad de ciencia ficción que sobrevivió al fin del mundo, en un futuro tecnológicamente avanzado y decadente, como un resto arcaico, entre cielos fantásticos y refinamientos feudales.

Jünger quisiera restaurar el mito y entrelaza futurismo y residuos, confiando en que la técnica pueda infundir una nueva belleza heráldica al mundo. Pero él olvida que el individuo no se contrapone al Leviatán, como San Jorge al dragón, pero debe combatirlo antes que nada en sí mismo, erradicando de esa parte de sí que ya es leviatán, masa despersonalizada y vacía abstracción. Sin esta consciencia la lucha del individuo es irreal como un torneo; la novela con su elegancia seca y punzante pero dispersa, se esfuma como las agujas de un castillo bellísimo, pero falso. Aquella elegancia no basta para traer de nuevo a los dioses -si existen todavía escondidos en alguna parte- es más fácil encontrarlos en la humilde ciudadanía descrita por Broch o en un tranvía repleto de gente de Ia Alexaderplaíz berlinesa.

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