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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1992-1993

Je ne commence pas


Quelque chose pour commencer, monsieur?, preguntaba el mesero al cliente absorto y silencioso sentado a la mesita del pequeño restaurante parisino que no se decidía a tomar nada, ni siquiera un aperitivo. Je ne commence pas, respondió finalmente el señor, alisándose los bigotes amarillentos por la nicotina. "Yo no tengo nada para empezar, estoy acabado."

En su irónica y casi complacida desesperación, Joseph Roth no se equivocaba, presa de un colapso poco tiempo después, mientras conversaba con los amigos, en su acostumbrada mesa del café Tournon, sería transportado al hospital Necker, el hospital de los pobres, donde moriría a los pocos días, el 27 de mayo de 1939 a las 5:45 de la mañana.

El informe médico indicaba como causa de la muerte una pulmonía, debida a una ligera afección bronquial que degeneró en las últimas horas, durante su breve estancia en el hospital. Atado con correas al lecho del miserable hospital, Roth había sucumbido a las comvulsiones del defirum tremens, agravadas por la repentina falta de alcohol que los médicos despiadadamente le infligían al buen bebedor, con lo que aumentaban sus sufrimientos y apresuraban su agonía.

Roth, mientras subía vacilante y sostenido por sus amigos a la ambulancia que debía llevarlo al hospital había dicho sus últimas palabras; luego de poner fatigosamente el pie sobre el estribo, se había apartado con trémula pero intrépida galantería para ceder el paso a Madame Alazard, la fiel propietaria del café, Tournon y a Friederike Zweig, la ex mujer de Stefan Zweig, que lo acompañaba al hospital: Tritnero las damas."

El certificado de defunción emitido por el hospital no mencionaba su actividad literaria y, más aún, lo definía como un individuo sin profesión. Ciertamente esta calificación le habría gustado, ya que en los últimos meses de su autodestrucción, durante los cuales escribiera con una mágica e irreal lucidez algunos de sus más grandes cuentos, Joseph Roth se había obstinado en proclamar la vanidad de la literatura, es decir de su único trabajo posible. También le habría gustado la errónea indicación de su lugar de nacimiento, que no correspondía sino a una de sus muchas ficciones con las cuales él, lanzado en una interminable fuga con la que constantemente se despojaba de su identidad y de su pasado, mistificando y falseando su vida, la reinventaba sin cesar para así salvarla de la destrucción, en una narración excesiva y sobrecogedora. Una biografía de Roth -como la exhaustiva y voluminosa recientemente escrita por David Bronsen- debe tomar en cuenta las noticias imaginarias y contradictoras que Roth ha difundido por su propia cuenta. Su verdadera biografía es esta mistificación con la cual el juglar del atardecer de la vieja Europa y de la misma identidad individual ha enmascarado su propia odisea.

Los antiguos exhortaban a desconfiar de los poetas que dicen muchas mentiras, pero sabían que estas mentiras eran la verdad del destino de los poetas y de los hombres, la secreta verdad de sus sueños, de sus dolores y del juego con el cual se trata de entretener al dolor. Roth sabía que el poeta y el individuo modernos para sustraerse al inagotable tema del anonimato y del poder, tienen que enajenarse en un juego más sutil 23 y difícil que el de los antiguos; tienen que saber disimular y transformarse como los héroes de las metamorfosis, incompatibles con toda forma rígida definitiva, y tienen que convertirse en malabaristas y equilibristas, siempre en equilibrio en el hilo de la ficción.

Intérprete y autor de la propia leyenda, Roth confunde su origen y, hasta que la suerte se lo consiente, su fin. Confía diversas indiscreciones sobre su propio nacimiento e inventa distintas versiones de la misteriosa figura paterna; asimismo modifica la nacionalidad de la madre en distintas variantes y refiero en grados variables su ascendencia hebrea. Transforma los galones de cabo austro-húngaro durante la Primera Guerra Mundial en charreteras de oficial. Habiendo sido socialista y anarquista en su juventud, en los últimos años y sobre todo en el exilio parisino, se i convierte en logitimista ausburgo; actúa con convicción apasionada en i el papel del monárquico y en el católico, sin renegar de su hebraísmo, y entre los distintos amigos defiende confidencias discrepantes acerca de su conversión al catolicismo y su fidelidad al judaísmo. También el juego en este caso es la máscara de la verdad; en las últimas obras de Roth un universalismo católico, imperial y tiernamente comprensivo de la errónea fugacidad sensorial se coloca fraternalmente junto al sentido hebreo de la vida, entendida como exilio y espera mesiánica, identificada con el llamado de una negación a la que resiste tenazmente.

Sin embargo, la mistificación es también el disimulado juego con la nada, que disuelve aquellas figuras de una esperanza (hebrea o católica), amada pero ilusoria. Póstumo director de sí mismo, Roth casi parece haber inspirado también su grotesco y conmovedor funeral: el embarazo y malhumor entre los amigos, indecisos entre celebrar el rito católico o el hebreo; la solidaridad de tres mujeres amadas (la actriz Sybil Rares, nacida en Bucovina, la lituana Sonj a Rosenblum y la mulata Manga Bell, compañera de los últimos años) unidas en la tristeza de su muerte; la pálida corona depositada en nombre de su majestad Otto de Ausburgo, el monarca austríaco en exilio y nunca coronado; el ramo de claveles rojos lanzado a la fosa por el compañero Egon Erwin Kisch, jefe de la Guardia Roja vienesa, también en nombre de los otros comunistas y socialistas; y la guirnalda roja-blanca-roja de la "Liga por Austria espiritual -de aquella Austria cuya idea universal, como se ha dicho, había sido descubierta o inventada cuando el Estado que habría tenido que encarnarla ya no existía.

Joseph Roth no había tenido aquella benigna muerte que le tocara al santo bebedor de su narración y que había deseado. Lanzado con altiva indolencia al amanecer, había vivido sus últimos momentos en una febril agitación, aunque contenida por un burlón estilo aristocrático. A los cuarenta y cinco años (había nacido el 2 de septiembre de 1894 en Volinia) estaba física y moralmente destruido. Sus rasgos muestran un rostro envejecido y sudoroso, los ojos llorosos semicerrados por temor a la luz, como si estuviera somnoliento- en cuyo fondo, sin embargo, se anida una mirada que sarcásticamente sitúa la nada, el peso de las espaldas agobiadas.

Realmente la vida había terminado para Roth. Él había sido el poeta delfinal. En su obra y en su existencia el final tenía muchos rostros, que sin embargo son variantes de una única descomposición: la disolución del imperio de los Augsburgo vivida como despedida de la totalidad y la coralidad épica; la insensata tormenta de la historia que arrastra al individuo de Oriente hasta Occidente y viceversa, en la vana búsqueda de una patria; la transformación tecnológica del totalitarismo moderno que culmina en el nazismo y que prosigue con sus victorias por toda Europa.

Roth puede terminar como el último de los Trota, que al alba, mientras las tropas nazis entran en Viena, después de haber saludado la cripta de sus emperadores no sabe adónde ir; o bien como el "superfluo" Franz Tunda de la Fuga sin fin, que la novela abandona apático y aturdido en el fluir del tráfico en una plaza parisina; o también como el mercader de corales, el judío Nissen Piczenik, que sueña con la quietud del fondo del mar.

El amanecer de Roth es a la vez una nostalgia del fin y una lucha contra esta nostalgia. En París, único refugio de la Europa aún libre del fascismo, Roth vive la existencia del errante cuya casa es el hotel o el café, últimas imágenes acogedoras de un mundo que ya no conoce intimidad. Egocéntrico y generoso, vive de deudas, mantenidas con arrogancia, prodigándose en una incansable ayuda a innumerables víctimas de la tragedia histórica, que él asiste con la decisión de quien ha comprendido que la mano tendida al que sufre vale más que la dedicada a escribir. Imagina impracticables proyectos políticos para combatir al nazismo, y asaltado por la paronoia se nutre de alcohol, que apenas le permite comer una galleta al día. Sabe que el Pernod le quita años de vida, pero los sacrifica a las semanas o meses que el ficor le deja vivir.

Fascinado por la muerte, Roth se prohibe esta fascinación y predica el deber humano y religioso de vivir para servir a los demás y para luchar contra el nazismo. Establece un juicio apocalíptico acerca de toda la historia moderna, injusta y pueril en su maníaca condena absoluta, pero clarividente con ciertas agudas intuiciones. Él mismo se convierte en víctima universal de este juicio, viviéndolo en su persona hasta disgregarse, pero logrando fijarlo en la transparente magia de sus parábolas, mucho más grandes que sus novelas, a veces directas o indulgentes en el pathos. Como él había dicho de su padre, también era su especialidad la melancolía capaz de impredecible humour, como la del payaso, y de desdeñosa señoría. Sabía que moría, pero también sabía con certeza obsesiva que Hitler y el Leviatán serían derrotados.

Roth es el equilibrista que al final cae de la cuerda sobre la cual se mantenía, pero cae con temerario estilo. Pocos meses después de morir, su esposa Fried hospitalizada desde hacía tiempo en un manicomio era asesinada por los nazis con los otros enfermos. "Ya nada puede infundir terror", había dicho Roth, para agregar, "en esto consiste justamente el verdadero horror".


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