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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1992-1993

Borges o la revelación que no llega


Si el mundo se hubiera terminado y se tuviera que dedicar una velada para celebrarlo, según la costumbre de las sociedades literarias de provincia, que invitan a ilustres conferencistas para conmemorar las glorias locales lentamente resquebrajadas por el olvido, ninguno sería más adecuado que Borges para evocar delante de un público cauteloso, el mundo desaparecido, su variada superficie de quinientos diez millones de kilómetros cuadrados cubiertos el setenta por ciento por extensiones de agua salitrosa, que los hombres -recordaría el persuasivo oradorgeneralmente llamaban mar, o en ciertos casos, con énfasis, océano. La obra de Borges, que no se cansa de enumerar los objetos cambiantes y las innumerables formas de la realidad, es un intento de apresar la fugaz multiplicidad de la vida, para conservarla en la concisa precisión de una voz de enciclopedia. Pero el mundo de la página de Borges, se sustrae a la acrobacia de las palabras que pretenden aferrarlo, estar siempre más allá, fuera de la página, así como cada realidad está siempre fuera de la sala de conferencias donde se la ilustra y se la exalta. Las palabras de Borges expresan la nostalgia por la vida que persiguen. En lírica evocación al abuelo, el Coronel Francisco Borges, celebrado en las memorias familiares y en la historia argentina, éste se aleja sobre su caballo, inaccesible al verso que quisiera penetrar su secreto; mientras que la poesía sobre el tigre con sus rimas y sus figuras retóricas solamente logra dibujar un tigre de papel que no alcanza al otro, el que se desliza en la selva más allá de cada verso.

Borges, presumiblemente desearía que su obra fuera una arca de Noé, llena de vida arrancada a la destrucción y ordenada como las parejas de animales escogidas para representar y continuar la variedad de la naturaleza, intérprete y víctima de la ausencia moderna; sin embargo, debe resignarse con algo semejante al mapa del imperio que narra una parábola, que reproduce fielmente el territorio y lo adhiere con exactitud, pero que al final es hecho jirones por el viento. Los conjurados, que en un cuento quieren organizar un parlamento mundial que represente a todos los hombres y a la realidad entera acuerdan que el único parlamento del mundo sea el mundo mismo, en el impredecible fluir de las cosas fugaces que ningún símbolo o representante puede sustituir en su singularidad sin que pierdan su esencia.

Borges es el gran poeta de la melancolía del papel, consciente de la aridez inscrita en la vanagloria de las palabras; no es el escrito de la mentira y del artificio amado por los literatos italianos que de él han difundido'un culto equivocado. Borges, que en un ensayo sobre la antigua poesía escandinava compadece aquellas sofisticadas acobracias verbales con las cuales él mismo es indulgente en algunas páginas tortuosamente banales, conoce esa poesía de la simplicidad elemental que supera al individuo para identificarse con la realidad de cada uno. Su 27 página es grande cuando se detiene, comprimiendo lo esencial de una historia o de una vida en pocas líneas: sobre la luz de una tarde o sobre el caer lento y potente de la lluvia, sobre la aproximación del sueño, sobre la sombra tierna y profunda de la casa paterna, sobre la valentía y la fidelidad, o sobre el regocijo de la frescura del agua, como en,la espléndida narración sobre la especulación de Averroes.

Borges, artista innovador que tácitamente se sitúa en el seno conservador de su tradición familiar y de la vieja civilización europea, antes que nada advierte en sí mismo el exilio del individuo de aquella épica proximidad con el ritmo de la existencia; la ambigüedad moderna que impide radicarse en la plenitud de la vida y obliga al escritor contemporáneo al extrañamiento y la falsificación. El sabe que su obra no es la vida, sino apenas un catastro suyo que a su vez se inserta, mínimo e inquietante, en la vida misma, como sucede en la Biblioteca de Babel, que contiene su propio catálogo, el cual también registra los innumerables falsos catálogos, según la paradoja matemática de la clasificación más vasta de elementos, que a su vez contiene su propia clasificación. Cada narración de Borges es a la vez la de su pais imaginario TIón, una voz ficticia agregada arbitrariamente a la Enciclopedia Británica, que poco a poco insinúa la dimensión imaginaria de lo real que se desliza en la irrealidad. Consciente de la naturaleza cartográfica de su pasión y también con una excitada admiración por la violencia y la crueldad, Borges a veces busca superar la esencial anemia de la constitución vital. Una aridez espiritual parece haber agotado en él las linfas del deseo erótico, transfiriendo su intensidad a la abstracción de la memoria, que confiere a su página una insólita ascesis sexual. La sublimación es tan intensa que consume toda energía; el amor arde totalmente en la intimidad del sentimiento y del pensamiento, en el apasionado y minuciosa archivo de la persona amada. El amante está tan ocupado en catalogar en la mente y en el corazón las notas dominantes de su Beatriz, o a celebrar en vano después de su muerte sus aniversarios, que no le quedan fuerzas para aproximarla y realmente amarla. Borges es el poeta del amor reprimido y callado, ajeno a lo físico y sólo capaz de transfiguración; sus melancolías y sus meticulosos protocolos del corazón conocen la perdición del enamoramiento en el tierno encanto y la sospechosa acritud de quien, al imaginarlo de lejos, desconoce la totalidad del amor.La aversión de Borges a la procreación no es solamente la objeción del místico a la inútil multiplicación de las ilusorias apariencias individuales, es también un atisbo de la esterilidad que acecha en su obra. Su dioses -él lo ha dicho- no le han concedido la expresión que crea la vida, sino solamente la alusión que la roza, su poesía muestra la melancolía de este indicio fugitivo, Ia inminencia de una revelación que no se produce", la espera desilusionada de un secreto que se desvanece un momento antes de ser dicho. Borges es el poeta del instante todavía no extendido en la duración, de la posibilidad no realizada: algunos de sus cuentos parecen un rapidísimo esbozo de una narración por escribir.

En esta potencialidad desilusionada, Borges encarna el destino de la literatura, a la que ya no le es permitido transmitir valores y narrar historias íntegras en su significado. Él evade esta crisis, fingiéndose crítico de libros inexistentes, camuflando paradójicamente su invención como nota bibliográfica o como glosa erudita, donde le es posbile ocultar, con el abuso evidente de la mistificación, la ausencia de la verdad. En ello consiste su modernidad y no en la ostentación de un laborioso bagaje cultural, demasiado admirado superficialmente.

Borges poeta grande de la precariedad humana, es un lector omnívoro, pero no es un escritor culto; su erudición es un sedimento de elementos más acumulados que asimilados, es el repertorio imitador del escritor colonial -observa Cesare Acutisque se apropia de la tradición de origen hasta la hipérbole. Su arte es discreto y complejo, entregado a aspectos marginales y reticentes, que parece fácil y resulta sumamente peligroso de imitar, como señala Carmelo Samoná. Al igual que los de Kafka, también los érnulos de Borges terminaron copiando miserablemente las fáciles normas geométricas de sus intrincados laberintos y la fascinación superficial de sus comentarios apócrifos, perdiendo la dolorosa e irónica ambivalencia de su poesía, que muestra los extravíos de la inteligencia de la trama elemental del mundo. Por cierto, también es verdad que Borges mismo a veces parece repetirse en algunas páginas y que en la transcipción de algunas de sus excesivas entrevistas, obviamente excéntricas, parece uno de sus plagiarios.

Borges vive de la renta de sí mismo y a veces a buen precio; autor de pocas altísimas páginas y de muchas cansadas repeticiones, sabe que esta multiplicación de sus palabras exiguas en muchos casos es un abuso, o la máscara de una secreta aridez, de un cansancio resignado al estereotipo. Con melancólica ironía advierte, como ha dicho en un reciente prefacio, que lo que escribe ahora, es oído y juzgado no por lo que vale, sino en base a la idea preconcebida que de él se tiene.

Lo que escribe ya no le pertenece sino que se lo apropia el otro Borges. Ese Borges que dialoga con coquetería y pasión con los grandes escritores del pasado no es uno de ellos, no tiene su estatura y su grandeza. Es un eco de ellos, una sombra suya, un comentador y glosador de la gran poesía, como los exegetas medievales eran anotadores, intérpretes y divulgadores de los libros sagrados. Es uno de nosotros que sabe que está lejos de aquella grandeza, de no tenerla. Pero él sabe que la grandeza es aquello que nosotros no somos, y dice con enorme sobrecogimiento esta ausencia y esta distancia, esta nostalgia. Quizá Borges considere su fama un bluff. ha dicho que quiere escribir -tal vez ya lo ha hechouna refutación y una amputación de Borges. Sería un cierto juego, una mistificación literaria, pero esta broma -como muchas de sus mistificaciones ocultaría púdicamente también una verdad, sería un modo de ser realmente sincero fingiendo jugar a ser sincero.

No solamente aquello que escribe, sino también lo que él vive pertenece ahora al otro, a Borges. "Al otro, a Borges, le suceden las cosa?, ha escrito en una parábola que es tal vez la más grande y la más poética página que haya sido escrita acerca de la relación entre vivir y escribir. La palabra absorbe la vida, transforma los pequeños amores y placeres de cada día en una hipérbole exhibicionista y vanidosa: "Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las étimologías, el sabor del café, y la prosa de Stevenson, el otro comparte esas preferencias, pero en un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor."

La vida obliga a ceder todo a la escritura, a cederle sobre todo aquel indefinible e indecible dejarse vivir que constituye el anónimo e indiferente secreto de nuestra existencia: pasear por las calles y mirar el arco de un zaguán, perderse en el color de una tarde, adormecerse. Esta vida indiferente e inalcanzable que existe más en el río de las cosas que en los sentimientos y en las propias palabras o en los propios libros, más en los libros escritos por otros o en el rasgueo de una guitarra. Escribir no salva la vida aunque sí permite que algún instante sobreviva en las palabras, porque la vida no puede reconocer y reencontrar en ellas la propia verdad inmediata, inexpresable y fugitiva.

Borges es un maestro en la evocación de esta extrañeza de la vida a cada expresión, de la distancia del escritor y sus palabras. Él se reencuentra más en los libros de los demás o en el sonido de una guitarra porque la música de aquellas palabras o de aquellos acordes es una alusión a esa revelación que no se produce, es el eco o la imagen de algo que él siente dentro de síy que nunca podrá decir, mientras que sus libros son la expresión consumada y definida, y por ello insuficiente, de su pensamiento y voluntad y pertenecen al pasado. Cada libro que hemos escrito pertenece al pasado, cada libro que leemos y volvemos a leer, es el presente; cada libro que hemos escrito es un momento en cierto modo ausente, que sentimos inferior a nuestra verdad de entonces y extraña a la de hoy.

La revelación más grande es aquella que nos hace descubrir, cómo nosotros existimos afuera, en la realidad externa, en el agua que refleja nuestra imagen o en la mirada que la recoge o la retiene, en la memoria y los sentimientos de los demás, que nos conservan y salvan en su corazón

Existimos en quien nos ama y nos hace vivir en sus pensamientos. Nuestra verdadera muerte, para Borges, no ocurre con la extinción física: Esta última, como dice en la poesía Límites nos gasta incesante en cada momento, tiene lugar en cada vez que, sin saberlo, abrimos por última vez un libro que no tocaremos nunca más, o recorremos una calle a la cual nos regresaremos. La verdadera muerte, como dice en la espléndida parábola "El testigo", sucede cuando se cierran los últimos ojos que han visto nuestro rostro, cuando se apaga el último pensamiento de alguien que nos recuerda, cuando se borran las huellas que hemos dejado de nosotros en el mundo; el último sajón de "El testigo" muere arrastrando en la nada de las últimas imágenes de los ritos paganos, los ídolos y los sacrificios perdidos de una época desaparecida. Cada hombre para Borges tiene el sentimiento -como Dante en Infierno 1, 32- de haber recibido y perdido algo infinito e irrecuperable. Es la intuición de la 31 propia identidad, de ese vacío indefinible e impersonal del cual estamos hechos. Dentro de Shakespeare no hay nadie, existe solamente un poco de frío, una vanidad irreal y anónima que le permite ser muchos hombres, vestir y desnudar el alma de César, de Macbeth, de Julieta. Y Shakesperare para Borges es el modelo de cada hombre, que, como Dios es muchos y ninguno, un sueño sin nombre, anónimo y plural. Como dice el epílogo de "Borges y yo", el autorretrato de un hombre se encima, entrelaza e identifica con el paisaje del mundo; los rasgos que trazan sus caracteres también dibujan los perfiles de reinos y provincias, de bahías y caballos, de la innumerable multiplicidad del mundo. Borges quiere ser el poeta de la totalidad, del suceder captado integralmente, más allá del bien y del mal. En nombre de esta aceptación de las cosas tal como son, Borges, que tiene toda la grandeza épica y también la dureza del terrateniente conservador, ligado a la posesión e insensible a las miserias humanas, ha dirigido famosas y tristes alabanzas a la violencia y a la injusticia, tal vez con la actitud autodestructiva del reaccionario que se ofende a sí mismo con tal de atacar al conformismo progresista. Su mundo es el de la inmutable repetición de la epopeya agraria, reflejado en la obsesión circular que domina su fantasía. Tal vez él no ha visto el Aleph, la simultánea revelación de la totalidad; genial e irónicamente consciente de la escisión entre el yo que vive y el yo que escribe, Borges inventa entonces la historia de un Borges más afortunado y vanidoso, que tal vez ha visto al Aleph o, como escribe Roberto Paoli, que tiene sus buenas razones para decir que lo ha visto.

De aquella totalidad permanecen aislados algunos fragmentos, la desnuda presencia de algunos hechos. Borges reduce la vida a la indiferencia de los hechos, los cuales obedecen a una inexorable ley física o a la casualidad, ambas ajenas al juicio moral. En el universo de Borges existen códigos de conducta, pero no existe la culpa ni aquel residuo suyo que es la psicología y sus cicatrices en el corazón del hombre sometido al examen de conciencia. Sobre estas grietas de la personalidad Borges edifica un orden objetivo, como el Valle de Adriano o el Puerto de Kipling, una ley en la cual el individuo se identifica con su propio destino Por eso él desprecia la introspección de la novela psicológica y ama las férreas leyendas nórdicas, en las cuales lo esencial -la batalla, la venganza, la muerte- emerge con la elementaridad de los hechos puros, del mar que rompe contra las rocas o de los graznidos de una gaviota.

Estos hechos retornan a los ojos casi apagados del poeta, que también se percibe como otro de ellos, aislado en el mundo como un objeto abandonado en la playa. Hace dos años en Venecia nos pedía le describiéramos los colores y las formas de las cosas sobre el agua; cuando el discurso se refería a alguna obra suya, se retraía embarazado. Sabía que no tenía derecho de vanagloriarse de sus palabras. Cuando le agradecíamos esas primeras líneas de El Aleph que nos han hecho comprender a cada uno de nosotros qué cosa hemos perdido verdaderamente con la muerte de alguien querido, dudaba; tal vez se preguntaba incrédulo cómo había sucedido que en la imprevisible y suprapersonal gracia de la poesía, justamente él hubiera tropezado con aquella verdad y aquellas palabras que ahora formaban parte del mundo y no pertenecían más a él que a cualquier otro. Probablemente pensaba de sus libros aquello que Cisterión, el minotauro de su narración, piensa del sol y de las estrellas: "tal vez los he creado yo, pero no me acuerdo". Ahora Borges cumple ochenta años. Hemos aprendido de él, para siempre, que el tiempo como ha escrito, es un río que nos devora, pero nosotros somos ese río. Ni siquiera de esta verdad, quizá, sabremos hacer uso de manera que nos ayude. La vida, ha dicho Borges, nos da a cada uno todo, pero casi nadie lo sabe.


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