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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1993

Encuentro entre un surrealista y la mágica Haití


Haití no fue, claro está, el único país negro que ofreciera una fuente de inspiración a los pintores innovadores de este siglo. Antes de los surrealistas, los cubistas ya habían sido seducidos por el arte africano y varias de sus obras están claramente marcadas por esta inspiración. Al "geometrizar" y reducir las formas de los volúmenes, se podía ver cómo los rostros se mostraban de frente y de perfil al mismo tiempo; en algunas de estas obras el resultado era a veces muy cercano al de la plástica de la máscara africana.

Más tarde, el arte del mundo negro atraerá igualmente a los surrealistas, y la mágica Haití fascinará a su vez a numerosos pintores de este movimiento. Contrariamente alarte escultórico africano, que poseía una función social, la pintura haitiana sólo era gozo sensual, dotada con un poder tan atractivo y magnético que no podía dejar indiferentes a pintores como los surrealistas.

Un pintor en particular mostrará sumo interés por este país y por sus pintores: Wifredo Lam,[Nota 10] de origen cubano, que será apoyado en París por Picasso y que obtendrá rápidamente una fama internacional.

Este acercamiento no fue provocado, por supuesto, por la proximidad geográfica de los dos países (por otro lado, Lam vivía en Europa), sino por la herencia cultural africana que les era común, y de donde él tomó su inspiración. En el retorno a las fuentes y a esta herencia se encuentra el origen de un viraje decisivo dentro de su obra, mismo que provocará el inicio, paralelamente, de la celebridad de algunos pintores "ingenuos" haítianos, como Hector Hyppolite, quien observó, comprendió, amó la vida del pueblo haitiano y transportó numerosas representaciones de las divinidades salidas del panteón vudú dentro de sus composiciones.

Sin duda, Lam debe ser considerado como aparte dentro del movimiento surrealista; porque incluso si bien tiene en común con este movimiento un rechazo del academicismo, no tomará su inspiración del universo del sueñosino de un universo familiar y muy real: el del Caribe; se abastecerá y se realizará principalmente gracias a los renovados contactos con el universo mágico-religioso de los ritos heredados del África ancestral.

En 1946, se queda durante algunos meses en Haití, donde asiste a ceremonias vudú; ceremonias donde se mezclan ritos de origen africano y prácticas católicas, durante las que los espíritus se manifiestan en personas a las cuales les prestan sus rasgos y sus gestos familiares".[Nota 11] Observará igualmente unos "vevés dibujos emblemáticos con carácter mágico, que tienen como función llamar a los Ioas" y obligarlos a manifestarse. Podemos leer en esos "vevés" los atributos característicos de los Ioas": el sable de Ogou, el barco de Agoué, la serpiente de Damballah... atributos que reencontramos en numerosos cuadros.

Esa experiencia lo marcará definitivamente y de tal encuentro nacerá un nuevo estilo, donde la referencia a los dioses de la mitología vudú es muy clara. "Ogoun ferraille "Altar para Yamaya Tos Abaloches bailan para Dhamballa, dios de la unidad", se cuentan entre sus obras más conocidas de este período fecundo. Del encuentro entre Wifredo Lam y el pueblo de Haití, André Breton escribió en 1946, en Port-au-Prince, un texto que siguesiendo célebre, un himno al artista y a la mágica Haití: [Nota 12]

Por la noche, en Haití, las hadas negras sucesivas llevan a siete centímetros por encima de los ojos las piraguas de Zambeze, los fuegos sincrónicos de los niños, los campanarios dominados por un combate de -allos y los sueños de Eden que se sacuden enfrentados alrededor de la desintegración atómica. A sus pies, Wifredo Lam instala su "vever", es decir, el maravilloso y siempre cambiante resplandor que viene de los vitrales increíblemente labrados por la naturaleza tropical sobre un espíritu liberado de cualquier influencia y predestinado a hacer que surjan, de este resplandor, las imágenes de los dioses.

Esta rápida incursión en el universo de la surrealidad puede dejarnos una sensación desconcertante; se nos abre un mundo de ideas vagas, que son difíciles de codificar según los criterios habituales que cada uno posee sobre el esteticismo. En efecto, la complejidad de las formas y la asociación de imagenes dispares vuelve ardua, para nuestro espíritu de neófitos imbuidos de racionalidad, la lectura de la obra de arte.

El arte "ingenuo", por su parte, ofrece unas imágenes perfectamente inteligibles y otras teñidas de misticismo y de sobrenatural, que vuelven difícil su desciframiento. ¿Qué más da el enigma insoluble? ¡La obra existe!

¿Y acaso no es mejor dejar de lado el cuestionamiento, dejarse llevar por esta surrealidad que nos sobrepasa; hacer como sus creadores, dejar que se exprese lo imaginario fuera de la censura de la razón, así como los sentimientos y la emoción que nos suscitan las formas y los colores que saltan del lienzo?


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