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-ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1993

ROLANDO TAMAYO Y SALMORAN, ELEMENTOS PARA UNA TEORIA GENERAL DEL DERECHO

Author: Rodolfo Vázquez


ROLANDO TAMAYO Y SALMORÁN, Elementos para una Teoría General delDerecho. México: Themis, 1992,530 p. ISBN968-454-294-1.

Dividiré la presentación del libro en dos partes. La primera, más general, tiene que ver con la ubicación de la obra de Rolando Tamayo en el marco de la filosofía contemporánea del derecho en México; la segunda, más particular, con algunos comentarios a la cuarta parte de su libro titulada La Ciencia y la Jurisprudencia.[Nota 1]

I

Sin temor a la simplificación, pienso que la filosofía contemporánea del derecho en México, digamos a partir de 1945, gira en torno a cuatro figuras, dos de ellas originales y reconocidas internacionalmente, me refiero a Luis Recasens Siches y a Eduardo García Máynez; y las otras dos, brillantes y más locales, Guillermo Héctor Rodríguez y Rafael Preciado Hernández.

La influencia de este primer grupo puede prolongarse con vitalidad hasta 1970, si bien desde principios de los sesentas hay que reconocer que las filosofías que daban cuenta de sus propuestas en el campo jurídico comenzaron a ser rebasadas por otras ideas filosóficas. Un testimonio muy elocuente de los nuevos aires ideológicos lo ofrece José Gaos quien, como ha dicho Alejandro Ross¡: "a partir de 1940, hasta los alrededores de 1960, es la personalidad clave de la vida filosófica mexicana".[Nota 2] En una carta dirigida a Octavio Paz en 1963, Gaos le confiesa: "En general, soy un rezagado de mí mismo; me he quedado fijado en mis juvenilia en todo: la última poesía que verdaderamente me gusta es la simbolista; la última novela, la del XIX hasta Proust inclusive; la última pintura, la impresionista ... ; hasta en filosofía: ya el existencialismo no llegue a asimilármelo como la fenomenología". [Nota 3] En efecto, por esos años en el campo filosófico la filosofía analítica irrumpía en México con gran vitalidad. Pero no sólo en México. El testimonio de Roberto Vernengo no deja lugar a dudas: "Ese mundo cristalino de esencias, regiones eidéticas, categorías y condiciones de posibilidad, se nos vino abajo, a principios de los cincuenta, con el simple y modesto ensayo de von Wright sobre la lógica deóntica. Carnap, Reichenbach, Tarski, Wittgenstein comenzaron a resonar en la facultad de derecho, donde hasta entonces sólo oíamos hablar de Kant, Husserl y de Heidegger (el tenebroso Heidegger dicho sea de paso, de la tenebrosa traducción de José Gaos de Sery Tiempo). Por cierto que Cossio y Gioja, partiendo de su formación fenomenológica, nos habían disuadido de tomar demasiado en serio las construcciones y la terminología del tomismo, y ello tanto más, cuando el j usnaturalismo tomista significaba en la Argentina, entonces y ahora, como en España y or esos años, la versión oficial reaccionaria y oscurantista en el plano político".[Nota 4]

De Recasens Siches y García Máynez no se puede ignorar la importancia de su producción intelectual (sorprende a estas alturas que no se tenga el o los libros que le hagan justicia a su pensamiento), sin embargo, también hay que decirlo, no se preocuparon de formar discípulos. Otro tanto sucede con Preciado Hernández. Su libro, Lecciones de Filosofía del Derecho es uno de los libros más leídos y, con seguridad, habrá quien deba a Preciado Hernández lo mejor de su formación jusfilosófica, pero tampoco ha dejado discípulos.

De Guillermo Héctor Rodríguez, neokantiano de la línea de Marburgo y estudioso y seguidor de Stammler y KeIsen, la situación es un tanto distinta; su obra no ha tenido la trascendencia necesaria para ser valorada pero su importancia se mide en los discípulos que dejó. Desde mediados de los sesentas se conforma el grupo de los neokantianos" alrededor de Rodríguez: Ulises Schmill, Agustín Pérez Carrillo, Javier Esquivel y nuestro autor Rolando Tamayo. Un sello que los caracteriza es su agudo conocimiento y manejo de la obra de Kelsen.

Hacia fines de los sesentas este grupo toma contacto con la filosofía analítica que se desarrollaba pujantemente en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, con gente como Luis Villoro, Fernando Salmerón y, especialmente, Alejandro Ross¡. A través de ellos y del Instituto se conoce la filosofía analítica del derecho argentina en personas como Roberto Vernengo, Carlos Alchourrón, Eugenio Bulygin, Ernesto Garzón Valdés y Carlos Nino. Estos, a su vez, dan a conocer en México el pensamiento de Alf Ross, Herbert Hart, H. von Wright, entre otros. Gente más joven comenzó a beneficiarse de toda esta oleada nueva y provocativa, entre ellos, Alvaro Rodríguez Tirado y Alfonso Oñate Laborde.

Toda la década de los setentas se caracterizó por una intensa productividad que, inexplicablemente, disminuye de manera notable desde principios de los ochentas. No es fácil determinar las causas de esta situación pero no le faltaba razón a Carlos Pereda cuando hacía notar que en México se perdió toda una generación de filósofos cuya carencia se percibió en los ochentas y que, agrego, puede prolongarse hasta bien entrados los noventas. Esta carencia también es clara en la filosofía jurídica, aunque es justo reconocer algunas excepciones que ciertamente no forman escuela ni grupo.

En la línea jusnaturalista, con una constante productividad, pero anclada en el jusnaturalismo de los sesentas y con poco diálogo con las corrientes más contemporáneas se halla la obra de Miguel Villoro, continuada en parte por Efraín González Morfín.

En otra línea, desde el marxismo y con un pie firmemente puesto en la obra de Kelsen, aparece a fines de los setentas, pero sobre todo desde la publicación de la revista Crítica Jurídica, la corriente que lleva el mismo nombre y que en México encabeza Oscar Correas. Ante el desgaste de los modelos neoconservadores y neoliberales, desde hace algunos años se levantan algunas voces que en el terreno jurídico auguran un renovado interés por planteamientos políticos y sociológicos a partir de un análisis crítico y moderado del marxismo y la incorporación de algunos elementos del postestructuralismo francés, así como del comunitarismo americano. Este último a través del movimiento del llamado Critical Legal Studies (CLS).

Y llego a Rolando Tamayo. Desde principios de los setentas y hasta la fecha, uno de los méritos indudables de la obra de Tamayo es su perseverancia. En la larga década de los ochentas y lo que va de ésta, en México, su obra es una referencia obligada para todo filósofo del derecho de cualquier tendencia ideológica pero, sin duda, de la línea analítica del derecho. De Kelsen, por el grupo de los neokantianos y de la filosofía analítica del derecho hasta sus últimos desarrollos, la obra de Tamayo mantiene una unidad de pensamiento clara y rigurosa en la que autores como Ross, Hart, Raz y Nino son referencias constantes y con quienes Tamayo mantiene un diálogo crítico. Sin embargo, si la década de los setentas resultó estimulante en la obra de Tamayo por la existencia de una comunidad científica activa e interpelante, creo que no sucede lo mismo en los ochentas. La obra de Tamayo, siempre bien recibida, tengo la impresión que no siempre es bien leída y si bien sus alumnos y amigos no dejan de apreciarla no encuentra hoy día los interlocutores que la acompañen críticamente.

Esta situación no es nada deseable para un autor en plena actividad como Rolando, pero no quiero dejar de hacerle un reproche desde este foro y es el de que no se haya tomado el tiempo necesario para preparar discípulos como lo hizo en su momento su maestro Guillermo Héctor Rodríguez.

II

El epígrafe que elige Tamayo, no el griego sino el otro que sí nos hizo el favor de traducir, nos sitúa inmediatamente en el punto de partida de su pensamiento: Tamayo hereda toda la tradición positivista en ciencia. El epígrafe es de Wittgenstein: "¿Dónde en el mundo puede observarse un sujeto metafísico?". Si algo es recurrente en Tamayo es esa necesidad de deslindar lo empírico de lo metafísico y hacer del primero el objeto propio de la ciencia y el punto de partida de toda reflexión filosófica. Desde esta perspectiva cobra sentido la siguiente cita:

Existe una concepción (más bien desacreditada) según la cual la filosofía (y con ella la filosofía jurídica) consiste en la formulación de principios universales y finales para todas las cosas (comprendido el derecho). Dentro de esta concepción el trabajo del filósofo (y el del filósofo del derecho) adopta la forma de una especulación ontólogica sobre entes absolutos e inmutables. Existe (diría afortunadamente) una otra concepción, más técnica y más rigurosa. Para esta concepción ampliamente aceptada (más bien dominante y sobre todo más fructífera), el objeto específico de la filosofía del derecho lo constituye la dogmática jurídica. En otros términos, el examen de los dogmas y presupuestos que subyacen detrás de los conceptos y métodos de la dogmática jurídica, así como de sus implicacíones, constituye la tarea de la filosofía del derecho. (p. 294).

En la misma línea de reflexión, Norberto Bobbio [Nota 5] hace notar que la filosofía del derecho concebida desde una perspectiva metafísica termina convirtiéndose en un caso particular de una visión más general del mundo, digamos como una hija menor de la gran familia filosófica. Su objeto de estudio tiene sentido si se lo percibe desde los principios y conceptos metafísicos. Esta es la filosofía del derecho hecha por filósofos que la más de la veces no conocen el derecho. La otra perspectiva es quizás más modesta pero "más técnica y más rigurosa" y parte desde la dogmática jurídica firmemente arraigada en el conocimiento del derecho positivo. Esta es la filosofía del derecho hecha por juristas que se han tomado la molestia de asomarse a la filosofía. Bobbio, y también Tamayo, pertenecen a esta última especie, con la diferencia de que no sólo se han asomado a la filosofía sino que la estudian y la conocen en profundidad.

Pero no termina aquí la deuda de Tamayo con Wittgenstein. Si al primer Wittgenstein y, por supuesto a Ke1sen, les debe su enfoque positivista y la pureza metodológica, al segundo Wittgenstein, el de las Investigaciones Filosóficas le debe toda una filosofía del lenguaje que Hart aplicará con grandes frutos en el ámbito de la filosofía jurídica. En efecto, del lenguaje no únicamente hay que prestar atención a su sintaxis sino también, y con igual fuerza, a su pragmática, a los usos que se hacen de él: descriptivo, expresivo, directivo, performativo y emotivo. Este último, por ejemplo, para exteriorizar, despertar o agudizar ciertas actitudes de aprobación o desaprobación como sucede con expresiones como "democracia "libertad", "derechos humano?, etc. De igual manera, lo correspondiente a su semántica: el lenguaje jurídico no es un lenguaje formal como la lógica sino un lenguaje natural y, por lo tanto, cargado de vaguedades y ambigüedades y casi siempre, como afirma Hart, en una zona de penumbra. Resulta estimulante recorrer el libro de Tamayo y detenerse en los finos análisis lingüísticos de las expresiones jurídicas o metaj urídicas de las que echa mano el filósofo para analizar la dogmática.

Este es el caso de la expresión "ciencia" que abre la cuarta parte del libro y el estudio minucioso de la ciencia en un clásico como Aristóteles. La expresión ciencia', tiene razón Tamayo, no sólo presenta ambigüedad y vaguedad desde el punto de vista semántico sino que está cargada también de un fuerte singificado emotivo. Esto lleva a Tamayo a proponer una definición persuasiva de ciencia:

Pienso que se puede concluir este capítulo estableciendo que para que Graphics ocurra propiamente en el campo del operador 'ciencia', se requiere:

Que el objeto nombrado por'a'sea "científicamente" relevante.

Lo cual supone:

a) que el objeto sea "importante" de acuerdo con el criterio establecido por la comunidad científica;

b) que sea susceptible de ser abordado por los "métodos científicos" (o satisfaga el criterio de similitud de conformidad con criterios interactuantes sobre el método científico), y

c) que satisfaga el criterio elogioso de 'ciencia' (que signifique un incremento en el campo del conocimiento y un cambio de concepción de las cosas). (p. 269).

Analizada la expresión "ciencia necesaria para determinar el lenguaje del jurista como científico del derecho, Tamayo se plantea que toda vez que el derecho es susceptible de ser formulado en lenguaje cabe preguntarse: ¿cómo es posible distinguir el lenguaje del derecho del lenguaje del jurista? Desde la filosofía del lenguaje y, especialmente desde la segunda edición de la Teoría Pura de KeIsen, Tamayo distingue tres niveles de discurso jurídico:

Nivel 0 o prescriptivo que corresponde al derecho positivo.

Nivel 1 o descriptivo que corresponde a la Ciencia Jurídica o Dogmática.

Nivel 2 o "analítico" que corresponde a la Filosofía del Derecho.

Si aceptamos estos tres niveles del discurso jurídico la filosofía del derecho deviene entonces, para Tamayo, una metateoría que proporciona un análisis de los conceptos y los métodos empleados por los juristas. Su objeto específico lo constituye la dogmática jurídica. Cito a Tamayo: "Un simple examen de las obras maestras de la filosofía del derecho... permite afirmar que la filosofía del derecho es tanto análisis conceptual como epistemología crítica" (p. 294).

No creo necesario ahondar más en esta propuesta de Tamayo que me parece aceptable. Con todo, y ya para concluir, me resulta insuficiente esta concepción para cubrir de forma integral el objeto de la filosofía del derecho. Desde la obra de Rawls y lo que se ha llamado la "rehabilitación de la filosofía práctica", se ha renovado el interés por las relaciones entre el derecho y la moral, la política y la economía. Hoy por hoy, temas como la obediencia, validez y obligatoriedad de las normas; pluralismo, tolerancia y paternalismo; democracia y derechos humanos; justicia y mercado; legitimidad y estabilidad de los sistemas políticos (tema éste que Tamayo toca con agudeza pero de forma introductoria en el capítulo XII de la segunda parte), invitan al filósofo del derecho a un diálogo y a un análisis crítico de conceptos que no son patrimonio exclusivo de los políticos o de los economistas.

Lo que trato de decirle a Rolando es que hay tarea para rato y en un futuro próximo esperamos leer algún libro suyo que, como éste de Elementos para una Teoría General del Derecho, nos arroje luz sobre temas tan difíciles pero propios también de la Filosofía del Derecho.

RODOLFO VÁZQUEZ

División Académica de Estudios

Generales e Internacionales,

ITAM.


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