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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1993

UNA CULTURA PARA EMBALSAMAR

Author: Pascal Bruckner[Nota 1]


No es fácil ser un heredero, y en París menos que en otros lugares. En esta ciudad que realizó en Francia una verdadera captación y una nacionalización del pensamiento, en este enclave cosmopolita que parece concentrar entre sus muros toda la sustancia reflexiva y espiritual del país, nos vemos sin cesar remitidos al recuerdo de los grandes antepasados que vivieron antes que nosotros. Somos los deudores eternos frente a aquéllos que nos abrieron el camino y a quienes debemos superar o, al menos igualar. Pensemos tan sólo, para no tomar más que un período corto, en el historial de los escritores de la postguerra, en los seis premios Nobel que Francia obtuvo desde 1946 hasta 1985: Gide, Camus, Mauriac, Saint-John Perse, Sartre, Simon. Un patronato tan imponente puede estimular o deprimir, puede transformar a los autores y artistas en rentistas preocupados por manejar la herencia, por bordar amables variaciones sobre los temas ya explorados.

La ciudad está enteramente impregnada de materia literaria, poética, pictórica, novelesca; nos paseamos entre las páginas de una antología que mezcla lo sublime, lo grotesco, lo lírico, lo íntimo. Cada plaza, cada café, cada casa nos remiten a la imagen de uno de esos gigantes, que nos abruman con sus rasgos ingeniosos, con sus intuiciones, con sus descubrimientos fulgurantes. ¿Acaso no ha sido siempre así? Por supuesto.Entonces cada generación prosperaba sobre la negación de la anterior; refutar a los predecesores antes de ser uno mismo, ser anulado por sus sucesores se volvió incluso una especie de escuela. Esto fue llamado. la tradición de lo nuevo", y toda la modernidad se ha reconocido en dicho ejercicio.

Por lo tanto, el rechazo de la modernidad se realizó en nosotros bajo el signo de la fatiga, no el de la rebelión: no fuimos educados con la oposición furiosa de nuestros mayores, sino con una especie de cansancio frente a las búsquedas formales, a las consignas que les eran propias. Abandonamos, entonces, los mitos sobre los cuales ellos vivían, ya no compartimos más su inquebrantable confianza en las relaciones que deberían unir al Arte con la Política, con el Progreso, con la Historia, los tres encaminados hacia la misma meta: la emancipación de la humanidad. Ya no creemos, como los surrealistas, en el matrimonio de la poesía con la revolución; como los existencialistas, en la necesidad de una literatura comprometida; como el "nouveum roman" o el movimiento de Tel quel, en las virtudes de la vanguardia. Predicamos el retorno: retorno a la intriga, a los personajes, a la melodía, a la moral, al humanismo. Desconfiamos de los sortilegios de la tabla rasa, de la ruptura, de la experimentación sistemática, que con mucha frecuencia son sinónimos de aburrimiento, de gratuidad, de terrorismo. Pensemos vagamente que el arte debe estar al servicio de una verdad, pero ya no sabemos cuál, ni siquiera si existe. Finalmente, se ha roto la antigua solidaridad que ligaba a la literatura con la música, la pintura, el cine, y permitía que estas diferentes disciplinas se fecundaran unas a otras. No más pureza, sino un eclecticismo sonriente; no más leyes de hierro, sino una tolerancia absoluta; no más escuelas o grupos, sino autores dispersos; no más combate por librar a través de los libros, lienzos, pantallas o partituras, sino simples emociones.

Una entre otras
El deber de irreverencia

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