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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1993

Una entre otras


En resumen, pensábamos que habíamos puesto a esos viejos en su lugar, que habíamos enterrado completamente a estos muertos con el fin de retomar su sucesión de la manera más lógica. Pero aparece una sospecha aquí, una sospecha terrible, insinuadora, y que el extranjero nos repite a cada momento: ya no está pasando nada esencial entre nosotros; París estaría usurpando su leyenda. Se habría roto un eslabón en el engendramiento continuo de las formas: los hijos ya no serían dignos de sus padres, no habría sucedido otra cosa que el vacío tras la extraordinaria efervescencia de los años cincuenta, sesenta, setenta. No importa si es verdad o mentira, el rumor ya es con mucho una certidumbre.

La modernidad ha muerto de agotamiento, de una carrera por la novedad que resultó ser una carrera hacia el abismo. Pero, antes de desaparecer, produjo algunas joyas. ¿Y cómo no ponerse nostálgico con las posibilidades fascinantes que reveló, con los grandes descubrimientos que marcaron sus tiempos más bellos? Algunos se consuelan diciendo que nuestros antecesores no eran tan grandes., que Gide, Sartre, Camus, Robbe-Grillet, Foucault, Barthes, a fin de cuentas... Triste pretexto: pues estos modernos resisten bien y siguen haciéndonos sombra. Y su infranqueable cohorte parece cerrarnos el paso no solamente a la notoriedad, sino a la existencia misma: no basta con el hecho de que vengamos después de ellos, no es seguro que los reemplacemos. Si vamos a Roma, a Madrid, a Nueva York, a Berlín, siempre es de ellos de quienes se habla; la gloria y la grandeza de París se asocia con sus nombres. Preminencia injusta puesto que, por más desapegados que estemos de la idea de un sentido de la Historia o de un progreso de las artes, ambicionamos, como en todas las épocas, dejar una huella, marcar nuestro tiempo (y la postmodernidad, en el fondo, quizás no es otra cosa que un avatar flexible y sofisticado de la modernidad con la cual comparte la misma concepción lineal del tiempo, menos el dogmatismo, más la ironía hacia uno mismo).

Entendámonos: como en el pasado, París canta más que ninguna otra ciudad la suerte de pertenecer a una nación literaria, de ser la cabeza de la República de las letras. En ningún lugar el fervor por los debates, el gusto por la abstracción, por la dramaturgia intelectual están desarrollados como aquí, hasta la caricatura. Podemos reír, y debemos reír, del parisianismo esta mezcla de retórica, de pedantería y de frivolidad-; pero es la contrapartida de una vida espiritual sin equivalente, que no se queda inclinada dentro de círculos limitados, sino que prorrumpe frecuentemente entre el gran público culto. Una especie de división internacional del trabajo parece habernos atribuido a nosotros los franceses la fabricación en serie de las ideas. En París, vivimos las ideas como pasiones, con entusiasmos violentos y abandonos instantáneos; nos gustan los bellos discursos, las palabras raras, los períodos bien enloquecidos; producimos fórmulas como otros producen albúmina o colesterol.

Sin embargo, si bien toda comunidad intelectual se estructura alrededor de una controversia, es necesario confesar que muchas de [Nota 1] las discusiones que nos agitan son tan estrechamente hexagonales que no fomentan la exportación. Se terminó el período en que París hacía vivir al mundo al ritmo de sus hombres y de sus caprichos, cuando podía todavía dictar su ley a las élites cultas de las otras naciones, cuando el desplazamiento de una coma, una rima particularmente audaz, hacían estremecerse a los jóvenes hasta Rio o Buenos Aires. No es que la literatura, la filosofía, la pintura, la música sean en realidad más malas aquí que en otros lugares; en todo caso, ya no son las mejores. París se volvió una capital entre otras. No hubo borramiento, sino nivelación: ninguna otra ciudad la ha reemplazado en su papel de metrópolis, pero París dejo de ser irremplazable.

Así, se entiende que tantos discursos sobre la cultura prefieran acusar a los medios, al gobierno, a la publicidad, a la escuela de conspirar por el descenso del nivel intelectual de los franceses, ante que mirar la verdad de frente. Estas jeremiadas tienen un valor de síntomas: dejan ver claramente nuestra duda en cuanto a la fecundidad literaria y artística actual de los franceses. La cultura está evidentemente ligada a la transmisión y a la difusión: pero sólo la creación asegura la grandeza y permite que la vida del espíritu vaya un poco más allá de ella misma. Y es sobre esta capacidad creadora que recae hoy, con razón o sin ella, esta sospecha. Tenemos la sensación, sin duda injusta, de que nada grande, nada nuevo puede aparecer. Si hay una declinación de la influencia francesa en el territorio de las artes y de las humanidades, la culpa es de todos nosotros, en tanto que colectividad, y no de algún oscuro complot urdido por las cancillerías o sobre los canales de televisión. Agreguemos, para dar más de la medida, que los reproches con que nos agobian en el extranjero provienen más que nada de una espectativa frustada; con relación a la extraordinaria inventiva de los treinta gloriosos, nuestro período parece marcado por la calma relativa o incluso por la inercia.


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