©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1993

LA LEGITIMIDAD DE ALGUNOS VALORES UNIVERSALES HOY

Author: Carlos De la Isla [Nota 1]


Hablar de valores universales en el ámbito presente del pensamiento occidental puede parecer no sólo arriesgado, sino inaceptable ya que importantes corrientes filosóficas descalifican la validez de ideas, concepciones y valores universales para dar paso a la racionalidad, a la experiencia singular, a las ideas de grupo como los verdaderos móviles de comunicación y transformación sociales.

Aún así esta reflexión apunta a la mostración de algunos valores universales y, lo que es más importante, a señalar la universalización que de hecho se está dando en el mundo de valores como la libertad, la paz, la justicia, la vida... como el principal argumento a favor de su existencia.

No se emplea el término "valores" en la perspectiva de la filosofía que se instala en el análisis del lenguaje. Según ésta, el contenido del término no puede ser expresado en proposiciones con sentido y por tanto, no se debe hablar de valores.

Uso aquí la palabra "valores" en su significación común, que expresa los grandes bienes contenidos en las ideas que son el móvil de la existencia; en el sentido en que se habla de valores culturales, étnicos, religiosos, y que explican los comportamientos más significativos de las personas y de los pueblos.

John Gottfried Herder fue quizás el primero en cuestionar la validez de las grandes concepciones de Occidente que aspiraban a normar las conductas de los hombres de todos los tiempos; fue Herder el primer profeta totalmente articulado, dice Isaiah Berlin, que elevó la autoconciencia cultural a un principio general. Sostiene que los valores no son universales; cada sociedad humana, cada pueblo, de hecho cada edad y civilización poseen su propio ideal, forma de vida, pensamiento y acción. No hay reglas inmutables, universales y eternas. Cada sociedad, cada época tiene sus propios horizontes culturales. Este criterio, iniciado en el Siglo XVIII en Alemania, fue tomando cuerpo en las corrientes analítica y crítica del pensamiento Occidental hasta llegar a desacreditar las grandes cosmovisiones que, desde los Griegos, pretendían atribuirse una validez universal y atemporal.

Para substituir los paradigmas omnicomprensivos se generaron expresiones culturales muy concretas de la tierra, del idioma, de costumbres y comportamientos cotidianos, locales; y se juzgaba la bondad de la cultura por el grado de felicidad que proporcionaba sin ninguna pretensión de propagarla con el signo de ejemplaridad. La única proposición aceptada entonces como universalmente válida es que no existen valores, verdades y concepciones universalmente válidos. De allí la búsqueda de verdades y valores particulares con fines pragmáticos para descubrir lo que es más conveniente a tal persona, a tal grupo; de allí el fortalecimiento del utilitarismo, del liberalismo, del individualismo; de allí la búsqueda de normas de convivencia y hasta de moral por el camino del consenso y de la racionalidad; de allí, en síntesis, el tránsito desde las proposiciones necesarias y esenciales de la Metafísica hasta la reducida verdad singular sólo válida para la persona o el grupo.

A estas expresiones del ámbito filosófico se suman los desarrollos científicos de la relatividad y de la utilidad: Ya no importa la "verdad", sino la explicación concreta y funcional.

Sin embargo, esta corriente del pensamiento que reacciona contra el extremo de una Metafísica dogmática con principios universales y rígidos, como casi todas las reacciones frente a extremos, tiende a instalarse en el extremo opuesto contaminada también del dogma rígido.

Los conceptos y hasta principios con extensión universal, aún de carácter metafísico, no siempre han sido excluídos de algunas corrientes filosóficas por su ilegitimidad, sino por su mal uso o falseada interpretación. Se suele afirmar, por ejemplo, que bajo la bandera de la democracia han militado crueles dictaduras. Es cierto. Pero usar la democracia como máscara no elimina los valores de la democracia real. En forma semejante: Porque en nombre de Dios, de los principios universales, de la naturaleza humana, se han cometido crímenes innnumerables, no se concluye, al menos por esa razón, que los conceptos "Dios" y "naturaleza" sean falsos, sino arbitrariamente empleados.

Cuando se afirma: "el hombre no tiene naturaleza, sino historia" (J. Ortega y Gasset); "Cada hombre es la condensación presente a su propia historia" (Bergson) o la substancia de¡ hombre está constituida por las relaciones materiales y sociales que los individuos encuentran" (K. Marx), se rechaza el concepto hombre por vacío de significado. De manera semejante se niega la validez de los conceptos universales como bondad, justicia, libertad y se afirma que lo único que existe es la concreción de hechos que calificamos convencionalmente como justos, buenos y libres. Sin embargo, los positivistas más radicales no pueden negar la realidad (es decir lo real existente en oposición a la vacuidad conceptual) de ese algo común entre los seres humanos que permite la universalidad de algunos conceptos y en consecuencia, de algunos valores.

Ese substrato común humano no existe a modo de la substancia divina que se dice es el principio de la unidad de la Trinidad; tampoco se sugiere una substancia universal que conduce a la concepción panteísta, ni siquiera semejante a la razón universal de los estoicos que unifica la diversidad de los humanos. Ese substrato común de humanidad en la diversidad de personalidades es el fundamento de las semejanzas. Sin él no serían posibles las ciencias del hombre; es decir, es el sustento de validez de toda afirmación sobre lo humano que quiere ser científica y universal. La negación de ese fundamento de semejanza o analogía nos conduciría a la cancelación de todo valor científico que implica universalidad, y finalmente, al absurdo de legitimar sólo el estudio de individuos únicos y cerrados en su individualidad: Solipsismo conceptual diametralmente opuesto al sentido universal de ciencia.

La negación de este substrato común de humanidad elimina todo fundamento de los derechos humanos e incluso el supuesto universal para el establecimiento de leyes, normas y obligaciones de los hombres en la sociedad. Negarlo sería entrar en un claustro cerrado que haría imposible aun las formas más elementales de comunicación, sería aceptar la permanencia inevitable en el nihilismo.

En este contexto la misma Metafísica adquiere una significación transfigurada como afirma Vattimo: "La desaparición de la Metafísica es más bien la desaparición en la sociedad actual (y por lo tanto también en el saber) de los puntos de vista "universales" desde los que pueda hablarse en nombre de la humanidad y a toda la humanidad "La exigencia de un punto de vista universalmente humano no es sólo, o principalmente en lo científico, sino incluso de la sociedad moderna, en gran parte forjada por la ciencia, la sociedad descrita por Weber, en la que parece imponerse la exigencia de un punto de vista "universal capaz de poner sobre un terreno de posible consenso los conflictos "epistemológicos" en sentido amplio, que surgen contínuamente, ya sea debido a la mayor movilidad y apertura de esta sociedad con respecto a las tradicionales, sea debido a las relaciones que la sociedad europea está empezando a establecer con otras culturas. Visto de esta manera la Metafísica se halla en una relación "positiva" con el desarrollo de la ciencia moderna: No sólo en el sentido que teorizaba Heiddeger (la ciencia realiza de forma total el programa de la Metafísica), sino también en el sentido de que ésta responde a exigencias maduradas en una sociedad dominada y determinada por la ciencia". Por eso, sugiere Vattimo, que no debe hablarse de la muerte, sino de la transfiguración de la Metafísica

La consideración sobre la existencia de un substrato común de humanidad fundamento de lo "universal humano" no se orienta a demostrar la existencia de ideas, principios y valores con vigencia y validez idénticas en todo tiempo y circunstancias. Pero sí parece indispensable como fundamento de la universalidad de algunas proposiciones y valores; fundamento que da sentido al sujeto universal llamado humanidad, que sustenta afirmaciones como: Todos los hombres aman la paz, la justicia, la libertad... aunque cada hombre hecho de su propia historia busque estos valores de manera única, singular.

El ejemplo de la paz como valor universal puede parecer irónico y hasta cínico. Si se mira la geografía social del mundo entero bien parecería que Eros está siendo crucialmente derrotado por Thanatos (en la interpretación freudiana); o que la guerra, con armas químicas, bacteriológicas, económicas, psicológicas... la guerra en todos los ámbitos y niveles es el estado natural del hombre (en la perspectiva de Hobbes). Sin embargo, resulta más legítimo afirmar que en el mismo corazón explosivo de la guerra resuena el clamor por la paz.

Las grandes mayorías de los seres humanos, consideradas aun las más diversas culturas, se han declarado a favor de la paz y han condenado reiteradamente a los enemigos de la tranquilidad del orden, a los totafitarismos, imperialismos, dictaduras opresivas, nacionalismos fanáticos, dogmatismos extremos; han condenado las imposiciones violentas de grupos de poder político, económico, ideológico, religioso que hacen la guerra desde su segunda trinchera de intereses unilaterales y arbitrarios.

Uno de los dramas más dolorosos de la historia universal es el de las grandes mayorías que aman la paz y son obligadas a sufrir y a hacer la guerra por las minorías que poseen el poder.

Esta anhelada paz, sin embargo, no es ni la paz de los sepulcros ni la que impone el poder dominante que destruye cualquier movimiento de oposición. Se anhela la paz generada por la justicia: La justicia y la paz se dieron un beso"; bella descripción de aquella paz que el gran Octavio César Augusto construyó con justicia e hizo posible la Pax Romana. La paz que aman los hombres es elementos esencial del bien común, indispensable para realizar el proyecto de vida al que todo ser humano tiene derecho.

La fuerte tendencia hacia la libertad que se da en el mundo sería absurdo atribuirla a una fortuita coincidencia de elecciones particulares de grupos concretos en coyunturas concretas.

Es legítimo pensar que la humanidad expresa sus exigencias y necesidades básicas en estos movimientos irresistibles, por revoluciones ásperas y sangrientas o por revoluciones de terciopelo hacia el rescate de su libertad.

Por otra parte sigue siendo innegable que la mejor prueba de la posibilidad es el hecho mismo. El presente clamor de libertad y de justicia es el mejor argumento a favor de] carácter universal de estos valores. A no ser que, como afirma H. Newton, "estamos tan habituados a ser esclavos que pensamos que es nuestro estado natural

Afirmar que los pueblos de Europa del Este lanzaron su fuerza incontenible contra el socialismo es una afirmación tendenciosa e ¡diologizada. La fuerza de liberación surgió, según pienso, de ese reclamo común en los hombres que, por necesidad, defiende las exigencias de su realización y persigue los satisfactores de sus necesidades.

Esa fuerza liberadora ya expresó y se sigue expresando contra la imposición, la dictadura, la arbitrariedad del poder opresor, contra la violación de la dignidad personal.

Las relaciones masivas, espontáneas y heroicas que están revolucionando la historia contemporánea tampoco tienen como meta el capitalismo, como dogmatizan quienes han decidido poner fin a la historia considerando el liberalismo radical como la consumación de la plenitud humana, ya sin antítesis hostiles ni cambios bruscos.

Ni siquiera pienso que estas tendencias manifiesten la lucha universal por la democracia en sí, porque la democracia real entraña tanta veces hipocresía, engaño y una dominación con frecuencia más sutil y condicionante que la misma dictadura. Aunque no niego que se estén persiguiendo los valores que sustenta la democracia como formas de libertad: La tolerancia, la no violencia, la discusión razonable para la solución de los problemas sociales.

La gran lucha no sólo de los países del Este sino de casi todo el mundo se está dando por esos valores humanos universales que algunos llaman los valores básicos: la libertad, la justicia, la verdad y la vida. Se lucha por la libertad que es derecho de autodeterminación respetuosa en el contexto social, (que no es soberanía ofensiva), por el derecho a construir el proyecto de vida personal con imaginación, originalidad y armonía.

La libertad por la que se lucha no es la absoluta libertad de mercado que tantas veces ha prometido a todos la riqueza y que sólo a unos pocos la ha reservado; libertad que conduce a privilegiar el desarrollo de selectas personalidades sobre el sacrificio de la justicia social y de los derechos humanos; porque así la libertad se convierte en opresora según afirmación de Lacordaire: Entre el débil y el fuerte es la ley la que protege y la libertad la que oprime".

Se lucha en el mundo por la libertad de los iguales, la libertad que se construye con justicia. Y no me refiero al rasero de las igualdades o igualador de posesiones y potencialidades, pero sí, al menos, a la aceptación y procuración de una mínima equidad en las oportunidades.

La caída del muro de Berlín y el rompimiento de la cortina de hierro son una demostración irrefutable de que no existe muralla suficiente para encarcelar la libertad humana. Pero los trozos del muro de Berlín, trozos de hierro, piedra y sangre puestos a la venta en el "mercado libre" han sido usados para robustecer el muro aun más ofensivo que divide las clases sociales entre las naciones, las personas y las oportunidades.

También debe caer ese muro que es retén de la reivindicación y de la desesperación de grandes masas de desheredados, ese muro que divide la economía del sur, la pobre economía de los pobres que está empeñada y se empeña en enriquecer a las economías del Norte; Porque los pobres no han escogido su pobreza; su riqueza les ha sido arrebatada" (Carlos Fuentes) por aquellos que siempre tienen argumentos para arrebatar.

Si bien es cierto que resulta imposible dar un contenido particular de valor universal al concepto justicia, también es cierto que existe universalmente una intuición bien definida de la injusticia y del valor de la justicia tomada en el sentido global. Quienes exigen demostraciones teóricas, conceptuales, de validez imposible sobre parámetros y justificaciones del contenido de la justicia, son lo que se benefician de la indefinición y confusión muchas veces provocadas con fines injustos.

La reacción de las masas ante las situaciones de abusos, ante los contrastes entre enormes privilegios y carencias, ante su sacrificio habitual para custodiar el capital de los privilegiados, se convierte en reivindicación fracasada y finalmente en desesperación.

Ahora que la opción del socialismo parece desmoronarse por la traición de sus dirigentes, las masas de marginados, una vez más defraudadas por la desaparición de la esperanza, ya inventarán una nueva utopía, es decir, una nueva expresión de la lucha que ha llevado innumerables nombres y que no es otra cosa que la variación constante de lo mismo. El clamor generalizado del valor universal de la justicia: una nueva esperanza contra su desesperación.

Los vicios del capitalismo engrosados en la vertiente de la Revolución Industrial gestaron los socialismos, primero como utopías y después como la supuesta ciencia del reino de la libertad. Si ahora el neoliberalismo con la prepotencia que no tiene oposición, dicta la libertad del capital sobre la libertad de las personas, está gestando otra explosión que crecerá en la inmensa proporción en que han crecido los deposeídos. Aunque por fortuna las corrientes neoliberales más orgullosas y soberbias empiezan a manifestar no sólo su fragilidad sino su quiebra.

¿Por qué, insistir en el mito del capitalismo: "el desarrollo de las fuerzas productivas resolverá por sí mismo el problema de la desigualdad", cuando la diferencia entre los que tienen todo y los que nada tienen es cada vez más violenta en el mundo? ¿Por qué no inventar un modo de convivencia humana que no siga el viejo esquema de la confrontación agresiva? ¿Por qué no esperar que los grupos de poder que manejan la riqueza del planeta, que en última instancia pertenece a todos, tengan esta vez la original iniciativa de compartir riqueza y humanidad (es decir, de optar por la justicia) y que no esperen a hacerlo por la presión explosiva de las masas?

Soy consciente de que esta preguntas suenan a planteamientos de utopía, pero ¡cuantas utopías que rebasaban toda imaginación han tenido su cumplimiento en los últimos años! ¿Por qué, entonces, no pensar y propiciar la utopía de los valores humanos: justicia, libertad, vida, verdad, paz.... que del proceso de universalización logren la universalidad?

Por otra parte, el horizonte de la utopía del Gobierno Mundial construida en décadas pasadas como una esperanza de vida frente a la amenaza de división, muerte y destrucción cada día aparece más nublado. Sin embargo, cada día es más despejado el horizonte de la aceptación de aquellos valores sin los cuales no sería posible la convivencia humana.


Inicio del artículoRegreso