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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

De Mística


El libro De Mística esconde, como todo buen libro, varios libros. Yo leí dos libros al leer este texto de Ramón Xirau, y quisiera aquí hablar de ambos. El primer libro comienza en la primera página y es el que Xirau ha escrito. el segundo surge más claramente cuando se termina el primero y empieza a gestarse, dentro de nosotros, lo que el autor ha sembrado o ha dejado caer a lo largo de sus páginas escritas. La segunda lectura es, pues, un eco personal de la primera.

Pero los dos libros que leí son estupendos. El primero es un recorrido por cuatro grandes figuras de la mística cristiana; dos autores nunca agotados: Eckhart y San Juan de la Cruz, y dos místicas de nuestro siglo aún por valorar: Edith Stein y Simone Weil. Los cuatro ensayos son espléndidos y se sostienen por sí mismos (lo cual permite releer el libro por partes); en ellos Xirau combina un estilo sobrio, una redacción envidiable, una cultura vasta y una inteligencia sensible para ayudarnos a comprender lo que estos cuatro religiosos buscaron comunicar, para introducirnos en la profundidad de sus pensamientos y rescatar la armonía que existe entre sus actitudes y sus ideas. A lo largo de su libro, Xirau parece básicamente preocupado en exponer y presentar el pensamiento de sus autores, y encuentra siempre antecedentes y referencias que nos ayudan a entenderlos, relacionarlos y valorarlos.

En este sentido, y usando una imagen del propio Xirau, los diferentes capítulos son como ventanas cuyo principal propósito es lograr que veamos, por nosotros mismos, lo que Eckhart, San Juan, Edith Stein o Simone Weil tienen que decirnos. Xirau parece confiar en sus autores y también en sus lectores: unos sabrán comunicar lo inefable, otros sabrán verlo o escucharlo. Ramón Xirau quisiera servir sólo de puente, de translúcida vitrina, para ponernos a nosotros en contacto con todo aquello. La actitud de Ramón Xirau es antes que nada de pasmo, admiración, maravilla por lo que contempla. (Al respecto recuerdo una anécdota: hace años, oí por primera vez hablar a Xirau sobre San Juan de la Cruz y me quedé asombrada; hablaba -como aquí- de la manera en la que el poeta contrapone las imágenes para comunicar un sentido distinto, trascendente; San Juan violenta el lenguaje para lograr escuchar al dios que se revela en el silencio, en la más íntima niudez. Al terminar, le dije que me había gustado muchísimo y él me contestó: "¿verdad que San Juan de la Cruz es maravilloso?" Xirau estaba, como en este libro, admirado y agradecido frente a la mística, más que enamorado de sus propias reflexiones. Su texto, pues, no está orientado a criticar, analizar o rebatir, sino sobre todo a subrayar la profundidad y destacar las virtudes de cuatro testigos de Dios. Pero si los autores hacen eco en nosotros, será en gran medida por la manera tan peculiar en la que Xirau nos ha acercado a ellos.

Pero confío en que mis compañeros ya hayan hablado o vayan a hablar de las virtudes de este primer libro, y me detengo para describir el segundo libro que leí y aún está inconcluso. Este es un texto subterráneo que comenzó a dibujarse a la par que el primero, conforme ciertas preguntas se volvieron insistentes: ¿por qué eligió Xirau esos cuatro místicos?, ¿qué similitudes hay entre ellos?, ¿se podría intentar, a partir de algunos rasgos comunes, una caracterización general de la mística cristiana?

No sé si Xirau pretende sugerir, sin decirlo nunca explícitamente, una concepción general de la mística. Al inicio del capítulo sobre Eekhart, nos dice que entiende por mística "la unión del alma con Dios después de un proceso de ascesis preparatoria". Al margen de esta definición Xirau comienza a destacar parentescos y diferencias entre sus autores; así por ejemplo, subraya que en Eckhart -a diferencia de San Juan no existe una noche obscura; o nos recuerda que, a pesar de ciertas similitudes que acercan a Stein y Weil, la primera habla desde la fenomenología y la segunda desde el marxismo. Sin embargo, las afinidades entre los cuatro autores se imponen y vale la pena articularlas para preguntarle a Xirau si podrían ellas resumir una visión más universal de la mística cristiana.

En primer lugar podríamos destacar el hecho de que todos reconocen que Dios y la experiencia religiosa son inefables, indescriptibles. Dios es lo innombrable: "el Uno sin palabras" dice Eckhart; "Dios se puede sentir más no decir" advierte San Juan; "la secreta palabra de amor de Dios no puede ser sino silencio" dice Simone Weil. Pero paradójicamente, a pesar de este reconocimiento, todos pretenden a través de un lenguaje indirecto, hecho de imágenes, símbolos, metáforas y paradojas, referirse a Dios y a su experiencia de Dios; muy a menudo privilegian la vía negativa y se arriesgan a hablar para despertar en otros la experiencia de lo sagrado. El lenguaje de la mística no puede definir pero s puede evocar, indicar o sugerir la presencia de Dios en el mundo y en el hombre.

Otro común denominador es que, aunque todos ellos conocen bien el sufrimiento y le conceden un valor singular, primordialmente son místicos luminosos donde prevalece la esperanza de liberación y de salvación. Como insiste el propio Xirau, aun en San Juan de la Cruz hay un tránsito de la noche a la llama (y Edith Stein en un hermoso pasaje se esfuerza por señalar como es que la noche obscura se vuelve luminosa - está aquí presente, como comenta Xirau- el intento de encontrar la Resurrección en la Pasión). Pero ninguno insiste en la idea de que tal liberación o salvación dependa de otra vida; no es necesaria la otra vida para encontrarse con Dios; al contrario, todos buscan medios para unirse con Dios en esta vida. El mundo manifiesta una dimensión sagrada: Simone Wei piensa que Dios nos habla a través de la belleza del mundo; Eckhart y Edith Stein se refieren a un dios que yace en el fondo del alma, en lo más íntimo de nosotros mismos; porque Dios es la obscura luz que se encuentra, a ciegas, cuando ya se ha abandonado todo, de acuerdo a San Juan de la Cruz.

Un tercer rasgo común (aunque desdibujado en Edith Stein) es la insistencia de una u otra manera, en la idea de suprimir, olvidar, negar o trascender el yo mundano. Eckhart dice "no hay valor más alto ni lucha más severa que las que se dirigen a desdibujar el yo, para alcanzar el olvido de sí"; o san Juan: "para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada"; por su parte, la autora de Espera de Dios, cree que sólo una completa obediencia nos convierte en transparencia de lo divino. Para unirse a Dios hay que naufragar y abandonarse en El, a ciegas a tientas liberarse del yo mundano que quiere entender, del yo mundano que cree merecer. Todos ven en este olvido una forma de liberación (y en alguno casos, incluso una forma de confundirse con Dios), todos ellos creen que e olvido de sí conduce al abandono en Dios.

El último rasgo común - para Xirau fundamental- es que los cuatro sor místicos que, a pesar de haber alcanzado algunas certezas, no despegan los pie de este mundo. Pueden incluso ser grandes contemplativos sin ser sólo contemplativos, puesto que todos ellos son figuras que buscan transformar su realidad y que están comprometidos con ella: reformadores, sindicalistas, predicadores incansables, todos son perseguidos (Eckhart es excomulgado dos años después de su muerte, San Juan es encarcelado, Edith Stein es víctima del nazismo, y Simone Weil la persiguen las migrañas y la debilidad en un medio hostil), y todo aman profundamente la vida y traducen su fe a actitudes de amor: San Juan privilegia la caridad por encima de las otras virtudes; Eckhart hace de su obra una lección de vida, una "obra hecha de amor a la vida" - dice Xirau; por su parte Edith Stein piensa que la presencia de Dios nos vivifica, potencia nuestra Edith Stein piensa que la presencia de Dios nos vivifica, potencia nuestra existencia; y de acuerdo a Simone Weil, la mística no nos aleja de este mundo sino que nos hace mejores para regresar a él. Así pues, son personajes que además de su obra, nos han legado sus vidas como ejemplo.

¿Son estos rasgos, aquí sólo esbozados, realmente comunes a todo místico cristiano?; ¿podrían ellos constituir una semblanza de la experiencia de lo sagrado? Me gustaría que Xirau contestara, alguna vez, estas preguntas; así yo podría continuar la lectura de este segundo texto, que está respaldado no sólo por lo que Xirau sabe, sino también por lo que siente y ha vivido, por lo que refleja, no sólo en sus libros, sino sobre todo en su actitud.

ISABEL CABRERA

UAM-Iztapalapa


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