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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

De Mística


Con la frescura de una necesidad acude el alma al encuentro; un hallazgo quizás donde las oscuridades comienzan a resplandecer porque todo se vuelve fuego suave, llama de amor viva, o, en imagen forzosamente limpia, un apasionado momento de reunión con lo Desconocido. Y eso porque ese nudo que se amarra en la experiencia mística no es otro que el amoroso proceso de ascensión que aparta al alma de los apetitos hasta situarla en las regiones objetivas de lo Bello, Bueno y Verdadero; ahí donde se asientan los registros de la armonía y la proporción, el ámbito estético de lo que atrae por sí mismo. Así, Ramón Xirau, con la deliciosa sencillez de la prosa elegante, nos conduce de la mano por la experiencia espiritual de los místicos: desde el panteísmo de Eckhart hasta los poderosos impulsos sociales y de ascenso que contemplamos de suyo en la infatigable Simone Weil. En medio están los parte aguas, tal vez los diques que dejan pasar como filtros rayos de luminosidad difractada; las estancias del alma donde mora Dios y se hacen problema fenomenológico en Edith Stein y poemático calvario de marcha por la Noche Oscura y la Subida al Monte Carmelo en Juan de Yepes, el padre de la Cruz, el fraile de quien Stein se ocupa para configurar la nueva Ciencia de la Cruz: una Ciencia - insiste Xirau- que ya no será sistematizada como conjunto de axiomas o corpus de proposiciones ligadas a la enipiria, sino como un saber que es vivencia, sentimiento y, sobre todo, Presencia de la Persona a la persona en una fusión de amor pleno. Los símbolos se traban y por los filamentos de su tejido se dejan entrever la Cruz eterna que lleva a Cristo y la devoción que suscita su entrega camino del Padre; pero es también la Noche de quien no sabe desde dónde parte (la anulación del mundo sensible), cuál es el camino que ha de recorrer y a donde va a llegar (el mismo Ser inefable). Así las cosas, Ramón Xirau ha sabido mostrarnos con sabiduría exquisita el paseo por los místicos, y desde la virtud de un sesgo apoyado en textos, de sugerencias donde se atisba alguna que otra cita, de paso entre poemas o reflexiones fenomenológicas, nos pone en las manos el calor del saber. Y cuatro son las modalidades historiadas en este texto ineludible; cuatro los cuadros místicos que Xirau nos dibuja para constatar que por ahí hemos de cabalgar si queremos entrar de lleno en la penosa tarea de Saber, Amar y reunir el camino vivido con el núcleo de la Luz. Por una parte se nos pinta el tránsito del anegamiento en el Ser de donde todo emana y cabe el cual todo lo que se expresa es anulado; el camino de una Unidad que es Dios todopoderoso, divinidad a la que se aspira para perderse en ella y Espíritu de unión sin que ninguna de las tres figuras se confundan; camino que remite del Uno que es Ser a todo lo humano que se esfuerza por ir a El y que en algunas cuantas tesis genera todo el mapa de la experiencia mística: el alma quiere al Padre por la vía del Hijo, y en calidad de Espíritu, desnudo a desnudo, vive la mostración del Uno. Y este Uno que es Ser y es Dios crea infinidad de mundo posibles, los domina a todos porque es Señor de todos los linderos; empero, el Señor de todo es incomprensible de manera total, de modo que no podemos inteligir su naturaleza. Ahí es donde - explica Xirau- el entendimiento acude a esas dos vías que Dionisio el Areopagita enseña: la vía mística atributiva y la vía negativa; en la primera, el hombre atribuye a Dios todo lo positivo elevado a los niveles de la perfección (el todo poder; la suprema bondad), pero al hacerlo así queda anegado en la Negación total pues le atribuye todo lo que no es el hombre mismo y que, por ende, ni puede ni debe comprender; y por la segunda, le niega a Dios todo lo que es del hombre y el mundo que, paradójicamente, es creación de Dios mismo. Ahí se niega todo lo inmanente para dar pie con justicia a una aproximación analógica a la comprensión del Ser Uno donde el hombre espera perderse. Al decir gris se tiene en mente la imagen de toda grisura de los objetos grises; pero al decir Dios no tengo en mente la imagen de su majestad o de su perfección, y, con todo, comprendo algo de su señorío pues sé que no es majestuoso al modo de los reyes o paisajes de este mundo y que su atributo de majestuosidad le es conveniente sin poder emitir una definición de su contenido. Por tanto, Eckhart propondría un acercamiento del hombre a Dios por el camino de la contradicción: lo conoce desconociéndolo; en el olvido de lo que es el mundo y de lo que somos y aún de la esencia misma de la Divinidad lo vamos encontrando para no perderlo jamás.

Al callar y estar en casa, en reposo de cuerpo anhelando, al ser siempre el mismo se está cerca del Hijo de Dios. El que anula su yo se auto-posee en el sentido de tener control de su pasión de mundo, y entonces comienza a ser dueño de sí y entra en la posesión de Dios y de todo cuanto Dios ha hecho; por eso hay que suprimirse. Debemos suspender el discurso sobre las cosas, la lógica de las palabras que pretenden expresarlo todo y de esa manera entrar flotando en la luz de lo inefable, a punto tal que al ir acallando el afán de decir el yo anulado y la autoposesión vivenciada, el alma entra en la Luz; y, sin embargo, esa Luz a la que entramos es la causa incausada de donde somos expresión y efluvio o emanación. Para Eckhart - pinta Xirau en su cuadro- somos espíritus de ese Ser al que regresamos cuando trascendemos las creaturas, el tiempo y el estado de nuestro mundo penetrando en la causa que no tiene causa. Por tanto, nada es exterior a Dios por el emanantismo del sistema y su monismo insondable, de donde la relación entre el hombre y Dios es una en la que al alma se le hace presente el Todo que todo lo abarca, pues se funde y pierde en Él sin desconocerlo conociéndolo y viceversa, sabiéndolo al no calificarlo pero, sobre todo, al anularse el hombre y su mundo espacio-temporal para entrar en Dios (¿ retorno al origen? ¿identificación con el Ser? ¿realidad de un Ser Uno que es Divinidad como fundamento de todo pero Dios sujeto de atributos y al que, en última instancia, regreso?), cualquiera que sea la respuesta, dice Xirau, la visión es mística porque arroja al alma anegada y anulada la hace entrar en la Luz; condiciona el saber de Dios a comprenderlo sin conocerlo, que es lo mismo que perder el mundo para reunirse con Él: Uno, Divino y Dios (trinitario) que al emanarnos permite anularnos retornando a su unidad.

En el cuadro bellísimamente pintado de San Juan de la Cruz, Juan de Yepes, el fraile de la Cruz, Ramón Xirau nos cuenta casi con ojos de explorador que se ha metido al alma del místico, de cómo se atribula el ansia de pasar de la noche a la luz; y explora más que nunca los sentidos de la noche, de la oscuridad y la vía de expresión de la luz. Las vías contemplativas del alma en su ascenso a Dios, en el camino de la escala que sube hasta su cima, parten de tres metáforas donde los símbolos son significados que estallan al chocar entre sí - dice Xirau -, pero que son al menos tres: la noche es noche porque el alma sale del mundo, del cuerpo que es su casa, del templo de la carne y se encuentra perdida (imagen de la anulación de la sensorialidad inmediata); es noche porque el camino es oscuro pues se refiere a la fé que tiene mucho que ver con aquello de creer en lo que no se ve, y, por tanto, en ir a tientas, no sabiendo adónde va a llegar pero sintiendo que ahí habrá Luz (la imagen del Monte Carmelo alude a la cuesta de mantener la esperanza por la fe); y es de noche porque Dios es luminosamente oscuro, es la más deslumbrante sombra de la que nada podemos decir a pesar de verlo ahí, Presente, hecho un hontanar de fuego, y que se refiere a que la visión de Dios no puede referirse ella misma toda vez que carece de palabras y gramáticas para narrar lo vivido: en plenitud de sombras se reitera- las paradojas de la poesía expresan de nuevo en verso las vías del hallazgo donde lo encontrado es un todo positivo del que nada se sabe, porque el Santo de la Cruz dice:

Para venir a saberlo todo no quieras saber algo en nada.

Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada.

Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.

Xirau nos explica, nos da luz sobre esas paradojas de medianía entre luces y sombras: nos ofrece la lámpara para iluminar o columbrar en el manojo de metáforas donde la lógica impertinente querría penetrar; y así nos hace pensar que lo que el Santo pide es que sepamos justamente que se sabe no sabiendo, se gusta no queriendo y se posee desposeyendo, porque sólo se puede llegar a ser todo cuando se renuncia radicalmente a algo: y en el asidero de esa movilidad está la nada como referente al que la voluntad apunta cuanto quiere llegar al Todo; y si Dios es el todo de la Luz, entonces habrá que negarse a calificarlo, rechazar el impulso apegado a toda volición de Mundo, despojarse de los bienes que afincan en Tierra, y así, yendo desnudo, el ser del Alma va sabiendo sólo para saber que de Eso que sabe nada puede expresar como sabido.

Por eso - dice Xirau- lo que San Juan quiere es que nos demos cuenta de que a Dios no se lo puede conocer con los métodos de la ciencia, por medio de los afectos humanos ligados a los sentidos y a voluntades o entes de orden natural; por eso toda la mística trata de decir lo que no se puede decir y es que la visión de Dios es incomunicable. De ahí la experiencia de soledad que embarga al alma porque está sola en su salida del Mundo; se marcha al encuentro con el Amado a solas como el deseo del amante que sabe que nadie lo asiste en esa su demanda de ser correspondido (un esbozo incierto que siempre se pregunta " ... y si me amara; y si supiera cuánto peno por Ella...", aún cuando sabe que nadie lo sabe y si lo supieran tampoco serviría de nada); y es que la paradoja de saber no sabiendo, de estar aquí atrapado en el Mundo bajo apetito de Luz, ese contrasentido dualista y antagónico se resuelve con la soledad - dice Xirau -, porque antes del conocimiento de Dios y más allá de todas las oposiciones del principio de no contradicción el alma es la silenciosa Epifanía de una atención iluminada: es toda ella bañada por la luz sin que en su vuelo velocísimo a lo más Alto hayan intervenido las dualidades de este Mundo. Por eso nos hace ver el autor que en ese vuelo místico del alma a Dios, leyendo a San Juan,

Dije: no habrá quien alcance;

y abatíme tanto, tanto,

que fuí tan alto, tan alto,

que le dí a la caza alcance.

Porque la cacería acaba abatida al saber que lo que encuentra es Nada, pues de la visión no queda nada qué decir de lo alto en que se sitúa; pero ahí, sin ruido de voces, el alma iluminada es toda ella un rayo de luz que mediando el alma, morando en ella, de ella parte para encontrar la unión definitiva. Y desde la metáfora de ese juego el rayo de luz se difracta en la vidriera y pasa propiamente a través de ella. De la misma forma, el alma alberga la luz que en ella mora porque ella, el alma desnuda, ávida estaba de esa luz anhelada. Es como un juego de dos que viven un encuentro donde a solas se busca y en reunión se recompensa: Dios se hace presente y al saber de ÉL nada, finalmente, nada, se sabe: y por eso - otra vez la paradoja- todo se ha descubierto.

En el cuadro de Edith Stein entramos a los linderos del Ser finito y el Ser eterno, que intenta una síntesis de teología fenomenológica encaminada a la exégesis mística; en ese sentido, Edith muestra su recia formación al lado de su maestro Husserl, su cercanía a Scheller y, desde luego, su profundo conocimiento de Heidegger. Por ahí hará un esfuerzo profundo y complejo por explicar el ser del hombre como unidad psico-física en cuya esencia se contiene el yo puro. El yo - sostiene Stein- es el supuesto lógico que la reducción fenomenológica encuentra como autorreferencia formal y sin contenido; dice de sí yo soy yo sin referencia alguna al cuerpo o al flujo de la conciencia sino como fundamento, como sustrato fúndante; así las cosas, el yo puro no es un cuerpo ni es un evento psicológico, pero sí es la unidad formal que constituye la condición del ser del ser personal. Empero, en la unidad del yo se contienen los estratos más significativos del mundo personal: el alma y el espíritu. Por el alma se expresa el hallazgo de lo más íntimo o privado, aquella morada donde quizá se encuentra la luz y se reproduce la visión de Dios, pero que, al mismo tiempo, es lo esencial del ser personal pues para Edith se trata de la persona y no de un ser en el mundo como ser para la muerte o de un proyecto pro-yectante camino de la Nada, sino de un alma en la esencia de la persona propiciante del encuentro de Dios. Y del alma varias ideas: motiva la voluntad a obrar; hace empatía con otra alma bajo un conocimiento inmediato del otro por semejanza que conduce a la trama de amor, y por el acto que es alma realizando la dimensión del valor por el que se ha optado. El espíritu es angélico y evangélico porque es la parte creativa del yo puro; es el ser que asciende al Ser como virtual potencia cuyo ser en acto es ya visión de Dios, pero eso sólo en el cuerpo de Cristo cuyo templo es la comunidad, el ser en el amor de todos. Así, Edith se hace también eco de San Agustín, pues la luz de Dios ya ilumina en el alma que lo busca; y sube a lo Alto en una marcha donde Santo Tomás eleva de lo sensible a lo angélico hasta encontrar a Dios; pero es la fenomenóloga que sabe del yo puro como sustrato de la persona, porque es ésta y no un ser ahí la que vence la muerte como ser que sigue, la que es alma que va a Dios y en la forma del espíritu se eleva hasta El haciéndose luz, luz de amor en el Templo (cuerpo místico de Cristo) que es la comunidad de los fieles. Al llegar a Dios el yo es alma que busca y que en su morada encuentra la luz; y al crear el amor es espíritu angélico que hace la visión de Dios. Pero el camino es Cristo y su símbolo la Cruz, pues de lo que se trata es de pasar del ser finito al eterno por la vía mística de la gracia.

Simone Weill encuentra a Dios en el trabajo, lo hace uno con el sufrimiento de la comunidad de quienes padecen; pero en el entramado de los sufrientes hace eco la esperanza de unión con el Otro y de ahí el ascenso, siempre a través de Jesucristo.

Xirau nos ha llevado de la mano y en su libro, bello, creo que una pincelada de luz se va insinuando en nosotros: una necesidad de salir de las sombras, que del panteísmo de Eckhart al mundo de Cristo hecho comunidad elevada a la visión de Dios; o del anegamiento al templo de los fieles, pasa errabundo por las oscuridades del tiempo y descansa abismado en la luminosidad de lo eterno. Con todo, al saber de eso sólo sabe que de la visión regresa el alma con el canto en los labios abrasada de silencios.

Al final dice Ramón, Ramón Xirau aquí entre nosotros:

"No es otra la "huida" de Simone Weill, la que encontraba en la "fuente griega". Huir fue para ella llegar a Dios, saber que Dios la buscaba y arraigar en la verdad en el mundo..."

Huir, dice Xirau, es el platónico giro de tener que dejar el mundo para llegar al Bien, y desde la férrea cólera de la Verdad, volver al mundo impregnado por el amor: huir es hablar de la mística, entrar a la luz y devolverse a la sombras para ser mejores. Leyendo a Ramón uno se siente mejor, siempre hermanado en la divinidad del mensaje originario.

JOSÉ MANUEL OROZCO

Departamento Académico de Estudios Generales, ITAM


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