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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

EL MITO DE JERUSALEM*

Author: Avishai Margalit


* Traducción de Silvia Pasternac.

Cuando yo era pequeño, Jerusalem se parecía más a un pueblo grande que a una ciudad. Como en todos los pueblos, se podía ver deambular a los idiotas remolcando a bandas de niños que cloqueaban tontamente. Recuerdo particularmente a una loca con la cara descarnada y terrosa, con los ojos flameantes por la cólera y el espanto, que estaba emparentada con el gran matemático Abraham Halevi Frankcl. La llamábamos Kesher Lehad (en interacción con una persona) porque predicaba, en una mezcolanza de lenguas, la unión entre las personas. Una tarde, de regreso de la escuela, me quedé estupefacto al ver a Kesher Lehand sentada en la cocina con mi madre, tomando un té acompañado con pastelillos. La escena me pareció irreal: los profetas no toman el té ni comen pasteles. Bruscamente, ella se levantó, muy agitada, mascullando algo, y dijo, dándose la vuelta hacia la puerta: "Hay que lograr la paz en Jerusalem, schmell" (rápido, rápido).

Había otro idiota del pueblo que creía ser el rey David; llevaba una boina negra y tenía una cara infantil con unos ojos azules llenos de inocencia. Como el rey David, tenía la costumbre de otorgar a cada uno de los niños que lo seguían un barrio de Jerusalem. Un día, tras haber decidido nombrarme gobernador del monte Sion, puso su mano sobre mi cabeza y se disponía a bendecirme según el extraño rito de investidura que él había creado. A mi lado estaba un joven árabe llamado Faras, que trabajaba para un sacerdote ortodoxo griego del lugar. ¿Ya mi?, preguntó Faras. "Es un árabe", dijo uno de los niños. Después de reflexionar unos instantes, el rey David cambió de parecer, posó la mano sobre nuestras dos cabezas y nos nombró a los dos, sus vasallos judío y árabe, co-gobernadores del monte Sion.

El problema consiste en saber si esta solución sólo vale para los niños y los idiotas del pueblo. Cualquier negociante del mercado, incluso cualquier niño, dirá que el "problema de Jerusalem" debe ser "arreglado al final". Las negociaciones entre judíos y árabes no pueden comenzar con una discusión sobre Jerusalem, porque "eso provocaría que todo explotara". Los problemas son tan complejos que cualquier persona que sugiera una solución muestra, con eso mismo, que no comprende el problema.

A pesar de todo, quisiera proponer la solución siguiente: que Jerusalem siga siendo una sola ciudad, pero que se vuelva la capital de los dos Estados, de Israel y de Palestina. Ni los judíos ni los árabes han apreciado nunca este punto de vista.

En todo caso, es necesario separar la cuestión de Jerusalem de la del resto de los Territorios. Para abordarla, lo mejor es considerar a Jerusalem como una ciudad no dividida y conducir la negociación hacia la definición y la repartición del poder. Esta sería una solución, en la medida en que permitiría dirimir equitativamente las reivindicaciones de las dos partes.

La complejidad del problema de Jerusalem tiene que ver con el hecho de que la rivalidad actual entre las nacionalidades que se disputan la ciudad viene acompañada con la antigua y sangrienta rivalidad religiosa entre el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Para entender la violencia del conflicto nacionalista, es necesario captar la naturaleza del conflicto religioso. Al igual que la rivalidad nacionalista, la rivalidad religiosa no es, por otro lado, solamente simbólica y filosófica. Cada parte quiere, en efecto, construir más alto, más rápido y en mayor cantidad que su adversario. Desde 1967, la Jerusalem judía va a la cabeza en la competencia, y la carrera de Teddy Kollek puede compararse con la de los grandes constructores de Jerusalem: Salomón, Herodes, Adriano, Constantino, Solimán el Magnífico y el padre Antonino (sacerdote ruso responsable de la construcción del gran complejo ruso de Jerusalem). Y si los minaretes competían antiguamente en altura con los campanarios de las iglesias en esta batalla por el control del horizonte urbano, hoy los vencedores son los hoteles Hilton y Sheraton.

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