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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

La impureza de los "extranjeros"


La concepción de la santidad como una exclusión de todo lo que era impuro tuvo consecuencias históricas: poco a poco se fue clasificando a los extranjeros en la categoría de impuros. La presencia de un extranjero en la ciudad, particularmente en las cercanías del Templo, constituyó un "anatema'' en el sentido estricto de la palabra. Así, el autor de los Salmos grita" ¡Oh, Dios! Los paganos invadieron tu dominio, profanaron tu santo templo". Ese fue el grito de guerra que dieron los cruzados cuando sitiaban Jerusalem, que estaba en manos de los musulmanes. Pero la idea de esta impureza que mancha a los extranjeros no se remonta solamente a un lejano pasado. James Finn, cónsul británico en Jerusalem, informa a su ministro de Asuntos Extranjeros en Inglaterra, en 1848 -el año de la "primavera de las naciones"- que un judío fue encontrado en la capilla románica el día de Pascua, por poco fue linchado por la multitud, y sólo la intervención de los guardianes turcos lo salvó, después de que lo golpearon severamente. Según Finn, un incidente similar se produjo con un médico británico al que sorprendieron en el noble santuario de los musulmanes: él también fue salvajemente golpeado y salvado por un pelo. Los extranjeros impuros no siempre se salvaron, especialmente en el siglo XX.

En los tiempos en que el templo todavía existía, la idea del santo lugar - ya fuera que incluyera a Jerusalem entera o solamente el Templo-como lugar protegido de cualquier impureza, entró en conflicto con otra concepción según la cual Jerusalem es un sitio de peregrinaje. La Biblia ordena a los judíos que realicen peregrinajes en tres ocasiones: en las fiestas de Pascuas, de Pentecostés y de los Tabernáculos. Centenas de miles de personas afluían a Jerusalem durante esos días. Flavio Josefo habla de cerca de tres millones de peregrinos durante un día de Pascuas. Incluso si suprimimos un cero, la cifra sigue siendo impresionante. El vasto patio interior del Templo podía recibir, efectivamente, a trescientos mil fieles. Antes de la destrucción del Templo, los peregrinos venían, en su mayoría, de países extranjeros donde se hablaban idiomas diferentes. Puede comprenderse así el milagro de los discípulos "que hablaban otros idiomas" durante el día de Pentecostés descrito en Actos, 2. Como sea, los sacerdotes del Templo aceptaban los sacrificios y las ofrendas de los gentiles, aunque algunos sabios - influenciados quizás por la secta judía del desierto- fueran contrarios a ello. En todo caso, una afluencia semejante provocaba que fuera muy difícil garantizar la pureza de todos los presentes.

Para las tres religiones, Jerusalem es una ciudad de peregrinaje, pero hay un aspecto específico del peregrinaje que comparten los judíos y los musulmanes: van a Jerusalem con la idea de que serán enterrados allí, porque piensan que, cuando los muertos resuciten, los que fueron enterrados en Jerusalem serán los primeros en resucitar. Esta creencia es tan fuerte que, en el cementerio del Monte de los Olivos (donde hace poco fue enterrado Robert Maxwell), los terrenos más cercanos a la puerta Dorada, por donde se cree que llegará el Mesías, cuestan más caros que los lugares más alejados. Cuanto más cerca se esté de la puerta, menor será la espera en el momento de la resurrección. Por lo tanto, Jerusalem está rodeada por una enorme necrópolis, y si hubiera un voto concerniente al futuro de la ciudad, debería tomar en cuenta a los muertos.

La guerra entre el Islam y la cristiandad en los tiempos de las cruzadas definió a Jerusalem como ciudad santa, y aquellos que la habían conquistado podían pretender que Dios había escogido su religión. A primera vista, todo ocurrió como si la santidad de Jerusalem fuera evidente para los cristianos. El drama de una parte de la vida de Jesús, y particularmente su muerte y su resurrección, se desarrolló en Jerusalem. La "arqueología santa" de los bizantinos daba testimonio también de que cada acontecimiento bíblico tenía su lugar definido en Jerusalem. No hay lagunas en la arqueología santa. Se excava y se encuentra. En el lugar donde descubrió el Gólgota y la Santa Cruz, Constantino construyó la iglesia del Santo Sepulcro.

Sin embargo, durante el período bizantino, los cristianos hablaban de lugares santos y no de ciudad santa. La idea de tierra santa y, en cierta medida, también la de ciudad santa, aparecieron con los cruzados. Ellos se consideraban como vasallos que habían venido a liberar las tierras de su señor Jesús; y, frente al judaísmo, se presentaban como el verdadero pueblo de Israel, del Israel espiritual, dicho de otro modo, los herederos legítimos de Jerusalem.

Los musulmanes también tenían cierta ambivalencia con respecto a la santidad de Jerusalem, pues veían en ella a una posible rival de las ciudades santas de La Meca y de Medina. Según el Corán, los primeros musulmanes se dieron vuelta hacia Jerusalem para orar, pero el profeta puso a prueba a sus discípulos pidiéndoles que oraran vueltos hacia La Meca. Para el Islam, el fundamento ideológico de la santidad de Jerusalem se encuentra en la interpretación tradicional del relato (surata 17) del viaje nocturno realizado por el servidor de Dios desde la Mezquita consagrada hasta la de los "lejanos confines". En esta interpretación, el servidor de Dios está identificado con Mahoma, que partió de la Kaaba en La Meca hacia Jerusalem.

Para realizar su contracruzada - su guerra santa, su jihad con la intención de liberar Jerusalem -, Saladino tuvo que desplegar una intensa propaganda en favor de Jerusalem. La vieja ambivalencia fue reprimida, y Saladino - un poco a la manera de Yitzhak Shamir- pudo escribirle a Ricardo Corazón de León: "Que el Rey no se imagine que esta concesión (la restitución de la ciudad a los cruzados) es posible". (Cuarenta años más tarde, el gobernador musulmán iba a devolver de hecho Jerusalem a los cruzados).


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