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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

Las marcas otomanas


Esta imagen de las tres religiones disputándose los santos lugares en Jerusalem eclipsa otra lucha que se desarrolla en el seno mismo de cada religión. Jerusalem es el escenario de un enorme juego de Monopoly que no solamente se juega en los patios de las iglesias, los campanarios de los conventos y los cementerios, sino también en los "lugares más santos", donde se pelea por cada losa, cada columna, cada ventana. Según el relato de un viajero del siglo XIX, cada peregrino cristiano considera a los peregrinos que vienen de otros países como herejes y bandidos que abandonaron y traicionaron al verdadero Dios, a la verdadera Iglesia. Los musulmanes y los judíos tenían, al menos, la excusa de haber crecido en la ignorancia, pero los cristianos eran unos mentirosos, puesto que habían sido instruidos en la verdadera Biblia. Cuando se ha asistido, como yo, a disturbios entre religiosos en la iglesia del Santo Sepulcro, uno se da cuenta de que la situación prácticamente no ha mejorado desde el siglo XIX. Antes, el mediador entre los monjes y las religiosas era el representante del sultán; hoy, es Teddy Kollek. De acuerdo con un viejo dicho árabe, no hay nadie más corrompido que - los habitantes de las ciudades santas; en todo caso, no hay nadie más fanático.

Se le debe al régimen otomano la construcción de las espléndidas murallas de Jerusalem, pero bajo la dominación turca la ciudad se degradó, se volvió provinciana y sucia. Cuando Napoleón se fue a combatir contra los turcos en Palestina, sitió Acre, que en esa época era un puerto importante, pero no se tomó el trabajo de llegar hasta Jerusalem. Cierto número de viajeros protestantes, en el siglo XIX, manifestaron su deseo de limpiar la ciudad, y Theodor Herzl, el visionario del sionismo, anotó en su diario: "Si un día Jerusalem nos pertenece, la primera cosa que tendremos que hacer será quitarle toda su mugre". Teddy Kollek, nacido en Viena, como HerzI, dió el escobazo judío que éste último deseaba.

Si el imperio otomano contribuyó muy poco en el desarrollo físico de la ciudad, sus concepciones políticas, en cambio, influyeron profundamente sobre el Medio Oriente en general, y sobre Israel y la actual Jerusalem en particular. Para los otomanos, la sociedad estaba compuesta más por comunidades religiosas o étnicas que por individuos. Hay una comunidad dominante, y el gobierno toma sus decisiones esencialmente en favor del interés de ella. Las otras comunidades tienen un estatus de minorías y, tanto para los israelíes de hoy como para los otomanos de antaño, es importante mostrar a estas minorías, a través de los actos gubernamentales, quién dicta la ley y quién gobierna. Por ejemplo, si los drusos y los circacienses actuales, contrariamente a los árabes israelíes, sirven en el ejército, tendrán más derechos que los árabes, porque son leales hacia el Estado. El gobierno da una gran autonomía a las minorías en todo lo que respecta al derecho de las personas (se considera que los matrimonios son intracomunitarios, y los matrimonios intercomunitarios no tienen estatus legal). En general, el gobierno israelí, como hicieron antes los otomanos, interfiere poco en los asuntos religiosos que tienen gran importancia para esta minorías.

Al mismo tiempo, los miembros de estas comunidades minoritarias son verdaderamente ciudadanos de segunda clase que tienen, al igual que la comunidad a la que pertenecen, un estatus secundario, incluso marginal.

La manera que tiene Israel de considerar a Jerusalem está todavía, por lo tanto, profundamente marcada por el régimen otomano. Sobre los 504,000 habitantes que cuenta la ciudad (cifras de 1988), 361.000 son judíos, ciudadanos del Estado que detenta el poder en Jerusalem. Los 173.000 restantes, no judíos, están repartidos en comunidades determinadas esencialmente por la religión. Son toleradas o no dependiendo de la importancia de la amenaza que constituyen a los ojos del gobierno israelí.


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