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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

I. El Intelectual y la Política: El prototipo originario


Existen por lo menos un concepto restringido y un concepto amplio del intelectual.[Nota 1] Para quienes - como el que escribe- adoptan un punto de vista amplio, son intelectuales todos aquéllos que, en la división social del trabajo vigente en un espacio y momento histórico dados, se ubican y actúan como trabajadores no manuales: profesionales y especialistas en un aspecto o nivel de la producción y uso de cultura, de informaciones organizativas (conocimientos, ciencias, técnicas, lenguaje, sistemas conceptuales, simbología en general), y de reglas generativas (valores, normas, modelos de conducta, esquemas y programas para la estructuración y despliegue de fenómenos y procesos sociales, y para la regulación de grupos e individuos). [Nota 2] En un sentido más restringido, sólo serían intelectuales los que adoptan algún compromiso Ideológico y político y, sobre todo, de crítica y oposición al sistema imperante de que se trate.

Si la categoría social del intelectual parece haber existido en forma larvada o incipiente desde las primeras civilizaciones, ella se despliega con dimensiones y significaciones crecientes a partir de la Modernidad. Desde las postrimerías del Medioevo europeo, las universidades se van volviendo sede del intelectual como conciencia crítica de la sociedad y, por lo mismo, exiliado permanente, en la medida que ninguna sociedad realiza plenamente la libertad humana y el cuestionamiento del intelectual resulta siempre políticamente inconveniente.

En este Medioevo europeo, el intelectual logra de cualquier modo un, situación más o menos satisfactoria, sobre todo como miembro de las universidades. Dentro de los límites excluyentes de la herejía o del activismo político (Dante Alighieri, Marsilio de Padua), el intelectual goza de libertad. Puede exiliarse voluntariamente mediante el cambio de residencia, ya que comparte una cultura universal, cristiana y en latín, que reduce el significado de las diferencias y residencias nacionales. La transferencia de lealtades y residencias es posible, por la coexistencia de universidades, cortes imperiales y reales, Iglesia y ciudades, que compiten por los servicios de extranjeros adiestrados en humanidades, ciencias y técnicas. El intelectual itinerante se vuelve normal durante largo tiempo.[Nota 3]

Los intelectuales se van implicando y son implicados -a favor o en contra de la conservación o del cambio -, en los grandes procesos y conflictos de la Modernidad, el Renacimiento y la Reforma, el ascenso del Estado Nacional, el absolutismo monárquico y sus opositores, el liberalismo, el Siglo de las Luces, las revoluciones democráticas de Inglaterra, Estados Unidos y Francia, y a través de todos ellos su peso e influencia van en aumento, no sin ambigüedades, contradicciones y conflictos de todo tipo.

La formación y el desarrollo del Estado, de la conciencia nacional y de la noción de soberanía, el avance de la división del trabajo al interior del aparato estatal, en correspondencia con el de la división del trabajo en la economía capitalista emergente, y con todo ello la diferenciación y especialización de las actividades cultural-ideológicas y políticas, contribuyen al incremento del número y la diversificación de los tipos de intelectuales, incluso una nueva especie de políticos profesionales. Contribuyen también a crear una relación ambigua entre cultura y política, y entre el intelectual y el Estado.

Así, por ejemplo, la secuencia histórica que se da en Francia con el Absolutismo Monárquico, la Revolución Francesa y los dos Imperios bonapartistas, que se identifica con el desarrollo del Estado como institución/aparato/capa social, y con su intervencionismo y autonomización, cristaliza varios tipos de relaciones entre grupos de intelectuales y Estado: el intelectual crítico-reformista, el jacobino, el científico al servicio del Estado, el "Ideológico", el intelectual contrarevolucionario-restaurador.[Nota 4]

Más aún, a partir del S. XVIII se van dando además las variedades del intelectual flotante, las de los dirigentes y cuadros de movimientos y partidos: sociales, políticos, étnicos, confesionales, (nacionalistas, populistas, socialistas reformistas y revolucionarios). Su naturaleza y sus papeles difieren según las relaciones que se establecen no sólo con fuerzas y estructuras económicas, clasistas y sociales, sino también con las políticas y sobre todo con el Estado. A partir de ello, se pueden distinguir tipos como el intelectual tradicional y el orgánico, el especialista o experto del Estado y de otros poderes, el cancerbero de sistemas y regímenes, el aliado de los grupos dominados, el revolucionario contra los poderes establecidos.[Nota 5]

Por otra parte, el desarrollo del Estado y la afirmación de su soberanía suponen y refuerzan una separación entre aquél y la sociedad civil, entre la política y la cultura, con la consiguiente posibilidad de tolerancia hacia las opiniones no prohibidas por ley ni perjudiciales al Leviatán. Este, sin embargo, no puede aceptar límites a su poder y encuentra difícil sino imposible reconciliar su poder coercitivo y el orden con el que se identifica, con la libertad y el derecho. La posición del intelectual moderno nunca deja de ser ambigua. El nacionalismo legitimador de la soberanía estatal justifica exigencias irrestrictas a los habitantes y ciudadanos, incluso al intelectual que reivindica el derecho a la conciencia autónoma, al discurso racional y crítico. El conflicto entre soberanía estatal y conciencia crítica surge tempranamente y se proyecta hasta el presente. Se atenúa provisoriamente en épocas y lugares de liberalismo floreciente cuando, en un contexto de libre universidad, prensa independiente, pluralismo político, partidos en competencia, diversificación organizativa e intitucional de la sociedad civil, el intelectual opera como productor y vendedor de sus productos en un mercado libre.

En este panorama tiene un lugar destacado y un papel significativo la variedad del intelectual flotante, libre, desarraigado, que ha dejado de ser apéndice de la iglesia, del viejo Estado, de la burguesía; que disfruta de las posibilidades del exilio interior y de la emigración. Aquél se vuelve estrato social, con espíritu de cuerpo y potencialidades de actor cultural ideológico y político, pero paga, por su status emancipado y por el ejercicio de su libertad, un precio en términos de desarraigo, inseguridad, miseria, bohemia. Su desarraigo lo sensibiliza y orienta hacia nuevos y radicales paradigmas; lo hace disponible para los proyectos de destrucción del mundo social y su reconstrucción desde la nada, así como para el servicio de dirigentes carismáticos y profetas redentores. [Nota 6]

Las sociedades contemporáneas, con su burocratización, la del Estado y del intelectual que se vuelve funcionario o servidor de algo o alguien, crean o amplifican las ambigüedades y las dificultades de la intelectualidad, amenazan las posibilidades de la conciencia crítica y de la conducta política de oposición. Ello culmina con el Estado totalitario que exige, más allá del conformismo pasivo, el control total de las conciencias, las prácticas y los comportamientos de adhesión activa y proselitismo agresivo; degrada el pensamiento; impone la rendición incondicional o la emigración.


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