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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

III. La transición hacia la crisis


La situación y las proyecciones del intelectual en sus relaciones con la política y los movimientos opositores comienzan a perfilarse más nítidamente en la etapa de transición, que se ubica entre el "período clásico" de formación y el período de la crisis estructural permanente; es decir, entre los principios del siglo XX y el año fatídico de 1930. Dicho etapa se configura por la convergencia de modificaciones en el sistema internacional y en los principales países latinoamericanos. [Nota 13]

En el primer orden de factores debe incluirse: la Segunda Revolución Industrial y Científico-Tecnológica; [Nota 14] el ascenso del capital monopolista y de la nueva fase de imperialismo; el replanteo del equilibrio de fuerzas entre las grandes potencias; entre Europa y el resto del mundo; la Primera Guerra Mundial; la Revolución Rusa; la primera crisis colonial.

Las modificaciones internacionales inciden de muy diversas maneras sobre América Latina, y entrelazan sus efectos con cambios producidos en el despliegue del camino/estilo de desarrollo que se adopta durante el siglo anterior. El centro internacional se desplaza desde Gran Bretaña y Europa hacia Estados Unidos, en términos de comercio, inversiones, influencia cultural, diplomática y política. La estructura social se diversifica. Las economías primario-exportadoras han experimentado cierto crecimiento bajo el influjo del comercio exterior y las inversiones extranjeras. Progresa la división social y regional del trabajo, la urbanización, la industrialización primaria. Las clases medias se desarrollan, dando lugar a una cohexistencia de sectores tradicionales y nuevos relativamente diferenciados entre sí. Las masas populares urbanas aumentan en número y peso específico, aunque con alto grado de heterogeneidad interna.

Un movimiento obrero organizado en sindicalismo de élites militantes, se afilia a distintas variedades de los movimientos socialistas y anarquistas, a las que luego se agrega el impacto interno de la Revolución Rusa, el surgimiento de Partidos Comunistas, el prestigio y predominio del modelo leninista de "partido de vanguardia" y su legitimación del papel dirigente exclusivo del intelectual revolucionario en la dirección de las masas, para la destrucción del sistema y la construcción de un nuevo Estado.

Este sindicalismo obrero combina reivindicaciones económicas con proyectos más o menos radicales de transformación social y política. Su presión coincide con la de las capas medias, para la emergencia de organizaciones defensivas y ofensivas, económicas, sociales, culturales, de expresiones políticas estructuradas como los partidos socialistas y los radicales de capas medias y populares. El aumento de la importancia e influencia del sindicalismo obrero, de sus expresiones políticas encuentra dos tipos de respuesta por parte del Estado, combinadas a veces por gobiernos conservadores y sobre todo por radicales: represión (encarcelamiento, deportación, masacre) y legislación, que controlan el potencia¡ social y político de los trabajadores urbanos y rurales.

La alianza expresa o tácita entre las capas medias y los grupos populares se basa en la convergencia de intereses respecto al avance en el desarrollo, la participación política, la distribución del ingreso, la legitimación de oportunidades y beneficios sociales. Las capas medias pueden ofrecer al movimiento obrero y a las capas populares elementos que necesitan: intelectuales, dirigentes, cuadros, ideólogos, organizadores, medios de difusión; reciben de ellos votos y amplia base de maniobra. Entre capas medias y grupos populares la relación es asimétrica. Las capas medias cuentan con una superioridad frente a los grupos obreros y populares, en términos de poder económico, influencia social, nivel cultural y organizativo, disponibilidad de partidos políticos nacionales. Pueden así aprovechar la presión del sindicalismo obrero como base de maniobra e instrumento de negociación en sus relaciones y conflictos con las élites oligárquicas tradicionales.

La presión de capas medias y populares en favor de una participación ampliada se refleja en los cambios del clima cultural e Ideológico. El camino/estilo tradicional de desarrollo dependiente y desigual exhibe sus inconvenientes y límites; la confianza sobre el gran futuro predestinado es reemplazada por la incertidumbre. Las capas medias y populares se predisponen más a la crítica, la impugnación, y las ejercen. Grupos de jóvenes intelectuales, menos dependientes que sus predecesores, reaniman y reorganizan la vida cultural. Pasan de la literatura a la crítica social y política, contra el cosmopolitismo, el materialismo, el escepticismo, la educación dogmática, la asfixia cultural, la opresión, la corrupción política; contra las élites oligárquicas, dirigentes y dominantes, a quienes se responsabiliza por aquellos males. La Guerra de 1914-1918 y la Revolución Rusa revelan la quiebra del orden capitalista y de la ideología burguesa liberal; sugieren la necesidad y la posibilidad de grandes cambios. Las ideologías emergentes, aunque por lo general imprecisas en la acción, incluyen como componentes básicos: el nacionalismo, vagas metas de crecimiento económico, cambio y justicia sociales, consenso e integración nacionales, ampliación de la participación política, renovación intitucional, intervención del Estado, reforma de la educación superior.

El equilibrio de poder y el sistema político varían considerablemente. Las capas medias demandan una participación ampliada, primordialmente para sí mismas y, de modo en parte real y en parte simbólico-manipulatorio, también para las capas populares. El estilo tradicional de dominación se debilita. La ampliación de la democracia formal va acompañada por cierto énfasis nacionalista, algún progreso en la modernización, un reformismo gradualista compatible con el orden tradicional. La nueva constelación ideológica y el cambio en el equilibrio político se reflejan en el movimiento de la Reforma Universitaria, en la emergencia de movimientos ideológicos, políticos, de gobiernos radicales en los que las capas medias tienen ingerencia considerable [Nota 15] En el caso del battlismo en Uruguay, del yrigoyenismo en Argentina; del alessandrismo en Chile; de la Revolución Mexicana; del tenentismo y los orígenes del varguismo en Brasil; de la fundación y avance del aprismo peruano. [Nota 16]

La Reforma Universitaria, iniciada en Córdoba (Argentina) en junio de 1918, representa una reacción contra la esclerosis del sistema educativo y la rigidez sociopolítica del régimen elitista-oligárquico. Las aspiraciones del movimiento universitario encuentran fundamento ideológico, a la vez, en "las enseñanzas del "novecentismo", la "nueva sensibilidad", la "ruptura de las generaciones"... (Aníbal Ponce); también en aspiraciones de anticlericalismo, antimilitarismo, democracia política, progreso social. El movimiento reformista extiende y mejora las posibilidades educativas, culturales y políticas de las capas medias urbanas, aunque finalmente es desvirtuado por los movimientos de cooptación de las élites oligárquicas, y por las limitaciones y falencias de sus dirigentes. No deja, sin embargo, de ser fuente de posibilidades, canal de aspiraciones y realizaciones para los miembros del nuevo estrato de intelectuales; particularmente, para su desempeño político, en circulación más o menos rápida entre la oposición, el Establishment y el gobierno. Las proyecciones de la Reforma Universitaria se extienden además a otros países de América Latina, a nuevas tendencias políticas que se desarrollan a partir de sus orígenes; v.gr. el aprismo peruano.

En el proceso analizado, el Estado se modifica en cuanto al reclutamiento de dirigentes políticos y de personal administrativo, a la estructura y modo de operación, a la atribución de mayores responsabilidades y funciones. Las instituciones son modificadas y se crean otras nuevas. La legislación aumenta en número y diversidad. Surgen moderadas restricciones al pleno juego de las estructuras e instituciones del capitalismo liberal (regulación del contrato, del mercado, de las relaciones laborales y derechos sociales, de la propiedad privada).

En lo referente a la coacción social, el Estado se presenta de modo más intenso y explícito como representante de la sociedad; árbitro de los conflictos entre clases y grupos. Limita el poder oligárquico tradicional y refuerza el de las clases medias. Canaliza, manipula y controla las clases trabajadoras y populares, mediante una combinación de concesiones limitadas y de represión. Las fuerzas armadas se profesionalizan y corporativizan cada vez más, desarrollan una propensión al desempeño de un papel político propio en función tutelar de la sociedad y el poder civiles, con orientaciones conservadoras y reformistas.

El Estado amplía la oferta de educación, la proporciona y garantiza, con un sentido hasta cierto punto de integración nacional, de equilibrio social, de secularización cultural-política, de apertura de oportunidades de participación e incorporación al creciente estrato de intelectuales potencial o efectivamente opositores.

En sus funciones de organización colectiva y de política económica, el Estado se inspira en concepciones nacionalistas y desarrollistas, combinadas con un sentido vagamente social que cristaliza sobre todo en una voluntad redistributiva. Defiende el patrimonio nacional contra la excesiva penetración extranjera; esboza un control de monopolios; promueve los recursos potenciales de cada país (naturales, financieros, humanos); amplía y protege el mercado interno. a través de mejoras en el empleo, el ingreso, las condiciones de vida para las capas medias y algunos sectores populares urbanos. El Estado abre oportunidades económicas; provee servicios sociales para un público ampliado de las ciudades; despliega cierto interés por la industria. Todo ello con más énfasis en la redistribución relativa de la riqueza existente que en la creación de una nueva.

Finalmente, el Estado redefine sus orientaciones y alianzas externas, en función de los cambios en la economía y la política mundiales (decadencia de Europa, debilitamiento de la hegemonía británica, ascenso de los Estados Unidos), buscando una mayor autonomía en el manejo de las relaciones internacionales.

Estas tendencias se mantienen, se ven restringidas o modificadas por dos órdenes de factores: las limitaciones de partidos y regímenes de capas medias con apoyos populares, su búsqueda de compromisos con las formas tradicionales de dominación; y el impacto de las crisis y cambios, interiores y mundiales, que se suceden y entrelazan desde 1930, durante la fase que he denominado de crisis estructural permanente.

Cabe constatar, para concluir, que ya en la fase de transición examinada aparecen algunas de las principales categorías que subsisten y se amplifican en la fase que cubre las últimas décadas. Entre ellas interesa destacar:

1. El intelectual al servicio del gobernante, del Estado y del sistema, para su defensa e ilustración. La apologética y la legitimación de la "autocracia civilizadora" y el "gendarme necesario", de su encarnación en el "cesarismo democrático". Es el caso de los Científicos del Porfiriato mexicano; su formulación más explícita y sistemática se encuentra en el venezolano Laureano Vallenilla Lanz. [Nota 17]

2. El intelectual crítico-reformista, a la búsqueda de una transformación progresiva de la sociedad y del Estado del propio país, de signo modernizante, sin actuación directa como protagonista político, pero con influencia sobre quienes detentan el poder.

3. El intelectual como actor político con proyecto propio, primero bajo la inspiración del modelo jacobino, luego cada vez más de acuerdo al patrón altamente articulado e influyente del revolucionario profesional y el partido de vanguardia que Lenin formula en su decisivo libro ¿Qué hacer? Una irradiación universal a partir del impacto de la Revolución Rusa, de la Unión Soviética como potencia nacional e imperial y del sistema stalinista, con la correa de transmisión de los partidos comunistas, convertirán al modelo en patrón rector, no sólo para los partidarios y simpatizantes en sentido estricto, sino también para intelectuales politizados de filiaciones ideológicas y políticas diversas.

4. Los intelectuales contra - revolucionarios de la resistencia conservadora, moderada o extremista, ante los procesos de cambio, reforma o revolución que se dan en la región. Ello incluye no sólo a los intelectuales contra-revolucionarios de tipo tradicional, sino a los que comienzan a sufrir la influencia de la derecha radical francesa (v.gr. Charles Maurras) y, sobre todo a los que van sucumbiendo a la fascinación del fascismo italiano que empieza a manifestarse en la década de 1920, para culminar en la de 1930.


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