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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1993

COLUMNAS NEGRAS Y HORMIGAS BLANCAS

Author: Fernando Rosenzvaig[Nota 1]


Si se tratara sólo de acomodar sus baratijas sobre una manta en el piso, sería un fenómeno mas de economía informal. Si se los viera como sucede en todas las calles de las ciudades europeas, en las ferias y en los Metros, sería la extensión de aquel mismo acontecimiento. Pero con las columnas negras ocurre algo mas hondo. Fue en una calle de Verona, donde se me presentaron bajo la planimetría de un diseño urbanístico. A cada veinte metros, un par de hombres negros enfrentados en una peatonal helada, de pie, en espera. Por horas nadie se acercará a comprarles cosa alguna. Tampoco ellos las ofrecerán. Hombres altos, de cuerpos elásticos y musculaturas extraordinariamente torneadas. Un frío horrible. La marea de consumidores blancos en tanto, entra como una hilera de hormigas rápidas de un negocio a otro. No repara en las columnas. Las columnas no pueden despertar lástima, ni furor, ni pasión. Son columnas.

Sobre su estructura ósea la esclavitud negra soportó una buena parte del peso de la acumulación primigenia del capital. Cuando el maquinismo y la robótica más tarde reemplazaron la energía de la sangre, quedaron como esas columnas intactas de templos antiguos destruidos sin qué cosa sostener. Representan la arqueología étnica del capital. Por abajo, un cementerio de desechos tecnológicos.

Vale para el caso la referencia a Walter Benjamin, para quien en un momento grávido de historia, se puede hallar condensada una vida entera en una sola obra, y una época entera en una sola vida. Una crisis en una columna. ¿Cómo se piensan a sí mismos la columna negra y el hormiguero blanco? ¿Cómo se miran entre sí en las circunstancias de una onda de crisis del mundo desarrollado, autopercibida no como de futura pobreza, sino como de máxima autodesprotección? Las leyes de mercado trasladadas a la vida; la formación de planteles globales de consumidores indivisos, aislados e inermes; el fin de las pertenencias nacionales por vía de inserción en los grandes conglomerados del capital. La sociedad cada vez menos sociedad y más mercado. Es decir cada vez más unida por los intercambios de individuos encerrados para sí, pero donde la desigualdad en el punto de partida provoca desequilibrios psíquicos. Una metrópolis atravesada por millones de murallas, desde donde se defienden torres siempre mas altas y subterráneos más hondos. Torres y subterráneos. Sólo las columnas no encajan en este paisaje.

Las hormigas consumidoras podrían advertir en las columnas negras restos arqueológicos de la dimensión colonial, de las relaciones centroperiferia. Pero ello no ocurre. Para el grueso de las poblaciones es muy difícil imaginar una escena histórica viendo una columna solitaria, arrancada de su topografía arquitectónica inaugural. Tampoco se advierte la otrora tendencia de situar las comunidades humanas en una escala de valores donde la cultura occidental ocupa la cumbre. Simplemente no hay escala de valores. Durante los siglos de formación del capital, la conquista era promocionada como la forma más expeditiva y generosa de empujar a los retrasados a la órbita de la civilización. Hoy los retrasados no interesan. Cuando en los inicios de la posguerra Levi-Strauss reclamaba contra la consigna del etnocentrismo típico: quien no es como yo es inferior, no imaginaba la salida actual: quien no es como yo, no me importa. Por entonces el antropólogo la emprendía contra la infatuación occidental, su soberbia, explicando que el bárbaro no es el negativo del civilizado ("es fundamental el hombre que cree en la barbarie"). Hoy el bárbaro no entra en la esfera de la atención sistémica occidental. No tiene importancia si cree o no en la barbarie o en la civilización. Son columnas. Cabría además la pregunta de si en los pueblos donde la derrota fue más honda y dramática, como entre africanos o etnias latinoamericanas, a veces próxima al absoluto (la desaparición física total), ello creara frente a la presencia dominadora una pasividad tan extendida como la derrota misma. Una gestualidad de columnas.

El cambio de actitud sistémica frente a los salvajes, desde el desprecio a la indiferencia, es consecuencia de la hiperexpansión del mercado en la vida y las conciencias. Quien no es capaz de entrar en la circulación de una manera óptima, no existe. La vida de los individuos está animada por el soplo del mercado. Previo al ser o no ser, es el espíritu del circular o no circular. Las fronteras de la personalidad se abren y cierran en la maximización de beneficios. Por ello ya no se proclaman razas superiores o inferiores, pueblos fuertes o débiles, sino los que existen y no existen. Las columnas no existen, de ahí que el hormiguero blanco transite sin verlas.

Sin embargo, del esquema natural de las fuerzas, surge una resultante no prevista. Las columnas se insertan en la nueva urbanística del mundo desarrollado, adoptando una función decorativa, creando el paradigma de una escenografía grotesca, decorados kitsch, torpedos de espuma a la fría racionalidad de las fachadas posmodernas (¿vale la pena recordar a Mario Botta, un arquitecto de fachadas para las hormigas?).

El estilo del actor social posmoderno, tal como lo define Alain Finkielkraut, es la sustitución del exclusivismo por el eclecticismo. La mezcla. En lugar de opciones, clásico o vanguardia, yupi o hincha de fútbol, el posmoderno junta a su antojo lo disparatado, transita sin trabas "del jogging a la religión, o de la literatura al ala delta". Lo multicultural pasa por el surtido; no por lo que las culturas son, sino lo que de ellas se puede adquirir, saborear y arrojar después del uso. Las culturas fueron aceptadas con euforia dentro de este ánimo del mercado cultural. Después del consumo intentaron olvidarse. Como era lógico, se suponía que entonces desaparecerían. Contra toda lógica del mercado se mantuvieron. Peor aún, la presión combinada durante la década de los 80 de un vendaval de pobreza y despojo en el Sur, llevó a millones de columnas al anhelo de alcanzar Europa. En la parte más inestable de las poblaciones, la más vulnerada por las exigencias objetivas y subjetivas del mercado, el decorado empezó a sentirse agresivo.

Todo lo que obstruye la circulación, obstaculiza la emancipación del hombre. He aquí el nuevo dogma sistémico. La circulación no tiene connotación moral. Si la cultura se detiene demasiado a pulir sentimientos en lugar de acelerar el deseo por los objetos, la cultura es un obstáculo. Los turistas no acuden a Verona a leer a Shakespeare bajo el balcón de Julieta, sino a tomarse una fotografía tocando un pecho de la estatua de Julieta que hay bajo el balcón. La tradición cultural parece reciente, desde que colocaron la estatua. La nueva tradición vende rollos de fotos, pasajes, vende buen humor, chabacanería e idiotez. Pero vende. El odio a la cultura también puede ser cultural, según este parámetro es obvio que la burla también. El balcón de Julieta flota absurdamente en un espacio sin coordenadas ni referencias. La vida guiada por los sentimientos pierde significación. A la riqueza del espíritu, al pasar por la trama de los intercambios, le ocurre lo que a la estatua de Julieta, queda con un pecho amarillo brillante de tantas manos posadas para una foto. La cultura ridícula es el estandarte sistémico de la "democratización de la cultura". Se podría pensar que esta vulgarización proviene de concebir a la gran mayoría como una masa idiota. Sin embargo, los actores del poder son ellos mismos consumidores alegres de la vulgarización. Simplemente no tienen que dar. 0 mejor aún, es el mercado todopoderoso el que fija las reglas de cuándo una estatua es aburrida, y la misma, con un pecho ridículo, promociona turismo cultural. Afuera están las columnas.

En el invierno de 1993, una firma italiana del vestido acicatea al mercado invitando a que el consumidor deje en sus locales su ropa para los pobres del Tercer Mundo. Para ello muestra en los avisos a un hombre blancodesnudo. Un ser sin los atributos del consumo, que después de entrar en Benetton y desnudarse, saldrá con otro look y más aliviado. La solidaridad es un buen pretexto para renovar toda su vestimenta. No es que la hormiga piense necesariamente así. Es que Benetton quiere que ésa sea su forma de pensar. Afuera están las columnas.

Las columnas fueron arrancadas de su paisaje natural, y trasladadas como los innumerables obeliscos egipcios que el imperio romano trajo consigo para depositar en las plazas y paseos de Roma. Se trajo hasta una pirámide completa. ¿Y quién puede ahora abandonar las colisiones del tráfico y detenerse a leer jeroglíficos incomprensibles? Las columnas, como los obeliscos, son pedazos rotos de un imperio colonial, y como ellos para el automovilista, imposibles de leer y comprender. A diferencia de la piedra no les falta un brazo o una nariz. Completas, sanas y hermosas, ¿qué cosa esperan durante diez o doce horas bajo un clima opuesto, en una calle opuesta, de una geografía opuesta? Uno se encuentra inclinado a creer en un desquite fenomenal, que tal vez soportan con su osamenta el capitel de una próxima venganza histórica. Pero el hormiguero blanco no lo siente así y las columnas tampoco. En ellas el estado colonial ha ido tan hondo, durante tantos siglos ha sido tan destructiva su obra, y el mundo actual tan unívoco de dominadores, que de sus conciencias se disipó, y no sabemos hasta cuando, el sentimiento o la idea de una salida orgánica ejemplar. El sentido psicológico de las columnas parece ser otro. Estar allí, sin ostentación, pero sin dejar de hacerse notar; sin pretensión artística, pero visibles como elementos pintados en un cartón escenográfico; sin aspirar a una alocución simbólica de la historia no acabada, pero convertidas en un presente agobiante a fuer de estirar un reloj como una goma de mascar. Ni siquiera el susurro de una escritura. Tal vez la tinta que se trasluce desde la página siguiente, cuando la calidad del papel es ordinaria. Su profundo sentido cósmico decorativo es esperar. No son conscientes de ello. El hormiguero tampoco.

En esta arquitectura simbólico-social, las columnas sostienen a cada lado de la calle una viga virtual: el tiempo. Sobre el tiempo un capitel, el juicio final. No es posible para ellas imaginar un desquite; ni que esa economía desarrollada pueda estar en manos de un poder negro. Imposibilitadas aún de pensarse ocupando un buen empleo (por algo son columnas), parece como si a toda una raza se le hubiera trepanado el deseo y la voluntad del poder. En esta desolación de la conciencia, de un gran sol quemando, convirtiendo en desierto y piedra la corteza anímica de una insurrección para restablecer el principio de justicia, sólo queda que Dios, llegado el final de los finales, reparta lo que a cada cual le corresponda. Sosteniendo el juicio final, pasan a ser una suerte de Capilla Sixtina callejera de la posmodernídad.

El tiempo es ahora deseo, satisfacción, consumo diferenciado, una tecnología concentrada en el individualismo extremo, una primitivez de sentimientos y un escasísimo grado de crítica, cadenas larguísimas de información con brazos demasiado cortos para hacer nada. El tiempo es mucho más que oro. En este estadio de] sistema, las columnas quedan al margen de la vida. Diez horas de pie en silencio, con la mirada angularmente inmóvil, son suficientes para que el hormiguero blanco las perciba fuera de la vida, del mundo.

Ya no se trata para el caso, de escribir la historia desde las trincheras destrozadas de los vencidos. Tampoco parece tratarse, a la manera de Benjamin, de recobrar una historia de la amnesia colectiva para abolir el status quo, o de una generación que ha recibido la capacidad mesiánica de redimir a todos los que han sufrido en el pasado. Para las columnas el status quo no puede modificarse, y la memoria es extrañamente difusa en lo atinente a la libertad. La generación de las columnas no tiene función mesiánica consciente. Simplemente sostienen el tiempo, la capacidad de aguardar individualmente el gran acto, lo que para cualquier cristiano incluido el mismísimo Papa sería una misión fuera de la escala humana. No son actores de la historia, ni testigos que con su memoria aun segregada como desperdicio, puedan dar cuenta de una injusticia. Se autoproscriben, como la arqueología del tiempo en el sistema del capital. Más que en su negación funcional, decorativa. No sostienen bloques de piedra, sino bloques de tiempo ajenos al mercado. Tiempo podrido, en mal estado, tiempo helado según el caso. Ulrich, el hombre sin atributos de Musil, renunció definitivamente a sus ambiciones de científico, cuando por primera vez oyó calificar a un caballo de carreras de genial (Finkielkraut). Ninguna hormiga diría de una columna que es genial. No hay deserciones por tanto en el espacio de las hormigas; ninguna siente violada su autoestima, y los Ulrich siguen transitando a un lado de las columnas hacia el reino de la ciencia.

Para el hormiguero, las columnas ya no tienen resonancias simbólicas o mitológicas; tampoco constituyen un desvelo porque llegaren a ocuparlos buenos lugares del trabajo blanco. Pero su crecimiento numérico los alarma. A diferencia de los monolitos, se reproducen, ocupan cada vez más espacio en las aceras. La xenofobia actual se manifiesta cuando la indiferencia es molestada en sus atributos más primitivos. Cuando por acumulación de restos (basura), el paso apresurado en las peatonales del consumo se ve fastidiado. De inmediato el péndulo se mueve desde la pasividad egoísta al odio activo. Una parte del hormiguero se ve atacada por el sufrimiento generado por un mercado cada vez más competitivo, subyugante en sus ofertas, imposible de beber siquiera en una mínima expresión. En los noventa el sufrimiento se aliena, salta de sí sin transformarse en furor social, para ser advertido como odio a lo otro. Lo otro no es sólo una raza distinta, es la negación del mercado, su otra vida; pero también la negación del sufrimiento. Una miserable libertad sin mercado de un lado, del otro la reafirmación de la imposibilidad de abandonar el dolor. Ocurre entonces en el hormiguero un estallido de celos primitivo. Las columnas les parecen bestiales, inhumanas, monstruos. Son incapaces de comprender el sufrimiento de las hormigas, de sentir piedad. No odian a Dios, lo ignoran.

En el nuevo estadio ya no existen poetas malditos, sino poetas que venden y otros que no. Como la sociedad pasa a ser una bolsa donde millones de agentes negocian entre si ideas, afectos, objetos, los que no lo hacen pueden convertirse en columnas. Escapan de inmediato del campo atencional de los actores del mercado. Lo más terrible que pudiera sucederle al hombre desnudo de Benetton, es convertirse en columna. Esa posibilidad abruma por una parte; por otra, contar con columnas en la calle estrecha las filas del hormiguero, realimenta la confianza en los nexos de pertenencia de una sociedad que se está desintegrando. En este sentido, la nueva xenofobia europea no se experimenta como una guerra contra los inferiores, sino por el sentimiento de creación de una fuerza centrípeta que evitará cataclismos de desintegración y sufrimiento provocados por el mercado. Un estudiante alemán me decía: "nos acostumbramos a ver los problemas sociales como ajenos, como abstractos". Si la sociedad se enajena del hombre, si se torna abstracta mercancía, los individuos comienzan a levantar murallas defensivas alrededor de sí mismos. En este sentido el mensaje xenófobo tiende a recomponer el tejido social; las murallas levantadas protegerían al grupo. En los estratos más doloridos y desprotegidos de la sociedad europea, este mensaje es más eficiente que el de los partidos de izquierda. Vuelve a crear la ilusión de una comunidad, un pueblo, un volk El grueso de los intelectuales cae en la desesperación, el nihilismo, o las estructuras administrativo-políticas del bloque de poder. La juventud aspira a consumir, mira la sociedad como un programa de T.V., o se pregunta otra vez qué hacer. Desde las páginas de El País, un profesor de la Universidad de Málaga alerta contra la frustración de la empatía. Si el hombre se acostumbra a ver las guerras, hambres y catástrofes por televisión, y sufre con ellas pero su acción es nula, terminará por percibir todo ese conjunto como una escenografía con actores y máscaras. Anulará forzosamente su empatía, borrará el sufrimiento y se esforzará por edificar su propia torre. El catedrático convoca casi desesperadamente a hacer algo por los que sufren en cualquier parte del mundo, desde cualquier organización, para evitar la muerte de la empatía, de los sentimientos sociales. Finalmente, como al borde de un shock, cita a Camus: si no se puede ser héroe, al menos que sea posible ser médico. Ello indica dos circunstancias. En la sociedad convertida en hipermercado ya no son posibles los héroes; segundo, los médicos tenían prestigio en los tiempos de Camus. Un Doctor Schweitzer trabajando cuarenta años en el Africa, no podría conseguir ni durante un millón de vidas la fama de Madonna. Uno vende y el otro no. La frase de Camus sonaría ahora: "si no puedes ser Madonna al menos consume y diviértete". La sociedad como un espectáculo lleva a las hormigas a reírse de los héroes; los héroes converti dos en payasos; a no entender qué cosa hace un médico en el Africa; y al médico a regresar a poner su mano en el pecho de bronce de Julieta para una foto. Afuera están las columnas.

La poesía sintética se eleva sobre la otra, la que deja de existir. Tampoco cabe esperar ya una rehabilitación post mortem de los incomprendidos. Un artista vivo - contrario sensu a los muertos- puede seguir produciendo más y vendiendo más. Para no caer en una columnización cultural hay que comprar toda la cultura que está en venta. Esto es la democracia. La sociedad concebida como asociación de personas independientes borra las clases sin desfigurar el poder de unos individuos sobre otros. Ernst Bloch dice que entonces los hombres desclasados aparecen en su desnudez original. Como en la publicidad de Benetton, el homo agente del mercado es Adán.

El nuevo occidental europeo también puede defender la libertad de las columnas a vivir como columnas, si desde antaño ellas vivieron como tales. Se trataría entonces de un respeto cultural. Son los que, como anota Finkielkraut: "Avergonzados de la dominación tanto tiempo ejercida sobre los pueblos del Tercer Mundo, juran no volver a recomenzarla y deciden evitarles las molestias de la libertad a la europea." Para permitir a los emigrados vivir como quieran, se les niega la protección contra los daños o abusos eventuales de la tradición. Para atenuar la brutalidad del desarraigo, se les entrega atados a la discreción de su comunidad. En nombre de los derechos del hombre se permite su violación. El siervo azotado por el knut escribía Marx- debía tragarse el dolor y la rabia porque era un knut cargado de años, hereditario e histórico.

Hay tradiciones que funcionan como látigos. No sabemos si algunos de estos knuts obran en las columnas para conservarse como tales. Pero aún si la vida de esta columna se explicara fatalmente por la existencia de estos knuts, la democracia del mercado no haría nada, alegando entonces el derecho inalienable del hombre a permanecer en servidumbre. Una empresa también tiene libertad de knut cuando trata de conservarse. Pero aun así, aquí hay mayor contralor social que en los emigrados. En las mafias del sistema, el knut posee un alto valor de cambio. Hay indicios para creer (y la historia reciente lo demuestra sin rodeos), que el sistema defiende a nombre de la identidad cultural, la sociedad resultante de la identidad del knut."

Escribía Benjamin que la experiencia depende de la capacidad de la memoria personal para establecer relaciones entre el pasado y el presente biográfico. Cada columna tiene en este caso una experiencia detenida entre un pasado en espera y un proyecto de espera. En la memoria personal es tiempo aglutinado, condensado, sin dirección. En el proyecto es el juicio final. De esta experiencia resulta el impulso a permanecer de pie, en silencio. El sistema encontraría en esa actitud física y psicológica, una aptitud inmejorable para el narcotráfico entre hundidos y marginados. Entre quienes necesitan salir desesperados a la calle a comprar y "picarse". Una columna que espera a un cliente móvil (sin casa), por diez horas en una noche, funciona como un surtidor. Al cliente le provoca confianza. Una columna no habla con la policía ni con nadie. Como un surtidor.

Además de un acto arquitectónico, la columna es una alucinación. Segmentos de edificios exóticos perdidos, reencontrados, y lanzados en desorden a la vida cotidiana. Si estas sociedades más ricas no estuvieran desintegrándose bajo los efectos de la hipercompetencia y el hiperconsumo como en sustancia gregaria, las columnas podrían participar como otrora en movimientos políticos transgresores, revolucionarios o de anarquía antisistémica. Pero no se puede cambiar la sociedad si ésta desaparece en el individuo, y el individuo en el mercado.

En estas ciudades libres, el principal estímulo psicológico es el shock. Por lo mismo, la puesta en guardia de las conciencias para evitar los traumas. Las columnas se instalan en un espacio de shock subliminal. No por simbología política, sino por su desprecio del valor del tiempo. ¿Por qué si el valor de cambio del tiempo es tan absurdamente alto en el hormiguero, a un costado se exhibe gratuitamente? Si se midiera la velocidad de los hombres blancos cuando pasan frente a una columna, se observaría en forma experimental la aceleración de su paso. Es la puesta en guardia.

A consecuencia del embrutecimiento de sus reservas emocionales, a este hombre le resulta cada vez más penoso encontrar sentido a su vida. Su memoria es rota en multiplicidad de imágenes elaboradas por los medios, e ilusoriamente vividas como propias. Además vive la dolorosa desubicación topográfica y anímico individual en los desbandes. Corre detrás de los objetos para no perder la vida, pero los objetos mueren continuamente. Las columnas aparecen en cambio como excedentes de traumas, sin conflictos topográficos, desbandes, pánico y consumo. Los objetos no eliminan la angustia, simplemente la cubren, dejando al hombre enterrado con ella entre los objetos. Como dos prisioneros que deben compartir la misma celda.

En la nueva fase del sistema, los intereses privados se vuelven públicos. Si los accionistas de una corporación tienen buen ánimo y obtienen grandes ganancias, la sociedad se cree segura. En el mercado se negocian los vicios privados por las virtudes públicas. Los partidos ya no representan al sistema, porque lo privado tiende a representarse a si mismo, sin intermediación. En el tiempo detenido de las columnas, riqueza y pobreza son ambivalentes. Mientras en el sistema vicios y virtudes son mercancías definidas por la oferta y la demanda, se cambian y tienen personalidad propia e inconfundible, fuera del sistema pierden límites, se mestizan reformulándose constantemente. En el tiempo detenido, es muy difícil para los blancos saber qué valores éticos conservan las columnas. Cómo son. De qué cosa son capaces. Ello las vuelve particularmente odiosas al hormiguero.

El silencio columnar no se presenta como una formalidad asistémica sino antistémica. Los medios hablan, la marcha zigzagueante del hormiguero con sus vehículos hablan, y del conjunto resulta una estridencia general. Sólo las columnas están en silencio. Cuando las fachadas se cubren del carbono del smog, las columnas negras quedan incorporadas a los frentes. Su sentido decorativo es entonces más fuerte. Pasan a formalizar el conjunto de la degradación ambiental. Aunque conscientemente inadvertido, la retina guarda inequívocamente la imagen asociativa.

La ahistoricidad de sus vidas, la falta de categoría del progreso en las columnas, son otros tantos desestabilizadores para la mirada del hormiguero. Esta tiene historia pero no memoria, considera pues la mera factibilidad de las cosas como ineluctable. En el tiempo detenido de las columnas en cambio, no hay determinaciones necesarias, y se rompe la relación causa efecto de una manera natural. Que una bagatela se ofrezca no significa que se venda, que se pida un precio no implica una ganancia, heroína es lo mismo que una pulsera de cuero. Disimultaneidad silenciosa y atemporal de los mecanismos del mercado. Esto es lo que asombra al hormiguero, sin llegar a entender una sola de sus causas. Pero las columnas jamás provocan pánico: como escenografías tratan de explicar que no representan caminos alternativos de acciones colectivas. En el avión de Madrid a Roma, a latinoamericanos y negros nos pusieron en los asientos traseros, separados del pasaje europeo. Todos fuimos negros. Los latinoamericanos blancos sufrimos un shock, las columnas no. Estaban en otro viaje, en otro avión, en otra esfera. Eran columnas.

En una parte del hormiguero - la más joven- la ética principia a reducirse a una cuestión de mercado. No es pragmatismo. Es más. Una desintegración humana, una reconversión en mercancía. La creación de un hombre libre de ataduras y principios. Matar puede ser lo mismo que crear. Una escritora española acaba de confesar que siente una inclinación cuasi morbosa por el asesinato. La crítica la aplaude. Cuando una persona hace un bien, lo hace a cambio de algo. Es un negocio donde cada acto moral tiene la función de levantar un crédito personal. De lo que se trata es de no tener deudas. San Francisco es lo mismo que un policía, el Che Guevara no tiene porqué ser distinto a un agente de aduanas. Todos cambian una parte del egoísmo en el mercado de las consideraciones sociales. El reduccionismo es apenas un fotograma del gran celuloide del fin de las ideologías, aunque tal vez lo sea de la cinta más gastada del ocaso de las utopías. Si no hay utopías tampoco son necesarios los gestos heroicos. Si los hombres se mueven cambiando valores, la ética formará parte de la ideología de la mercancía. Si San Francisco se descalzó, abandonó los bienes terrenales y quedó desnudo como el blanco de Benetton, algo habrá hecho, alguna deuda debió acumular. Si en vez de deudas tuviese créditos, podría concentrarse gozosamente en sí mismo y sus vestidos. Este todo es igual - altruismo o gesto obsceno- se presenta bajo las carteleras de estreno de la democracia y la libertad. Cada uno es propietario de hacer con su vida lo que le venga en gana, pero en el mercado las acciones suben proporcionalmente a la concentración en sí mismos, en la individualidad y en el no despilfarro de actos para los otros. Es una cuestión de números. La ética vaciada en la mercancía, la mercancía lanzada al mercado de individuos convencidos de que lo real es lo posible, y lo posible visto como la negación certera y perfecta de la utopía. Los atributos del bien y el mal estaban en los intercambios. La masa abrumadora de actos de corrupción en el sistema político de Europa desarrollada, de saqueos, robos y raterías a la propiedad pública, no es percibida con culpa por sus actores. "Si robas cien eres un ladrón, si robas cien millones tendrás un crédito." Cuando estos cuadros dirigentes convenzan a la opinión pública de que sus actos ni son morales ni inmorales, sino instrumentos del mercado, se habrán convertido en los constructores del nuevo edificio social. Por ahora la cuestión está en debate, pero también podría esperarse una reacción contra la democracia en general, y la implantación de una autoridad fuerte que suplante a las instituciones.

Siguiendo a Benjamin en su categoría de la alegoría, podríamos suponer que las columnas han arrancado un elemento fuera del contexto, prívándolo de su función y sentido sistémico: el tiempo. De orgánico hasta convertirlo en fragmento. Mientras el hormiguero sigue bajo la ilusión de percibir la totalidad a través de los medios, las columnas juntan sus fragmentos para crear un nuevo significado, sin raíces en el contexto. A los ojos del hormiguero una historia congelada. Bajo la percepción mitológica de las columnas una espera apocalíptica sin Apocalipsis. La historia orgánica donde cada parte recibe un sentido eficaz en relación con el todo, es reemplazada por la libertad de leer cada parte en cualquier orden y lugar, donde todas las épocas están abiertas, indesarrolladas, donde la dominación es imposible, la explotación no tiene lógica, el mercado es otro avión. Tal vez las columnas hayan comenzado con la lección de Hegel asimilada topográficamente: "Lo primero que hay que aprender aquí es a estar de pié."

El caos se recupera a sí mismo, mientras el hormiguero reclama un orden y progreso frenéticos. Por un lado el ángel blanco benjaminiano, que ve una catástrofe única en la historia, amontonando "incansablemente ruina sobre ruina" para arrojarlas a sus pies. Desde el paraíso sopla un huracán (palabra americana) que empuja al ángel al futuro, pero de espaldas. Los montones de ruinas crecen hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso. Las columnas que creíamos parte de las ruinas, tampoco forman con el gran viento. Están a un costado, como en un cuadro bíblico, esperando. Tienen sí en común con el huracán la carencia de melancolía, es decir un pasado al cual acudir. Ni génesis en que apoyarse, ni relaciones de producción que soportar. Forman parte del decorado de la escena histórica. Por eso no se ha escrito sobre ellas. Pero es un decorado que no cambia aunque los actores enloquezcan. En tanto la xenofobia se encrespa, los hombres negros se comportan cada vez más como columnas. En Alemania golpean a los inmigrantes, en Austria piden un referendo para echarlos, mientras ellos están allí diferenciados, rígidos, acumulando tiempo. Un polvorín sin detonantes en la calle de los colonizadores. La arquitectura de una nueva Capilla Sixtina de las ciudades posmodernas. En ella no se advierte aún pintura. Pero algunas manos comenzaron a pincelar la guerra contra el otro, allí donde Dios toca con su dedo creador, el dedo del Hombre recién formado.


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