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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1993

ASTEY, LUIS: DRAMAS LITÚRGICOS DEL OCCIDENTE MEDIEVAL,*

Author: Elsa Cecilia Frost[Nota 1], Mauricio Beuchot[Nota 2]


* Premio Arnaldo Orfila Reynal a la Edición Universitaria 1993, al libro de humanidades.

ASTEY, LUIS: Dramas litúrgicos del Occidente Medieval, 1992, MÉXICO, EL COLEGIO DE MÉXICO-CONACYT-ITAM, 682 P. ISBN 968-12-0544-8.

Luis Astey es una rara avis. Lo digo así, en latín, porque dicho en castellano suena mal y mi propósito es alabarlo, no denostarlo. Y lo es porque en un país que ha borrado de sus planes de estudio la enseñanza de las lenguas clásicas - al parecer no figuran ya ni en los curricula de los serninarios-, Astey maneja el latín con indudable maestría. Pero además puede aplicársele el apelativo porque si bien en México hemos contado con una larga serie de traductores clásicos - piénsese sin ir más lejos en la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana publicada por la UNAM -, el terreno en el que Astey incursiona no sólo es poco frecuentado, sino que podría decirse que se lo rechaza por completo.

Si examináramos más de cerca el porqué de tal rechazo, acabaríamos en la alternativa radical entre lo español y lo indígena que se impuso a partir de la Independencia. Se diría que, desde entonces, los mexicanos resultamos hijos de un divorcio tan doloroso que obligó a escoger entre una tradición familiar y otra. Y la rechazada lo fue de modo tan brutal que nada tenemos ya que ver con ella. Cierto, del rechazo se salvaron, como ya mencioné, algunos de los elementos más remotos: la antigüedad clásica aceptada por el Renacimiento y algunos rasgos de este mismo. Pero nada más. De los largos siglos transcurridos entre la caída de Roma en poder de los bárbaros y la caída de la segunda Roma en manos de los turcos, de esos largos siglos en los que se formó la cultura occidental, nadie quiere saber nada. "En México no hubo Edad Media" y es verdad, pero esto no quiere decir que la ausencia de rastros tangibles implique que no se hiciera sentir aquí la influencia del pensamiento medieval. Recordemos que 476 y 1453 son sólo fechas elegidas para facilitar la periodización y memorización de la historia, pero que no significan ni pueden significar la muerte ni de la Antigüedad ni de la Edad Media. La influencia del mundo antiguo va mucho más allá de su derrumbe físico y muchos de los modelos medievales viven aún dentro de la Iglesia.

Decir, por tanto, que en nada nos atañe la Edad Media no pasa de ser una de esas frases sensacionalistas a las que tanto propendemos.

Así, por todos estos antecedentes, tanto más meritorio es el trabajo de Luis Astey. A lo que debe añadirse que no se trata de una edición aislada, provocada por un interés pasajero. Astey publicó ya Los seis dramas de Hrosvitha de Gandersheim y al presentar ahora este libro sobre los Dramas litúrgicos del Occidente medieval da el paso obligado si lo que quiere - e imagino que tal es el propósito - es proporcionar al lector de habla castellana una historia del origen de cuando menos una de las formas teatrales de la cultura occidental.

Se trata ahora de las representaciones rituales que interrumpían la liturgia al convertir la lectura en un diálogo apoyado en música monódica. Estas dramatizaciones giraron inicialmente, de modo muy natural, en torno a la afirmación básica del cristianismo: la Resurrección, pues "si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe", como dice San Pablo a los corintios (1 Cor XV, 14). Por otra parte el encuentro de las mujeres que van a preparar el cadáver de Cristo con el ángel o ángeles ante el sepulcro vacío se prestaba de modo muy particular a la dramatización. Sin necesidad de actores, escenario ni vestimenta especial, el simple diálogo registrado en los Evangelios sinópticos es de una gran dramaticidad a la que se suma que las discrepancias entre las redacciones se tradujeron - como asienta Astey - "en una gran riqueza de variantes y combinaciones entre personajes, acciones y elementos del diálogo" (p. 12). Por ello, a partir de su surgimiento en la segunda mitad del siglo X, los textos utilizados fueron siendo cada vez más elaborados hasta llegar tres siglos después y sin abandonar ni desfigurar su fuente, aunque sí agregando nuevos elementos, a ser verdaderas representaciones teatrales, con gestos, vestimenta y accesorios especiales y contar hasta con cinco escenas como se ve por el ms. de Tours. Es decir que, en muchos casos, al breve diálogo entre las mujeres y los ángeles se antepusieron o pospusieron otros elementos fueran neotestamentarios, fueran legendarios, como sería la orden de Pilatos de vigilar la tumba, lo sucedido a los soldados, los preparativos de las mujeres, la reacción de los guardias ante el sepulcro vacío y finalmente el anuncio de la resurrección a los apóstoles.

¿En qué momento se interrumpía la liturgia pascual para dar paso a estos textos dramáticos? Astey afirma -"tras comparar los textos que en los respectivos mss. circundan el diálogo y el drama" (p. 11) - que debió ser en el oficio de maitines del domingo de Resurrección. De hecho, la liturgia latina, de Trento al Vaticano II, incluía en la segundas vísperas una antífona que nos remite de inmediato a las formas más antiguas de la Visitatio sepulcri y el Evangelio del día sigue siendo Mt XXVIII, 1-7, es decir, uno de los textos básicos del ciclo pascual.

El ciclo se continuaba el lunes de Pascua con el oficio del peregrino, es decir, el encuentro en Emaús y el reconocimiento de Tomás, basados en los versículos siguientes de cada uno de los sinópticos, para terminar con los oficios de la Ascensión y de Pentecostés. De este modo, los sentidos ayudaban a imprimir en el espíritu de los fieles el dogma cristiano fundamental.

De origen posterior es el ciclo de la Navidad que debía completar, creo yo, el ciclo mayor que podría llamarse "erístico" y que abarcaría todo el año cristiano, el nacimiento de Jesús, su muerte, su resurrección, su ascensión y el descendimiento del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Los creadores del ciclo de Navidad tropezaron, sin embargo, con un obstáculo. Pues si los relatos evangélicos sobre los temas pascuales ofrecen ya todos los elementos del drama, no ocurre lo mismo con la narración del nacimiento que sólo figura escuetamente en dos de los sinópticos (Mt 11, 1-12, Adoración de los magos, y Le li, 2-20, Nacimiento de Jesús y anuncio a los pastores). De hecho, estos textos plantean una serie de preguntas que van desde las de gran importancia teológica: ¿puede una virgen concebir y dar a luz?, hasta otras cercanas a lo que podría considerarse vana curiosidad: ¿qué es un mago?, ¿cuántos eran y de donde venían?, ¿qué significado tenían los dones ofrecidos? Como ni Mateo ni Lucas dan respuesta a estas interrogantes, se recurrió a los llamados "Evangelios de la infancia", de procedencia armenia o árabe y considerados apócrifos por la Iglesia. Así, desde un principio, se introdujeron personajes desconocidos para los Evangelios canónicos, como las que Astey llama, muy elegantemente, obstetrices (aparecen también en muchos íconos), cuya función era reafirmar la virginidad de María. En cuanto a los magos, es el Evangelio árabe de la infancia (s.VI) el que fijó su número en tres, les dio nombre: Melkón, Baltasar y Gaspar y los hizo hermanos y jefes de persas, indios y árabes respectivamente. Agregaré que un siglo después, el monje inglés Beda el Venerable los internacionalizó al romper el lazo fraterno y hacerlos representantes de cada una de las partes del mundo conocido.

Hasta aquí por lo que se refiere a los temas, porque mucho es lo que podría decirse sobre la elaboración, que llegó a tales extremos que las representaciones tuvieron que salir del recinto de la iglesia para prolongar su existencia corno autos, misterios o milagros, independientes ya de la liturgia.

Así, como puede verse, Astey nos entrega un material valiosísimo, reunido (lo que no debe haber sido nada fácil), traducido y anotado no sólo con grandísima paciencia, sino con sabiduría, tino y elegancia aún mayores.

Sólo hay algo que me desconcierta. Sé que las fronteras de lo que hemos convenido en llamar Occidente han sido siempre fluctuantes y que es razonable y hasta necesario fijarlas antes de iniciar cualquier estudio sobre el tema, pero ¿por qué queda España excluida si, como se dice en la página 41, existen mss. del Officium pastorum que provienen de Cataluña y Aragón e incluso la pieza E del Ordo paschalis está tomada del archivo de la catedral de Vich?

Para terminar y en contra de quienes ven la Edad Media como algo totalmente ajeno a nosotros, sólo quiero recordar que en Tlaxcala, en el siglo XVI, los franciscanos interrumpían la liturgia con representaciones en las que tornaba gozosa parte todo el pueblo.

ELSA CECILIA FROST

CCYDEL-UNAM

Dramas Litúrgicos del Occidente medieval

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