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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1993

Dramas Litúrgicos del Occidente medieval


La obra que Luis Astey nos ofrece recoge un gran número de representaciones dramáticas de los misterios del cristianismo, llevadas a cabo en un marco de cultualidad y de rito, es decir, dentro de la acción litúrgica. Lógicamente el ciclo de dramas más importantes es el que corresponde a la resurrección de Cristo, que se vive como el misterio máximo. Después encontramos otros dramas pertenecientes al ciclo de la Pascua o próximos a él, como la Ascensión y Pentecostés. Se encuentran enseguida otros dramas de la Navidad y finalmente tres dramas semilitúrgicos, entre los que sobresale el de Daniel.

Luis Astey, en su erudita introducción, nos explica que entiende por drama litúrgico "la representación ritual de una realidad religiosa, configurada mediante acción, personificación, diálogo y música monódica, y celebrada en un lugar considerado sacro" (p. 7). Es ritual porque no se reduce a ser una representación teatral como las otras, las profanas, sino que quiere ser algo más que una dramatización, aspira a ser un recuerdo, una rememoración y conmemoración; participa, aunque sea de lejos, y lo hace muy sutilmente, de los sacramentos, los cuales dan la presencia real de la divinidad. Claro que sólo ellos tienen ese poder de realizar lo que significan, como también se dice en la Biblia de la palabra misma de Dios, que dice y hace, o que al decir realiza. Pero, en fin, los dramas litúrgicos se enmarcan en el rito, en el hacer del decir, por el cual se vive de alguna forma esa presencia de lo que se hace representación. La obra de Astey nos hace sentir que algo al mismo tiempo se está presentando y representando, por entrar en el ámbito de lo sagrado. Por eso se realizaban en lugar sacro, en el templo, como parte de la liturgia sacramental, o como auxiliar de ella. Liturgia en el pleno sentido de la palabra, según una de sus etimologías antiguas, elaborada a partir de lythos ergon, la acción sobre la piedra, en la piedra como altar, acción sacra, caminar en lo sagrado.

Es a una realidad religiosa a la que apunta esa representación, como bien dice Luis Astey; sí, pero creo que no lo dice de manera del todo completa; a mi modo de ver, le falta decir que la realidad sagrada es de suyo mistérica, siempre nos conecta con lo misterioso, nos hace tocar el misterio. Por eso el drama litúrgico tiene un poder de evocación mayor que el que tienen los otros dramas. Es una representación que sumerge en su significado, en su referente. El sentido en esta representación está al servicio de la referencia, lo que más importa no es el significante, sino el significado. Por eso el significante o el sentido es tan simple, tan sencillo, y sin embargo tan sobrecargado de contenido, tan desbordado por su referente. Semióticamente podríamos decir que provoca más de lo que parece, da más de lo que exhibe, mueve en el aspecto emocional más de lo que presenta en el literario. Dentro de su sencillez, sobreabunda en sugerencias.

Pero Luis logra reconstruir bastante de la honda emoción de esos dramas sencillos, en esa difícil labor de traducir del latín, más difícil de lo que se imagina (ya que se tiende a creer que es fácil por ser la lengua madre del castellano). Al enfrentarse con la complicación incluso cultura] del griego o del latín, se desencanta uno ante la ingente dificultad que ello encierra, casi sobreviene la desesperación por lo engañoso que resulta el avance y lo cierto que se muestra el empobrecimiento que uno hace de los textos. Pero creo que Luis Astey ha logrado salir avante en esa ardua labor del traducir, del interpraes, del intérprete, el intermediario, como llamaban los latinos al traductor, sobre todo al que vertía de una época a otra.

Sólo quisiera anotar, por no dejar, unos pocos y tal vez muy nimios reparos de traducción; quizá por la necedad u obsesión de otro traductor del latín, y del latín medieval, en lo que compartimos afanes. Cuando en la página 138, en la extensa nota 6, traduce el Te Deum laudamus, ese himno tan exultante y sugerente, en el verso 7, Te gloriosus apostolorum chorus, traduce chorus como "conjunto", en lugar de como "coro", lo cual es más propio de los apóstoles en la gloria, y me parece que con ello se pierde mucho de la intención original del himno. Igualmente, en la representación de la visita al sepulcro, en una abadía benedictina (p. 219), se traduce conuentus por "convento", allí donde sí podría traducirse como "conjunto", ya que aquí conuentus se refiere al conuentus clericorum, que no es el convento, sino el conjunto, de los clérigos, que deben ir en procesión dentro de la iglesia, mientras que no podría hacer tal cosa un convento.

A pesar de que muchos de los dramas representan el mismo misterio, no resulta pesado leerlos todos en su latín de origen y en la cuidadosa traducción de Astey. Antes al contrario, redunda en gusto el captar las diferencias; y encontrar, por ejemplo, la visitatio sepulchri de Winchester, del año 970, en el que se pide que los que van a iniciar la representación lleguen como si no fuera a ser tal, y sorprendan al pueblo o público presente que no lo esperaba. Dice en la página 133:

En tanto se recita la tercera lección, revístanse hermanos, uno de los cuales, revestido de alba, entre como si fuese a ocuparse de otra cosa, y, sin ser notado, vaya hacia el lugar del sepulcro y ahí, sosteniendo en la mano una palma, siéntese calladamente. Y en tanto se celebra el tercer responsorio, lleguen los tres restantes, todos revestidos de capas, trayendo en las manos turíbulos con incienso, y, avanzando con pasos indecisos, a semejanza de quienes buscan algo, vayan frente al lugar del sepulcro.

Así, con esa candorosa forma de sorprender, comenzaba la representación, ante los atónitos ojos de los presentes.

Y hay muchas otras cosas notables. En la representación de la visita al sepulcro, hecha en la catedral de Padua, en el siglo XIII, se aprovechan las escaleras del templo para que los ángeles desciendan y suban, dando la impresión de que la catedral está conectada con el cielo, que da acceso al cielo, para que los seres celestiales suban y bajen (p. 171). La representación llevada a cabo en Dublín, en la Iglesia de San Juan Evangelista, en el siglo XIV, comienza con un enternecedor duelo por la muerte del Salvador, que habrá de resucitar. No deja de ser desgarradora la exclamación con la que comienza: Heu! Pius pastor occiditur, quem nulla culpa infecit. O mors lugenda!, es decir: "¡Ay! ha sido muerto el pastor piadoso, a quien no contaminó culpa ninguna. ¡Oh muerte deplorable!" (p. 195). También encontramos en esa misma pieza una expresión notable, cargada de poesía y de misteriosa paradoja. Acerca de Cristo dice: "Lucharon muerte y vida en un duelo admirable: muerto el adalid de la vida reina vivo" (p. 199).

De la misma manera, en la pieza de la catedral de Rouen, del siglo XIII, se encuentra una expresión en la que, al contemplar a Cristo resucitado, se le da el nombre bíblico que designa mayor potencia, el del león: "Aleluya, resucitó el Señor, resucitó el león fuerte, Cristo, hijo de Dios" (p. 215). Y en la pieza representada en la abadía benedictina de Rheinau, del siglo XIII, se encuentran unos versos de sublime hermosura. San Juan y San Pedro cantan:

Jesús, redención nuestra,

nuestro amor y nuestro deseo,

Dios, creador de todo,

hombre hasta el fin de los tiempos,

¿Qué clemencia te venció

que tomaste nuestros crímenes

y sufriste muerte cruel

para librarnos de muerte?

¿Esa misma piedad te obligue

a que estés por encima de nuestras maldades

con tu perdón, y, cumpliendo nuestro anhelo,

de ver tu rostro nos sacies?

Esa última pregunta, esa última petición, ese último anhelo es el que llena las celebraciones litúrgicas, y por tanto esos dramas que ahora nos entrega Luis Astey. Y también quiero que éste sea el último comentario que haga yo sobre el excelente libro de Luis Astey.

MAURICIO BEUCHOT

Instituto de Investigaciones Linguísticas, UNAM


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