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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1993-1994

DEL RELAJO A LA TRISTEZA

Author: José Manuel Orozco[Nota 1]


La fisonomía del relajo es aparentemente simple. Solemos imaginarlo como un estado de caos, orgiástico, coludido en la mediación de las conductas más bizarras o desorganizantes. Al hablar de relajo parece que estamos hablando de poner todo fuera de orden y de romper con eso llamado seriedad por lo tanto, el relajo se perfila como una total falta de sentido que de pronto inunda a toda una comunidad, a un grupo social o, cuando menos a dos personas. De suyo, el relajo es ingrato aunque inevitable; en su esencia cuestiona una serie de elementos que sugieren peligro: enjuicia el orden; interroga acerca de la dignidad del escenario; pone en entredicho la relevancia intrínseca de las cosas, e incluso afecta los planes de vida que podemos llegar a tener. En la dimensión del relajo lo que está en juego son los valores y la posible interdicción que ellos ejercen; los valores son puestos en suspenso y las prohibiciones que nos obligan a respetarlos quedan igualmente eludidas, suprimidas: entonces se respira una atmósfera de tensión y lo que es valioso deja abruptamente de serlo. Ya en el relajo, hay una carrera que no se puede parar. El frenesí permea las conciencias y las va mojando con su veneno: es un estado donde ya no impera la mesura, toda vez que son todos los que actúan quienes responden por el caos, todos son el caos o el caos está en todos; y eso conlleva que nadie asuma la responsabilidad del desorden. En el relajo se desordenan los parámetros y linderos, nadie puede culpar a nadie: la culpa se diluye en la trama de las masas ya que todos son culpables, y, al serlo así, no hay uno solo que deba responder por los demás. La horda comienza a moverse, a gritar, se hace un rebumbio de manoteos o palmadas y nadie se aquieta, ya no se oye lo que dicen los actores: estamos marcados por el vértigo de un colectivo de cuerpos, caras y gestos que se multiplican sin concierto. En ese marasmo que opera entre todos no hay uno que sepa del control, que lo pretenda, que lo suponga. Los controles consisten en la desaparición de todos los controles y por eso no decimos que el relajo sea reflexivo. Podríamos tal vez ubicar al relajiento como el único responsable e iniciador de ese caos de masa. Decir "es que fue él quien inició esto y ha de pagar las consecuencia?, pero eso siempre acarrea un nuevo relajo, porque en el momento del relajo el relajiento se pierde entre la masa (su localización resulta altamente incierta), pero también podría ocurrir que el castigo al relajiento provocara en la masa una furia incontenible. Todo relajo opera entonces como desahogo; ruptura de un ámbito de valores por donde la seriedad de la existencia es totalmente cuestionada, derruida. Es preciso enfatizar que en el relajo no estamos intentando burlarnos de alguien para descalificarlo o devaluarlo: no decimos fulano es un cretino" con la pomposidad de aquel que se supone gran intelectual y ofende al que sabe que vale, precisamente porque vale. Tampoco se trata acá de una ironía que sutilmente pretende cuestionar el valer de alguien con el afán de rescatar algún valor: no es una situación donde me río un poco de ti porque sé que hay algo valioso que debe rescatarse, hacerse patente. Si un hombre está sentado leyendo su libro y ve pasar una y otra vez al mayordomo con un vaso con agua, quizás pregunte: "¿A dónde vas, James?" y James responda pausado: "Mi Lord, la casa está en flamas." La ironía de James implica que ante la tragedia reconocida del incendio y las pérdidas posibles, el valor de la lectura y la paciencia deben ser protegidos definitivamente; no se molesta al Señor y tampoco se apresura el paso para apagar el fuego, pues lo valioso es disfrutar del tiempo mesurado de las cosas.

En el relajo no hay burla o ironía como mecanismos exclusivos; hay, esto sí, una subsidiariedad de ellos al relajo. Es decir, cuando hay relajo de alguna manera utilizamos ironías y burlas como elementos componentes del proceso de desorganización. Podría suceder que de burla en burla se vaya haciendo un relajo; o que sumando ironías a burlas ya todo sea en sí mismo un relajo; o que como consecuencia de un relajo previo la gente comience a hacer burlas e ironías. No importa. Lo que interesa es que en el relajo se estipula la inconciencia como patrón del quehacer. Los agentes del relajo ni siquiera se enteran de que han ironizado, burlado todos los sistemas imperantes; y de buenas a primeras ya están festinando su gritería, su cruce o traspasarse a comportamientos incontenibles. Los relajos son siempre varios, variopintos, de porosa constitución. Puede pasar que un relajo interrumpa otro, o que se entreteja con él: la serie de relajos es un solo relajo, pero cada uno de ellos tiene su tono peculiar. Hay relajos donde pretendemos desquiciar a la autoridad: los llamamos revueltas. Hay otros donde lo que buscamos es anular todo un sistema de reglas que codifican y enmarcan el mapa de una situación, y los llamamos revoluciones; pero los hay también profundamente insignificantes o de consecuencias no tan terribles, como cuando simplemente interrumpimos la seriedad de un evento produciendo risa y jolgorio de masas. Ahí lo que se da es, indiscutiblemente, una pachanga o fiesta en el mejor sentido del término.

Algunas de las cosas que logra el relajo son:

El sujeto deja de preocuparse por sus problemas.

El sujeto no recuerda su identidad y es uno totalmente perdido.

Hay una sensación plácida de que no existe la culpabilidad o que, al menos, la carga de las responsabilidades se reparte entre todos.

Se vive desahogando todo lo que la seriedad ha contenido por días o meses.

El sujeto está altamente divertido.

Cada uno de esos logros integra una estructura moral en la que el hacer no es bueno ni malo en sí mismo, sino en relación al mundo de los valores. Cuando se vive el relajo uno queda relajado; pero el relajamiento de los afectos o pasiones es un estado donde ya el pasado, el futuro, la dimensión de los otros, la contabilidad de los deberes u obligaciones y esa tensión lentamente acumulada se van agotando, angostando, languideciendo hasta desaparecer. Pensamos que en el relajado no hay incluso subjetividad porque el todo de la conciencia se ha muerto: no existe más la persona en el momento del relajo. Probablemente después se reintegre el yo a la órbita de sus arrepentimientos: "¿Cómo, yo hice eso?" o "¿Que hice qué? ¡Por favor, no me molestes... pero, no le hagas hombre, pus ni que yo fuera...!", entonces coronado por valores y sometido a ellos el yo retorna. Es un retorno de culpas sin reparo, porque después de todo si todos lo hicimos entonces uno puede aceptar que en efecto, sí, también hizo aquello. Por eso el relajado vive sin valores, mientras está fuera de ellos o más allá de sus límites; el relajado ha abandonado los linderos de la valoración al ponerla en suspenso. Y eso nos obliga siguiendo a Jorge Portilla a hablar de la valoración.

Nos queda claro por ahora que la forma del relajo es colectiva y contagiosa, de masas sin forma, con distribución de cargas de culpa y en franca supresión de la identidad del relajiento. También aceptamos el importante rol que juega ese trance donde todos están dentro del relajo: al vivirlo todos saben que las ocupaciones-preocupaciones, la temporalidad y sus seriedades se han cancelado; se vive el instante, y éste dura lo que perdura el entramado de gestos, gritos, burlas e ironías (que, como hemos indicado, se anudan a la secuencia de lo hecho con el relajo o lo constituyen, de alguna manera). Ahora nos toca responder la pregunta, ¿hay valores?, ¿qué son los valores? Y la respuesta que buscamos es una donde éstos aparecen como fundantes del marco de referencias; nos orientan, sitúan, nos otorgan una buena dosis de racionalidad. Lo que no tenemos claro es si ese plexo valorativo alude a entidades reales o se refiere a invenciones metafísicas.

Portilla nos hace ver tres tipos de valoración; y hoy, ya en plena filosofía moral contemporánea, Thomas Nagel menciona una forma de valorar y sólo una. Veamos.

La primera aproximación dice que hay valores de las cosas, valores de la libertad y valores ideales. De acuerdo a lo que en estas páginas llamamos valores- cosa conviene recalcar que estamos hablando de las cosas mismas y el valor que reconocemos en ellas. Muchas veces pensamos que valen por sí mismas: así, pensamos que el agua es muy valiosa per se; y otras que de hecho adquieren valor en relación a nosotros mismos porque anudamos una cosa a la necesidad en la que nos encontramos. El agua es valiosa de cara a nuestra sed; y el río es valioso frente a ese estado de calor soporífero, pues la frescura de sus corrientes nos refresca. Pero, ¿son igualmente valiosos unos ojos, unos labios, un atardecer, un beso? Quizá en una visión utilitaria del asunto diríamos que todas las cosas, no importando su denominación, nos afectan en estados relacionados. Los labios de la muchacha son valiosos en relación a mí que los veo; o puedo usar el atardecer para pintar un cuadro y por eso me parece altamente valioso. Sin embargo, hay cosas como los instrumentos que son claramente serviciales y diseñados al efecto de ser utilizados: autos, computadoras y estéreos y todo útil que esté a la mano. Pero están también los labios o los rostros que finalmente no son patentemente serviciales aún cuando los usemos para algo: si hacemos uso de ellos los configuramos como valor-cosa para servicio del placer que nos prometen; pero hay un contemplarlos por lo que son en sí, donde los vivimos a partir de lo que son ya en su importancia, y nos subordinamos a ese valor: estamos a su servicio. Se puede cosificar el valor humano a cuyo servicio está la contemplación, o se puede humanizar una cosa como si fuera altamente valiosa, obligándonos a servirla. En el primer caso tenemos a quienes no aman las cosas por sí mismas sino por la utilidad que prometen; y en el segundo tenemos hombres-cosa que suponen que las cosas son valiosas por sí mismas y se esclavizan en pos de ellas. Como quiera, el valor de las cosas aparece como esa dimensión de lo que puede o no estar en las cosas: porque veo que sirven o porque me pongo a su servicio.

Portilla también alude a valores en cuanto a la libertad. Y dice de ella que es nuestra, inevitable y constante; somos libres toda vez que el plan de vida siempre apunta a alguna parte. En esa trama somos medios y fin, o buscamos infatigablemente que el fin aparezca para encontrar los medios que nos conducen a él. ¿Dónde está el valor? Valioso puede ser el fin en sí mismo (que el niño de la calle reciba un techo; que el ingreso se reparta con equidad), y los medios han de potenciar la consecución del fin. Por supuesto que esos medios podrían ser o no valiosos; la contingencia con la que ese nexo se da (el valor medio en relación al valor fin) es de tal magnitud que ahora no la analizaremos. Ya Villoro ha dicho en otra parte que los actos que se concatenan para llevar a un fin pueden ser descritos, y según el modo como se describan será el nexo, la relación o el anudamiento de medios a fines. Por decir algo, si Juárez describe la muerte de Maximiliano como un medio para restaurar la República, entonces el medio en sí mismo no es un asesinato sino un acto de justicia o pena de muerte sancionado por leyes; y si lo hubiera descrito como el encono contra un hombre iluso y frívolo habría sido un homicidio. Para Portilla lo importante es que los medios potencien el despliegue de los actos que hacen posible el fin. Si tenemos al alcance la posibilidad de elegir esos medios, entonces tenemos la libertad de actuar de acuerdo a ellos por haberlos elegido.

El valor de la libertad presenta entonces dos caras: soy libre de elegir los medios, y soy libre de actuar conforme a ellos o a los actos que originan en aras del fin que busco. Todo buscar va de la mano con el plan de vida y mis proyectos; lo que interesa es que estoy haciendo,lo que, hasta donde sé, me lleva al fin que persigo. La libertad en ese caso se vive como liberación si permite dejar atrás la impotencia: me libero de la mujer que deseo porque no me corresponde; me libero de un trabajo donde no se me paga lo que creo merecer; pero me libero en ambos casos porque logro evitar los actos referidos al plan de vida que se incluye en cada uno de esos casos; logro evitarlos por medio de un rechazo o renuncia a la realización de esos mismos actos, al superar, evitar, dejar atrás lo que me perturba. En el primer ejemplo, me libero de ella si -le pido que salga de mi vida o dejo de buscarla; entonces no tendré que hacer todo lo que debería ser "hecho" con el Fin de "pasar momentos a su lado". En el segundo, renuncio al trabajo para no tener que realizar los actos que apuntan a fines que ya no me importan. La liberación es negación del otro para recuperarme a mí mismo; es el no a lo que lacera, de modo que no haya que actuar lo que apunta a fines que ya me son ajenos. Sin embargo, mientras me importe el fin me importarán los medios que a él conducen; y, generalmente, si el fin es valioso también lo serán los medios (admitiendo el maquiavelismo a veces indeseable, o siempre insoportable). En el valor de la liberación se niega lo que daña; y en el valor de ser libre se actúa persiguiendo un fin concreto. El sujeto siente que está haciendo lo que mejor le lleva adonde espera llegar. Si quiere ser filósofo de seguro leerá, acudirá a conferencias, dictará pláticas y vivirá asumiendo la angustia de no saber o de no entender de acuerdo a respuestas puntuales. Pero al ir viviendo va realizando el objetivo, y su vida se le muestra así valiosa. Muchas veces decimos de una mujer que es valiosa porque vemos que hace lo que es coherente con sus pretensiones. Y si no lo logra, pero lo intenta; si pretende pero no actúa; si dice ser lo que ni pretende ni actúa; cada una de esas situaciones determinaría una calificación distinta.

Los valores ideales son nuestras metas. La meta es por sí misma un ideal a alcanzar, y, huelga decir, jamás logramos ser esa meta porque mientras estamos vivos tenemos que ir de atrás hacia adelante en pos de ella misma. Si diario me levanto a las seis para llegar a clase de siete, y todo el semestre lo he conseguido, se podría decir que soy un profesor que "cumple", pero en tanto siga enseñando (que espero lo sea por mucho tiempo) evidentemente mi ser cumplidor vuelve a postergarse como una meta por alcanzar: quizá el próximo semestre ya no llegue a tiempo porque me vuelvo loco o ya no me interesa, o simplemente hay más problemas en ese macizo principio de realidad que me impiden el logro de mi objetivo. Es claro que no quisiera que pase nada de lo que dije arriba, y una vez que fui puntual me planteo como meta serio también mañana; de forma que -arguye Portilla en ese ser para sí, ser proyecto, el valor ideal es un "nunca alcanzado", siempre trazado como perfil al que apunta la vida. Ya muerto se sabrá si Orozco cumplió o no; y al jubilarme me habrán eliminado para, simbólicamente muerto, decirme en vida que sí cumplí. Por eso la gente hace homenajes. A la gente le encanta que le digan "mira viejo, ya te vas a morir pero has hecho lo que buscaba?, o ¡Caray, hermano, felicidades! has vivido de acuerdo a tu pretensión, sigue así (pero no por mucho tiempo). Homenajear a un joven que apenas empieza es crear el asidero del mayor de los insultos, la infamia de hacer famoso al infame que aún no vive. Dar un premio de poesía a un muchacho que tiene 20 años es como decirle: de aquí en adelante tienes dos caminos; o sigues ganando premios o te olvidamos con desconsuelo pensando que ya nunca fuiste el mismo. En cualquiera de los casos lo estamos matando, fusilando.

Los tres valores mencionados son suspendidos en el relajo, ya no queda más que el estrépito porque ni importa para qué sirven las cosas, ni estoy a servicio de nada sino de la nada misma, y menos aún me ocupo de proyectos personales, liberaciones o estados de idealización. En el relajo puede suceder que mi novia me esté diciendo que me quiere y mi amigo diga "sí, pero para sacarle todo su dinero comenzando una pachanga de bromas y risas que hasta el querido se siente contagiado, y luego ella misma: todos ponen en suspenso el valor en sus tres registros pues ya amar no es algo ideal, ni se libera nadie de nada y las cosas que llevan al matrimonio de esa pareja o que están al servicio de su querer se vuelven baladíes.

Lo que me parece luminoso del argumento de Portilla es que el relajo despersonaliza, elimina valoración, genera series colectivas de bromas burlas ironías -sarcasmos- risas, y culmina por lo común en el gozoso estado del no hay culpables. Lo mexicano es el relajo si tomamos los siguientes ejemplos donde nadie hace lo que debe; donde todos aprovechamos la oportunidad para ser mediocres, pero en bonche, en masa, encimados irresponsablemente, hacinados en quehaceres sin dejo de seriedad. Se hace "San Lunes o San Martes o Santa Semana porque somos muy religiosos "se carcajea uno de la actuación del otro, y todos ríen", "nos empujamos a patadas, codazos, pestíferos, rumiantes, acalorados en vagones de metro y en vilo cargamos al otro para que flotando baje donde no quería bajar "el zapatero pega mal los zapatos, o el mueble se deshace porque los clavos son chafas, y la chafaldrana se usa para remediarlo todo en la medida en que acá todo lo componemos, hasta lo que hemos descompuesto, faltaba más; y la quiero mucho pero mi secre está que para qué te cuento porque, sabrás que soy muy católico pero esos jijos se me van para la calle mañana mismo pues, amados hermanos yo que hablo de los pobres compatriotas de mi país no dejaré el poder sin dinero, claro, es preciso hacer colas, meterse a la fila, simplificarlos trámites, hacer barullo porque ¡chale, baajaatec hijoooo, qué no ves?!", y en ese deshacernos en bromas y brumosas burlas lo único que nos parece fundamental es que nadie, ¡oh! grato ninguneo, pero nadie tenga valor e importancia. Nuestro relajo llega al colmo de que nos sentimos en onda cuando estamos relajados. Y lo más curioso es que la misma palabra "relajar" parece que alude a jalar de todos lados ablandando, aligerando cargas; es muy mexicano decir que si bien nos equivocamos ya después lo arreglamos porque el sentido del valor no arraiga directamente en la conciencia como entidad introyectada que de modo irrecusable nos vive, nos lleva o conduce. Sí, pues. Hacemos cosas, pero la organización de nuestras vidas contrasta mucho con lo que haríamos en otro lugar: tal vez no nos pasemos el alto en otro país; quizás seamos decentes en una fiesta con amigos en Londres o en un posgrado en Estados Unidos, probablemente estudiemos horas y horas para lograr apenas un ensayo respetable (algunos dirán que acá en el ITAM así les pasa, pero se las arreglan para sacar copias, hacer resúmenes, fusilarse apuntes o llegar tarde diciendo "mi coche me dejó tirado, prof. y no falta quien reprucba a medio mundo por hacer campanas', no de catedral, sino excátedra).

La cuestión del relajo lleva a la tristeza. Aclaro: la tristeza en la que estamos nos vuelve relajientos. Casi diría que la entraña de nuestro ser mexicano es evitar a toda costa la tristeza que nos baña, surca, puebla, rodea, desalienta; como corteza que habremos de sacudir todos los días en varias formas. Ese dolor que nos construye desde dentro se desfoga en el "claxonazo" de insulto al otro, en el cierre de puerta que te imponemos al inferior, en el lenguaje devaluatorio que usamos con nuestra gente; se desahoga lanzando mentiras y mentiras que de manera siniestra terminamos por creernos; es un cuento que narramos para que la fantasía se harte de soñar, aceptando así la crudeza vil de nuestra realidad insondable.

Si nuestra vida es un precipitado de dolores, el humor los suspende -al menos por un momento- promoviendo la risa. Es una risa que alivia de la pena, no porque la desaparezca o aniquile sino porque busca el valor: atrás de esa muerte que me pesa aún puedo reírme de otras cosas apuntando a valores que recobran la dimensión de importancia o seguridad de mi vida. Si uno llora la muerte de un ser querido, quizá pasen algunos días de duelo, y, al cabo de las penas, utilizando el humor alguien podría decirle: "¿Qué pasó contigo? Si sigues así va a bajar papá a jalarte los pies amarrados en tus mocos" y la risa le dibujará el rostro. Eso es humor, eso alivia algo de la pena.

Entre la tristeza donde los valores son obsesivamente incisivos, donde se vive recordando todo el tiempo que las cosas son demasiado importantes como para soslayar la cara gris, negativa, dolorosa de lo que se vive, atrás de esa constelación excesiva de valores que pesan con harta seriedad, hay - ¿cómo podría no ser así? - una caída al pesimismo sin salida: es triste porque piensa "para qué hablo, si de todos modos no me hacen caso" o "¿enamorarme de nuevo? Eso suena bien mientras no me engañe o desengañe". Y es que el hombre triste piensa que del mundo de valores queda excluido el valor alegría, o pasatiempo, o entusiasmo, ese peculiar modo de sentirse feliz. Los dolores se abaten como cualidades en la vida cuya atribución ni siquiera viene de los otros: uno mismo se adjudica las penas y ve a través de su vivir el dolor decantado que cae encima. Es un ser miope para las cualidades gozosas de su ser; es un ser que se sabe constituido por y para la pena. Penar es ir cayendo en el dolor como castigo merecido o inmerecido; castigo que se debe asumir o padecer. Pero dolor de saber que eso que se sufre no tiene, en verdad, remedio. Si algo pierde el hombre triste es el humor.

Sin embargo, el humor perdido de la tristeza no es la melancolía. En la melancolía morimos. Todos los ingredientes de la vida desmotivan y, entonces, el hombre se siente atrapado en caminos sin salida porque ya nada le importa, nada le resulta interesante. El melancólico ha perdido ominosamente lo más importante; ha perdido la esperanza. Generalmente, la tristeza se alivia en el humor y muchas veces el tiempo cura de ella para devolvernos la instancia de la gracia risueña; pero la melancolía no se cura nunca, jamás el humor la saca de su aposento pues el melancólico vive dentro de los límites de una pena que no ha de resolver. Por eso el humor aparece como ridículo ante la melancolía. Se llama humor a la risa que nos saca de la tristeza; se llama ridículo al humor que pretende sacarnos de la melancolía. La primera tiene remedio; y la segunda mata, irremisiblemente.

Lo mexicano se inscribe como tarea de relajo cuando ante la carga de tristezas acumuladas el pueblo rebasa la instancia del humor y estalla en paroxismo, locura, irresponsabilidad de fiesta, grito, tiempo perdido, pachanga y burlas, bromas, ironía, chistes o choteos sumados en retahila sin fin; todo para desfogar esa pena que como castigo deriva de colonialismos, dictadores, presidencialismos autoritarios, y, recientemente, de la entrega de la soberanía a intereses económico - políticos ajenos. Paradójicamente es muy mexicano reírse y cantar. Pero si examinamos el troncal de esa risa y el modo del canto, veremos un pueblo que se expande en jolgorio de olvido o se contrae en canciones de ardor, resentimiento y romanticismo adoloridos. Es menester entrar al humor para aliviarse; y cuando ya ni el humor basta -porque la pena que cargamos es enorme - sólo hay una forma de espantar la tristeza: el relajo. Somos, los mexicanos, un pueblo con valores en vilo porque o nos pesan demasiado en nuestra pobreza, inequidad, vasallaje imperial, fealdad ecológica, amiguismos y dificultades para vivir; o dejan de pesarnos porque, sin pasar por el humor mesurado, explotamos la fiesta de la carcajada donde a nadie le importa nada.

Algunos conservamos el humor por lo tristes que estamos al ver a nuestra gente. Mientras aún podamos hacer eso reír mesuradamente - sabremos ponderar el peso de los valores sin cancelarlos, y, al mismo tiempo, sabremos hacerlos a un lado para restarles gravedad excesiva. Seremos semblantes tristes, pero con esperanza. Lo peligroso sería un pueblo que únicamente pudiera salir de su pena gritando, porque eso remeda el estado del parto donde, ante el terror del mundo, sólo cabe llorar, y ante el tono del llanto caer irresponsablemente en el cinismo.

"Del relajo a la tristeza" es un camino: está triste, ríe humorosamente; ya no ríe, agudiza su pena; y cuando ésta es enorme - rayando en melancolía estalla en relajos sin Fin. Un pueblo que oscila del relajo a la tristeza, y de ésta al relajo es un pueblo apurado, desesperado. Sus esperanzas se presienten disminuidas porque sabe lo que debe o debería tener y ve que eso mismo es lo que día con día le está faltando.


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