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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1993-1994

SENTIDO HUMANISTA DE LA UNIVERSIDAD EN EL NUEVO MUNDO*

Author: Manuel Olimón[Nota 1]


*Relación leída en el Congreso Internacional de Universidades, Madrid,

Tal parece que el hombre sólo puede mirar su interior y reconocer su vocación y su destino abriendo los ojos al mundo, formulando preguntas nacidas de su innata curiosidad, admirando con el corazón lo nuevo, lo brillante, lo bello y lo valioso.

Por estos senderos va trazándose la senda universitaria. Haciendo penetrar el brillo del espíritu en la dura piedra y dándole la oportunidad de ser fuente y lámpara, la oportunidad de leer y escribir los enigmas del mundo.

Tal parece, pues, que el sentido humanista de la universidad, de su gente y de sus quehaceres es su ser mismo. Buscar, comprender, explicar y proyectar al hombre es el motivo de su presencia en el universo. Así lo han entendido muchas generaciones de uno y otro lado del océano.

Volviendo en esta ocasión la mirada, con propósito de futuro, a la fuerzade la presencia universitaria en el mundo que los europeos de hace cinco siglos llamaron "Nuevo invito a seguir el camino de unos amigos que, en 1554 hicieron un recorrido por la que ya era entonces orgullosa capital de la Nueva España. Irá surgiendo ante nosotros, de la cotidianidad, la profunda idea de la universidad y su arraigo para la comprensión cabal de la vida misma, de sus dones y de sus talentos.

Una mañana de 1554, un hombre de apellido Mesa, vecino de la ciudad de México, acompañó a su amigo Gutiérrez, recién venido de España, a realizar un paseo. Sus pasos, entusiasta y juvenilmente asentados sobre las bien hechas calzadas, los condujeron a la Universidad, la que apenas poco más de un año antes había iniciado sus cátedras y sería conocida como la Real y Pontificia Universidad de México. Los paseantes comprobaron, más que la grandeza de los edificios o la extensión de la biblioteca -la había apenas incipiente - la hondura del quehacer universitario en es tierra nueva. Quizá contemporáneamente al diálogo de Mesa y Gutiérrez, Fray Alonso de la Vera Cruz estaría releyendo el texto mateano: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dio? en esas aulas y asentando las bases a través de su Relectio de dominio infideflum et de iusto bello, del suave dominio que el Rey de España había de ejercer sobre sus nuevos súbditos.[Nota 1]

Siguiendo el trazo de la conversación de los amigos, para la que tenemos como guía los Aliquot dialogi o Diálogos latinos a la manera de Luis Vives de Don Francisco Cervantes de Salazar, impresos en México en 1554, damos con la admiración indagadora ante lo nuevo que nos introduce en una construcción universitaria que pondera más lo cualitativo que lo cuantitativo. Los Diálogos de Cervantes no sólo representan el primer libro de texto de retórica latina del Nuevo Continente, son una compañía penetrante para nuestra búsqueda del espíritu universitario en esa realidad ahora lejana -la novohispana - que se asentaba. Mesa y Gutiérrez, al dar comienzo a su camino, saben que el conocimiento se obtiene a partir de la indagación curiosa y que lo propio se valora y pondera más cuando se relaciona con lo que no pertenece a lo cercano. Gutiérrez quiere ver cosas nuevas (Mesa lo define como "amigo de ver cosas nuevas"[Nota 2] y Mesa sabe que avanza en conocimientos al enseñar lo que resulta nuevo a su interlocutor: "al mostrarte lo que no has visto, aprenderé lo que deseo saber". [Nota 3] De cuerpo entero aparece, desde este comienzo, el valor del diálogo, deja mayéutica, a fin de abrir los arcanos de la naturaleza, del hombre y de la historia.

Gutiérrez sienta cátedra:

Nada es tan natural al hombre, y así lo dice Aristóteles, como sentir una inclinación innata e irresistible a adquirir la sabiduría, que por abarcar tantas y tan variadas materias, nos encanta con su variedad. En ésta se complace igualmente la naturaleza, produciendo sin cesar cosas tan diversas y, por lo mismo, tan gratas a los hombres. Y como la variedad atrae y detiene la vista, así el ánimo se fija en lo que percibe por primera vez, fastidiándole infaliblemente la repetición de lo que ya conoce. Dígote todo esto para que entiendas, que no la codicia, como en muchos sucede, sino el deseo de ver cosas nuevas, es lo que me ha hecho atravesar con tanto peligro el inmenso océano. [Nota 4]

de Joaquín García Icazbalceta (1875, México), reproducidas con notas de Julio Jiménez Rueda: F. Cervantes de Salazar, México en 1554, 1964,3, México, UNAM, (Biblioteca del Estudiante Universitario, 3). A sus páginas remito. He tenido a la vista la edición de 1875 en latín y castellano.

Esa "inclinación innata e irresistible a adquirir la sabiduría", centra sin duda la apertura humana a contemplar y tratar de comprender la variedad presente en la naturaleza. Es más, lleva a encontrarle su unidad y armónica consonancia.

En el texto que leímos se acerca también a nosotros la motivación humanista que indudablemente habría de purificar el sentido de la travesía trasatlántica y abriría horizontes de serena bondad a los habitantes de la Nueva España. Cuando Mesa le muestra a su amigo el edificio de la universidad: "ése con tantas y tan grandes ventanas arriba y abajo.[Nota 5] Gutiérrez, dialogando, despeja una incógnita: En tierra donde la codicia impera - expresa- ¿queda acaso algún lugar para la sabiduría?" Recibe esta respuesta: "Venció lo que vale y puede más".[Nota 6]

La sabiduría, indudablemente, hace mejor al hombre, parece estar destinada a pulir la rudeza y la aspereza, Si en la Nueva España existen hombres "que estiman las cosas en lo que realmente valen, y no toman las víles por preciosas ni al contrario« - dice Gutiérrez - es porque «a éstos que así juzgan, los venció y dominó antes la sabiduría", concluye Mesa.[Nota 7]

En el dintel del recinto universitario, nuestros amigos han dado con la esencia de lo que ahí se vive y con su rotundo significado para la forja de una civilización que parece estar destinada a perdurar. Sabios, que no erudítos, requiere esta tierra.

Cervantes de Salazar, como en su sitio y momento Erasmo y Vives, deja pasar a los labios de sus personajes su propia experiencia y quebrantos, así como sus anhelos y gozos, que no son pocos. Algo se habla de los bajos salarios universitarios, se adula un tanto al Emperador Don Carlos y a Don Hernando Cortés, "una y mil veces dichoso[Nota 8] . Pero, delante de todo, se destacan con nitidez dos características de la oportunísima fundación de la universidad y del oriente humano de su entraña. La primera: los profesores fundadores son padres de las generaciones futuras que brindarán brío y estabilidad a lo que ha empezado a construirse: ¡Cuán larga será su descendencia! Si quien forma el ánimo no merece menos el nombre de padre que quien ha dado la existencia".[Nota 9] La segunda: de tal modo se van entrelazando los saberes aportados en la cátedra, que se va formando una cosmovisión que, partiendo de la variedad, se eleva hacia la unificación luminosa. Están presentes las ciencias concernientes al lenguaje y al raciocinio, que guían a las demás [Nota 10] se lee derecho civil y canónico'[Nota 11] En un maestro, Juan Negrete, "asombra su saber en filosofía y matemáticas y porque nada le falte para abrazar todas las ciencias, tampoco ignora la medicina . Pero[Nota 12] cuando habla de Fray Alonso de la Vera Cruz, catedrático de prima de teología, se une a la calidad de la ciencia la de su vida: "es un varón cabal, y he oído decir que le adorna tan singular modestia que estima a todos, a nadie desprecia y siempre se tiene a sí mismo en poco". [Nota 13]Suavemente las dos líneas unidas que han de constituir a la universidad están aquí presentes, si observamos con atención: la comunidad compuesta por la universitas magistrorum et scholarium y la representada por la universitas scientiarum, ser y tarea de una preciosa comunión -la esencia del ámbito universitario- de bienes científicos, morales y personales.

El modelo de Salamanca está en el telón de fondo de la universidad mexicana, pero no es ésta repetición de aquélla. Gutiérrez le describe a Mesa la grandeza salmanticense: "Casi desde que amanece hasta que anochece se dan sin intermisión lecciones de todas las ciencias"[Nota 14] y exclamando su rotunda alabanza al ateneo hispano, no la escatima al formular sus augurios al mexicano: Yo hay en Sicilia tanta abundancia de trigo como en Salamanca de sabios. Con todo, esta Academia vuestra, fundada en región antes inculta y bárbara, apenas nace cuando lleva ya tales principios, que muy pronto hará, según creo; que si la Nueva España ha sido célebre hasta aquí entre las demás naciones por la abundancia de plata, lo sea en lo sucesivo por la multitud de sabios."[Nota 15]

La erudita indagación de José María de Eguiara y Eguren en su Biblioteca Mexicana" del siglo XVIII sobre lo que ya era pasado ilustre novohispano, prec edida por los apuntes de Sigüenza y Góngora y de Lorenzo Boturini, habrían de suscribir el anhelo de los Diálogos de 1554: la tierra mexicana no sólo era conquistada, era también pensada desde las ciencias del hombre y desde la teología.

Universitas magistroruni et scholariuni, Universitas scientiaruni, repetimos un poco irreflexivamente al hablar de los principios históricos de la universidad en Occidente. En los orígenes novohispanos estas realidades, que no expresiones, fueron vida y servicio al asentamiento de su perfil humano, en ese único mundo sub coelo, bajo el cielo. [Nota 16]Diego José Abad, jesuita desterrado en Italia haría alusión a sus raíces definiéndose: sub mitissimo coelo natus, nacido bajo un suavísimo cielo.

Nuestra excursión en compañía de Gutiérrez y Mesa nos ha puesto en contacto con hombres, cátedras e instituciones fundadoras. Pero, al continuarla, llegaremos a percibir la irradiación universitaria, útil y necesaria para la manera de comprender e mundo, para dar con el enlace arquitectónico de la civilización que se levanta y, sobre todo, para encontrar su dinamismo de futuro, lo que le da carta de ciudadanía en el espacio y en el tiempo.

Otro día del mismo año de 1554 siguiendo al Maestro Cervantes lo imaginamos despejado y ameno - dos vecinos de la capital de la Nueva España, Zuazo y Zamora, acompañan en un prolongado paseo ecuestre a Alfaro, forastero, y le muestran la fisonomía admirable y admirada de la traza urbana y de su gente. Es todo tan variado, tan sorprendente, tan sereno en medio de la aparente confusión, que el pausado eco de las herraduras es pedagogía sonora para quien descubre aquello. El día entero se pasa, con el obligado intersticio tan español y tan mexicano de la comida, recorriendo el cinturón central de la ciudad y sus alrededores de viento fresco, suave y saludable. Cuando se llega al Final de su camino, se percibe, sobre México, un cierto aroma de perennidad; éste edifica en el espíritu de Alfaro, pero también de Zamora y Zuazo, la convicción de la bondad de la civilización que ha surgido.

Repasando estos renglones impresos en el siglo XVI, podemos encontrar la cercanía que, sin forzamientos etimológicos se expresa en los conceptos urbs, civitas y universitas. En ese México de entonces, los canceles que limitan el recinto académico no coartan la irradiacion humanista; ésta se extiende, sin murallas, por los canales, las calzadas, los prados y hasta la falda de las montañas.

Cervantes va uniendo la observación de las implantaciones arquitectónicas a la de los componentes humanos de la sorprendente república -hoy diríamos sociedad - que ha surgido. La arquitectura que une con el ser del hombre y del cosmos todo lo que admira y goza el ánimo, compone un cuadro corno los mejores de la tradición humanista del siglo XVI. Si, atendiendo al índice de la Physica Speculatio de Fray Alonso de la Vera Cruz, vamos del conocimiento de los elementos del compuesto mundano a los del ser del hombre, al leer nuestro diálogo vemos que por los caminos de México de los cuatro que componen el universo - la tierra, el fuego, el agua y el aire - los dos últimos, los más sutiles y perfectos y, por tanto, los más aptos para expresar la armonía y el equilibrio, se enfrentan explícitamente al lector, dándole sentido a la tierra y al fuego escondido.

Cabalgando en la amenidad plácida del bosque de Chapultepec, lugar de recreo público hermoso por su frondosidad y fábrica" [Nota 17] al llegar a una fuente, la compara Alfaro eruditamente con las de "Cabura, Cifusa, Agapine o Clitoria tan celebradas por los escritore?.[Nota 18] Zamora convierte la erudición en sabiduría al aplicar la ciencia al agua de esa preciosa fuente: "Si como parecen pensarlo Avicena e Hipócrates, la mejor agua es la que más se asemeja al aire; la que cuece en menos tiempo las legumbres y, en fin, la más ligera, entonces no hay ninguna preferible a la nuestra."[Nota 19]

El agua corre y fecunda libremente el aposento de la ciudad, el viento le da salud. Pero la admiración de Alfaro se dirige a descubrir en ella un "microcosmos eso "que los griegos dicen del hombre". Puesto en lo alto, ve el espacio completo de la urbe mexicana y describe exclamando:

¡Dios mío!, qué espectáculo descubro desde aquí; tan grato a los ojos y al ánimo, y tan hermosamente variado, que con toda razón me atrevo a afirmar que ambos mundos se hallan aquí reducidos y comprendidos, y que puede decirse de México lo que los griegos dicen del hombre, llamándole microcosmos, o mundo pequeño. Está la ciudad toda asentada en un lugar plano y amplísimo sin que nada la oculte a la vista por ningún lado. Los soberbios y elevados edificios de los españoles, que ocupan una gran parte del terreno, y se ennoblecen con altísimas torres y excelsos templos, están por todas partes ceñidos y rodeados de las casas de los indios humildes y colocadas sin orden alguno, que hacen veces de suburbios, entre las que también sobresalen iglesias de tan magnífica construcción como las otras. Y es tanto el terreno que ocupan las habitaciones de indios y españoles que no es asequible cerrarle con muros. [Nota 20]

Ese "microcosmos" es, sin temor a equivocarnos, la amalgama del Nuevo Mundo, la ciudad abierta, sin murallas, que acoge, que silencia violencias, que apaga con sus vientos los fuegos del odio y los resentimientos. Los humanistas no partían del conflicto y la contradicción, anhelaban la síntesis.

Hay en el ser de las ciudades algo que llama al orden, algo que implanta la concertación y la convivencia. Esto es descubierto por los paseantes, ante quienes se devela la composición de la ciudad, sus órdenes y sus cuidados. Los soberbios y elevados edificios de los españoles" son de los "vecinos nobles, y entre ellos algunos de los que sujetaron al dominio del emperador estas regiones desconocidas a los historiadores: Cervantes, Aguilares, Villanuevas, Andrades, Jaramillos, Castañedas, Juárez, otros Avilas y los demás que sería largo enumerar."[Nota 21] Los indios son descubiertos sobre todo en el mercado, en lo que llaman "tianguis". Abriendo los ojos Alfaro ve esto: "Es tal la abundancia de barcas, tal la de canoas de carga, excelentes para conducir mercancías, que no hay motivo de echar menos las de Venecia. Allí cerca, y frente al tercer lado, tienen los indios un amplísimo mercado, en cuyo centro tocan una campana puesta en alto... ¡Qué orden guardan los vendedores y cuántas cosas tienen, que nunca vi vender en otra parte!"[Nota 22]

La miseria humana asoma, con todo, al dar con los "mestizos". Dice Zuazo: Enfrente queda el colegio de los muchachos mestizos dedicado a uno y otro San Juan." Responde Alfaro: "¿A quiénes llamas mestizos?" A lo que vuelve a responder Zuazo: "A los hispano indios." Explícate más claro", replica Alfaro. Expresa Zuazo: "A los huérfanos, nacidos de padre español y madre india."[Nota 23] Pero llevan la conversación a más profundidad: en el colegio leen, escriben, y lo que importa más, se instruyen en lo tocante al culto divino... Los dotados de ingenio claro se aplican a las artes liberales y los que, por el contrario, carezcan de él, a las serviles y mecánicas; de modo que creciendo la virtud con la edad, cuando lleguen a ser grandes no les harán obrar mal sino por fuerza". [Nota 24]

De la mano del primer maestro de retórica latina en la Universidad Mexicana, hemos andado caminos viejos. Pero son, me parece también caminos nuevos, sugerentes para esa inacabada búsqueda de la universidad a la medida del hombre".

La universidad acompañó el intento de síntesis y de armonía de la compleja sociedad que se formaba en la Nueva España. Entrelazando Va religión y las artes ", como entonces se decía, se puso al servicio del futuro y, si bien, en el desenvolvimiento de éste, ni la vida civil conservó la quietud ni la vida universitaria su calidad abierta y crítica, el ideal urbano, civilizado y de vocación universal fue echando raíces profundas y manteniendo en lo alto una utopía serena y valerosa.

El mundo europeo no podría ser igual después del descubrimiento del "Nuevo". Su vocación era alterar e invitar a una mayor profundización del cosmos y de la huella del ser humano en él. Si los humanistas fueron optimistas en demasía frente a su mensaje, esto es culpa del asombro.

En el texto al que he invitado a acercarnos hay indicios de que el mundo era uno, de que la herencia clásica, la de Grecia y Roma, lo hispánico - también visigodo, mozárabe y sefardí- así como lo indígena eran también, juntos, una cultura siempre en forja y en diálogo. Aquí he citado en castellano, pero la palabra latina nos muestra el enriquecimiento y la fecundación mutua de las culturas que hemos aprendido a nombrar en plural. Cuando se admira Alfaro de los novedosos frutos que se ofrecen en el mercado de los indios, Zuazo inventa términos latinos: Quae terra suggeiit: agi, frisoles, aguacates, guaiavae, mame¿ zapotes, comotes, gicamae, cacopnitae, inizquites, tunae,gilotes,xocotes et alii id genus fructus.[Nota 25]

Ese hombre uno, esa humanidad una, le dan sentido a la dedicación universitaria en todos los tiempos. Los que ahora corren en estas cercanías del final del milenio -guardando toda proporción - de muchas maneras apuntan hacia un "Nuevo Mundo",

La convicción de nuestros antepasados universitarios era evidente y lúcida, atentamente descubridora. Podemos vislumbrar su interior trayendo al final de esta exposición el comienzo indagador de la Crónica de Nueva España escrita por nuestro ya conocido Francisco Cervantes de Salazar:

... pues es cierto no haber más de un mundo y ser vanas las opiniones de algunos filósofos que creyeron haber muchos; y así Aristóteles en lumbre natural probó ser uno y no muchos cuando escribió De Coelo et Mundi, llamando mundo a todo lo que el cielo cubre; lo cual es causa de que, no con verdad, estas tierras descubiertas, por muy anchas y largas que sean se llamen "nuevo mundo". Porque entre otros grandes argumentos y razones que en lumbre natural convencen al hombre a que crea que hay un solo Dios y no muchos, un universal principio de todas las coas y no dos... es la unidad que todas las cosas creadas tienen; perdiendo la cual luego se deshacen todos los materiales que en el edificio están proporcionadamente unidos. Una cosa obran y hacen que es la morada y entonces se deshacen cuando son divisos y no tienen en sí unidad, de donde es que una sea la naturaleza angélica, una la naturaleza humana y así uno el mundo. [Nota 26]

Si ahora nos atreviéramos a levantar los ojos al cielo, éste nos seguiría deletreando el derrotero de una vida fecunda. Ya lo expresaba el salmista en su plegaria:

"...¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?

Apenas inferior a un Dios le hiciste coronándole de gloria y esplendor" (SaI 8, 5s).


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