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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1993-1994

1. ¿Qué había antes de 1989?


Suena tan banal, que hoy se suele olvidar. Alemania no sólo estaba dividida en dos Repúblicas. Los dos Estados alemanes pertenecían a sistemas totalmente distintos. El muro y las alambradas de púas resultaron eficaces. No sólo evitaron que los alemanes del Este huyeran hacia el Oeste. También bloquearon la vista en dirección Este a los del Oeste. Cada quien vivía para sí mismo. En otras palabras: la división de los ochenta millones de alemanes en dos sociedades es un legado de la división y no una consecuencia de la unificación estatal.

Uno se había hecho a la idea de la división, al menos en la rica Alemania Occidental. De su carácter transitorio inicial, la república de Bonn se había convertido en un Estado estable mucho tiempo atrás. Aunque carecía de identidad nacional, tenía una legitimación propia: no sólo los conservadores, también los liberales y los de izquierda iban aceptando cada vez más la fórmula de un "patriotismo constitucional germanoccidental en términos de un Estado de derecho liberal. Y una "democracia distributiva" aliviaba los conflictos sociales gracias a un bien desarrollado sistema de bienestar. La gente vivía bien y a gusto en Occidente. Se sentía mucho más cercana a Francia, España e Italia que a los lejanos hermanos y hermanas del desconocido y sombrío país detrás del muro.

Muy distinto era el estado de ánimo en el Este. Cierto, también en este caso, la gente se había hecho a la idea de vivir con la dictadura del partido socialista. No se vivía en la desdicha pero sí en el descontento. Al igual que en el trabajo, el colapso económico de la R.D.A. se hacía evidente al mirar en las vitrinas de los comercios. Tanto la crítica abierta como los viajes a Occidente estaban prohibidos. La gente se retraía en la vida privada, en círculos de amistades y en la familia. Y millones de ciudadanos de la R.D.A- se sentaban frente al televisor, a más tardar a las ocho de la noche, a ver las noticias y programas de entretenimiento de Alemania Occidental. Esta "huida mental por encima del muro idealizaba a Occidente y alimentaba su sensación de que los alemanes del Este eran los únicos que tenían que pagar el precio de la Segunda Guerra Mundial y de la división de Alemania: tampoco en el Este se sentía una ansiedad de pathos nacional ni de renacimiento de un Reich. Pero, a diferencia del Oeste, se mantuvo vivo el objetivo de reunificación. La reunificación, que era sinónimo de una vida más libre y mejor. Era el tan ingenuo como comprensible sueño de la occidentalización del Este.

Así, fueron dos mundos los que se abrazaron a la sombra del muro el nueve de noviembre de mil novecientos ochenta y nueve. Gente extraña celebró conjuntamente, no digamos la unidad de un pueblo y de una patria, sino el momento de una liberación. Los unía la euforia del momento y no un espíritu nacional. Algo tan simpátíco como falto de ideología.

Pero la política no supo aprovechar el entusiasmo del nuevo comienzo, sobre todo el gobierno de Bonn dio la impresión de que la caída del muro había sido un regalo de la historia, más que un desafío común para Este y Oeste: se prometió todo a todos. De nadie se pidió sacrificios: el canciller Kohl profetizó a la gente del Este "paisajes floreciente?, mientras que al Oeste nada o muy poco le habría de costar tal primavera. Lo que se sembró entonces en esperanzas irreales puede verse hoy crecer en todas partes como decepción y amargura.

El caso más serio de la República se convirtió en pelota que se aventaban los partidos de Alemania Occidental. A corto plazo esto incluso dio resultados. Las sucursales de los partidos de Bonn ganaron en las últimas elecciones parlamentarias de la R.D.A., en marzo de mil novecientos noventa, cuatro quintas partes de los votos. Un claro mandato del electorado para unificar los dos estados a la mayor brevedad posible. Pero, a diferencia de Berlín-Este, donde los demócrata-cristianos, liberales y socialdemócratas formaron un gobierno de coalición, en Bonn la política de la unidad fomentó la polarización de los partidos. El motivo era evidente: a finales del año se celebrarían elecciones parlamentarias en Alemania Occidental.

Confieso que estoy simplificando las cosas. Pero la presión sobre el acuerdo de esta fecha electoral dividió a los partidos de Bonn, en momentos en que la unión habría sido lo indicado. En esos días se cavaron zanjas que hasta hoy no se han cerrado. Lo peor de todo fue que, como resultado, se creó una contradicción entre el sentido común económico y la habilidad política. Por un lado, el líder de la oposición socialdemócrata Oscar Lafontaine, advertía contra un desempleo masivo en el Este y una injusta distribución de las cargas en el Oeste. Sin embargo, su populismo germanoccidental le acarreó una inmensa impopularidad en Alemania del Este. Por su parte, el canciller Helmut Kohl se perfiló como figura de identificación nacional; habló optimistamente haciendo caso omiso de las advertencias de los economistas.


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