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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1993-1994

4. Historia y religión


Un lugar común no es necesariamente falso. Llamar la atención sobre el hecho incuestionable de que Lucas Alamán funda la historia patria en una tradición y no en una epopeya, es reconocer lo específico de su razonamiento histórico. Para Alamán la historia de México tenía sentido en la medida que quedase inscrita en una continuidad de las formas culturales y políticas que arrancaba con la Conquista y que llegaba hasta sus días.

A Lucas Alamán no le interesó una modernidad ajena -valga la paradoja- a la tradición hispánica; demandó una síntesis político religiosa, donde el catolicismo fuese el ingrediente cohesionador indiscutible de la sociedad toda.

Por ello, al analizar la revolución de independencia, se muestra sorprendido de lo que para él es una inconsecuencia profunda de los criollos, que se empeñaban en autodefinirse como herederos del pasado prehispánico, pues la Independencia, por cierto, no se propuso jamás "reponerles [a los indígenas] en sus derechos usurpados por la Conquista". Al contrario, la Independencia la promovieron

Los descendientes de los conquistadores que no tenían otros derechos que los que les había dado esa misma conquista, contra la cual han declamado con una especie de frenesí imposible de explicar, como si fuesen los herederos de los pueblos conquistados y estuviesen en la obligación de vengar sus agravios. [Nota 22]

Hay un probable malentendido en esta caracterización de Alamán de la historia y la política. Alamán pudo ser -como tanto se ha repetidoun católico convencido y un enamuri española. Pero tal afirmación no debe llevarnos a malinterpretar su pensamiento histórico y político. Alamán está mucho más cerca de la real politik que de un conservadurismo ultramontano sin contacto con la realidad. Aún más, no es atrevido decir que Alamán fue un católico que pensó la historia desde una perspectiva extraordinariamente secularizada. Al menos en lo que toca a su Historia pareciera evidente que su reconstrucción de los hechos no tuvo nada que ver con providencialismos ni teleologías. La suya es una historia laica que reivindica la religión, pero que la reivindica, al margen de otra consideración, a partir de la funcionalidad que él le atribuye. No parece aventurado asegurar que a Lucas Alamán le importaba menos el contenido intrínseco de la religión católica, que su eficacia como elemento de unidad y cohesión social.

Sus reiteradas quejas contra lo que llamó lo físico y lo positivo" del siglo XIX fueron, en todo caso, una constatación de lo que a su juicio había sido el peor pecado de la revolución de independencia: el sacrificio "dé aquellos principios que fueron antes el cimiento de la sociedad, y que han venido a quedar reducidos a vanos e insignificantes nombres". [Nota 23]


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