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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1994

FERNANDO SAVATER, EL JARDÍN DE LAS DUDAS

Author: Rafael Rojas


Fernando Savater, El jardín de las dudas, 1993, Barcelona, Planeta, 248 p. ISBN 968-6579-13-3

Cuando Pierre Menard se propuso recomponer al pie de la letra el Quijote de Cervantes creyó que, en vez de estudiar hasta la saciedad el castellano del siglo XVl, leerse toda la narrativa del Renacimiento español, convertirse a la fe católica, guerrear contra moros y turcos, perder una mano en Lepanto y reencarnar en el célebre alcalaíno, era preferible lograr una segunda escritura de aquella novela desde sus propias referencias intelectuales e históricas. El excéntrico escritor de Nimes, imaginado por Borges, definió esta técnica como la aplicación infinita del anacronismo deliberado y las atribuciones erróneas". El mismo texto en coordenadas universales diferentes y ante nuevos ojos debía evocar otra composición y a la vez sufrir otra lectura.

Ahora Fernando Savater reescribe las Memorias de Voltaire escritas por él mismo y sus intenciones son cardinalmente opuestas a las de Menard. La parábola de Borges indicaba que la duplicidad del Quijote cervantino y el de Menard era un espejismo de textos. El paso del tiempo y la apropiación de la obra por otro autor aseguraban la escritura de dos Quijotes enemigos e irrepetibles. La nueva composición y la nueva lectura eran posibles gracias a las huellas de cambio que dejaba la historia. Sin embargo Savater hace hablar a Voltaire con sus propias palabras porque busca el mismo efecto moral o la misma sensación ideológica que dejó el credo ilustrado en la sociedad europea del siglo xvll Es decir, Savater aspira a una coedición total de la lectura voltaireana en los finales del siglo xx como fórmula para revertir cierta "moda antiilustrada". Voltaire redivivo, el texto idéntico y el idéntico mensaje vienen a confirmar una visión congelada del tiempo moral, un presente infinito de los valores, en fin, una idea ética de la historia: «la tierra es un vasto escenario en el que una misma tragedia se interpreta bajo nombres diferentes ... el comportamiento humano ha sido muy semejante en todas las épocas y en todas las latitudes."

En El jardín de las dudas el anciano Voltaire narra su vida y describe sus ideas a través de once cartas apócrifas firmadas durante su retiro suizo en Ferney. Carolina de Beauregard, la destinataria de esta privilegiada correspondencia, es la esposa de un noble español que se muere de aburrimiento en Madrid y para remediarlo hace uso del correo. Voltaire, conciente de que su legendaria figura es motivo de curiosidad y entretenimiento, habla sin medida de su educación jesuita, del libelo contra el Regente Felipe de Orleans que le costó año y medio en la Bastilla, de la estancia en Inglaterra, la pasión por el teatro, los amores con la marquesa de Chátelet, su desempeño como chambelán de la corte prusiana y sus relaciones con Federico el Grande, la polémica filosófica con Leibniz, Rousseau y La Mettrie, los trabajos de la Enciclopedia y su intervención en el proceso judicial contra Juan Calas. Pero entre las escenas autobiográficas aparecen, con una lucidez a ratos inquietante, los principios claves de la ideología voltaireana: el antifanatismo, la concepción laica del Estado, la tolerancia, la religiosidad deísta, la ironía generadora de sentido, la razón incrédula y la imagen moral del mundo.

De manera que la rearticulación de la mentalidad ilustrada propuesta por Savater no se extiende a todo el Iluminismo europeo. No interesa tanto al ensayista vasco recuperar la fórmula del entendimiento de Locke, la sustancia sensorial de Berkeley y Hume, la monadología de Leibniz, el materialismo ateo de Diderot, la utopía pastoril de Rousseau o la arcadia industrial de Condorcet. Tampoco se afana por vislumbrar el origen de los metarrelatos ilustrados de razón, progreso, igualdad y libertad. El destino de su rescate es ante todo la moral pública de las Luces según Voltaire. Conociendo que es éste el tema central de la vasta obra de Fernando Savater no es difícil imaginar el cronotopo o "diálogo entre voces epocales", al decir de Mijail Bajtin, que se establece en El jardin de las dudas. Por eso hay pasajes, como el de la "historia rnoral" (p. 176) o el de la "teología hedonista" (212), en los que el autor de Cándido habla por la lengua de Savater. Así como hay momentos en los que Voltaire parece actuar al estilo de un ventrílocuo del eticista español. Me refiero sobre todo a la inserción de la idea del amor propio como soporte de la benevolencia social (p. 213) y a la semblanza del Voltaire-Olizbudsniaiz que organizó en Ferney un buró de apelación contra atentados a los derechos humanos (p. 229-31).

Sin embargo en las epístolas prevalecen los planos donde convergen y se funden los discursos de Voltaire y Savater. Y al reunir dichos planos en una mirada resaltan dos certezas primordiales: la de que existe una eticidad natural basada en la razón y la tolerancia y la de que el saber y la escritura filosóficos desbordan las academias y los sistemas para articularse dentro del espacio público en forma de "literatura de ideas".[Nota 1] El diálogo y la convergencia se dan con tanta fluidez gracias a que Voltaire ha sido un signo latente o visible de toda la ensayística de Savater. Aquella inteligencia desconfiada, no privada de creencias, y aquel espíritu práctico, no exento de especulaciones, del ilustrado parisino, participan también en el discurrir intelectual que va desde la Filosofía tachada y Nihilismo y acción hasta la Ética como amor propio.

Pero, a pesar de los esfuerzos de Savater por juntar todas sus figuras tutelares en una sola inspiración, resulta difícil conciliar a Voltaire con sus dos referencias cardinales: F. Nietzsche y E. M. Cioran. La crítica de la razón centrada en el sujeto, la desmoralización de la historia y la imagen de la cultura occidental como voluntad de poder hacen de Nietzsche una "plataforma giratoria de la postmodernidad"[Nota 2]. De alguna manera la erección de Nietzsche en enunciado de la episteme postestructural francesa (Lacan, Bataille, Foucault, Derrida, Deleuze, Lyotard ... ) fomenta lo que con hostilidad Savater llama la "moda antiilustrada". Por algo Nietzsche parece estar más enmarcado en la secuela romántica de Rousseau que en la iluminista de Voltaire. Recordemos tan sólo que su nihilismo cultural siempre se desdobla en mitologías naturales, a partir del deseo, ya expresado en el Origen de la tragedia, de que "el Estado y la sociedad, y en general los abismos que se abren entre los hombres, cedan al avasallador sentimiento de unidad que nos devuelva al corazón de la naturaleza".[Nota 3]

Cioran, del otro lado, tampoco es una figura que se registra en la tradición afirmativa de las Luces. El lamento de Job y el horror vacui de Pascal son la respiración de sus aforismos, sobre todo de los que integran Del inconveniente de haber nacido. Cioran percibió la modernidad occidental, definida por la Reforma y la Ilustración, como una "prosperidad de sombras".[Nota 4] Con estoinvertía el trazado histórico de la razón ilustrada y desactivaba los metarrelatos especulativos y emancipatorios. Por eso no creo improbable que de haber leído Voltaire Breviario de podredunibre o La tentación de existir colocara a Cioran detrás de Rousseau en la hilera de los tristes jansenistas y pascalianos. La educación jesuita, la fe racional, el hedonismo y el culto al teatro suscitaban en Voltaire cierta animosidad contra los trances místicos de Pascal y su "apesadumbrado fantasma de nadas conjeturales'', corno diría José Lezama, que se apodera luego de Rousseau, Nietzsche y Cioran.

Sin embargo Savater insiste a coro con Voltaire en que "estamos en una edad de ilustración, pero aún no en una edad ilustrada que la intolerancia y la superstición retroceden en todas partes pero aún distan mucho de estar vencida?. Este juicio, atribuible en justas proporciones lo mismo al siglo xvlll: que a los finales del xx, parece identificar a Savater con la visión de la modernidad ilustrada como proyecto inconcluso de Habermas. Es por ello que con El jardin de las dudas la militancia ilustrada y la positividad moral que dominan la obra de Savater, desde Sin contemplaciones, agudizan más la tensión entre un discurso afirmativo de la ética moderna y sus referencias nihilistas. Pero el fecundo escritor vasco se resiste a la crítica de sus orígenes y quizás se aprovecha de esa hostil y misteriosa complicidad entre su escritura, Voltaire, Nietzsche y Cioran.

De ahí que contrariando el título del epistolario -tomado del aforismo de cioran: "los salones del xvlll fueron jardines de dudas" - las memorias de Voltaire dejan una impresión más cargada de certezas que de dudas. Es muy significativo el hecho de que la última carta, escrita por Voltaire para consolar a la amiga en la trágica muerte de su hijo, no esté dirigida a Carolina de Beauregard sino a Dios. El discurso del escéptico Voltaire se vuelve aquí plegaria ilustrada por la paz, la fraternidad, la industria y los cielos. Quien antes gritaba ¡aplastad al Infame! ahora murmura una oración de gratitud por la existencia humana. Lo que comenzó como desconfianza termina así en credo y el cogito cartesiano acaba reconciliado con la fe pascaliana. ¿Acaso es esta semblanza última de Voltaire una metáfora del discurso moral de Fernando Savater?

Pero no sólo aquí el sujeto de la escritura forma un cuerpo mixto con los discursos de Voltaire y Savater. En El jardin de las dudas no podía faltar un tema recurrente de la geografía ilustrada: el atraso español. La marginalidad europea de España, su asunción fronteriza del proyecto moderno desde Felipe II no sólo fue un enunciado clave de los protestantes en el siglo XVI los ilustrados en el XVIII y los positivistas en el XIX sino que gesto la imagen intelectual de los españoles sobre sí mismos que se dibuja de Ángel Ganivet a María Zambrano, de la generación del 98 a Eduardo Subirats y Rubert de Ventós. [Nota 5]En Voltaire las denuncias contra el régimen fanático e inquisitorial de España lo llevaron a observar allí la sustitución del principio básico del derecho natural: "no hagas lo que no quieras que te hagan" por el [Nota 6] imperativo fideísta de "cree lo que yo creo y que tú no puedes creer o morirás". A la persistencia de la escolástica Voltaire sumaba las ciencias poco cultivadas, el comercio estancado, la industria tosca, las restricciones al teatro, y concluía que en España la "penuria de lo útil" y "prácticas devotas mantienen ocupados a los ciudadanos ociosos". [Nota 7]

Con una sugerente transferencia Savater atribuye a Carolina de Beauregar que se aburre en España, el testimonio del juicio voltaireano sobre el mund ibérico. Voltaire apenas menciona a España en sus cartas, mientras la condes se queja de la languidez intelectual de Madrid, "simplón pueblo grande donde vive para ver morir en el ruedo". Pero lo que el entusiasmo iluminista de Voltair asume como una ilustración insuficiente el tedio de Carolina lo transforma en ilustración ausente de la sociedad española. Sin embargo esta imagen antiilustra da de España se empañará durante un viaje de los condes de Montoro a la regió vasca. Carolina exalta entonces el avance de las Luces en la Vasconia y no ocul su sospecha de que el desarrollo del espíritu moderno en esta zona proviene c la cercanía con Francia. La exaltación culmina con el ofrecimiento de provincias vascongadas como modelo para toda la España en su tránsito a edad ilustrada. Así la inmanencia de Savater en el discurso de Voltaire llega grado insólito de conseguir dentro de los valores universales de la Ilustración un signo de su íntima sensibilidad regional.

RAFAEL ROJAS

El Colegio de México


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