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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1994

I. Introducción


La característica más importante de la internacionalización y del cambio de época es la fractura de nuestras sociedades. Ya sea que se trate de los países del antiguo Bloque Soviético, de los países del Tercer Mundo o de los países ricos de Occidente, asistimos a la explosión de los agentes sociales tradicionales y a la aplicación de políticas económicas que se alejan de los intereses sociales. Los protagonistas y los modelos que han construido la modernidad democrática y el desarrollo económico siguen diluyéndose en una lógica tecnocrática incapaz de pensar la justicia, incapaz también de proponer cualquier alternativa a los problemas actuales.

La democracia resulta de la organización social, y no del universalismo jurídico-político: no se limita a una simple ausencia de totalitarismo, ni a la existencia formal de organismos representativos. La democracia -como todo fenómeno histórico-cultural - consiste en la creación de una diversidad de significaciones y de espacios dialógicos de los diferentes acuerdos que institucionalizan a una sociedad.

Este trabajo, que tiene como eje la filosofía política, analiza la evolución de la democracia a partir de tres modelos: el de los primeros modernos --el utópico -, el de la sociedad industrial y el modelo actual. En todos los casos, nos apoyaremos sobre los factores que yo creo han creado la democracia: la subjetividad, la formación de los grupos sociales, la movilidad social, así como la relación compleja que existe entre racionalidad y legitimidad.

Hoy, por primera vez desde la construcción moderna de Occidente, la razón ya no es una garantía sino un saber de expertos claustrófilos y paranoicos.

Las sociedades actuales se ven confrontadas a la disociación de sus actores, al inmovilismo social, a la transformación de las identidades subjetivas, colectivas y nacionales, y a nuevas formas de racionalidad que sólo encuentran su legitimidad en la lógica pura de los expertos.

Estamos atrapados en una universalidad que dejó de pertenecernos. Nuestros mitos coexisten con la artificialidad de los medios de comunicación y la subjetividad atraviesa la crisis más importante desde el nacimiento de la modernidad. Los signos están más lejanos que las ideas suprasensibles platónicas, y el viejo Kant podría reírse de la paradoja universal del pensamiento puro.

En estas condiciones, pensar la democracia de hoy impone la crítica radical de nuestros valores y la aceptación del desafío de la alteridad cultural. Existen tanto movimientos integristas y milenaristas del Sur como grupos neofascistas al Norte y en las minorías de las clases altas y medias del Tercer Mundo. Vivimos entre el mercado y la tribu, más cercanos a las cruzadas que al equilibrio del mercado que con que soñaba la utopía liberal. En este desorden mundial surgen nuevos actores sociales que, con sus reivindicaciones, desbordan las modalidades de fabricación de los consensos tradicionales y presentan una demanda de ciudadanía mundial. Entonces, las fuentes de la universalidad, garantía y motor de nuestra modernidad, son insuficientes. El logocentrismo, en tanto que legitimado, está casi acabado, lo cual ofrece nuevas perspectivas a la reivindicación democrática.


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