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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1994

III. El estado-contrato- social y la racionalidad de los acuerdos


La Revolución Industrial reconfortó a la sociedad como vasta apuesta de intercambios y como espacio competitivo regulado por la acumulación. La creación de las fábricas y la expansión del comercio estuvieron acompañadas por la aparición de nuevos grupos sociales que, por sus demandas, excedieron a los principios de la declaración original de los Derechos del Hombre. El saber vinculado con la producción y con el nuevo espacio social se institucionalizó en nuevos acuerdos políticos y el mercado fue el eje alrededor del cual se construyeron los Estados; así, las grandes guerras estuvieron relacionadas con la identidad nacional de los capitales".

Este espacio cultural transformó radicalmente la visión utópica de los primeros modernos. La razón universal, en tanto que garantía de justicia y de libertad se volvió una razón instrumental, posesiva e ilimitada. Paralelamente, el ser humano dejó de concebirse como autónomo e igualitario --que luchaba contra el orden establecido - para convertirse en un apropiador, un consumidor y un maximizador, dentro de una sociedad estructurada por el imaginario de la competencia y por el desarrollo ilimitado de la producción, pensados como garantía de justicia.

La búsqueda del pensamiento puro, la racionalidad instrumental y el imaginario del progreso subordinaron lo social -histórico a las leyes del desarrollo. La lógica social centrada en los intereses estuvo garantizada por el Otro que, aunque fuera de su propia conciencia, está también determinado por la razón universal maximizadora. Al mismo tiempo, el ciudadano se construyó como -y a partir de - la garantía de la legitimidad en razón de la racionalidad de los acuerdos. En otros términos, la posesión moderna reposa sobre una legislación pública, en la cual el ciudadano, que está regulado por su interés maximizador, se institucionaliza en tanto que bien supremo y garantía de un estado de derecho. De esta forma, las enseñanzas y el modelo de la economía clásica se opusieron a los postulados de la democracia utópica. El ciudadano autónomo y racional, capaz de desarrollar sus facultades, fue aniquilado por el sujeto maximizador de la sociedad de mercado. No es por casualidad que se haya graduado el derecho al voto sobre criterios estrictamente económicos y que haya sido acordado a todos los miembros adultos de las sociedades occidentales después de la Segunda Guerra Mundial. El pensamiento puro se encontró atrapado en el progreso y la legitimidad comenzó a institucionalizarse como un bien de mercado.

El poder de hacer presión y la movilidad de los grupos sociales se reconocieron en el conflicto de los intereses y las alternativas del progreso. La universalidad de las reglas coexistió con el poder económico. De estas tensiones nació el Estado-contrato social que desde hace 150 años ha sido el eje del desarrollo de las sociedades ricas de nuestros días. La industrialización fue producto de un voluntarismo historicista de los Estados y de la formación de una comunidad política vinculada con la dinámica de un mercado interno. Estos programas políticos se articulaban alrededor de la movilidad de las clases sociales y de su integración a proyectos de desarrollo. El determinismo, la razón ilimitada y las leyes del desarrollo se encadenaron con una subjetividad maximizadora como fuente de legitimidad. El reforzamiento de la razón, así como la manipulación del estado de las cosas, hizo que la justicia, lo social y la política se subordinaran a la economía como disciplina empírico-conceptual de los hechos y de las reglas. Igualmente, el historicismo, es decir, la concepción histórica que depende de las leyes del desarrollo, dominó las ideologías y las ciencias sociales. La izquierda y la derecha compartieron el imaginario central del desarrollo [Nota 1] el primer caso, por la subordinación de los sujetos al proyecto de un estado superior; o en el otro, según la óptica liberal, que hizo de las necesidades individuales económicas el bien supremo de la libertad racional. No es una casualidad que en los dos casos el trabajo instrumental y la economía se presentaran como los valores y el paradigma racional de la sociedad.

La legitimidad de las sociedades industriales se formó a partir de una racionalidad instrumental y de una subjetividad maximizadora identificada con la movilidad de los grupos sociales y la creación de instituciones representativas que expresan la racionalidad de los acuerdos.


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