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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1994

V. 3 El espacio cultural


Nos encontramos frente a una crisis de las identidades sociales y al éxtasis ficticio de las representaciones. La disolución de la subjetividad, los grupos sociales y las naciones coexisten con la emergencia de antiguos y nuevos fundamentalismos. Las culturas pretenden ser, política o religiosamente, una fuente absoluta de la verdad. El cambio de las referencias culturales y la separación de los actores sociales refuerzan el carácter primitivo de una serie de identidades que se rechazan a través de la negación radical de la otra. El fascismo atraviesa nuestra cultura desde el vacío del ego individualista hasta algunas reivindicaciones milenaristas. El imaginario neoliberal presenta el individualismo como la fase última de la realización humana. La cultura del placer, el consumo y la amplificación del espacio individual reforzaron la idea falaz de que la individualidad es una propiedad, como si fuéramos nuestros propios creadores, los creadores de nuestra identidad, y como si nuestros placeres fueran el simple resultado de nuestros deseos. Paralelamente, las leyes totémicas del mercado empobrecen el lenguaje y la cultura, mientras que los proyectos colectivos se disuelven en una subjetividad vacía que busca mantener o conquistar sus beneficios.

Nuestras representaciones-significaciones se viven a partir del autoconsumo simbólico del desarrollo, que restringe la experiencia de la realidad a una codificación funcionalista. De la misma manera, frente a la disolución de la identidad subjetiva, de los proyectos colectivos y de las instituciones centradas en el deber, el yo y el mundo dejaron de coexistir en el orden de las cosas para construirse en los medios de comunicación por los códigos que estructuran el sistema. La subordinación de los órganos al placer representativo no deja de aumentar y nuestra organización se va volviendo cada vez más mercantil. La racionalidad individualista es prácticamente una tautología de mercado. Las redes semióticas, que incluyen desde las relaciones personales hasta los partidos políticos, dominan esta lógica. Las interpelaciones de nuestra cultura nos inscriben en un registro, y estar inscrito en él significa, entre otras cosas, ser definido dentro de los valores propios del sistema. La identidad "ciudadana" se forma a partir de lo que nosotros tomamos del producto social de los registros. No es una casualidad que la soberanía del consumidor constituya la forma libertaria de la organización social.


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