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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1994

I. Crisis del universalismo y conflictos particulares


Sí consideramos los acontecimientos, a veces dramáticos, de los últimos años, no podemos evitar notar cómo éstos se han caracterizado en medida relevante por la presencia de dos factores, distintos pero interconectados. En primer lugar está la crisis de todo lo que podría ser definido con una palabra especulativa, "universal": ideologías, proyectos políticos, visiones del mundo que pretendan conservar su validez allende un contexto específico, una realidad "particular", parecen haber perdido toda atracción, por no hablar de su eventual capacidad de persuasión.

La crítica del universalismo filosófico que desde el siglo pasado había preanunciado la crisis de la modernidad -con pensadores como Kierkegaard, Schopenhauer y sobre todo Nietzsche- ahora se ha manifestado también en el campo más abiertamente político. A primera vista puede parecer curioso que estas consideraciones deban hacerse en una época en que, terminado el bipolarismo, podría presentarse como la de la posibilidad de un orden planetario. Sin embargo, si nos fijamos bien, la cuestiónes más complejade lo que parece. Dehecho en la fase de la división por bloques, cada uno a pesar de estar objetivamente limitado en su esfera de influencia por la potencia del adversario, pretendía disponer de una ideología y de un sistema político-social válidos universalmente. Junto a la lucha por el predominio estratégico, se asistía al conflicto entre dos sistemas normativos, ambos seguros de poseer la receta para un orden planetario más justo del vigente y mejor que el del adversario. Ahora que las potencias occidentales han ganado de hecho la guerra fría, razón por la cual finalmente podrían realizar ese orden universal de libertad del que se declaraban campeones, el sistema capitalista triunfante cae víctima de un "particularismo" inherente a su naturaleza. Si por un lado la brecha existente entre el Primer y el Tercer Mundo tiende constantemente a ensancharse, también en el plano más estrechamente político, la idea de un orden mundial tiene dificultades para despegar. De tal forma, mientras la Guerra del Golfo todavía era dirigida reclamando la necesidad de restaurar el derecho internacional violado por arbitrio de un tirano, desde hace dos años la comunidad internacional asiste con una mezcla de impotencia e indiferencia al grave desprecio de los más básicos derechos humanos en el conflicto en la exYugoslavia. El orden universal de la libertad parece sustituido por el dominio del particularismo egoísta.

La situación es igualmente difícil si se examina la política interna. En todos los países industrializados el malestar de los sectores más desprotegidos se ha agravado al punto de originar la noción de "sociedad de dos tercios". Por otro lado, dada la hipertrofia del welfare state, cada vez menos sostenible fina ncieramente, se vuelven necesarias nuevas estrategias de justicia, las cuales a pesar de las muchas formulaciones teóricas, no logran tomar forma en aplicaciones prácticas concretas. Con la única excepción de Estados Unidos -cuya administración sin embargo enfrenta graves atrasos en el campo de la política social, con perspectivas de éxito poco seguras-, los países industrializados siguen dominados por la tendencia a la deregulation y, por lo tanto, por relegar a un segundo plano el tema de la justicia social. Finalmente, el particularismo también tiende a implicar el ámbito de la gestión del poder político: mientras cada día menos ciudadanos toman parte en los procesos de decisión, en un número constantemente creciente de países la clase política "profesional administra abiertamente las funciones a su cargo, como si se tratara de intereses privados.

Frente a esta crisis de lo universal, y profundamente ligado a ella, encontramos el segundo de los factores mencionados, que podríamos llamar una "redefinición del concepto de conflicto". Anteriormente, por lo menos desde la Revolución Francesa, el conflicto político-social se concebía como estrechamente relacionado al proceso histórico, si no como su motor principal. El presupuesto se sustentaba en que la lucha no debía basarse en intereses "particulares", sino que debía acarrear las potencialidades de un orden de justicia objetivamente superior para todos. Por el contrario, en los últimos años el conflicto ha retomado rasgos "premodernos", es decir ya no se explica con base en un contraste de intereses o de visiones del mundo, sino que hace referencia a diferencias étnicas, culturales o religiosas. El proceso ha sido acompañado por una transformación de los mecanismos que llevan a la formación de las identidades colectivas. La relevancia de dicha transformación está confirmada por la circunstancia de que el conflicto se delinea a partir de supuestas diferencias ant ropo lógicoculturales en el Tercer Mundo o en la Europa oriental -donde podría suponerse que el proceso de modernización no ha llegado a su fin- así como en la Europa occidental y en Estados Unidos. No es exagerado afirmar que presenciamos un auténtico roll-back cultural y político, en cuyo interior elementos objetivos de tensión son exageradamente potenciados por formas simbólicas de lecturas de lo real , hasta crear un sistema difícil de desenredar racionalmente.

Si juntamos ambos factores veremos cómo de ellos emerge un cuadro normativo de desolación, políticamente preocupante. Abandonada la idea de una totalidad social -Hegel diría, de manera adecuada a los tiempos, de eticidad- y la referencia a valores universales, el conflicto ya no tiende hacia un crecimiento colectivo, sino que encuentra sus líneas de demarcación en las diferencias entre "particulares" (raza, nación, grupo cultural o religioso, corporación), los cuales no tienen otra aspiración que la conquista de un "espacio vital" más amplio aún a costillas de otros. Ahora bien, como lo hizo notar Carl Schrnitt en un importante ensayo, dichas líneas de demarcación cambian a lo largo del proceso histórico, lo cual por un lado implica que las razones de la lucha no pueden ser siempre idénticas, ya que de vez en vez se transforman, y por el otro, para la redefinición de esas razones nos remite a los sistemas categoriales respectivamente dominantes en las diferentes épocas.

Si admitimos que la geografía de los grupos en conflicto viene ampliamente determinada por la adopción de un específico sistema categorial de lectura de lo real, entonces se presenta la cuestión de si no es tarea de la filosofía y la teoría política formular los presupuestos conceptuales para una interpretación de lo existente que vaya más allá de la mera -y cada día más autodestructiva- contraposición de los "particularismos". ¿Acaso no es responsabilidad del pensamiento político buscar en un contexto histórico dado las huellas de un posible desarrollo alternativo, de una redefinición de las funciones y de las líneas del conflicto, así como de una eventual "eticidad" contemporánea? Es decir ¿no es posible que eso ofrezca estímulos fundamentales a la política práctica a todos los niveles, desde los "oficiales" de los partidos y de las organizaciones hasta la opinión pública no institucionalizada? A la luz de estas consideraciones, en este ensayo quiero tratar las propuestas de la llamada "segunda escuela de Frankfurt -y en particular de los recientes trabajos de Jürgen Habermas- que pueden ser interpretadas como una tentativa homogénea y convincente de elaborar una lectura de la realidad sociopolítica con el fin de garantizar un nuevo equilibrio entre lo "universal" y lo "particular, entre norma y descripción, entre totalidad y diferenciación. A tal efecto, empezaré por la expresión más explícita de la lucha entre "particulares", por el conflicto, y más precisamente por la propuesta original de Axel Honneth de reinterpretar el concepto de lucha social integrando elementos de una "gramática moral" que debería culminar, según sus intenciones, en el proyecto de una eticidad adecuada a las exigencias del mundo contemporáneo.


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