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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1994

1) La diferenciación sistémica


La tesis según la cual la sociedad contemporánea está caracterizada por una articulación siempre mayor en diversos sistemas y subsistemas, cada uno de ellos obrando sobre la base de un código propio, es demasiado conocida como para presentarla aquí en detalle. Para nosotros es interesante un aspecto de dicha teoría, es decir el problema de la integración social a través de la intervención en la esfera política --o del "subsistema político". Desde la formulación filosófico-política de la noción de sociedad civil, se ha formulado la cuestión de cómo puede ser evitada la disgregación del tejido social en su conjunto frente a la atomización de los diferentes grupos de interés, de las corporaciones y de los subsistemas. Tradicionalmente -pensemos por ejemplo en Hegel- la solución se hit buscado en la atribución de un rol particular al estado. Este camino se vuelve intransitable en el momento en que se supone, como lo hace la teoría de los sistemas, que las diversas unidades sean a la vez autorreferentes y autopoyéticas. Por lo tanto, no nos debe sorprender el silencio con el que los teóricos de los sistemas tienden a cubrir el problema de la función social integradora del estado. Un intento original de tematizar esta cuestión -y de darle al mismo tiempo una respuesta positiva- ha sido abordado recientemente por Helmut Willke.

En la perspectiva de Willke, el estado contemporáneo ya no puede ser un Leviatán, caracterizado por el monopolio de la fuerza y cuyo único fin sea garantizar la paz, ni un "preceptor" que -según el modelo del welfare statepretende "educar a la sociedad partiendo de la convicción de poseer un saber superior. Frente al fracaso de ambas formas políticas, el estado actual no puede sino dirigirse hacia un papel del supervisor", cuya tarea consista exclusivamente en ofrecer las mejores condiciones para que los diversos grupos de interés y los subsistemas sociales se encuentren y arreglen sus actividades, para la integración y el equilibrio del conjunto con el fin de evitar un eventual output negativo. De cualquier forma desde esta óptica no es necesario suponer que el estado dispone de conocimientos particulares: por el contrario, es suficiente admitir que reacciona con sensibilidad, como cualquier otro subsistema, a los efectos negativos que provienen de otras unidades sociales.

El problema principal que enfrenta la teoría de Willke es el de tener que explicar porqué y cómo subsistemas autorreferenciales y autopoyéticos deban y puedan alcanzar una coordinación de sus actividades. El autor busca resolver la cuestión apelando al carácter autorreflexivo de cada sistema, gracias al cual éste define su propia identidad refiriéndose constantemente al ambiente que lo rodea. Por lo tanto está en condición de darse cuenta del eventual efecto negativo de su propia acción e, interiorizando este conocimiento mediante su reformulación en el código que caracteriza sus propias reglas de funcionamiento, se prepara para elegir la vía de desarrollo más compatible con la integración global. Sin embargo, ya que falta un lenguaje común, se vuelve difícil esclarecer sobre qué base pueden conducir sus negociaciones: desde el momento en que el único criterio válido para cada uno es su propio código, en la mejor de las hipótesis sólo podrán pactar compromisos, dejando abierta la posibilidad del caso en que enfrentáramos controversias insolubles mediante ajuste, los diversos grupos, cerrados herméticamente en sus lenguajes particulares y en la defensa de sus intereses, no podrían hacer otra cosa que bloquearse recíprocamente, amenazando la estabilidad del conjunto.

A esto hay que agregarle la segunda carencia de la teoría de los sistemas aplicada al estado, es decir su insuficiencia democrática. La gestión paternalista-tecnocrática de los problemas sociales encuentra su límite en la no neutralidad moral y ética de los juicios de los llamados expertos", así como en la contradicción por la cual un estado, con el monopolio de las decisiones vinculantes, siempre delegaría decisiones a otros subsistemas, faltando a sus propias reglas de legitimación. El mismo Willke termina por buscar el fundamento de la integración social en un principio muy lejano de los presupuestos de los que había arrancado, o sea en la solidaridad que debería desarrollarse en el ámbito nacional de comunidades. En abierto contraste con la comunal, regional o ilimitada diferenciación sistémica, el sociólogo de Bielefeld corona su propuesta científica apelando a una unidad colectiva, no demostrable con los instrumentos de su metodología, que culmina en el estado nacional, visualizado como héroe local en su función de atar solidaridades territoriales y como lugar de producción de bienes colectivos circunscriptos territorialmente.

La razón comunicativa frente a la teoría de los sistemas en general prevé la asunción de la diferenciación social y sistémica y el rechazo de los elementos que, a juicio de los "teóricos del discurso", conducen a las mencionadas insuficiencias. En particular se rechaza la idea de la autorreferencialidad y autopoyesis de cada subsistema: a pesar de los procesos de diferenciación, todos los sistemas -también los que se han vuelto más autónomos como el ámbito económico y el administrativo continúan teniendo su último punto de referencia en la comunicación difusa del mundo vital. Es aquí que la sociedad en sus códigos y multiforme estructuración encuentra la posibilidad de recuperar la facultad de integrarse y de hacer llegar a todas sus articulaciones los estímulos necesarios para el desarrollo y a la coordinación.


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