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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1994

2) La diversidad de los sexos


Según Catharine Mackinnon en su estudio Toward a Feminíst theory

Si los sexos fueran iguales las mujeres no estarían sexualmente sometidas. El uso de la fuerza en el campo sexual tendría un carácter excepcional, el consentimiento sexual sería una práctica común y las mujeres violadas serían creídas. Si los sexos fueran iguales, las mujeres no estarían sometidas económicamente, su desesperación y marginalidad no se cultivaría, su forzosa dependencia no se aprovecharía sexual y económicamente. Las mujeres tendrían derecho a la palabra y a una esfera privada, autoridad, respeto y muchos más recursos que ahora. Estupro y pornografía serían reconocidos como violaciones y el aborto sería al mismo tiempo raro y realmente garantizado. [Nota 1]

Con mucha vehemencia en pocos renglones la jurista norteamericana sintetiza la dura crítica de muchos sectores del movimiento feminista con respecto a la práctica y la teoría política liberal-democrática. El formalismo abstracto de la doctrina liberal del estado en su pretensión de garantizar derechos iguales a todos los ciudadanos, contrasta con la situación objetiva y la percepción subjetiva de muchas mujeres, que no encuentran un reconocimiento adecuado de su especificidad sexual y social ni de sus necesidades. Para la autora es particularmente evidente el desconocimiento del punto de vista femenino en algunos ámbitos legislativos, corno son tres clásicos de la movilización feminista: la violencia sexual, el aborto y la pornografía.

Asimismo hace una dura crítica contra la insuficiencia de las leyes sobre la igualdad de los sexos, a las que acusa de tener como exclusiva referencia la realidad masculina y de afirmar arbitrariamente la inexistencia de diversidad entre sexos, sin reflexionar adecuadamente en que esta diferencia constituye su única razón de ser: sin una concreta diversidad no habría necesidad de iniciativas legislativas para tutelar la igualdad.

Según Mackinnon, el intento de realizar la paridad sobre un plano exclusivamente formal no lleva a ningún resultado satisfactorio. Por el contrario, una teoría política que quiera dar una respuesta positiva a las exigencias femeninas debe partir de presupuestos radicalmente diferentes. Es decir, antes que nada, debe considerar la constatación de la diversidad real de los sexos: ésta, ya fundada en la physis -vgr. el diverso rol reproductivo- se ha anclado luego en la desigual distribución del poder social. En segundo lugar, Mackinnon sostiene la necesidad de tomar conciencia del hecho de que la ley existente no sería sino la sanción formal del predominio social de un grupo determinado, o sea --específicamente en la situación actual- de la supremacía masculina. Por lo tanto, la tarea de una "jurisprudencia feminista" consistirá en rechazar la idea de un derecho neutral con respecto a la realidad de las diversidades de las condiciones de vida, y en introducir el punto de vista femenino en el debate político-jurídico: únicamente admitiendo el deber referirse a la concreción existencial y social, el derecho podrá aspirar a abandonar el rol de paladín pseudoneutral de un poder tan "particular" como las que lo critican.

La común referencia a la necesidad de dirigir la mirada a las articulaciones de la realidad social concreta hace que los sostenedores de la razón comunicativa se muestren atentos y receptivos a los estímulos que llegan del pensamiento feminista de la diversidad. Sin embargo, según la formulación de Habermas, son dos los puntos de alejamiento de la teoría discursiva de las posiciones feministas. El primero se refiere a la reducción individualista del concepto de derecho, o sea la tendencia del feminismo más reciente a hablar de un poder social "particularístico" y por consiguiente, a desconocer sus potencialidades normativo-universalísticas. En segundo lugar, las feministas se arrogan el derecho de fungir como únicas portavoces de los intereses de las mujeres, con lo que desarrollan una función de abogadas difícilmente legitimable y anticipando sus conclusiones, pueden influir en prejuiciar el debate. Según la posición de Habermas, ni siquiera las feministas disponen de un monopolio definitivo. Las portavoces pueden estar seguras de no prejuiciar nada sólo si todos los interesados obtienen la posibilidad efectiva de hacer llegar su voz para reivindicar sus derechos a partir de experiencias concretas de la integridad herida, de la discrirninacíón y de la opresión.

A la propuesta habermasiana de confiar la definición de la identídad sexual a la comunicación colectiva se podría objetar que dicha comunicación es, y sobre todo en este caso, particularmente difícil de alcanzar por la diferencia de poder que divide a hombres y mujeres y a la escasa consideración que aquéllos, en general, muestran por los problemas de las segundas. Por otro lado, para no caer en un utopismo estéril, no sólo Honneth, sino también Habermas refieren estos casos a la necesidad de una "lucha por el reconocimiento": en los casos en que las desigualdades sociales imposibilitan un diálogo entre sujetos respectivamente reconocidos, se vuelve inevitable el recurso de la imposición de un nuevo equilibrio -siempre que el contexto histórico lo permita. Independientemente del hecho que se vuelva necesaria la lucha o no, según la acepción de los teóricos de la razón discursiva, en la cúspide del desarrollo social y cultural encontramos una "ética comunicativa" conforme a muchas de las exigencias formuladas por el pensamiento feminista: Allí se reconoce el esfuerzo para superar los formalismos del pensamiento liberal clásico y contemporáneo y conciliar la idea de un "otro universalizado" con el reconocimiento del "otro concreto", los valores con las necesidad y los deseos y el principio de la justicia con el de la "vida buena".


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